La cultura como mecanismo de adaptación biológica por el Prof. Dr. D. Ángel Pérez Ruzafa, académico de número

Columna de la Academia publicada en el Diario La Verdad el 6 de mayo de 2017

La anticipación es clave para la supervivencia. Si las especies esperaran a que cambie el ambiente para reaccionar, no podrían adaptarse a tiempo. Los procesos fisiológicos requieren un tiempo mínimo y hacer acopio de energía, y esto no se improvisa. Por ello la selección natural ha conducido a mecanismos que permiten anticipar el futuro. Así, la duración del día o el rango de oscilación térmica alertan del cambio estacional y desencadenan la reproducción, de modo que las crías coincidan con la época de mayor disponibilidad de alimento o la floración con la abundancia de polinizadores y de suficiente radiación luminosa para producir frutos y semillas; o la acumulación de grasas, la entrada en letargo o el inicio de las migraciones permitan afrontar o eludir los rigores del invierno. Para que las adaptaciones sean eficientes deben estar disponibles para actuar de forma inmediata, y por eso están programadas en nuestros genes, activándose cuando es necesario.

La especie humana es la que más explota la capacidad de anticipación. Ha desarrollado de manera extraordinaria la habilidad de procesar información aparentemente caótica, interpretar patrones y captar regularidades. Utilizamos estos mecanismos para aprender una lengua y para relacionarnos, para tomar decisiones acertadas, saber cuándo sembrar y cuándo recolectar, poner trampas de caza, eludir situaciones de peligro o comprender el universo. La forma de fijar lo aprendido mediante la experiencia colectiva y programar las respuestas adecuadas es la cultura. Por ello, los tabúes, los ritos, las normas sociales tienen sentido adaptativo y permiten reducir los riesgos de mortandad, el deterioro genético de la población, la aparición de epidemias o enfermedades recesivas o de transmisión sexual…. Pero, al igual que los genes, estas adaptaciones tienen sentido en determinados ambientes, pero no necesariamente en otros. El problema radica en sobrevivir en un ambiente para el que nuestros genes o nuestra cultura no estén diseñados. Evidentemente, la cultura es mucho más flexible que las adaptaciones genéticas, pero tampoco es totalmente moldeable. Si lo fuera, no serviría como mecanismo de anticipación. Puede cambiar de una generación a otra, de una población a otra, pero no lo hace fácilmente en el individuo que ya la tiene fijada. Del mismo modo que si no disponemos del gen de tolerancia a la lactosa no podemos obligarnos a tomar leche si migramos a un país donde sea un alimento preferencial, tampoco podemos renunciar fácilmente a nuestra cultura. Igualmente, lo que para una generación tenía sentido adaptativo y de supervivencia, puede ya no tenerlo para la generación siguiente. El choque entre padres e hijos puede resultar inevitable si no se comprenden estos mecanismos y tampoco resolveremos el problema de la inmigración pensando que alguien puede arrancarse sus genes culturales.