JUICIO AL FLOGISTO por el Prof. Dr. D. Alberto Requena Rodríguez, académico numerario

El progreso responde a una flecha, como el tiempo, que actúa estableciendo la dirección de la evolución. En Ciencia, también. Puede parecer, en ocasiones, que los avances científicos son irremediables. Es posible. El progreso es como ese gran atractor que succiona sin descanso y que antes o después se satisface. El conocimiento, sin saber por qué, nos acosa a preguntas constantemente. Cada una de ellas provoca la aparición en cadena de muchas más. Muchos ojos miran, muchas manos laboran, muchas experiencias comprueban. Ese es el universo científico. Siempre ha sido de esta forma. En Ciencia, no hay hoy, sin ayer.

En Química hay muchas reacciones. Es la Ciencia de las reacciones. A partir de unos productos se generan otros. Es muy difícil encontrar algo en lo que no hay química tras él. Pero hay dos reacciones especialmente destacables: la oxidación (combustión) y la reducción. En términos convencionales, en la primera se combina un elemento con oxígeno para generar un óxido. En la segunda el oxígeno de un óxido se ve desplazado por otro elemento, que resulta ser más capaz para retenerlo. Estas dos reacciones son como las dos caras de la misma moneda. Oxígeno que entra y sale, bajo distintas formas. Sthal, en 1717 estudió estas reacciones, concluyendo que todo cuerpo combustible, contenía una sustancia, que denominó flogisto, que se escapaba en la combustión. Esto le llevó a interpretar que los cuerpos que eran susceptibles de arder eran cuerpos compuestos, mientras que los que eran capaces de reducirse, eran elementos simples. El flogisto, pues, se desprendía o combinaba con otro elemento, cuando se trataba de reacciones de oxidación o de reducción.

Charles fue un inventor, científico y matemático francés que batió el record de permanencia en globo aerostático en 1783, elevándose a 2000 metros de altura. Inventó el densímetro. Pero es más conocido por aportar la denominada ley de Charles en 1787 según la cual, los gases se expandían de la misma forma al someterlos al mismo aumento de temperatura, manteniendo la presión constante. Posteriormente, se denominó, también ley de Charles y Gay-Lussac, debido a que Charles no publicó sus resultados y en torno a 1802 Gay-Lusaac dio a conocer sus observaciones y se incorporó su nombre a la famosa y útil ley de los gases.

Charles no estudió nunca. Asimiló cuanto le rodeaba. Daba clase de Física. Impartía conferencias semanalmente en su laboratorio. La gente acudía como si se tratara de un teatro. Las plazas se agotaban en todas las sesiones. Casi nadie de los asistentes entendía una palabra de lo que explicaba, pero asistían en silencio sepulcral a las evoluciones del maestro con los gases, tubos y vapores que emanaban en la mesa de laboratorio. En cierta ocasión recibió una visita inesperada: Antoine-Laurent de Lavoisier, biólogo y economista, pero sobre todo químico y reconocido como creador de la Química Moderna. Cuando visitó al profesor Charles, tras el intercambio de saludos iniciales, éste le preguntó si la visita era como químico o como recaudador de impuestos (ejerció como tal al servicio del rey, por lo que tras la revolución, fue arrestado en 1793 y por muchos intentos de liberarle, fue juzgado por un tribunal que pronunció la famosa frase “la república no precisa ni científicos, ni químicos, no se puede detener la acción de la justicia”. Fue guillotinado el 8 de mayo de 1794. Lagrange pronunció, entonces, la famosa frase: “ha bastado un instante para cortarle la cabeza, pero Francia necesitará un siglo para que aparezca otra que se le pueda comparar”). Lavoisier preguntó a Charles sobre las conferencias que este segundo impartía, a las que había asistido su propia mujer y había observado que nunca había mencionado a Lavoisier. Charles le contestó: “he aprendido de otro más grande a pasar en silencio los nombres ajenos”. ¿De quién? preguntó Lavoisier, a lo que Charles contestó: de Lavoisier. Lavoisier prosiguió: ¿a quién he pasado en silencio?, y Charles contestó: a Priestley, Scheele, Cavendish, que descubrieron el oxígeno antes que usted, que ha plagiado sus trabajos y los ha publicado como propios y ha elaborado la teoría sobre la oxidación y pasa por ser un genio, cuando ¿Qué ha descubierto usted? Lavoisier contestó: “He descubierto los descubrimientos de otros. Lo del flogisto era una patraña secular. La teoría de Sthal era falsa”. Ciertamente, sin Sthal no habría Lavoisier. Aquél encuentro terminó como comenzó, con la elegancia de dos científicos. Después Lavoisier llegó más lejos, porque tras la caída de la Bastilla, el 14 de Julio de 1789, Lavoisier quiso acabar, también, con un tirano científico: el flogisto. Montó desde la Academia de Ciencias, un proceso inquisitorial en toda regla: acusador: el oxígeno; acusado: el flogisto. Lavoisier vestido de negro tras la mesa. La acusación personificada por un jovencito, hizo un encendido discurso condenatorio contra el flogisto. No estaba éste desamparado, porque disponía de un abogado de la mala causa, como ocurría con los procesos inquisitoriales, oponiéndose al fiscal, pero en este caso, un hombre anciano y decrépito, con una máscara en la que se advertían los rasgos del profesor Sthal, que había muerto mucho antes, en 1734. La sentencia fue condenatoria a morir en la hoguera. El juez acabó entregando al delincuente (el texto del profesor Sthal sobre el flogisto) al verdugo, que era la esposa de Lavoisier, vestida de blanco como una sacerdotisa que alzó el libro para dejarlo caer a continuación y hacerlo pasto de las llamas. ¿Vanidad pura? Pues eso. Hay que saberlo.