INTERÉS REGIONAL por el Prof. Dr. D. Alberto Requena Rodríguez, académico de número

Asistimos, como cada año, al anuncio primero y ceremonia posterior de los acreditados Premios Nobel con los que se reconoce la importancia de las aportaciones científicas, entre otras, con que anualmente nos dan a conocer o nos relatan los avances sustanciales de la Humanidad.

Generalmente no corresponden a personas que hayan hecho de su vida una lucha constante y permanente por figurar como los “más avanzados de la clase”. Muy al contrario, suelen ser personas dedicadas en cuerpo y alma al trabajo y alejados de la publicidad, los medios de comunicación y las rutilantes apariciones en premios menores, que ni siquiera consignan en sus curriculums, generalmente. Lo cual no quiere decir que no los reciban, porque antes y después de los Nobel, suelen haber estelas en la que todo el mundo se apunta a figurar en la lista de descubridores o reconocedores de los acreditados científicos que lo logran. Y tampoco se sujetan a ámbitos de conocimiento, que algunos defienden corporativamente, ajenos a que la Ciencia es más amplia y rigurosa que las concepciones convencionales que la parcelan. El sustrato científico suele aparecer en aspectos fundamentales, que son los que dan lugar a aportaciones de alcance, sustanciales, fundamentales, que no están sujetos más que al trabajo y al acierto en la elección del problema en un ámbito científico que lo arropa, incita y suele condicionar con su nivel a que tales logros se puedan conseguir. Podría citar los recursos de que se dispone, aunque deliberadamente no lo hago, por ser respetuoso con los casos en que desde la modestia también han surgido ideas motoras que se han convertido en universales.

Acaba de concederse el Permio Nobel de Medicina por el descubrimiento de los receptores de la temperatura y el tacto, recayendo en David Julius y Ardem Patapoutian, ambos norteamericanos, aun cuando, como tantos otros, en el caso de Parapoutian es armenio criado en Libano. El primero de ellos es fisiólogo y el último es biólogo y neurocientífico que ha trabajado y descubierto los sensores que responden a la presión, tanto de la piel como de los órganos internos. Al mismo tiempo, Julius Identificó el perceptor de las terminaciones nerviosas de la piel que responden al calor. Utilizó algo común y bien conocido en estas latitudes, cual es la capsaicina que es la que otorga el “punch” a los pimientos, picantes, claro. Los que originalmente volvieron en el primer viaje de Colón lo trajeron como ají, pasaron de Yuste (Extremadura) a Guadalupe (Murcia) gracias a los frailes Jerónimos que administraban en ambos monasterios. Una mejora vegetal en Extremadura, fructificó en “a Vera”, bien conocido y publicitado. En Murcia floreció otra mejora en Espinardo, llegando a ser emblema regional y divisa nacional e internacional de la Región. Su esencia original, picante, se debe al producto que ahora ha propiciado, nada menos, que un Premio Nobel, a quienes tuvieron la audacia de elegirlo como mediador para efectuar el estudio sobre la detección de la sensación de calor en la piel. Estamos de enhorabuena. Lo tuvimos al alcance, aunque fueron científicos de otras latitudes, bien lejanas los que dieron con la clave.

El equipo de Julius, examinando las sensaciones de calor y ardor al gusto que provoca la capsaicina, identificó el gen y la proteína que estaba implicada en el impulso nervioso que transmite al cerebro la sensación, el receptor TRPV1. Hace mucho que está en ello, ya que se da la referencia de la década de los noventa. El trabajo considerado conjuntamente ha logrado el avance que supone, textualmente, “entender cómo el calor, el frío y la presión pueden generar impulsos nerviosos que nos permiten percibir el mundo a nuestro alrededor y adaptarnos a él”. Como indica el Instituto Karolinska de Estocolmo, tiene muchas aplicaciones en el tratamiento del dolor y de muchas otras enfermedades.

De forma independiente han seguido un itinerario científico en busca del mismo objetivo. Estudiaron el efecto del mentol que induce una sensación de frescor que le desvelaba como indicado para estudiar la recepción del frío, con lo que se descubrió el receptor TRPM8. Estas investigaciones prosiguieron para encontrar los receptores implicados en las sensaciones de frío en sus diversos grados, el calor y el dolor asociado con ellos. No han terminado aquí las indagaciones, como suele ocurrir en la investigación en que descorremos una cortina para que emerjan cientos de otros interrogantes, que no figuraban inicialmente en los objetivos. Y así viene sucediendo desde el principio de los tiempos. Los receptores Piezo1 y Piezo2, descritos por Parapoutian son los que detectan la presión externa, pero también intervienen en la respiración o el control de orina y la presión arterial y el segundo de ellos es decisivo en la detección de la posición de distintas partes del cuerpo.

Son descubrimientos de interés per se y por ser capaces de inducir otros trabajos para avanzar en esta área de conocimiento muy imbricada en la percepción sensorial. Así ha sido, por cuanto desde la década de los noventa que se viene desarrollando este campo. Han puesto a las claras que el dicho de “me importa un pimiento” queda muy lejos de la realidad de interés. Estar implicado en una categoría que suscita un Premio Nobel, no está al alcance de todos los productos de cualquier lugar. La utilidad del producto se ve amplificada y suscita, además, que no estaría mal que los investigadores estén alerta, además de los grandes proyectos en los que trabajan, de otros, más inmediatos, que pudieran convertirse en claves de éxito en algún momento. Identificar las opciones más prometedoras, también forma parte del elenco de cosas por las que preocuparse el mundo investigador.