IMPROVISACIÓN E INCERTIDUMBRE por el Prof. Dr. D. Alberto Requena Rodríguez, académico numerario

El “Impromptu” es una pieza corta generalmente, aunque no exclusivamente, para piano, que se improvisa. Fue practicado por grandes maestros como Chopin, Schubert y otros autores. Estuvieron precedidos por el genio de Juan Sebastián Bach que era un excelente improvisador. Cuando fue invitado para probar los más de 15 pianos Sibelman que acababa de adquirir Federico el Grande, rey de Prusia, que tenía especial fascinación por la música, además de ser un estratega militar de primer orden, Bach proponía un tema en cada piano e improvisaba piezas enteras. En una ocasión fue el rey el que propuso y la pieza que emergió fue una fuga a tres voces, que posteriormente culminó en una fuga a seis voces y, junto con otras piezas, constituyó la celebrada obra titulada Ofrende Musical, que dedicó a su majestad.

 

La improvisación es uno de los arcanos del jazz. La métrica del jazz son los compases de 4/4, ¾ (jazz-vals) y se pueden encontrar compases de 5/4 y 7/4. Hay que tener en cuenta que la duración de las notas se ve alterada, como se ejemplifica de forma excelente en el llamado sabor del swing, en el que cada negra equivale a dos corcheas, pero a diferencia de la música convencionales, cada corchea tiene distinta duración: la primera vale el doble de la segunda, es decir que dos corcheas se interpretan como un tresillo en la que la primera de las corcheas toma la duración de una negra (dos de las tres partes) y la tercera corchea si tiene su valor en el tresillo. La música de jazz, por otro lado, es sincopada, queriendo significar que se ligan partes débiles a partes fuertes del compás, constituyendo una parte rítmica fundamental en el jazz. En el compás de compasillo, las partes fuertes son la primera y la tercera y en el jazz se marcan los acentos, preferentemente en las corcheas que anteceden a la primera y tercera, lo que transmite excitación. Mientras que la armonía clásica consta de triadas que son acordes de tres notas: primera, tercera y quinta, en el jazz los acordes constan como mínimo de cuatro notas, añadiendo la séptima, que introduce un color especial y agregando la novena, undécima o decimotercera, que acumulan tensión. Armónicamente una nota del acorde es consonante y una extraña es disonante. En jazz las siete notas de la escala pertenecen al acorde y son consonantes. Como hemos visto las disonancias en jazz se refieren como tensiones armónicas. Con estas reglas de juego se desarrolla la ejecución.

 

En el caso de blues, se tocan las notas de las escalas de blues, que contienen solamente seis de las doce notas de las escalas convencionales. Ahora bien, la improvisación no consiste, como aclara Winston Massalis, solamente en tocar notas y … ¡a ver que sale!, sino que todo lo anteriormente expuesto opera a modo de restricciones que impiden poder ejecutar cualquier cosa que se pueda ocurrir. Básicamente se trata de un lenguaje, con sus reglas, las notas son como las letras, las escalas y acordes son como las palabras y las pautas, son como las frases, que en muchos casos ha pronunciado alguien que ha logrado generar un enunciado con garra, que ha tenido la virtud de cautivar y que en el fondo repetimos apropiadamente, ajustando a la armonía y ritmo que rigen en el momento de introducir la improvisación. Todo lo que el jazz tiene es lo propio de cualquier lenguaje. Hal Crook, autor de un excelente libro sobre improvisación, nos aclara que las improvisaciones del jazz no responden a un proceso aleatorio, sino que son una función de la memoria, la creatividad y el estudio. Un detalle adicional es la importancia del estudio. Sonny Rollins alude, textualmente, a través de Alexander que “practico sin parar y cuando toco, no toco lo que practico. No se puede tocar y pensar al mismo tiempo. Cuando toco, no quiero tocar la música, sino que la música me toque”.

 

Consideremos el entorno que suscita la Mecánica Cuántica. Es bien conocido que una de las interpretaciones de la descripción cuántica es que la observación perturba al sistema, de forma irreversible. La contracción de la función de onda para dar un resultado observable es una forma de conciliar la experiencia empírica con la descripción teórica. Ahora bien, mientras no se perturba el sistema para observarlo, el sistema permanece con todas sus propiedades originales. Es decir, si un electrón no es observado, describirá muchas trayectorias al mismo tiempo. Aquí podemos encontrar un punto de confluencia con la improvisación musical, dado que como reconocen maestros del jazz, hay momentos en los que el intérprete no “observa” las notas que está tocando y al igual que el electrón cuántico, las notas parecen efectuar una especie de danza. Ejecutando una pieza de jazz si no se toca nada, el ritmo sigue, como el inevitable transcurso del tiempo.

 

Alexander reflexiona sobre la improvisación, que está en el núcleo de la formulación de la Cuántica debida a Feynmann. En Mecánica Clásica una partícula se traslada por el espacio, desde un instante inicial hasta un instante final, describiendo una trayectoria que resulta ser determinista, continua y unidimensional.  Si consideramos el marco cuántico, la partícula se mueve entre dos puntos, pero hay que considerar todas las trayectorias posibles entre ambos, aunque no son igualmente probables. Esta versión se parece mucho a la de un músico que a la hora de improvisar dispone de todas las notas de la escala que impone la armonía, antes de tocar el solo improvisado. La analogía es completa si identificamos las notas con las partículas y la improvisación con la probabilidad de las distintas trayectorias posibles a describir por aquéllas. Una sutileza sería considerar la nota inicial y considerar que la final es la diana a alcanzar, de forma que las otras notas de la escala trazan una trayectoria a lo largo del tiempo que es la conexión entre la nota inicial con la final. Claramente cuando un improvisador ejecuta todas las notas o trayectorias su subconsciente elige entre las posibles, según las restricciones establecidas, con lo que se trata de una integración de todas las posibilidades que se ofrecen. En el entorno físico cada trayectoria tiene su probabilidad y solamente cuando se suman todas las opciones de trayectoria posibles, se obtiene la trayectoria real más probable, que es la que, finalmente se observa. El experimentador integra la probabilidad relativa de cada “nota”. También, en el marco cuántico, la trayectoria resultante de la integración de todas las posibilidades ofrecerá un resultado vago, debido a la incertidumbre inherente a todo sistema cuántico. Heisemberg es implacable. Cada trayectoria corresponde, en realidad, a más de una onda cuántica y las ondas disfrutan de propiedades que no son análogas a las partículas, como son la interferencia. Fourier describió acertadamente tal situación y construyó el soporte para el proceso de interferencia. La mayoría de las trayectorias alejadas de la real producirán interferencias destructivas y no se observarán, mientras que otras resultarán afectadas por interferencias constructivas que aportarán incremento de la probabilidad de observarse. Desde la vertiente musical, las notas están soportadas por ondas que genera el instrumento al ejecutarlas y cabe conjeturar, con Alexander, que los cerebros de los improvisadores manejan las interferencias que inciden en las decisiones de qué notas tocar de entre todas las posibilidades que se le ofrecen en un instante dado. La analogía está servida.