HIERRO EN LA SANGRE por el Prof. Dr. D. Alberto Requena Rodríguez, académico numerario

Berzelius, es considerado el padre de la Química sueca y también de la Química moderna, junto a Dalton, Lavoisier y Boyle. Estudió medicina, y después Química en Upsala, aunque se dedicó a la investigación Química y Física. Logró la cátedra de química de Estocolmo en 1815. A él se debe el codificar a los elementos con la primera letra de su nombre latino, a la que se agregaba una letra cuando era necesario diferenciar, como Carbono (C), Calcio (Ca) y Cadmio (Cd), por ejemplo. Tardó tiempo en ser mundialmente aceptada, pero triunfó porque hasta ese momento la nomenclatura química era un caos.

En cierta ocasión agitó un tubo de ensayo ante la mirada inquisitiva de su alumno y le agregó un par de gotas de una disolución de ferroprusiato, anunciando que si había hierro, se produciría una coloración azul intensa. Así fue. Pero lo sorprendente es que lo que el tubo contenía al comenzar el experimento era sangre. El alumno era Wöhler, con 24 años entonces, químico alemán que se haría famoso por descubrir la urea en 1828, lo que le convirtió en pionero de la Química Orgánica. Su descubrimiento supuso una convulsión en el mundo científico y en el filosófico, por cuanto logró sintetizar un compuesto orgánico a partir de uno inorgánico, y como la urea era un producto elaborado por los seres vivos (hombre y muchos animales e incluso algunos vegetales) , le asestó un duro golpe a la teoría vitalista, precisamente debida a uno de sus maestros: Berzelius.

En realidad ya se sabía, por cuanto Engelhart en Göttingen, incluso otros antes, habían analizado la sangre con anterioridad, aunque no en busca de hierro, encontrando un poco de todo y, a veces, incluso trazas de hierro. Pero dado que las cantidades que se detectaron eran tan exiguas, se pensaba que eran impurezas procedentes de los aparatos de experimentación. Un tal Thompson aproximó un imán a cenizas de sangre y no encontró ninguna partícula en el imán. Fue Engelhart el que aisló, la que denominó hematina, e investigó este pigmento y encontró en él hasta un 50% de óxido férrico. Como Berzelius diría, reduciendo el óxido se obtiene hierro metálico, que se deja atraer por un imán. Pero para ello era necesario pasar por Estocolmo.

Whöler aprendió con Berzelius, lo más valioso que se puede adquirir con un maestro: el razonamiento químico. Había conocido opiniones y teorías, ensayado experimentos, repitiendo centenares de veces. Allí conoció la propuesta de Oërstedt, sobre las leyes naturales de la Química, que concretaba en dos fuerzas naturales que rigen en la materia: la de combustión y la de inflamación. La primera actuaba en los cuerpos combustibles y en los álcalis y la segunda en el oxígeno y en los ácidos. Conoció las teorías de Davy, que admitía que los átomos se electrizaban por contacto recíproco, como las láminas de las pilas de Volta. Y aprendió las propuestas de Berzelius, para quien los átomos estaban, de forma natural, cargados eléctricamente, poseyendo un polo positivo y uno negativo. Todas las reacciones eran debidas a esto. Whöler le evidenció a Berzelius que pensaba que la teoría de éste era infalible, a lo que Berzelius contestó sonriendo y le narró lo que ocurre con las teorías, cuya mayoría resultan ser falsas y, precisamente, aquellas que parecen infalibles, conducen, con el paso del tiempo, a contradicciones. La dinámica de la Ciencia es así. Los adversarios de una teoría presentan oposición y llevan a cabo experimentos y cálculos intentando apoyar su oposición, buscando falsar la teoría, demostrar que es falsa y con ello, plantean una nueva forma de verlo, una nueva teoría, que se acerca un poco más a la verdad que se pretende describir. Un auténtico maestro, Berzelius. Sobre todo un maestro.