FATAL LIGEREZA por el Prof. Dr. D. Alberto Requena Rodríguez, académico de número

Si tomamos en la mano un puñado de tierra, habremos colectado unos 20 gramos de aluminio; cantidad suficiente para fabricar una cuchara. Aunque el aluminio no se encuentra en estado puro en la Naturaleza, sus compuestos constituyen una octava parte de la corteza terrestre. Es el tercer elemento más común en la Naturaleza. Acompaña al silicio en el basalto, a la arcilla que es silicato de aluminio hidratado y muchos otros compuestos. Aluminio y oxígeno en diferentes proporciones, junto a otros metales forman el rubí (óxido de aluminio con hierro y cromo que le dan el color rojizo característico), zafiro (una mezcla de óxidos de aluminio, hierro y titanio que le dan el color azul) y esmeralda (un silicato de aluminio y berilio, junto con cromo y vanadio que le dan el color verde). Su gran aportación es su liviandad que es menos de la mitad de la del hierro.

 

Deville era profesor de Química de la Escuela Normal de Paris y en sus investigaciones dio con la forma de obtener aluminio a partir de la arcilla. El Senador Dumas se lo relató a Napoleón III y éste, siempre a favor de cualquier cosa que pudiera ser extraordinaria, apoyó las investigaciones y le facilitó los recursos para pasar del laboratorio a la explotación industrial. Deville construyó hornos refractarios para sustituir las grandes vasijas que había utilizado Woehler para reducir el cloruro de aluminio con potasio. El procedimiento resultaba muy costoso y salía al mismo precio que tenía el oro. No fue ello óbice para que se iniciara un mercado en el que el aluminio servía como material para fabricar muchas otras cosas. En la exposición Universal de Paris de 1867 se exhibieron cadenas de reloj o petacas de aluminio. Sumamente costosos, solamente estaban al alcance de los muy ricos. Pero se puso de moda como material.

 

Habían pasado cuarenta años desde que Davy había fracasado en la obtención del aluminio, aunque fue quien le puso el nombre, pero fue Bunsen quien logró obtenerlo por procedimientos electroquímicos. Davy empleó pilas Volta pretendiendo efectuar la electrolisis del óxido de aluminio. Fracasó por insuficiente corriente. Bunsen utilizó una batería de pilas de carbón y cinc, que el mismo había inventado, empleando un compuesto de cloruro de sodio y aluminio que el mismo preparó. En el primer ensayo ya obtuvo bolitas de aluminio metálico. Fracasó para obtenerlo en grandes cantidades, aunque ya había logrado demostrar que la vía electroquímica para obtenerlo era factible.

 

Deville siguió experimentando y perfeccionando y aferrado a su método. Aumentar el rendimiento y disminuir el costo eran sus objetivos permanentes. Un metal blanco, que no cambiaba, prácticamente, con la exposición al aire o con la fusión, maleable, tenaz y resistente y que bruñido era, prácticamente, un espejo. Prometía desplazar al cobre, al hierro, incluso a la plata, siempre que se disminuyera su coste. Posteriormente descubrió la creolita que procedía de Groenlandia. Seguía utilizando la fusión como proceso de obtención. Una vez que conoció el procedimiento de Bunsen, lo ensayó, aunque no logró avanzar prácticamente nada. Las fábricas abiertas en Inglaterra, Estados Unidos o Alemania, supusieron que la demanda de creolita creció, considerablemente, con el consiguiente aumento del precio. Lo que conseguía mejorando la tecnología del procedimiento, lo perdía con el incremento del precio de la creolita.

 

De pronto apareció en el escenario la bauxita (mezcla de óxidos de aluminio hidratados). Era conocida ya, más de cincuenta años, compuesta un cincuenta por ciento de arcilla y el resto, óxido férrico y agua. Como había en Francia, no implicaba derechos de aduanas y resultaba económico, por tanto, para Deville. La producción aumentó y los precios bajaron. Pero llegó un momento en que dejó de bajar el precio. Ya no lo hizo más, por mucho esfuerzo que pusiera Deville. Toda su lucha desesperada resultó inútil. La mañana del primero de Julio de 1881 su cadáver fue recuperado de las aguas del Sena. El peso del trabajo que el mismo impuso, acabó por cobrarse su propia vida. ¡Fatal ligereza!