EVOLUCIÓN por el Prof. Dr. D. Alberto Requena Rodríguez, académico de número

Asistimos a un proceso penoso, que plasma de forma muy elocuente los desastres que desencadena nuestra conducta depredadora con el Medio Ambiente. El Mar Menor languidece mortecino marcando un final a su existencia que pone de relieve la incapacidad de recuperarse, básicamente, por la incapacidad de que los humanos (muchos) comprendamos lo que le ocurre. Viene sucediendo así desde hace tiempo. Las autoridades, con gran carga de ignorancia deliberada, son incapaces de articular nada que pueda paliarlo. Se limitan a declaraciones vacías de contenido, con credibilidad próxima a cero y con evidencia de que no hay compromiso en solucionar la dolencia que afecta a nuestra realidad natural más emblemática.

Dando bandazos, sin demasiado fundamento, han buscado culpables, selectivamente, largando una andanada a ganaderos que operan a distancias superiores a los 31 kilómetros, haciendo que impermeabilicen las balsas de purines, con el gasto que ello conlleva y la merma de sus explotaciones, y no ha tomado medidas para los cultivos suficientemente próximos al litoral, con un sinfín de hectáreas cultivadas y unas lixiviaciones indeseables e inevitables, según se va viendo,  por su propia existencia. Los informes de los que actúan desde el ámbito científico, que no parcial ni interesado económicamente, han sido desoídos sistemáticamente. Deberán pensar que queda tiempo para pasar a mayores. Pero la Naturaleza no perdona. Y vuelta a suceder. Los episodios de peces muertos, el olor a cloaca, el aspecto deplorable, configuran un espacio que el tiempo no arregla, porque la raya se ha sobrepasado.

Me han impresionado unas fotos que he contemplado, porque un registro de esta naturaleza no se mira, se contempla, en la que los peces saltan a tierra como escapando del infierno en el que se encuentran. Al margen de consideraciones técnicas y precisiones del lenguaje, unos peces escapando del medio que es su hábitat, es impresionante. El equivalente humano es escapar de llamas o lanzarse al mar decidiendo poner fin a tu vida, o arrojarse por un acantilado para finalizar tu existencia. No hay palabras para describir la circunstancia. El hecho es que, con sistemas neuronales muy incipientes, estos seres vivos deciden tratar de alcanzar otra circunstancia ambiental que pueda prolongarles la propia existencia. Dramático, a la vez que aleccionador del nivel de estulticia humana que se ha alcanzado colectivamente. La incapacidad humana, también, de solucionar el problema es palmaria. Resuena aquello de que cuando observas que alguien es víctima y callas, solamente debes pensar que algún día la victima serás tú. ¿Qué se puede esperar de una sociedad capaz de dejar extinguir a una parte de su entorno, vital para que la vida siga?

La paleontología, la biología molecular y la ecología de la conservación ofrecen una visión de la respuesta de la vida a los cambios ambientales, al tiempo que ayuda a comprender el impacto que imponen las actividades humanas a las especies marinas. A la conquista de los océanos por los animales terrestres tetrápodos a lo largo de mas de 250 millones de años, animales vertebrados terrestres como pingüinos, tortugas, etc. descienden de vertebrados que evolucionaron para poder prosperar en entornos acuáticos. Al contrario, debió suceder algo parecido y consta que ha ocurrido varias veces. En todo caso, ha supuesto una diversificación en un contexto de cambios y extinciones que fue protagonista en el periodo Triásico.

No cabe duda de que hoy, causado por los humanos, los tetrápodos marinos se enfrentan a impactos a su medio ambiente, desde el cambio climático a la degradación de su hábitat, incluyendo efectos secundarios de la presencia de embarcaciones y colisiones con ellas o convivencia con el ruido subacuático, infringidos por vehículos de todo género y condición, sin ley de contaminación sonora que los ampare. Algunos caracterizan nuestro tiempo como nueva era geológica: antropoceno. Hay expertos que sostienen que, en 1950, con la difusión en la atmósfera de las partículas radiactivas emanadas en las bombas de Hiroshima y Nagassaki, finalizó el período anterior, el holoceno.

Las transiciones han sucedido muchas veces. La vida comenzó en el mar y permaneció allí, exclusivamente, millones de años. La lucha contra la gravedad, mitigada como se sabe sumergida en el agua y la moderación con que ajusta las oscilaciones de temperatura, gracias a una propiedad muy exclusiva del agua, cual es su elevada capacidad calorífica que permite amortiguar sutilmente las variaciones de temperatura, convierten al ámbito marino en ideal para cultivar la vida. Bacterias crearon la fotosíntesis y cambiaron la atmósfera. El oxígeno diatómico sometido a grandes pulsos de energía como los propios de las descargas de rayos, se descompone en los átomos que lo forman y cabe la asociación de tres de ellos, en lugar de dos, para formar ozono, que absorbe la radiación ultravioleta que afecta directamente a la molécula de ADN, que si lo absorbe, y queda rota y derivan desde mutaciones hasta la propia vida. Sin el Ozono no se hubiera podido desarrollar la vida.

Las primeras transiciones mar-tierra fueron de microorganismos cuya fotosíntesis se lleva a cabo empleando los dos isótopos mas ligeros del carbono atmosférico que con Carbono 12 y el Carbono 13, como dejan constancia las rocas terrestres mas antiguas. Horodyski y Knauth han encontrado microorganismos tubulares de 1.200 millones de años de antigüedad. Las cioano bacterias azul-verde fueron los primeros microorganismos acuáticos que realizaron la fotosíntesis. Son probablemente los primeros seres vivos que salieron a la tierra. Le siguieron algunas algas.

También en el agua había animales, invertebrados como los artrópodos y moluscos y vertebrados como los peces que comían de la vegetación superficial y de ellos mismos. En las zonas limítrofes como las playas, en el aire contiguo, también, la vegetación inducía a abandonar la humedad. Cuando la marea bajaba o el lago se secaba o resultaba “irrespirable” el ADN hacía su trabajo y de las mutaciones surgía que los animales que buscaban alimentarse de la vegetación superficial, lo hacían de forma cada vez más eficiente, primero en el borde y finalmente en la tierra.

Se han encontrado huellas de los primeros pasos sobre la tierra por Jonston, datando el hecho en 450 millones de años, por parte de artrópodos de muchas patas que vivían en aguas poco profundas y podían moverse en el aire cuando bajaba el nivel. Los exoesqueletos de los artrópodos les protegen de la sequedad y podían escapar con las patas de las que están dotados. Todo esto se ve ayudado por el hecho de que la luz del Sol solamente penetra unos 75 centímetros, por lo que las plantas que realizan la fotosíntesis necesariamente tienen que utilizar las partes superiores. En tierra estas plantas se hicieron rígidas compitiendo en altura con sus vecinas, por la luz del sol. Se han encontrado tubos embebidos en fósiles de plantas datadas en 450 millones de años, considerándose antecesoras de las plantas vasculares actuales, que elevan los fluidos contra la gravedad alcanzando en el bombeo alturas inusitadas.

Estas plantas satisfacían el apetito de los animales que estaban en el agua, principalmente los vertebrados. Pero los peces no tienen, ni tenían, patas. Los descendientes de los primeros osteolepiformes sarcopterigianos, denominados artrópodos, si tenían cuatro extremidades y fueron los antecesores de los anfibios que ya respiraron aire, aunque la descendencia se desarrolló en el agua. El paleontólogo Ahlberg ha datado el primer artrópodo fósil en 370 millones de años. La mutación de las patas supuso una ventaja para moverse en aguas poco profundas, donde es complicado nadar y llenas de vegetación. Posteriormente aparecieron las patas de los vertebrados para utilizarlas sobre la tierra.

En el fondo somos tetrápodos contemporáneos. Pero hay otros que llegaron antes que nosotros, y compiten con ventaja sobre nosotros. Pero lo que nos ocupa es una especie de situación extravagante en la que, lamentablemente, solamente queda que la evolución sea capaz de mitigar el desastre. Los peces hoy, en el Mar Menor, escapan del mar por negarse a enterrar la vida. Todo lo que parece que podemos hacer los humanos (según se ve por lo que nuestros dirigentes hacen y proponen) es confiar en que la evolución prospere generando mutaciones que los salve. Duro relato del humano que, desesperado ante la pasividad de una sociedad que no entiende ni es capaz de reaccionar ante el desastre que ha generado, solamente pueda confiar en que la evolución solucione el problema, dentro de ni se sabe los millones de años que tendrán que transcurrir. Con las tonterías que hacemos, dejamos esto como un solar. Arrasamos. Es duro conformarse con esto, ¿o no?