EVITABLE DESIGUALDAD, por el Prof. Dr. D. Alberto Requena Rodríguez, académico de número

Es usual que Ciencias poco exactas, quizás mal denominadas, pretenden dar rigor a sus especulaciones acudiendo a otras Ciencias más rigurosas. Física, Química y Matemáticas siguen siendo la referencia, cuando tal cosa se pretende llevar a cabo. En el mundo de la economía es harto frecuente acudir a procesos físicos similares o pretendidamente similares. En muchos otros casos, la analogía ha sido un motor de impulso al desarrollo de teorías, en casos, sumamente eficaces. El tratamiento de las redes neuronales emerge por analogía con el proceso de tratamiento de los espines, propio del mundo de la resonancia magnética nuclear. La desigualdad, no iba a ser menos.

Las cifras son recalcitrantes: la riqueza que acapara la población más rica del planeta, cada vez es mayor, en proporciones insultantes. La riqueza está cada vez más concentrada. EEUU, laboratorio mundial del neoliberalismo es contundente: la rebaja de impuestos a los más ricos practicada en los años ochenta por Reagan y a principios de siglo por Bush, generó un crecimiento económico inferior al de Clinton en la última década del siglo pasado, que incrementó la presión fiscal a los más favorecidos y aplicó políticas de redistribución de los recursos. El aumento de los ingresos generados en Estados Unidos en los últimos 30 años ha ido a parar al 1% más rico de la población. Los niveles de desigualdad siguen creciendo. España figura en la cabeza europea del incremento de las desigualdades.

Pero elevados niveles de desigualdad implican altos costes sociales, con consecuencias indeseables que van desde aumento de tasas de criminalidad, hasta la reducción de las posibilidades del mercado laboral, con incidencia, también, en la clase media trabajadora. La cosa es, pues, que afecta la desigualdad al crecimiento económico, que formula una hipótesis contundente: crecer económicamente implica ineludiblemente la reducción de desigualdades. Todo discurso neoconservador está carente de evidencias, por poderosas que sean las doctrinas y quedan desmentidas una y otra vez, en ese escenario privilegiado para el liberalismo económico que son los Estados Unidos y otros países que siguen las doctrinas que lo soportan. Desigualdad lleva de la mano el decremento de inversión en la población, que incide en el desarrollo económico, en un bucle que se refuerza de forma que quienes concentran la riqueza influyen en las políticas que defienden sus intereses, y para nada se ocupan de inversiones productivas en tecnología, investigación y desarrollo. Hasta el consumo se ve afectado, deprimiendo la demanda interna. Crisis financieras y burbujas aparecen al socaire de la desigualdad. La calidad de la democracia no se deja escapar. Howell sentencia: a menor tamaño de los gobiernos, mayor desigualdad. La mejora del crecimiento económico requiere la disminución de la desigualdad. Hay razones éticas para ello, no solo razones económicas. La eficiencia que estimula el crecimiento tiene un buen basamento en el mejor reparto de las oportunidades.

Los modelos basados en agentes que consideran transacciones primero entre dos agentes o actores, que intentan optimizar cada uno de ellos, el resultado económico. El clásico trata que supone ponerse de acuerdo y terminar con un apretón de manos, que nos refieren los mayores. Es el prototipo del equilibrio entre oferta y demanda. Hasta tal punto es así, que se ha confundido en el pensamiento “ilustrado” libertad de mercado con el propio concepto de libertad. Puro espejismo, como veremos más adelante. El modelo “afín” trata una distribución de la riqueza con gran precisión y pone al descubierto un devenir asimétrico que desemboca en una concentración de la riqueza. Se ha desvelado como la mejor radiografía que pone al descubierto las fuerzas operativas tras el aumento actual de la pobreza y la desigualdad.

El movimiento y distribución de la riqueza es consecuencia de las transacciones económicas. Dos grupos de físicos de las Universidades de Boston y la de Maryland, propusieron, por analogía, que la utilización de las herramientas de la física estadística permitían describir el comportamiento de la desigualdad. Chakraborti del Instituto de Física Nuclear de Calcuta propuso el modelo de “venta de segunda mano” que simula procesos propios de la transacción económica entre dos personas, llevaba de forma inexorable a la concentración de la riqueza y emergencia de la oligarquía. Las bases son las siguientes: si en una transacción la cantidad pagada corresponde a su valor, la riqueza no cambia de manos. Pero si el comprador paga más o el vendedor cobra menos, hay transferencia de riqueza entre ellos. Bajo el impulso innato de que nadie quiere arruinarse, Chakraborti supuso que la cantidad que se puede perder solo es una fracción de la riqueza de la persona más pobre. Repetido este proceso hasta un número suficiente de transacciones, la sorpresa es que se llega a una situación de desigualdad extrema: la riqueza acaba inevitablemente en los bolsillos de una única persona cuando implicamos a muchas en el experimento. El sistema de diabólico. Si completamos miles o millones de transacciones y observamos como acaba distribuida la riqueza, comprobaremos que acaba en unas manos solamente. Se puede simular fácilmente: supongamos que en cada transacción se puede ganar hasta el 20% de la propia riqueza de manos del otra agente con el que efectuamos la transacción y podemos perder hasta un 17 por ciento cuando nos toque perder. Como suponemos que la economía de mercado es estable y justa, nadie tiene ventaja y decidimos como se mueve la economía lanzando una moneda al aire: cara ganamos y cruz perdemos. Si simulamos una economía, un único agente acaba acumulando toda la riqueza, sin importar la riqueza inicial de cada uno de los que participan incluso aunque en el intermedio el agente mas pobre pudiera salir beneficiado. Cualquier, eso, si puede convertirse en el oligarca, que sería la versión de la igualdad de oportunidades. Incluso se llega al mismo resultado cuando todos los que participan parten de la misma riqueza.  Si hay diferencias de partida, la riqueza del más pobre disminuye más rápidamente, Boghosian y Chorro evidenciaron matemáticamente el resultado. El análogo físico es la ruptura de la simetría. Las transacciones podrían parecer inocuas, pero no lo son en modo alguno.

Hay una tendencia a la desigualdad, porque la tendencia innata de la riqueza es a fluir hacia los más ricos, subtendiendo la oligarquía absoluta. Cuando se habla de que el mercado es imperfecto, es esto lo que tiene detrás. Es imperfecto, significa asimétrico. Solamente la redistribución de la riqueza puede paliar las tendencias inescrutables que subyacen en ese subsuelo sórdido que pueden pretender que ignoremos.

Resulta, cuando menos curioso, que en la literatura económica, encontremos referencias a términos como condensación, transición de fase de segundo orden y cosas parecidas. Ciertamente la analogía es capaz de suscitar la creatividad investigadora a todos los niveles. También para la desigualdad. 388 personas tenían en 2010 más riqueza que la mitad de la población humana mundial. En 2016 el número de personas que disfrutaban de tal “privilegio” eran, solamente, 62. Todo está dicho. Lo peor es lo que hay debajo, lo que asumimos “sin dolor”, por pura ignorancia, lo que con gran probabilidad no queramos conocer, lo que nos corroe y fulmina la vida en sociedad: los impulsos de las tendencias subyacentes que tienen este sesgo inevitable mientras no corrijamos un mercado que no nos considera ajustadamente. La redistribución de la riqueza es de obligado cumplimiento, mientras el sistema que nos rija sea de corte neoliberal y neoconservador, en el que todas las Instituciones que se generan van contaminadas con el mismo “virus”. No hay más que atenerse a los “adelantos” de la globalización, que no mundialización en la que andamos sumergidos. Gracias a las Ciencias rigurosas, podemos ser más conscientes de cuál es nuestro devenir previsible. Otra cosa es que hagan caso lo que tienen la responsabilidad de hacerlo. Ahora hay fundamentos, además de intuiciones. Para eso están las Ciencias, para evidenciar. Lo demás son creencias.