Ética y credibilidad científica por el Prof. Dr. D. Alberto Tárraga Tomás, académico de número

Hace unos días, a través de los medios de comunicación, se conoció que un comité formado por once expertos, elegidos por el Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas de EEUU (NIAID), mostraba su preocupación por el hecho de que, a pesar de que la vacuna de la farmacéutica AztraZeneca era completamente segura y eficaz, la compañía había obtenido el aval de las autoridades médicas estadounidense para dicha vacuna “utilizando los datos más favorables resultantes del estudio sobre su eficacia, en lugar de los más completos” lo cual “podía erosionar la confianza de la opinión pública sobre el proceso científico utilizado”.

Es indudable que la confianza que la sociedad otorga a la investigación, y publicación de resultados de los investigadores, ha de residir tanto en el mantenimiento de unas reglas de integridad científica como en la honestidad académica de todas las personas que en la investigación actúan como transmisores de la veracidad de los resultados hallados en sus laboratorios. Ello obliga a que las conclusiones de cualquier investigación estén apoyadas en el análisis e interpretación correcta, concreta y fiable de todos los datos resultantes en la misma, debiendo huir de la sobreinterpretación de los mismos e incluso de especulaciones sobre algunos resultados cuya reproducibilidad pueda ser, a veces, difícil e incluso engañosa. A este respecto, sería necesario, e incluso obligatorio, evitar la rápida publicación de sólo aquellos datos que pudieran avalar la hipótesis de trabajo y hacerlo, solamente, cuando se hubiese realizado una comprobación minuciosa de las causas asociadas a los datos negativos obtenidos o a las posibles desviaciones observadas. En caso de optar por la rápida publicación, lo verdaderamente honesto sería que, cuando se detectara una falta de reproducción total de los resultados previamente publicados, los mismos autores de la investigación, y mediante estudios adicionales, hiciesen partícipe a la comunidad científica del origen de las desviaciones o errores detectados, así como de los necesarios ajustes a realizar para poder justificar la absoluta compatibilidad de sus conclusiones con la totalidad de los resultados observados.

Por tanto, teniendo en cuenta el comportamiento de estos laboratorios, no resulta extraño el revuelo informativo surgido, ya que la sociedad demanda de los científicos no sólo la observación de un estricto código ético, asociado a la fidelidad y verdades derivadas de sus investigaciones, sino, también, que sean transparentes y eficientes, actuando como mensajeros fiables que disipen cualquier atisbo de preocupación e incertidumbre en la ciudadanía.