Energía, vida y muerte por el Prof. Dr. D. Cecilio Jesús Vidal Moreno, académico de número

Cualquiera que sea la causa de muerte en personas o animales sus células y tejidos son rápidamente destruidos porque pierden la capacidad de generar energía. Tal aptitud queda gravemente dañada cuando les falta el suministro de sangre (isquemia), oxígeno (hipoxia) o glucosa (hipoglucemia). El cáncer y las patologías cardiovasculares (ateroesclerosis, infarto…) llevan a la muerte entre otros motivos porque producen isquemia en los tejidos próximos. En ocasiones, las células no mueren por isquemia, sino por fallos genéticos o funcionales en la central energética de la célula (la mitocondria). Es lo que ocurre en ciertas patologías degenerativas, como la enfermedad de Parkinson, de Huntington y otras, y seguramente es la causa principal del envejecimiento celular. Pero ¿por qué mueren las células si les falta energía? Necrosis y apoptosis son dos formas de muerte celular. La primera, descontrolada y caótica, acaba con la explosión de las células; la segunda, programada y altamente ordenada, termina con la digestión de los componentes celulares. En condiciones de ausencia total de oxígeno o glucosa prevalece la necrosis, porque la apoptosis requiere cierta cantidad de energía. En cambio, situaciones transitorias de isquemia, hipoxia o hipoglucemia favorecen la apoptosis. Cerebro y corazón, en ese orden, son los órganos más vulnerables a la falta de energía. Regiones del cerebro quedarán fatalmente dañadas después de 15-30 minutos de isquemia, como resultado de una trombosis. La falta de energía impulsa la liberación de glutamato, la activación de sus receptores y la consiguiente entrada de calcio en las neuronas. Seguidamente, aparecerá apoptosis o necrosis, según la cantidad de calcio que acumulen, con efectos devastadores para las redes neuronales. La isquemia que acompaña a las enfermedades coronarias favorece la acumulación de calcio en el interior de la célula cardiaca y con ello su apoptosis o necrosis, según la duración de la isquemia. Como vemos, lo que llamamos vida depende del aporte continuo de energía para que células y tejidos puedan desarrollar sus funciones. En estos tiempos en los que el consumo de alimentos se vigila y restringe para evitar el indeseable sobrepeso y, a menudo, para mantener una figura que inexorablemente se deteriora con el paso de los años, sirva esta reflexión de llamada al ejercicio de una alimentación sana y responsable, de modo que aquéllos que se someten a dietas hipocalóricas no pongan en riesgo la supervivencia celular y con ello su propia salud.