El dardo en las palabras: mínimos y minutos por el Prof. Dr. D. José García de la Torre, académico de número

Parafraseo el título de D. Fernando Lázaro Carreter, cuyos textos de Lengua y Literatura estudié hace años, y parafraseo a continuación a Fray Luis (“Decíamos ayer…”). En mi anterior – y algo frívola – columna sobre “Química y Amor”, decía, acerca de las feromonas, que “…mínimas cantidades…” de estos compuestos químicos son eficaces vehículos de comunicación sexual en el reino animal. Empero (y dejando al margen los pormenores), en mi texto inicial escribí “minutas cantidades”. Insistía D. Fernando en los perjuicios que en nuestro idioma está causando la simplificación del lenguaje en la que incurrimos, unos con menor y otros con mayor frecuencia, los genéricamente denominados “comunicadores” (políticos, científicos, periodistas, profesores,…). Cuando ya se venía apuntando esta degradación en otros ámbitos, ahora se extiende del lenguaje a las ciencias, constatándose en letras y ciencias similares desconocimiento y desinterés. Lenguaje y matemáticas (y por extensión las demás ciencias básicas) van, hoy día, parejas en impopularidad estudiantil y claro déficit educativo. Pues si echamos mano del diccionario de la Real Academia, podemos verificar las imaginables acepciones de ambas palabras, “minuto” y “mínimo”; consulten ambas si sienten curiosidad: alguna acepción puede ser válida pero obsoleta, y alguna otra parece simplemente inapropiada. Y los que estudiaron, y recuerden, algo de las matemáticas elementales, tendrán una noción de lo que es, matemáticamente, un mínimo. La definición del diccionario coincide con la matemática, diciendo con claridad que es “tan pequeño en su especie que no lo hay menor o igual”. Y no voy a aburrir al lector con derivadas primeras y segundas … El año pasado, refiriéndose a la posible y preocupante caída en nuestro planeta de fragmentos de un meteoro extraterrestre, un periódico titulaba: “La probabilidad de sufrir un impacto es mínima”. Mensaje, sin duda, tranquilizador. Hablaba en general, y no especificaba tras el titular a qué lugar se refería, pero supongamos, por ejemplo, que se refiriese subliminalmente a nuestra región. Pues bien, de ser así, según las matemáticas y el diccionario, se estaría diciendo que era más probable que cayera en Albacete, Almería, Alicante, o en el Mediterráneo, que en la Región de Murcia. Quizás sea esta una columna algo academicista, para un tema que no es de tamaña, sino más bien diminuta (aunque no mínima) importancia. La única moraleja pretende ser que se puede tratar de comunicar, sin perjuicio de la riqueza del lenguaje y de la precisión de la ciencia.