El coronavirus y la caverna de Platón por el Prof. Dr. D. Angel Ferrández Izquierdo, académico de número

La tremenda reclusión a la que nos hemos visto sometidos ha traído a mi memoria la Alegoría de la Caverna, de Platón (427-347 a. C.). Mientras las enseñanzas de Sócrates se llevaban a cabo mediante preguntas y respuestas, las de Platón, su discípulo más aventajado, las planteó en forma de diálogos, donde el maestro Sócrates era el contertulio habitual. La República es el diálogo más ambicioso de Platón donde expone tanto sus ideales políticos como sus teorías de la naturaleza del ser (ontología) y la naturaleza del conocimiento (epistemología).

La República relata una discusión entre Sócrates y algunos de sus alumnos sobre la naturaleza de la justicia, conduciéndoles al acuerdo de que la justicia debe ser considerada un bien social, y a buscar qué tipo de estructura social sería la idónea para definir la justicia y ponerla en funcionamiento. Sócrates y sus estudiantes acuerdan que para que un estado sea justo debe ser dirigido sabiamente, por lo que una buena parte del diálogo está dedicado a pensar cómo crear líderes sabios.

En sus diálogos, Platón afirma la existencia de tres niveles diferentes de realidad, uno de los cuales vivimos y percibimos a través de los sentidos. El primer nivel de realidad se refiere a las “formas” (idéai), que son conceptos o ideales abstractos, perfectos e inmutables, que trascienden el tiempo y el espacio. Para Platón el mundo físico es solo una sombra, o imagen, de la verdadera realidad, que se halla en el reino de las “formas”. La Alegoría de la cueva es una teoría presentada por Platón sobre la percepción humana. Platón afirmó que el conocimiento adquirido a través de los sentidos no es más que una opinión (dóxa) y que el conocimiento real (epistéme), debemos obtenerlo a través del razonamiento filosófico.

La pandemia nos ha encerrado y condenado a ver pantallas planas, a contemplar sombras en la pared de enfrente, como aquél prisionero encadenado en el fondo de la caverna obligado a ver solo sombras de una realidad que desconoce. Un aluvión de cifras de contagios, fallecimientos y altas que cambian por segundos y de muy dudosa credibilidad en función de quién las cuenta y de dónde proceden. Al cautivo se le permite un ápice de libertad para contemplar la realidad y se encuentra con un mundo disparatado de calles vacías y seres anónimos enmascarados. Me temo que la caverna de hoy haya quedado reducida a telediarios, twitter, facebook, instagram y whatsapp, y el pueblo se haya dejado encadenar a una realidad que no es la suya y no está dispuesto a averiguar la verdadera, pues prefiere aferrarse a una verdad acomodaticia, por interesada, aunque sea falsa, emanada de unos líderes tan impostores como necios.