EL AVANCE CIENTÍFICO por el Prof. Dr. D. Alberto Requena Rodríguez, académico de número

Ciertamente el afán por el descubrimiento es connatural a la especie humana. En todas las épocas ha existido una curiosidad asociada a la capacidad de razonamiento, que nos ha llevado sucesivamente al desarrollo y el progreso. Probablemente, hay dos grandes periodos que destacan sobre el resto, en la fertilidad de los descubrimientos, como son los disfrutados en la Antigua Grecia, en concreto el periodo helenístico que se extendió desde el siglo III al I antes de Cristo, centrado en Alejandría, y en los siglos XVI y XVII, en los que se gestó la revolución científica más caracterizada, de la mano de Galileo, Newton, Leibniz, Copérnico o Descartes, entre otros.

No hay que buscar una coincidencia en los objetivos en las distintas aportaciones, aunque en todas ellas se identifica la reflexión sobre la Naturaleza y sus leyes. Siempre, una contribución se basa en una anterior que actúa de semilla para incentivarla. Copérnico se inspiró en Ptolomeo para cambiar la interpretación de quien quedaba estacionario en el devenir celeste, la Tierra o el Sol. Como muchas veces hemos indicado, la Ciencia en su evolución involucra a los escalones anteriores y va tejiendo una urdimbre en la que todo se relaciona. Es la lectura, la visión, la que va permitiendo afinar y profundizar en la interpretación.

Ya en vida, el propio Pitágoras identificó la existencia de leyes que subyacían en la Naturaleza, lo que implicaba el abandono de la interpretación que involucraba la voluntad de los dioses en el devenir de los procesos naturales. Tuvieron que pasar muchos años hasta que se pudiera considerar la separación de la Ciencia de los aspectos religiosos en el periodo helenístico anteriores a Ptolomeo. No obstante, también los Griegos inocularon algunos tics negativos como el hecho de que Platón pensara y predicara que la razón era todo lo que se precisaba y que no hacía falta mirar al cielo para estudiar astronomía. De aquí derivó la creencia, realmente muy extendida, de que el mundo físico eran matemáticas y que razonando en su ámbito era suficiente para encontrar las verdades de aquél. Afortunadamente, andando el tiempo se forjó una posición más ajustada, según la cual se formulan hipótesis y se aceptan en el grado en el que se ven corroboradas por la experiencia, como propuso tiempo después Huygens y muchos otros.

La Edad Media, oscura, ausente aparentemente, fue la cuna de las Universidades con el impulso que posteriormente darían al avance científico. Pisa, Padua, Cambridge, y un largo etcétera, fueron las genitoras del movimiento intelectual gestado a finales del primer milenio y concretado, contribuyendo a asentar la idea de que la Naturaleza era comprensible y había que estudiarla y reflexionar sobre ella. Se había pasado por la decadencia del imperio romano y los oscuros mil años del imperio bizantino. En este periodo los clásicos griegos sirvieron de referencia y, como indica Weimberg, cabe señalar a Al-Haytham en su obra Optica, que explicó por qué la luz se curva al pasar del aire al agua, por ejemplo. En el periodo islámico no faltaron las referencias negativas a la Ciencia, al considerarla incluso una distracción del Islam, como predicó Al-Ghazali. El cristianismo pudo contribuir al agotamiento de las aportaciones científicas, tanto de griegos como del Islam, evitando el cuestionamiento derivado de evidencias contrarias a las descritas desde el dogma.

Como propone Weimberg, la idea de que este avance en el descubrimiento científico ha sucedido a través de cambios discontinuos, como propone Khun, no es aceptable, porque cualquier avance hunde sus raíces en la etapa anterior. No ocurre lo mismo en todos los campos de conocimiento y artísticos conocidos. Esto supone una diferencia sustancial entre las historias de los distintos ámbitos. No se trata de otorgar la razón o la bondad a una explicación de un determinado momento histórico. En el ámbito científico hay un criterio transparente para aceptar o rechazar una explicación, teoría o interpretación. La razón es que en Ciencia nunca se trata de una explicación cultural que responde al entorno, como puede ocurrir con los movimientos artísticos. En Ciencia hay unas verdades a descubrir, que nos están esperando. Cuando se trata de explicaciones parciales, indebidas o desenfocadas, al final serán reconocidas como errores. El tiempo, solamente transcurre para confirmar la bondad de la Ciencia formulada. Pasado y futuro se conectan y, se condicionan, estimulan e implican. Esto hace a la Ciencia un objeto diferente para la historia, ya que lo correcto se identifica en tiempo o a posteriori. No está sujeta al condicionamiento del entorno o al filtro cultural. En la Ciencia la verdad se busca de forma insistente. Cuando parcialmente se encuentra, se avanza, se cuestiona, se corrobora y saliendo airosa, supone un progreso. El pasado instiga e incentiva el progreso. También la irrupción cuántica fue motivada por la insatisfacción anterior a su formulación. Realmente, es un discurso bello el que inspira la Ciencia. Nada queda desconectado. Al final todo tiene que armonizarse. Es entonces cuando la verdad aflora.