Desequilibrios por el Prof. Dr. D. Ángel Pérez Ruzafa, académico de número

Recientemente se ha publicado un nuevo avance en la comprensión del origen del Universo. Para que el universo que conocemos sea posible y la materia no se neutralizara con la materia oscura se necesitó un leve desequilibrio a favor de la primera. Dicho desequilibrio fue producido por unas partículas sin carga, los neutrinos. Pero esto no debería sorprendernos y podría haberse predicho. La única posibilidad de contrarrestar la segunda ley de la termodinámica y evitar que todo se homogenice es forzar desequilibrios, para que de este modo fluya la energía, así poder ofrecer resistencias a dicho flujo, y emplear el trabajo que se genera en crear estructura y heterogeneidad, es decir, aumentando los desequilibrios con el entorno, para seguir manteniendo el sistema. Ya hemos escrito otras veces sobre esto en el contexto de lo que hace posible la vida, y también a la hora de hablar de la atracción de las fronteras y por qué en ellas se mueve la economía, el comercio, la cultura, y la historia.

Sabiendo esto, es fácil comprender muchas de las cosas que ocurren a nuestro alrededor. Sin caer en teorías de la conspiración, el crecimiento de una sociedad y el aumento de sus infraestructuras tiene que hacerse del mismo modo. Por eso el campo es explotado por las ciudades, los estados y los imperios crecen a expensas de someter a otros territorios y los países desarrollados siguen haciéndolo a costa de los del tercer mundo. Esto es un principio ecológico básico. Los ecosistemas más desarrollados y complejos consumen todo lo que producen e incluso explotan a los sistemas más simples y productivos adyacentes. Los economistas deberían tener también claros estos principios. El crecimiento de estados como Alemania o el Reino Unido, tiene que ser a costa de mantener ciertos desequilibrios que favorezcan los flujos comerciales en una determinada dirección. Por eso, cuando todos los estados miembros de la UE alcanzan niveles de desarrollo y complejidad razonablemente altos, sostenerlos requiere incorporar nuevos estados con menor complejidad que mantengan los flujos internos. Regiones como Cataluña han venido haciendo esto sistemáticamente con el resto de España. Es evidente que antes o después esto tiene un límite cuando todos aspiran a alcanzar el mismo nivel de desarrollo. Entonces se plantea la necesidad de forzar nuevos desequilibrios, impidiendo o retrasando el desarrollo de unos para mantener los flujos netos hacia otros o saliéndose del sistema para buscar otras alternativas. La cuestión es en qué extremo del gradiente estamos nosotros. En algún lugar del universo debe estar la clave de cómo compaginar los desequilibrios, aparentemente imprescindibles, salvaguardando la justicia y sin destruir a los semejantes.