DESEQUILIBRIO BIOELECTRÓNICO por el Prof. Dr. D. Alberto Requena Rodríguez, académico de número

El tejido embrionario del que derivan los tejidos muscular y conectivo del cuerpo, así como los vasos sanguíneos y linfáticos, se denomina mesénquima. Deriva del mesodermo embrionario. La función de los tejidos conectivos es ocupar los espacios que dejan otros tipos de tejidos y el que se encuentra entre los órganos o los que sirven de soporte al organismo. Pero el tejido mesenquemático se distingue de otros tejidos conectivos porque sus células son indiferenciadas y porque tienen abundante matriz extracelular, constituida por agua, sales minerales, polipéptidos y azúcares.

Las células de mesénquima están dispuestas de forma laxa, aunque conectadas entre sí por prolongaciones que forman una estructura reticular. El núcleo suele ser grande con un nucleólo bien visible. En el embrión, la matriz es muy fluida y conforme avanza el desarrollo se incrementa el contenido en proteínas fibrosas. Puede pensarse que hace el papel de tejido conectivo embrionario, pero aparece, aunque en menor medida, en órganos de animales adultos. A partir de él se forman, en la etapa de desarrollo embrionario, los tejidos conectivos e incluso los cartílagos, huesos, sistema sanguíneo y linfático e incluso el músculo liso. Lógicamente se deteriora su capacidad conforme pasa el tiempo y se ve afectada por los hábitos de vida, pero su aportación al organismo no cesa durante toda la vida y se le atribuye la compensación de los desequilibrios ácido-base.

En un sentido amplio, hay que aceptar que el complejo sistema de procesos bioelectrónicos del organismo tiene en la alimentación un factor que le afecta de forma decisiva. La acidificación o alcalinidad y los procesos de oxidación y reducción, están en la base de todos los desequilibrios que denominamos enfermedades. La ingesta determina el escenario bioelectrónico en gran medida y parece razonable que protejamos y equilibremos el ámbito biológico, donde se desarrollan los procesos que mantienen la vida, controlando los parámetros bioeléctronicos del medio externo que nos rodea.

Vincent ha llevado a cabo un estudio en el que analiza el organismo y el medio externo que está en contacto con él, para formular un modelo capaz de evidenciar los desequilibrios y predisposiciones, las energías asociadas a las terapias y la evolución de las enfermedades, control de sustancias medicamentosas y de aguas y la alimentación. Cada alimento es único y sus propiedades biológicas, sus peculiaridades nutritivas, deben tenerse en cuenta. Lo mismo ocurre con los medicamentos o las bebidas. La orina, la sangre y la saliva son los líquidos fundamentales del organismo. Los parámetros bioelectrónicos son de interés para analizar el mesénquima y deducir si está oxidado o reducido y cargado o pobre en sales minerales, lo que incide en la resistencia con la que se opone a que tengan lugar los trasiegos de materia. Según Vincent, los alimentos se distribuyen desde las componentes ácidas y oxidadas hasta las básicas y reducidas. Parece indicar, pues, que restablecer la normalidad pasa por reequilibrar los valores de la bioeléctronica para compensar, desde el exterior, los desequilibrios detectados en el interior. El papel de la dieta, es pues, decisivo.

El agua suele llevar disueltas, gran cantidad de sales minerales y es el vehículo de las reacciones redox y si va demasiado cargada de electrolitos, bloquea el sistema renal, por ejemplo. Las sales suelen proporcionar un pH alcalino, favoreciendo los cálculos, renales y biliares. El agua no debería sobrepasar los 5 mg por litro, de nitratos. Un objetivo podría centrarse en otorgarle carácter prioritario a la “desacidificación” para lograr un equilibrio corporal. Ello conlleva que la nutrición debe realizarse en un ámbito concreto. Es probable, según estudios razonables, que en el grado en que se logre una “desacidificación” corporal, será menor la incidencia de enfermedades, incluso del cáncer y disminuir la incidencia de los procesos relacionados con la vejez. El balance final de la alimentación, debe ser alcalinizante. Siendo las proteínas componentes acidificantes, las de origen vegetal son menos ricas en purinas y, por tanto, más recomendables. Los alimentos granulados, desde los cereales hasta las semillas o legumbres, contribuyen al equilibrio. Son más recomendables las semillas que los aceites obtenidos de ellas. El carácter integral de los alimentos es una garantía del mantenimiento de la alcalinidad, además de aportar factores vitamínicos, oligoelementos y enzimas que activan el metabolismo. Las semillas oleaginosas aportan vitamina B que interviene en la regulación del sistema nervioso central y contribuye e la regulación de los parámetros bioeléctronicos, en especial del rH2, que define la carga electrónica que corresponde a un pH determinado y está relacionado con el potencial redox, ya que mide la actividad de los electrones liberados en la escisión del agua, lo que expresa, en gran medida, la capacidad y el curso de las reacciones biológicas. Tiene mucho que ver con el grado de oxidación y reducción y denota la ralentización de la oxidación orgánica.

Lo ideal es una dieta equilibrada y la dieta Mediterránea es eso lo que aporta. Según se dice, es preferible la alcalinidad que la acidez. De lo contrario el riesgo de enfermedades llega a ser 20 veces más, también se dice. Otra cosa es que se analice la incidencia de un pH superácido (entre 1 y 3) como el que opera en el estómago, que desdibuja por completo matices de acidez o alcalinidad como los que se postulan.