DESEABLE ACUERDO por el Prof. Dr. D. Alberto Requena Rodríguez, académico de número

Hace unos días llegó una información de prensa extranjera, que suministró alguien que frecuenta los envíos de escritos, aunque esta vez sin reclamaciones inherentes. Gracias por ello. Sustancialmente, la información que desbordaba era la polifacética forma de encarar la lucha contra la pandemia, a través de la búsqueda de la ansiada vacuna. En el frontispicio del artículo periodístico de Le Monde, que difundía, se consignaban 237 proyectos de vacuna contra la COVID-19 en el mundo, a finales de noviembre. Si tenemos en cuenta que se cifran en 193 países los que forman parte de la ONU, de los 194 existentes y tenemos también en cuenta cuales son los países con capacidad científica para intentar obtener una vacuna, resulta que en una distribución uniforme, muchos países tienen en su haber más de un intento, y algunos, por tanto, deben contabilizar decenas.

Un argumento generalizado es hacer descansar la esperanza de obtener una vacuna eficaz en la variedad de técnicas que emplean los diferentes proyectos. Todos comparten la idea del aprendizaje a partir del sistema inmunitario para reconocer y producir las defensas, que son los anticuerpos específicos para este virus, su antígeno. Hay varias formas de presentar una proteína que pase por ser el virus y lo reconozca como tal el organismo y para ello hay procedimientos antiguos y conocidos, así como novedosos, todos ellos con ventajas e inconvenientes. Así, se consignan las vacunas ARN que provocan la producción del antígeno del coronavirus por la célula humana en la que ha penetrado y el sistema inmunitario fabrica los anticuerpos para neutralizarlo. Otras vacunas contienen los virus, que son las más antiguas, tanto con virus vivos como muertos. Las que contienen virus atenuados inyectan una versión debilitada del virus, vivo, pero sin poder patógeno, que consiguen que la multiplicación no sea suficiente como para provocar la enfermedad. Estas últimas, parece que son indicadas por provocar una respuesta inmunitaria más robusta y duradera, obviando el incentivar a las defensas del organismo. Son las más económicas, aunque implican la capacidad del sistema inmunitario, que en el caso de que sea débil, puede entrañar riesgos y agravar la infección. Las exigencias de refrigeración y aislamiento de la luz, en el caso de los virus atenuados, implican restricciones adicionales para el transporte y conservación. Otras emplean vectores viral replicantes y no replicantes, técnicas de terapia génica, desarrolladas hace tiempo y consideradas seguras, aunque requieren desarrollo todavía. Las que emplean proteínas son técnicas recientes y en este caso del coronavirus, pretenden que el sistema las reconozca como antígenos. Otras emplean partículas pseudovirales que contienen proteínas que se agrupan para formar estructuras en la superficie en la que se encuentra el antígeno, imitando la forma del virus. Otras emplean material genético, no contienen ningún virus, pero provocan que las células sinteticen los antígenos del virus. Se inyecta ADN que llevan los genes del virus que provocan la producción del antígeno. Es una tecnología nueva que todavía no se ha comercializado nunca,

En la búsqueda de vacunas contra la COVID-19, se consignan 4 vacunas de ARN. Las vacunas con virus inactivados se emplean hasta en 18 proyectos. Las vacunas con vector viral replicante se emplean en 20 proyectos, mientras que con vector viral no replicante se emplea en 28 proyectos. Las vacunas con una subunidad de proteína se emplean en 77 proyectos. Las que emplean partículas pseudovirales se emplean en 20 proyectos. Las vacunas que emplean material genético, ADN, se emplean en 20 proyectos. Las que emplean ARN se han empleado en 29 proyectos.

En el artículo de Le Monde se especifican los proyectos diferentes que se han emprendido en la lucha sin cuartel en busca de la vacuna que nos devuelva la confianza en nuestra existencia y permita salir del indeseable valle en el que estamos sumidos ya demasiado tiempo. Pero la reflexión es inevitable. Esta dispersión de tecnologías empleadas obedece a la falta de unicidad en la metodología apropiada. Distintos planteamientos, alternativas diversas, vertientes posibles, soluciones probables. La diversidad propia de la Ciencia que avanza exhaustivamente hacia la búsqueda de soluciones. Lo que no es tan razonable es la cantidad de esfuerzos que, sin duda, están repetidos entre proyectos que emplean tecnología parecida, por cuanto son demasiados los intentos que dilapidan esfuerzos, recursos y esperanzas, cuando de haberse articulado algún procedimiento para unir aspectos concomitantes, el avance hubiera resultado ser más seguro, más rápido y más efectivo.

No cabe duda que tras la pretensión de lograr la vacuna hay intereses económicos. Podemos entenderlos legítimos. No obstante, la Ciencia pudiera y debiera ser más neutra al encarar problemas y buscar soluciones. La competencia del mundo económico contamina con su manto de intereses hasta las actuaciones que debieran ser más nobles, en busca de un bien que necesitamos de forma apremiante. De los 237 proyectos, muy pocos resultarán vencedores. La competencia habrá destrozado muchos de ellos. Lejos de lamentar los derrotados, bendeciremos los que han triunfado. Una vez más, la contaminación habrá llegado más allá de donde debe. Hubiéramos ganado mucho más con el acuerdo, con recorrer caminos juntos, teniendo la idea clara del objetivo, que es acabar con esta amenaza capaz de acabar con nosotros. Valía la pena el esfuerzo por el acuerdo. En otros ámbitos lo reclamamos, ¿Por qué no hacerlo en este, cuya consecuencia nos alcanza a todos? Aparte del mundo de la gestión de la Salud, que radica en los médicos y profesionales de la salud, el mundo científico, que tiene que solventar la papeleta, podía haber estado más acertado, de ser más solidario. Si importante es tener la vacuna, tano o más es la forma de alcanzarla.