DEDICÁNDOSE A PENSAR por el Prof. Dr. D. Alberto Requena Rodríguez, académico numerario

Mansfield trabajaba en el laboratorio londinense de Hofmann. El intenso trabajo del laboratorio no dejaba descanso a Mansfield. Sumido en las tareas, en ausencia de Hofmann, recibió la visita inesperada del Doctor por Darmstadt, August Kekulé, que pretendía mostrar a Hofmann un trabajo que había terminado. Trabajaba sobre los ácidos orgánicos que contenían azufre, aunque esto era solamente una excusa. Kekulé le hizo reparar a Mansfield que mientras que éste realizaba muchos experimentos, él, Kekulé, se dedicaba más a pensar. Aclaró, después, que le interesaba más que encontrar nuevas materias, comprender las ya halladas.  Hablaron sobre el nuevo método Hofmann. Kekulé le puso como ejemplo de futuro la obtención del benzol, de una forma complicada, a partir del ácido benzoico, cuando había una forma muy sencilla que consistía en obtenerlo a partir del alquitrán de hulla. Pero la facilidad o la sencillez, interesa especialmente a la industria, no a la Ciencia. La pregunta científica resulta ser: ¿qué es el benzol? o debería serlo.

Kekulé viene a representar al primer interesado en la Teoría de la Química, que no es sino la reflexión sobre los experimentos a los que trata de poner orden y concierto, discriminar entre las diferentes estructuras posibles y derivar sus propiedades según las estructuras y conformaciones de las materias que lo componen. Kekulé profundizó en el conocimiento químico, persuadido de que solamente con conocer la composición no era suficiente. Las moléculas, no son objetos muertos, sino que permanecen en constante acción, que funcionan. Los cuerpos requieren espacio. Pero no solo los cuerpos, sino sus partes también requieren espacio, por pequeñas que éstas sean. La cuestión, por tanto, era la forma en la que las moléculas y sus partes, se disponían en el espacio. Kekulé concebía que las moléculas tienen una parte superior y otra inferior y esto requería pensar acerca de cómo y por donde se unían los átomos en su espacio. Era una pregunta que valía para todas las moléculas, tanto el agua, como el benzol o un cristal de yeso. Eran las preguntas que se planteaba en aquel momento. Por eso dramatizaba en la conversación que mantuvo con Mansfield, ¿qué es el benzol?, ¿qué es el benzol? Los átomos, pues, no se movían sin orden ni concierto, sino con un movimiento regular. Los átomos se unían, formaban parejas, cadenas, etc. Todavía no se cerraban formando “círculos”.

Los elementos químicos, decía Kekulé, vienen a ser como dos sexos opuestos, sin las restricciones de los humanos y obedeciendo solamente a las leyes de la Naturaleza. Se unen con el impulso del instinto elemental que existe en ellos desde toda la eternidad. Se atraen mutuamente, crean algo nuevo, como si se tratara de un nuevo ser. Los elementos químicos, decía, son comparables a cuerpos que tienen más o menos manos. Este número de manos es lo que se conoce con el nombre de valencia, que es el valor de combinación de un elemento, representado por el número de átomos de hidrógeno que puede retener dicho elemento. Así, el Cloro monovalente, tiene una sola mano que la extiende a la única mano que posee el monovalente sodio y forman una unión sencilla que se denomina cloruro sódico. En cambio, el oxígeno tiene dos manos y en cado uno de ellos se apodera de un átomo de hidrógeno y forma el agua. El carbono, tiene hasta cuatro manos. Si coge dos oxígenos forma el dióxido de carbono. El carbono es el átomo más sociable de todos cuantos existen. Se presta a toda unión posible. Se coloca en filas, forma cadenas, anillos, de forma parecida a celdillas de abejas. Cuando se contemplan las estructuras de los compuestos de carbono, se siente la belleza y grandiosidad de las leyes de la Naturaleza. El átomo de Carbono es la pieza fundamental de la Química Orgánica. No hay ninguna célula viviente, ninguna forma orgánica, sin carbono.

 

Kekulé, a mediados del siglo XIX, es el artífice del concepto de valencia, de “hileras” y “anillos” de carbono. Hasta Kekulé una nube ambigua había invadido las uniones entre los elementos. Ni Liebig, ni Berzelius, ni Wöhler, por citar a algunos de los destacados científicos en el campo de la Química, habían sido capaces de penetrar en aquella bruma y caracterizar el resultado. Un joven, Kekulé, había sido capaz de poner orden y concierto. Eso sí, “dedicándose a pensar”