De los buenos consejos por el Prof. Dr. D. Angel Ferrández Izquierdo, académico de número

Una receta que jamás falla y que deberíamos practicar durante toda la vida es la de aprender de quienes han demostrado su sabiduría. Puesto que es fácil averiguar quiénes son, basta reconocer su trabajo, apreciarlo, intentar conocerlo y, si fuera posible, mejorarlo. Ya sé que estoy proponiendo una dura tarea, pero hablo simplemente de cómo se crea nuevo conocimiento, de cómo se genera el progreso. Mi sabio de hace mucho tiempo, y que hoy traigo a esta ventana, es D. Santiago Ramón y Cajal, ciertamente alejado de mis inquietudes matemáticas, pero modelo donde los haya, cuya obra “Reglas y consejos sobre la investigación científica”, subtitulado “Los tónicos de la voluntad”, debería ser el libro de cabecera de cualquier principiante o iniciado en el apasionante mundo de la ciencia. La primera edición prologada por Severo Ochoa, es de 1941 y sigue tan viva hoy que en 2005 apareció la decimoctava. Ya en sus comienzos señala D. Santiago: “Otro de los vicios del pensamiento que importa combatir a todo trance es la falsa distinción en ciencia teórica y práctica, con la consiguiente alabanza de la última y el desprecio sistemático de la primera. Y este error se propala inconscientemente entre la juventud, desviándola de toda labor de inquisición desinteresada. No son, ciertamente, las gentes del oficio, las que incurren en semejante falta de apreciación, sino muchos abogados, literatos, industriales y, desgraciadamente, hasta algunos estadistas conspicuos, cuyas iniciativas de tan graves consecuencias pueden ser para la obra de la cultura patria”. D. José Echegaray, en la sesión de 1 de marzo de 1910 de la Academia de Ciencias, dejaba escrito: “La ciencia pura es como la soberbia nube de oro y grana que se dilata en Occidente, entre destellos de luz y matices maravillosos: no es ilusión, es resplandor, la hermosura de la verdad. Pero una nube se eleva, el viento la arrastra sobre los campos y ya toma tintas más oscuras y más severas, es que va a la faena y cambia sus trajes de fiesta, digámoslo así, por la blusa de trabajo. Y entonces se condensa en lluvia, y riega las tierras, y se afana en el terruño, y prepara la futura cosecha, y al fin dan los hombres el pan nuestro de cada día. Lo que empezó por hermosura para el alma y para la inteligencia, concluye por ser alimento para la pobre vida corporal”. Y después de cien años, la Ciencia ha sido enjaulada por la economía. No tenemos remedio.