Creer o no creer por el Prof. Dr. D. Mariano Gacto Fernández, académico de número

Han pasado más de 150 años desde la publicación del Origen de las especies, donde Darwin sintetizó por primera vez de forma coherente y convincente el concepto de evolución y de selección natural. Desde entonces, la biología molecular ha aportado numerosas pruebas y apoyos inequívocos a la teoría evolutiva, hasta el punto de constituir un hecho científicamente comprobado más que una mera teoría inicial. Sin embargo, algunos círculos fundamentalistas no admiten por completo su significado y plantean la cuestión como un asunto religioso más que científico, manifestando su incredulidad por las implicaciones que se derivan a nivel humano y biológico. La evolución unifica actualmente todos los aspectos de la biología moderna, y sus evidencias introducen perspectivas históricas en el estudio de los sistemas vivos que permiten interpretar cuestiones tan complejas como la diversidad y el origen de la vida misma. Negar su existencia equivale a decir que no se cree, por ejemplo, en los átomos o en la fuerza de la gravedad. El hecho de que la Biblia no incorpore principios evolucionistas no demuestra su inexistencia, porque en su contexto tampoco justifica la naturaleza de los electrones que, sin embargo, existen. Los escritos religiosos atienden a la esfera espiritual de la personalidad humana y no son en cambio textos científicos. Como ejemplo, en Génesis 1,11-20, la Biblia describe una curiosa creación del mundo haciendo “brotar hierba verde, hierba con semilla y árboles frutales cada uno con su fruto” antes de aparecer “en los cielos los dos grandes luminares para presidir el día y la noche”. Esto parece por completo inverosímil, pues supondría que el creador de las leyes de la naturaleza diseñó el funcionamiento de la fotosíntesis vegetal en ausencia del sol como fuente de energía. En realidad no es necesario creer en la evolución, como tampoco en los agujeros negros o en las radiaciones electromagnéticas. Para hechos comprobados debe aplicarse el conocimiento en vez de la creencia. Los asuntos de fe se refieren exclusivamente a temas de religión sobre verdades reveladas que la razón no alcanza a comprender. Sin embargo, la idea de un dios creador de un principio evolutivo, dinámico y continuado, no es incompatible con conceptos religiosos. De hecho, esa noción resulta más impresionante y atractiva que la consideración contraria. El mismo Juan Pablo II escribió que “los nuevos conocimientos conducen a reconocer en la teoría de la evolución algo más que una hipótesis”.