CONOCIMIENTO SIN VERDAD por el Prof. Dr. D. Alberto Requena Rodríguez, académico numerario

Con más frivolidad de la aceptable, muchos creen encontrar “la verdad” en la Ciencia. En el lenguaje cotidiano se refiere a la Ciencia cada vez que se quiere revestir lo que decimos con una capa de crédito: “estudios científicos avalan que los dientes se quedan blancos con el producto…”, “científicamente 2/3 de la población…”, “el medicamento tal, ha demostrado científicamente…” La realidad es bien distinta si aproximamos la lupa a los hechos científicos. Ernst Mach reflexionó cuando en los albores del siglo XX la Ciencia se enfrentaba al hecho de que la Mecánica newtoniana, que hasta entonces era válida, se mostraba incapaz de describir nuevos hechos, hasta el punto de que propició la formulación de una nueva mecánica que fuera capaz de rendir cuenta de los hechos observados, ante lo que se abría un escenario en el que el interrogante fundamental era la “verdad de la ciencia” a lo que Mach afirmó que no era esa una tarea de la Ciencia, ni tampoco era su finalidad conocer la realidad, sino simplemente, limitarse a ofrecernos esquemas intelectuales útiles para organizar nuestras percepciones sensoriales y poder formular previsiones que nos permitieran tomar decisiones acerca de nuestro comportamiento en el mundo. De este modo, la verdad dejaba de formar parte del objetivo de la Ciencia. El conocimiento y la verdad ni coincidían, ni tenían razones para hacerlo.

Suponía esta postura un varapalo para la forma de concepción propia de la época, no solo para los científicos, sino para la gente. Tan es así, que hoy todavía perdura ese tic de crédito a las explicaciones científicas, como hemos señalado al comienzo del escrito. Pero la cuestión es todavía más peliaguda, porque si la Ciencia no es capaz de aportar la verdad, entonces ¿qué razones hay para considerarla superior al sentido común y a cualquier otra forma de aproximarse a la realidad? Si pensamos un poco, podemos encontrar razones para justificar la superioridad de la Ciencia sobre cualquier otra forma de explicación-descripción que pretenda aproximarse a la realidad. La clave reside en la objetividad, como razona espléndidamente Agazzi, presidente de la Academia Internacional de Filosofía de la Ciencia: la Ciencia es un conocimiento objetivo. Se trata de que consideramos objetiva una propiedad que se encuentra en el objeto que se investiga (está en él, podemos encontrarla y podemos medirla). La consecuencia es que el discurso que describe esa propiedad característica del objeto, también goza de la peculiaridad de ser objetivo. Por tanto el discurso no es objetivo porque lo formule un sujeto particular, sino que la hacen suya una cierta totalidad de sujetos. Si bien la objetividad, en cuanto propiedad inherente al objeto puede resultar inalcanzable, no ocurre así en cuanto se trate de la aceptación mayoritaria por los sujetos que analizan el objeto y valoran sus propiedades.

La incapacidad de la Física Clásica para rendir cuenta de los hechos experimentales acumulados a finales del siglo XIX, como son los espectros de rayas y la radiación del cuerpo negro, que dio lugar a la formulación de la Mecánica Cuántica, que destronó en los ámbitos microscópicos la descripción de la Mecánica Clásica e igualmente la formulación de la Teoría de la Relatividad, fue acompañada por una convulsión similar en la Matemática que se concretó en la formulación de las geometrías no euclídeas: la menor distancia entre dos puntos no siempre es la línea recta (pensemos en dos puntos sobre una superficie esférica). La cuestión de “la verdad” se instaló en los escenarios científicos. Se buscaron contradicciones, sin éxito, aunque cada una de ellas contiene formulaciones contradictorias con las de las otras. Se concluyó que no eran ni verdaderas ni falsas, sino esquemas formales cuya pretensión no era en ningún caso, la veracidad, sino solo la perspectiva formalista.

Desde entonces, la Ciencia ha precisado que su objeto de atención es el conocimiento objetivo. No trata de alcanzar ninguna verdad. La Física resulta ser la descripción más cabal de nuestra percepción del mundo. La realidad, la verdad, pudiera ser, perfectamente otra cosa. La descripción científica es útil para nosotros y nos permite formular predicciones. Aceptamos como científico lo que compartimos muchos sujetos, estando permanentemente abiertos a la falsación de las interpretaciones, de las leyes formuladas. Así es la Ciencia, lo demás es impostura.