Confinamiento: de las lagunas costeras a la gestión de las pandemias por el Prof. Dr. D. Ángel Pérez Ruzafa, académico de número

“Pandemia” y “confinamiento” son palabras que resuenan continuamente en nuestros oídos desde hace más de un año. Internet recoge millones de entradas con ellas. La Fundación del Español Urgente, la RAE y la Asociación de Academias de la Lengua Española (ASALE) han elegido “confinamiento” como palabra del año 2020. También lo ha sido en Australia (self-isolation), o entre los expresados en kanji en japonés (espacios confinados).

Aunque “confinamiento” lleva incorporada al Diccionario de la Lengua Española dese su 9ª edición en 1843, no era una palabra cotidiana. Sin embargo, ha estado vinculada a mi carrera investigadora desde hace más de 40 años, cuando trabajaba en mi tesis doctoral sobre el Mar Menor. El término, en biología marina, lo introdujeron, en 1983, tres investigadores franceses O. GUELORGET, G. F. FRISONI y J. P. PERTHUISOT, para explicar la estructura de la comunidades de los ecosistemas lagunares costeros mediterráneos. En su “teoría del confinamiento” se referían a la disminución de especies observada en estos ambientes desde los canales de comunicación con el mar hacia el interior de las lagunas y lo justificaban por un empobrecimiento en “oligoelementos y vitaminas” de origen marino. Durante mi tesis reflexionamos intensamente sobre dicho concepto y lo reformulamos en términos de las probabilidades de colonización de especies. Las especies marinas tienen dificultades para colonizar las lagunas por dos motivos clave, porque las condiciones lagunares son adversas (con fluctuaciones y valores extremos de salinidad y temperatura) y porque la comunicación a través de los canales es pequeña. Esto hace que, -excepto los migradores activos como mújoles, magres, doradas o anguilas-, la mayoría de las especies colonicen las lagunas por azar, si sus larvas o juveniles pasan cerca de las “encañizadas” justo cuando la corriente es favorable. Muchas de ellas no soportan las condiciones extremas, y no sobreviven, excepto en las zonas donde la influencia marina es mayor. Simplificando mucho, esto producía un gradiente de probabilidades de colonización y supervivencia que disminuye hacia el interior. Esto explicaba por qué en el Mar Menor, las ostras (o las nacras) no tenían los parásitos que las infectaban en el Mediterráneo o que la broma (Taredo navalis) que perforaba las estructuras de madera en La Ribera o Los Alcázares, no fuera un problema en Los Urrutias o Los Nietos. Con el tiempo hemos depurando el concepto de confinamiento como sinónimo de conectividad restringida. Este oponer resistencia a los flujos (de energía u organismos) permite generar comunidades complejas frente a la homogeneización (y desorganización) que se produce si estos son altos. Con ello se desarrollan mecanismos de autorregulación, reduciéndose los efectos de los impactos ambientales (como la eutrofización). Y es aquí donde el concepto de confinamiento hermana las lagunas costeras con el control de las pandemias. Solo regulando en su justa medida la conectividad y flujos de especies, genes, virus o individuos, podremos combatir la segunda ley de la termodinámica que pronostica el desorden máximo y la muerte del sistema.