CONCIENCIA EN LAS PLANTAS por el Prof. Dr. D. Alberto Requena Rodríguez, académico de número

Hay un debate constante sobre la conciencia en las plantas. No es infrecuente que emerja el interrogante que provoca el debate sobre la conciencia en las plantas. Hoy se propugna, por algunos, un área de conocimiento denominada neurobiología de plantas. Lo que no evita que se sometan estas sugerencias a la más estricta óptica microscópica y resulte renovado el escepticismo sobre un área controvertida, cuanto menos.

En la época de la Ilustración, corriendo los siglos XVII y XVIII una referencia central fue la que tanto el mundo natural como todo lo en él contenido era similar a una máquina. La propia vida, solamente era concebida como una especie de reloj que marcaba el trabajo, operando bajo leyes físicas y matemáticamente predecibles. Recordemos la escena en la que Napoleón conversa con Laplace, cuando este le expone el que luego se denominaría Determinismo filosófico, a la luz de las leyes propuestas por Newton y que describían la naturaleza, dinámicamente. En un momento dado, Napoleón le inquiere sobre dónde cabe Dios en su entramando científico, a lo que Laplace, le contesta, que en su formulación no precisa la incorporación de Dios. Llegó a concebirse que todo ya era conocido en su aspecto fundamental, que las leyes descubiertas ya eran definitivas y como ocurriera a principios del siglo XX con el Congreso Internacional de Matemáticas de Paris de 1900, en el que Hilbert formuló diez de los famosos 23 problemas sin resolver, cosa que por cierto, aun con empeño importante, nunca ningún otro ha conseguido formular, incluido el mismo Weil. Los ánimos globalistas en matemáticas, se vinieron abajo con Gödel que hizo pisar tierra. Algo parecido a los intentos en física. La ventaja de la Ciencia experimental, es que ahí está el experimento para enmendarte la plana. Así ocurrió a finales del XIX con la inexplicable presencia de rayos en el espectro solar que impulsó a los científicos a desarrollar la teoría cuántica.

El movimiento romántico de principios del siglo XIX supuso un “empujón” al mundo del automatismo desplazándolo a zonas de cosas más vitales. La filosofía Natural permitió comprender el mundo de una forma global, reuniendo mente, espíritu y naturaleza entrelazados estrechamente. La Biología comenzó a tomar forma y una de las cosas que se apuntó fue la de que el reino vegetal estaba integrado por criaturas que sentían y eran conscientes. Darwin lo hizo constar en sus escritos, hasta el punto de que en su obra de 1880 “La potencia del movimiento de las plantas”, incluye un texto al final en el que sugiere que los tipos de raíces de las plantas son análogas a la función del cerebro del mundo animal. Esta especie de nube fantasmagórica derivada de esta analogía ha tenido amplia repercusión. De hecho en 2006 se llega a instaurar un subcampo en la botánica denominado neurobiología de plantas, actualizando la propuesta de otrora.

El fundamento de la neurobiología de plantas es el paralelismo entre la señalización eléctrica en la plantas y el sistema nervioso de los animales, e incluso llegando más lejos, estableciendo un equivalente botánico del sistema nervioso basado en fitohormonas perteneciente a la clase auxina que se les interpreta actuando como neurotransmisores. Las auxinas se producen en las regiones meristemáticas del ápice de los tallos y de allí se desplazan a la base de la planta, estableciendo un gradiente de concentración que trae como consecuencia provocar en la planta un crecimiento activo y, efectivamente, regulan el desarrollo, desde el crecimiento del tallo, hasta las hojas, ramas y frutos. Se ha llegado más lejos, afirmando que las plantas tienen inteligencia, intención y que capacidad de aprendizaje. Es como si se quisiera hacer revivir al propio Darwin, cuando afirmaba que la punta de la raíz de una planta es como el centro de operaciones del cerebro. Pero, todo esto no ha sido bien recibido y muchos niegan la existencia de neurobiología en las plantas e incluso como Taiz y muchos otros, llegando a afirmar que las plantas nunca han tenido ni precisan de la conciencia. Las plantas inician su comportamiento con una señal eléctrica, utilizada en parte como mensajería a larga distancia en su organismo, y esto programado genéticamente. Ahora bien, en el aprendizaje de los animales uno de los rasgos característicos es la adaptación sensorial o la fatiga motora y, precisamente, en los experimentos realizados se apreció una disminución en la respuesta conductual por la estimulación repetida, que no implicaba ni la adaptación sensorial ni la fatiga motora. Las plantas se habitúan y dejan de comportarse como lo hacían. No está claro que se produzca aprendizaje. El conductismo de Pauloski no parece ser eficaz en las plantas, algunos investigadores hayan intentado observarlo. A los investigadores que han propiciado la analogía entre plantas y animales, se les ha tachado de ideología chamánica al parecer que lo interpretan desde esta tradición. Se llega a afirmar que de ser cierto lo que los partidarios de la conciencia de las plantas existe, no hay garantía alguna de que pueda ser conciencia lo que hay implicado.

Ciertamente, la conciencia son palabras mayores, por cuanto así lo reconocen los filósofos como el problema duro, donde los haya. Nuestro cerebro físico sostiene, está en el subsuelo de una mente consciente, pero hay que reconocer un salto en el vacío cuando se aborda la explicación de cómo la mente se forma a partir del cerebro. Para nada tenemos idea de cómo puede evolucionar un organismo para generar la conciencia. Taiz y sus colaboradores han efectuado una amplia revisión de la literatura anatómical, neurofisiológica, conductual y evolutiva y han concluido en la formulación de una hipótesis de cómo evoluciona la conciencia más primaria, el tipo más básico de experiencia sensorial. Concluyen que solamente los vertebrados, artrópodos y cefalópodos pueden satisfacer los criterios establecidos para un ser consciente: todos los vertebrados, incluyendo los peces, además insectos y cangrejos, pulpos y calamares, por ejemplo. Pero no las plantas. Si hay animales que no tienen conciencia, se puede estar tranquilo de que las plantas, sin neuronas, aunque tuvieran cerebro, no tendría conciencia. Ahora, eso sí, aun no teniendo conciencia son organismos valiosos y admirables, que debemos respetar, estudiar y hacer todo lo posible por mantenerlos y conservarlos.

La Ciencia avanza de esta forma. Se formulan teorías cuando se reúnen elementos suficientes para sostener unas hipótesis. Si hay evidencias se mantiene. Pero si las evidencias son otras, se formula una teoría nueva. Nada es definitivo nunca. Siempre cabe un matiz, un dato, una evidencia, fuera de lo mantenido hasta un momento dado. La propia Ciencia tiene la semilla del cambio en su intimidad. La Naturaleza no se desvela sin más. Hay que trabajar para ello, desarrollar métodos, implementar procedimientos. Esa es su nobleza. No siendo nada eterno, los fundamentos son suficientemente sólidos como para que el progreso esté de su lado. ¡Cúan aburrido sería si todo estuviera explicado y fuera definitivo! No sería de este mundo.