Clasificando a los científicos (y II) por el Prof. Dr. D. Pablo Artal Soriano, académico de número

La semana pasada les comentaba las pasiones que despierta clasificar a los científicos. Durante años se usó como parámetro de clasificación el número de artículos publicados en las revistas científicas. Esto hizo que se acuñara una frase, creo (o espero) ya en desuso, que todos los jóvenes científicos aprendían al llegar a los laboratorios: “publicar o morir”. Es decir, publicar a cualquier precio, cualquier cosa y en cualquier revista. Quien no seguía esta consigna parecía destinado al fracaso. En todas las instituciones del mundo se contrató a alguien sólo porque tenía más artículos que sus contrincantes. Lo cierto es que casi todos los científicos hemos padecido en algún momento la enfermedad de la “paperitis extrema”. Como pueden intuir, el método de clasificación no es algo banal, pues influye en la propia forma de hacer la ciencia y en su desarrollo. Las disfunciones de contar simplemente artículos fueron tantas que dejó de ser utilizado. El siguiente paso fue clasificar a las revistas. Esto es fácil de entender, al igual que en tenis cuenta diferente la victoria en un torneo del “Grand slam” que en un torneo de barrio, no todas las revistas son iguales. Se ordenaron de acuerdo a su índice de impacto, que mide el número de veces que sus artículos son mencionados en todas las demás revistas. La idea que subyace es que cuantas más citas recibe un artículo tiene más impacto y por lo tanto es mejor. Esto es generalmente así, salvo en unos pocos casos donde los resultados o conclusiones son falsos y reciben citas por ser incorrectos. Cada científico se ordenaría con un parámetro obtenido como la suma ponderada de sus artículos, dependiendo del impacto de cada revista. Este método, aunque más refinado, tampoco resulta correcto. Un individuo podría tener publicaciones en una revista de alto impacto que nadie haya citado jamás. Y esto puede no ser extraño si consideramos el dato, algo triste, de que casi la mitad de todos los artículos publicados nunca son citados. Una opción mucho mejor es contar directamente las citas que cada científico recibe. El número total de citas, el promedio por artículo, o el número de artículos con al menos un cierto número de citas son mejores parámetros de clasificación. Aunque su uso universal puede no ser adecuado y la comparación entre disciplinas es difícil, utilizar las citas directas de cada científico es, hoy por hoy, la mejor manera de clasificarnos.