CIENCIA Y TECNOLOGÍA EN EL XIX por el Prof. Dr. D. Alberto Requena Rodríguez, académico numerario

En otro momento anterior, reflexionamos desde esta sección sobre la belleza del descubrimiento y como acontece la creación científica, en especial en esa etapa que es obra de soledad. Dado que la persona es convivencial, su proceso de descubrimiento no finaliza hasta que comunica su descubrimiento, hasta que lo comparte con los demás. Cuando esto ha tenido lugar, si la ocurrencia inicial, materializada en invento y presentada como novedad, aporta algo sustancial que mejora el bienestar de la Humanidad, entonces llega a ser una innovación. Siguiendo esta secuencia, mientras que la ocurrencia puede ser obra de soledad y su materialización en invento también puede serlo, una vez que empieza a contrastarse como novedad comienza a pertenecer al escenario colectivo y, desde luego, la culminación del hecho convivencial tiene lugar en cuanto se aprecia que pertenece a la categoría de innovación.

 

En las primeras etapas, increíblemente, muchas iniciativas pueden coincidir en áreas diferentes e incluso en el mismo ámbito. Suele haber un condicionante común y es el nivel del pensamiento humano y las necesidades a satisfacer en un momento histórico determinado. Incluso las coincidencias accidentales son fruto de una similar interpretación de los acontecimientos. Tomemos como ejemplo los acontecimientos científicos y técnicos de mediados del siglo XIX en Alemania y en Francia e Inglaterra. En los últimos cincuenta años, Alemania no había dedicado atención al desarrollo de técnicas importantes. Históricamente, diríamos que la misión de Alemania fue la de sujetar al enemigo mortal de Inglaterra, Napoleón Bonaparte, en el continente europeo. Ello supuso que Inglaterra ganó los mercados, como ahora se dice, incluyendo hasta los propios alemanes. El acero se importaba de Inglaterra, hasta que Krupp decide fabricarlo y competir en calidad con el acero inglés, comprobando que la calidad no era la cualidad decisiva en el mercado. El acero inglés llegaba sin aranceles y los productos alemanes tenían aduanas por doquier, siendo más limitantes que lo fuera Napoleón y sus incursiones. Alemania tenía unos 12 altos hornos, mientras que Inglaterra contaba con miles de ellos.

 

Recuperar la distancia perdida era obra titánica. Surgió el genio de Bunsen que convirtió el tratamiento de los altos hornos, hasta entonces fruto de la experiencia, en una cuestión de Ciencia. Dispone de método y comprueba que el dióxido de carbono gaseoso que se produce se consume estérilmente en forma de ácido carbónico. Se pierde un 75% del calor del horno. Se acaba de dar con una fuente grandiosa de energía. Bunsen conducía los gases de escape por el horno, insuflando desde abajo con un fuelle, disminuyendo los penachos de fuego de las chimeneas y haciendo el proceso más eficaz.

 

Al tiempo, en Nüremberg vivía un maestro de Matemáticas y física, Ohm. Era un personaje singular. Renunció a su cargo docente y solo investigaba, mientras disponía de recursos y cuando los agotaba, volvía temporalmente al trabajo de enseñante. Investigaba durante años la relación entre intensidad, tensión y resistencia de un conductor eléctrico. Concluía que un conductor más delgado, ofrecía más resistencia al paso de la corriente. Indujo corriente de una pila de Vota, a un alumbre de plata de dos metros de longitud y consultó en un amperímetro la intensidad emergente. Dobló la resistencia del conductor y apreció que la intensidad se reducía a la mitad. La corriente era proporcional a la tensión de la fuente eléctrica e inversamente proporcional a la resistencia del conductor. Perteneció al patrimonio de la Ciencia muy posteriormente. A él no se le reconoció la importancia del descubrimiento, muy al contrario, se señalaron fallos desfavorables por doquier. Una vez lograda la cátedra de la Universidad de Munich en 1840.En cambio, recibió el reconocimiento de la Royal Society de Londres, otorgándole la medalla Copley, la más alta distinción que puede otorgar. En su celebración corrió a admirar algo descomunal como era una máquina de tren. Mirando la brillante cúpula del generador de cobre, reflexionó acerca de por que todo era inglés, la locomotora, “Made by George Stephenson” hasta el reconocimiento que le habían otorgado a él.

 

Fue Borsing el que construyó dos enormes torres y solicitó en un cuartel del ejército, próximo a su instalación de Oranienburgo, unos cuantos hombres para insuflar aire en sus hornos. Posteriormente incorporó caballos y finalmente una máquina de vapor. En ese año de 1840 sale la primera máquina de ferrocarril de sus instalaciones.

 

En todos los países había gentes que prestaban atención a mejorar el sistema de captura fotográfica. Se trataba de reducir el tiempo de exposición y no se tenía claro si se trataba de la capa plateada de las placas de cobre de Daguerre o de la forma de someter las mismas a vapor de yodo. El 12 de diciembre de 1840 Goddard en la Galería Adelaida de Londres dio cuenta de un tratamiento simultáneo de las placas de daguerrotipo con yodo y bromo, logrando incrementar considerablemente la sensibilidad. Pero, con anterioridad, en septiembre, un empleado de la Real e Imperial Contaduría de Guerra, llamado Kratochwila, de Viena, manifestó ante el profesor Liebig que las placas de daguerrotipo eran cinco veces más sensibles si además de tratarlas con yodo, se trataban con vapor de bromo. Asistió a la demostración el profesor Whöler que estaba de visita en Giessen. Al final de la demostración les hizo un retrato a ambos: solo precisó una exposición de ocho segundos. Pese a ello, unos meses después vio cómo se glorificaba a Goddard, como inventor del procedimiento de yodo-bromo. Por muy airadas protestas que levantara Kratochwila, la controversia siempre resultó inacabada sobre quién inventó y quién publicó antes. Por cierto, que mientras tenía lugar la pugna, Natterer junto a su hermano, en Viena, combinaron yodo y cloro demostrando que las placas se sensibilizan todavía más, de forma que con un objetivo de Petzval se lograban imágenes perfectas con tan sólo un tiempo inferior a un segundo. Fue el inició de la fotografía instantánea, con placa y objetivo alemanes.