Ciencia censurada (I) por el Prof. Dr. D. José García de la Torre, académico de número

Uno de los aspectos más gratificantes de la investigación científica es el de actividad creativa y, como tal, libre en principio, salvo casos de restricciones obvias impuestas por ejemplo, por una entidad participante (como una empresa privada patrocinadora del trabajo), lo cual no es habitual en investigación básica. Si acaso, es el propio científico el que se “auto-censura”, eligiendo sus temas de trabajo pensando en la posibilidad de captar recursos y conseguir publicaciones. La publicación en revistas científicas es también libre, en principio: las revistas simplemente piden una declaración de los autores de no estar sujetos a restricción; su censura estriba, esencialmente en la calidad del trabajo, juzgada por censores anónimos. Claro, que es conocida la frase: “Mi libertad termina donde empieza la (libertad o derechos) de los demás”, atribuida a J.P. Sartre. Y, en la cuestión de donde situar el límite, surge otro tipo de censura más importante. Les contaré un par de casos recientes por sus repercusiones éticas, sociales e incluso políticas. Sobre la archiconocida cuestión del calentamiento global – o más asépticamente hablando cambio climático (CC) – la opinión de que existe, y es casi exclusivamente debido a actividades humanas, proviene de investigaciones aportadas por numerosos científicos. Los pro-CC son mayoría, pero no muy amplia, pues hay otros científicos anti-CC que rebaten (como es normal, e incluso conviene generalmente en ciencia) sus propuestas. Dado que las medidas para reducir las emisiones de CO2, “presunto primer culpable” del supuesto CC son enormemente costosas, la polémica ha ido mas allá de la preocupación de grandes industrias, alcanzando el nivel de disputas internacionales. El correo electrónico es el conducto habitual de intercambio entre colegas que colaboran en un determinado tema, o tienen intereses comunes. Pues bien, en un acto de pirateo informático a una universidad británica, captaron la correspondencia de un científico pro-CC, entre la cual, dijeron, podrían encontrarse indicios de manipulación intencionada de datos. Desde entonces, los anti-CC de los Estados Unidos están empeñados en que los correos de diversos pro-CC de universidades y centros públicos de investigación les sean entregados, amparándose en el derecho de libertad de información del ciudadano acerca de las actividades sufragadas por el erario público. Ya hay varios juicios en curso. Secreto epistolar, libertad de palabra, y libertad de investigación, confrontados por el derecho del contribuyente a ser informado de lo que libremente desee. ¡Vaya toalla! Les dejo que lo piensen, y les cuento la segunda la próxima semana.