Un médico volcado en el estudio y el tratamiento de la sangre y de sus enfermedades

VICENTE VICENTE GARCÍA CATEDRÁTICO DE HEMATOLOGÍA DE LA UNIVERSIDAD DE MURCIA.

La trayectoria clínica de Vicente Vicente García (Murcia, 1951), catedrático de Hematología de la Universidad de Murcia (UMU), estaba definida desde bien pequeño. Siempre supo que su vida profesional estaría dedicada a la medicina: “La vocación me viene por parte de mi padre, que era pediatra. No se me pasó por la cabeza ser otra cosa”.

Fue en Navarra donde empezó a estudiar la carrera de Medicina en 1968 porque en Murcia no se implantó hasta un año después. Vicente recuerda que «en aquellos tiempos el panorama universitario estaba muy revuelto debido a las constantes protestas contra la dictadura, y mi padre, para convencerme de que me fuese a Navarra, me explicó que era una universidad donde no había huelgas, así que no corría el riesgo de perder el curso. Y me convenció”.

Al acabar la carrera empezó la especialidad de hematología en la Clínica Universitaria de Navarra, y la acabó en Salamanca, estando contemporáneamente matriculado en la Escuela Profesional de Medicina Interna de la Universidad de Navarra. El resultado es que pudo especializarse en ambas disciplinas. “Son complementarias: la hematología es una especialidad de la medicina interna, así que cuanto más base general tengas mucho mejor para tu especialidad”.

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La suerte de tomar buenas decisiones

El estudio de la sangre y de los órganos hematopoyéticos (médula ósea, ganglios linfáticos, bazo) ha marcado la exitosa trayectoria de nuestro académico, impulsor de esta disciplina en la Región de Murcia y experto reconocido entre sus colegas internacionales.

Pero su encuentro con esta especialidad médica fue, según nos cuenta, fruto de un mero golpe de suerte. «Cuando estaba en quinto de carrera me marché a hacer la mili junto a otros compañeros, y en ese primer cuatrimestre se impartía la hematología. Al no haberla dado, Antonio López Borrasca, profesor de la materia, nos la dio por las tardes como si fuesen clases particulares. De los diez que éramos, seis acabamos siendo hematólogos, lo que dice mucho de la influencia que tiene la docencia impartida a un grupo pequeño y los esfuerzos de un profesional como el doctor López Borrasca, que más tarde acabaría siendo mi jefe”.

En 1978 llegó el momento de dar el salto al extranjero en busca de la excelencia científica. Nuestro académico reconoce que fue una época muy ajetreada pues finalizó su tesis doctoral, se casó y los últimos meses de residencia en Hematología los finalizó en la Universidad de Milán. “Era un sitio puntero en la materia que yo había tratado en mi tesis. Fue una buena elección pues, a posteriori, he tenido una gran relación con el mayor experto en la disciplina de aquella universidad, el profesor Pier M. Mannucci”, rememora el también director del Centro Regional de Hemodonación de Murcia.

Unos años más tarde, antes de asentarse finalmente en Murcia, Vicente se embarcaría en otra estancia larga en La Jolla, San Diego (Estados Unidos), investigando problemas relacionados con la trombosis y la patología vascular. “Regresé en 1989 porque se convocó una plaza de catedrático en la UMU y mi padre me llamó. Por entonces no estaba pensando en volver, sólo en hacer carrera universitaria donde fuese, pero surgió la oportunidad, me presenté y la saqué”. Aunque acabase echando raíces en su ciudad natal, este experto en nuestro elemento vital considera esenciales aquellas experiencias en el extranjero porque «para tener una buena carrera académica es obligatorio salir a otros países. Aprendes mucho de sistemática de investigación y aspectos básicos, sabes cómo funcionan los grupos de investigación de prestigio y estableces relaciones profesionales que te van a durar toda la vida. Eso desde el punto de vista de la investigación; y desde un punto de vista más vital, aprendes un idioma, conoces el funcionamiento de otro país y muchas cosas más que te enriquecen. Todo son ventajas”.

El reto de implantar una especialidad

Desde el primer momento el objetivo del doctor Vicente en Murcia fue desarrollar la hematología en todas sus vertientes, y siempre desde una perspectiva universitaria integrando clínica, investigación y docencia. “Al poco de llegar me entrevisté con el director de entonces de La Arrixaca, Alfredo Macho, que pensaba que iba a trabajar de jefe de servicio de Medicina Interna de su hospital, que habría sido lo más normal siendo ya catedrático en Medicina. Pero le dije que no, que era hematólogo y quería dedicarme a eso, y empezamos esa tarea en el antiguo Hospital General universitario».

La clave para sacar adelante tan ambicioso proyecto radicó en otra entrevista crucial. “Me reuní con Miguel Ángel Pérez Espejo, consejero de Sanidad de la época, para expresarle mi interés en impulsar la hematología en Murcia, y resultó que él a su vez estaba muy interesado en abrir el Centro de Hemodonación. Así que acordamos que me encargaría del mismo a la vez que desarrollaba la hematología en el Hospital General. Eso abría unas perspectivas profesionales enormes, pues la universidad se podría relacionar directamente con estas entidades». Desde 1991, año en el que se publicó el proyecto de la Unidad en el Boletín Oficial de la Región de Murcia (BORM), nuestro académico ha construido toda una estructura entorno a la hematología como jefe de servicio de Hematología y Oncología Médica del Hospital General y del Hospital Morales Meseguer. Dicho servicio actúa como centro de referencia regional para trasplante alogénico de médula ósea en adultos.

La unidad de trasplantes, una gran satisfacción

¿Cuál es su secreto para lidiar el estrés de dirigir una estructura tan amplia? «La clave está en encontrar los colaboradores adecuados», asevera nuestro hematólogo. “Nuestra unidad de trasplantes es la primera unidad europea que ha recibido tres acreditaciones de un sistema de calidad que se exige a un servicio de este tipo. Eso dice mucho de la gente que trabaja en la unidad; el mérito es suyo, yo me dedico a disfrutar viendo lo que hacen. A estas alturas llevaremos unos mil trasplantes desde que empezamos en 1991. Tenemos la fortuna de haber podido desarrollar este servicio en Murcia y hacer que nuestro sistema sea uno de los más conocidos a nivel nacional e internacional. Y gracias también a este trabajo se me ha presentado la ocasión de ser el presidente de la Asociación Española de Hematología y Hemoterapia, de la Comisión Nacional de la especialidad y ahora de la Sociedad Española de Trombosis y Hemostasia. Es el reconocimiento al trabajo de un grupo, no el de un solo individuo».

El tercer pilar de esta valiosa estructura es el grupo de investigación de Hematología y Oncología Clínico Experimental de la UMU que también dirige nuestro académico. «Gracias a los enormes profesionales que han ido integrándose durante estos años en el equipo, hemos logrado un importante nivel en calidad y producción científica, formando parte del los grupos de investigación considerados como de ‘Excelencia’ por la Fundación Séneca», remarca con orgullo el doctor Vicente.

A nuestro académico le resulta difícil destacar algún hito en concreto de esta producción investigadora porque aunque reconoce que «obviamente te hace especial ilusión cuando se publica un trabajo en una revista científica con un gran índice de impacto, la investigación ofrece una satisfacción continua, no hay altibajos, pues el sentimiento es de que siempre se va avanzando. Todo trabajo que publicas te satisface ya que, independientemente del índice de impacto, sabes que va a llegar a la comunidad internacional y puede servir de ayuda para algo. La satisfacción de la investigación está en ver que hay un grupo de gente ilusionada con su trabajo, que vas alcanzando metas, que vas viendo que con el trabajo diario convences a gente joven para dedicarse a esto de por vida. En definitiva, que estás luchando por hacer una mejor medicina ayudando a los pacientes. Exige muchos sacrificios, cierto, pero merece la pena”.

Las tres patas de un profesional académico

Tal y como le inculcó su maestro López Borrasca, Vicente Vicente ha edificado su bajo el lema de que «un profesional académico tiene tres patas: la asistencia a los pacientes, la investigación y la docencia». A la par de su actividad clínica e investigadora, este hematólogo ha ejercido como docente vocacional. Defiende que “ser profesor te obliga a explicar un programa a los alumnos que debe estar al día. La medicina es un proceso de aprendizaje que no se acaba con los seis años en la universidad, para ser buen médico no se puede perder el hábito de estudiar. Es muy gratificante intentar tener constantemente las ‘pilas’ puestas. De hecho hay una clase, la última que doy a los de sexto curso, en la que les hablo de todas estas cosas y de lo importante que es elegir una especialidad que te guste y en un buen sitio pues vas a pasar el resto de tu vida con ella. Varios años esa clase como un sonoro aplauso porque los estudiantes están agradecidos de verdad de que les contemos las cosas tal como tienen que saberlas. Esa es la mayor satisfacción que puedes sacar de la enseñanza”.

Entre tan actividad laboral siempre ha sabido rascar a la agenda sus momentos para el ocio y la familia. No perdona su ‘cine’ semanal con su mujer y los amigos, y el contacto con la naturaleza a través del deporte, con el ciclismo o el senderismo. «En definitiva, vivir, disfrutar de la vida que nos rodea».

Redacción: Paz Gómez Fotografía: Pablo Almansa Fecha realización: 19 febrero 2015

Un ingeniero pionero en diseñar códigos capaces de predecir fallos en los procesos de fabricación de piezas

D. Félix Faura Mateu CATEDRÁTICO DE INGENIERÍA DE PROCESOS DE FABRICACIÓN DE LA UPCT

Su entorno familiar y geográfico determinó el futuro profesional de Félix Faura Mateu (Cartagena, 1961) como ingeniero. “A mí me gustaban las ciencias. En mi casa había cierta tradición pues mi padre trabajaba en el ámbito de la ingeniería y la mecánica. Además, Cartagena es una ciudad industrial y eso ayuda porque siempre ha tenido relación con este tipo de actividades. Pero no tenía una vocación muy fuerte y definida; simplemente cuando acabé mis estudios básicos, me pareció un paso lógico decantarme por la ingeniería”.

Ese devenir ‘lógico’ encauzó a Félix Faura hacia el campo de la ingeniería técnica mecánica, que “es el ámbito de la ingeniería más general y el que más me atraía. Eran los estudios que había por entonces en Cartagena, en la Escuela Técnica. Ya luego seguí con la ingeniería superior y posteriormente realicé mis estudios de doctorado en Madrid”.

Su objetivo era trabajar en un área científica «muy pegada a la realidad de cualquier sector. Al margen de la naturaleza, todo lo que nos rodea está fabricado. Me interesaba esa realidad». Ese fue el motivo por el que conectó en Madrid, con el grupo de investigación en fabricación más potente de aquellos años.

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De Cartagena al MIT de Boston

Como la mayoría de científicos de su generación, para Faura fue fundamental buscar formación en el extranjero. Se adentró en esa experiencia con una estancia inicial en Idaho (Estados Unidos). Pero el gran salto lo dio gracias a una beca en el prestigioso Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT, por sus siglas en inglés), el centro de I+D más puntero del mundo. «Con el MIT sigo teniendo relación; de hecho, en mis primeras etapas en la Universidad en España había meses que volvía a Boston. Allí es donde empecé a desarrollar la línea de investigación de procesos de conformado por fusión. Entonces en nuestro país no había ningún grupo que investigara en ese área. Fuimos pioneros”.

Las líneas de investigación de nuestro académico y su equipo de la Universidad Politécnica de Cartagena (UPCT) se enmarcan dentro de lo que se denomina ingeniería de procesos. Faura detalla que «los ingenieros de procesos nos dedicamos a combinar los recursos materiales, la energía y la información para fabricar algo de acuerdo a unas especificaciones previas. Estamos al final de la ingeniería, en la etapa final del producto. Los procesos de soldadura, de fundición, de mecanizado…, todos son procesos de producción. Cuando ves en el telediario un robot ensamblando un coche, eso es parte de un proceso de producción. Nuestro ámbito se dedica a explicar esos procesos desde el punto de vista académico, que los alumnos sepan qué recursos hacen falta para fabricar un determinado producto. Es un área muy aplicada, muy tecnológica. Estás haciendo la síntesis de toda la ingeniería y la ciencia para fabricar un producto que responda a una necesidad concreta. Buscamos mejorar esos procesos y optimizarlos, hacerlos más eficientes y competitivos”.

Entre sus múltiples logros científicos, el catedrático de la UPCT destaca la creación de un código de simulación de elaboración por su grupo de investigación, que posee un elevado potencial de desarrollo y ha dado lugar a publicaciones de impacto en el campo de la ingeniería. “Ese código reproduce el comportamiento de un flujo de metal con superficie libre, en condiciones extremas, un fenómeno muy complejo. La primera vez que se publicó el código dio pie a que fuera una de nuestras publicaciones más citadas», reconoce con orgullo nuestro académico.

¿Y para qué sirve un código de simulación? «Imagine que tiene que fabricar una pieza de 4 kg, de geometría muy compleja, partiendo de esa masa fundida que tiene que inyectar en el molde de una máquina, en un tiempo extremadamente pequeño y moviéndose a una velocidad muy alta por una serie de conductos. Pues tener la capacidad de reproducir el movimiento de ese metal líquido, numéricamente, en un ordenador y ver lo que está pasando ahí dentro, no es nada fácil. Si tienes un código que te lo puede hacer con precisión al modelizar el comportamiento de la pieza fundida, calcular el movimiento, los tiempos, las presiones, las velocidades del proceso…, te permite predecir dónde van a aparecer los problemas, anticiparte a ellos y, posiblemente, corregirlos. Es una herramienta extraordinariamente útil para quien planifica el proceso».

Hace escasamente veinte años no era posible adelantarse a la aparición de una burbuja de aire o un microporo en la pieza clave de un avión o un automóvil y evitar problemas posteriores como roturas, gracias a códigos de simulación como el creado por el equipo de Félix Faura en la UPCT. Este grupo, que fue pionero en introducir estas técnicas en España junto con los equipos de Mécanica de Fluidos de la Universidad Politécnica de Madrid y de la UNED, ha evolucionado a la microfabricación con gotas de metal, la famosa impresión en 3D.

Rector de la Politécnica

Al margen de su actividad como investigador, Faura atesora una elevada experiencia en la gestión universitaria. Fue vicerrector (2001-2003) y rector (2003-2009) de la Universidad Politécnica de Cartagena, además de director de la Agencia Nacional de Evaluación y Prospectiva (ANEP), entre otros cargos. Una elevada responsabilidad pero también una oportunidad de observar el funcionamiento del sistema científico desde otro punto de vista.

“Como investigador estás demandando que te den cobertura, servicios y soluciones, y desde la gestión es justo lo contrario. Te das cuenta de la fragilidad del sistema, que lo que das por garantizado no siempre lo está, lo variable que pueden llegar a ser las circunstancias económicas y políticas. A mí me tocó una universidad que estaba en el proceso de creación, que es muy distinto a estar en una fase que ya tiene las estructuras definidas. Pero aun así, me tocó una buena época, de 2003 a 2012, que fue cuando empezó a ponerse muy mal el tema de la financiación en la universidad debido a la crisis económica».

Rememora esos años como «como una época de mucho trabajo, muy intensa, pero tengo muy buen recuerdo de lo que hicimos. Había muchas oportunidades para hacer cosas y cumplimos. Una de las cosas que destacaría de esa etapa es que realizamos varios acuerdos de colaboración con el Ministerio de Defensa, con el que tengo relación desde mis tiempos de estudiante de doctorado con los programas de investigación de la OTAN. Cartagena y la industria naval militar facilitaban esa conexión ya que aquí tenemos una de las principales bases militares de este ministerio”. No en vano, nuestro académico ha sido honrado con la Gran Cruz del Mérito Naval y la Gran Cruz del Mérito Aeronáutico, entre otros múltiples premios.

“El sistema docente actual no termina de encajar”

Y naturalmente también gran parte de su trayectoria está relacionada con la docencia. Durante los años que este experto en materiales y fabricación dedicó a la gestión han surgido muchos cambios, y Faura lo ha experimentado al volver a las aulas. “El estar casi una década sin dar clase me ha hecho darme cuenta de que a la vuelta todo ha cambiado mucho. La capacidad de relacionarte con los alumnos y la forma de presentarles la información, por ejemplo, es muy diferente. Creo que hay más debate de fondo en la docencia que en la investigación. Profesores hay, y alumnos también, pero el sistema todavía no ha terminado de encajar del todo, y no sabemos muy bien el porqué. Los alumnos en general tienen menos nivel que antes, las medias son más bajas, y el profesorado no suele ver la docencia como lo que más satisfacciones le reporta a corto plazo porque el prestigio está más vinculado a la investigación. Pero requiere mucho trabajo preparar buenas clases y hacer que los estudiantes se interesen en los temas. Hay mucho trabajo que hacer en este campo”.

Por eso mismo, Faura se ha autoimpuesto una especie de desafío en su carrera docente: “Enseñarle a mis alumnos no sólo lo que corresponde al temario, sino incorporar también lo que he aprendido en estos diez años como gestor, además de mantenerles actualizados en todo lo que está pasando dentro del mundo de la investigación. Es una tarea complicada, sobre todo para un profesor que lleva tiempo sin ejercer como yo, pero intento hacerlo lo mejor que puedo”.

Admirador del ensayo, la filosofía y la navegación marítima, adelanta que entre las líneas futuras de investigación que su grupo está desarrollando se encuentra la microfabricación. “Ahí hay opciones muy interesantes. Ahora estoy como investigador trabajando con ellos en este tema, a un nivel más bajo porque son ellos los que se han convertido en referencia durante los años que me dediqué a la gestión. Soy uno más, pero muy contento con lo que hacemos y con serlo”.

Redacción: Paz Gómez Fotografía: Pablo Almansa Fecha realización: 16 febrero 2015

Un matemático experto en investigar la geometría de las curvas y las superficies

PASCUAL LUCAS SAORÍN CATEDRÁTICO DE GEOMETRÍA Y TOPOLOGÍA DE LA UNIVERSIDAD DE MURCIA

Una olimpiada regional de matemáticas fue el catalizador que determinó que Pascual Lucas Saorín (Cieza, 1965) se dedicase a las matemáticas. «Conseguí el primer puesto. El premio era una beca para estudiar matemáticas, aunque no la disfruté porque ya tenía una beca general. Supongo que eso es lo que me impulsó a estudiar esta disciplina, ya que entonces no tenía muy claro qué quería hacer, como la mayoría de mis compañeros. Muchos de ellos no decidieron lo que estudiarían hasta que no entregaron el impreso para la selectividad. Así que me dije que si era bueno con esto, debería dedicarme a ello”.

En 1983 nuestro académico empezó a estudiar la licenciatura de Matemáticas, que por entonces era una carrera muy homogénea, sin apenas contenido de otras disciplinas, algo que ahora puede resultar sorprendente. Lucas explica que “Matemáticas era una carrera muy especializada. Mucha gente espera otro tipo de licenciatura y pierden la ilusión, aunque yo me sentí bien desde el principio. Lo que no sabía era en qué iba a especializarme, y creo que eso depende mucho de algún profesor o una situación en concreto que te genere interés”. Para Pascual Lucas ese detonante surgió cuando ingresó como alumno interno del departamento de Matemáticas y le asignaron al área de geometría. “Y eso que mi trabajo consistía en ordenar y organizar la biblioteca de geometría, pero mirar índices y cosas así sirvió para despertarme el interés. Después hice la tesina de licenciatura en geometría y cuando acabé la carrera solicité una beca de investigación para trabajar en mi tesis doctoral, y a partir de ahí te dejas llevar un poco por los acontecimientos”.

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Geometría de subvariedades y otras investigaciones

El objeto de su tesis, y por ende de gran parte del periodo inicial de su carrera investigadora, fue la geometría de subvariedades. “Es una generalización de un concepto que todo el mundo maneja, que son las curvas y superficies en el espacio. Una curva es algo que modeliza un hilo y una superficie modeliza un trozo de papel o tela. Una generalización abstracta de eso son las subvariedades”. Pascual Lucas reconoce que si no hubiera tenido algún tipo de guía no se habría dedicado a esta especialidad. “Posiblemente ese tema no se me habría ocurrido si no fuera por mi profesor de entonces, Ángel Ferrández, estaba especializado en este tema y me lo sugirió. También fue importante la llegada de un nuevo profesor cuando estaba en quinto curso, Manolo Barros, que había sido compañero del profesor Ferrández en la Universidad de Granada. Él había realizado una estancia en Estados Unidos durante la que había trabajado en una nueva técnica (la teoría de subvariedades de tipo finito) con las que se podían caracterizar y clasificar subvariedades en el espacio, y empecé a trabajar en eso concreto».

¿Qué caracteriza a esas subvariedades? «Para comprender lo que todo esto implica hay que tener en mente una superficie de tipo finito, como las superficies llanas (los planos) y las esferas, que son las más sencillas», nos explica nuestro experto en geometría. «La esfera está curvada de la misma manera en todas las direcciones, eso implica que sólo necesitas un valor propio que determina qué tipo de funciones describe la esfera. En principio no tiene aplicaciones directas en otras disciplinas, aunque desde luego la geometría tiene una amplia historia con la arquitectura, por ejemplo. Con las subvariedades de tipo finito estuve trabajando unos ocho años, y he tutorizado varias tesis doctorales sobre el tema”.

Problemas variacionales de tradición

Mientras realizaba la tesis doctoral se incorporó a la docencia y la investigación en el mismo departamento en el que fue alumno interno. “Cuando empiezas es bastante duro, sobre todo cuando comienzas a dar clase sólo dos años después de acabar la carrera. En esa época se necesitaban profesores nuevos porque se crearon carreras y se modificaron los planes de estudio de las existentes, con lo que se establecieron nuevas asignaturas. Para mí fue muy difícil porque esos dos años los dediqué intensivamente a la investigación (en especial, la tesis) y a la docencia, invirtiendo muchas horas en la preparación de las clases. Pero al final salió todo bien, la leí en 1991 y dos años más tarde obtuve la plaza de profesor titular de universidad”.

Otra de las áreas de investigación que ha cultivado nuestro académico está centrada en los problemas variacionales. “Tienen mucha tradición, pues nacen entre los siglos XVII y XVIII. Hay muchos problemas de este tipo que surgen para resolver cuestiones de diversa índole. La idea es que uno describe un fenómeno físico, y eso lo modeliza mediante una o varias ecuaciones. Nos podemos plantear, por ejemplo, encontrar la superficie de menor área entre todas las que tienen como frontera una curva determinada. La solución, encontrada ya por Lagrange a mediados del siglo XVIII, son las superficies minimales. En eso consiste un problema variacional.»

Hitos y colaboración extranjera

Entre los logros que destacaría en su carrera, Pascual Lucas guarda especial recuerdo sobre dos en concreto: “En 1994, la defensa de la tesis doctoral de Luis Alías, la primera que dirigía junto a Ángel Ferrández. Sobre todo si tenemos en cuenta que veinte años más tarde, en 2004, Luis Alías obtendría el I Premio Joven Investigador de la Región de Murcia». Y su segundo hito fue “la concesión en 2008 a nuestro equipo de investigación de Geometría Diferencial y Convexa de la mención de Grupo de Excelencia de la Región de Murcia, lo que suponía estar entre la élite de la investigación en nuestra comunidad».

Consciente de la relevancia de la colaboración extranjera en el desarrollo de una ciencia de excelencia, Pascual Lucas concede mucha importancia a esta experiencia pues “las relaciones con investigadores de otros países son básicas. Hemos conocido a nuestros colegas en estancias o visitas y esto nos ha permitido trabajar juntos en proyectos”. Destaca la publicación con el profesor Aurel Bejancu en 1998, que «nos permitió iniciar una nueva línea de investigación dedicada a las subvariedades degeneradas o luminosas. Las principales colaboraciones de nuestro grupo han llegado posteriormente a través de los alumnos que hemos formado aquí y que después han salido al extranjero y nos han puesto en contacto con otros científicos”.

“Las matemáticas son una disciplina objetiva”

La docencia, tal y como lo interpreta este catedrático de Geometría y Topología, puede verse desde dos posiciones enfrentadas. “La primera dicta que la docencia es muy importante y te permite trasladar a las nuevas generaciones las cosas que están pasando en el mundo de la investigación. Además es la labor que ha justificado, en la mayoría de los casos, nuestro ingreso en la Universidad. Por otra parte, y esta es la otra forma de verlo, te resta tiempo de estar centrado en la investigación. Sin embargo, si no tuviese esa actividad docente, no podría desarrollar la importante labor de dirección de tesis doctorales, por ejemplo”.

Nuestro académico, que se declara un enamorado de la informática, la novela negra y el cine, no cree que ser matemático le ofrezca una perspectiva especial desde la que mirar el mundo. “Conozco personas formadas en humanidades que son igual de perspicaces y analíticos a la hora de ver su entorno que cualquiera de nosotros. Lo que sí creo que puede tener importancia es la manera en la que nos enfrentamos a los problemas en la vida diaria. Personalmente sí aplico ese razonamiento matemático a la cotidianeidad: no se puede solucionar un problema si no se tienen las herramientas y conocimientos necesarios, así que si no los tienes, mejor no te metas. También es importante la objetividad, ya que las matemáticas son una disciplina objetiva, así que te ayuda a ver las cosas con esa perspectiva, a hacer caso a los hechos por encima de las opiniones”.

Redacción: Paz Gómez Fotografía: Pablo Almansa Fecha realización: 13 de febrero de 2015

Un físico maravillado por el funcionamiento de las partículas en el mundo intermedio entre lo microscópico y lo macroscópico

MIGUEL ORTUÑO ORTÍN CATEDRÁTICO DE FÍSICA APLICADA DE LA UNIVERSIDAD DE MURCIA.

A Miguel Ortuño Ortín (Yecla, 1953) no le costó averiguar que quería ser científico de mayor pero sí que dudó entre dos disciplinas: «Se me daba bien hacer problemas de matemática y de física y tuve profesores muy activos y entusiastas en ambas materias, así que por eso me decidí a estudiar ciencias”. Suerte que tuvo un año extra para pensárselo gracias al modelo educativo de entonces. “El primer curso de la carrera era lo que se llamaba selectivo, valía tanto para los de ingeniería como los de ciencia; de hecho, incluso me planteé ser ingeniero. Al final resultó decisivo que el mejor profesor de la carrera fuera el de física”.

Esa decisión obligó al hoy catedrático de Física Aplicada de la Universidad de Murcia (UMU) a abandonar Yecla. “Hice el selectivo en Murcia y después me trasladé a la Universidad Autónoma de Madrid, que era la que más fama tenía en ese momento a pesar de que era relativamente nueva. Al acabar saqué una plaza como ayudante en la Universidad Autónoma de Barcelona, donde conocí a Pedro Echenique, exportavoz del gobierno vasco, que acababa de llegar de Cambridge. Él me animó a hacer el doctorado allí y me facilitó todo el proceso”.

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Conocer a Hawking en Cambridge

La estancia en esta prestigiosa universidad británica fue fundamental en su desarrollo como investigador: se doctoró y además le permitió conocer a Stephen Hawking. “No formaba parte del departamento en el que trabajaba, porque teníamos dos edificios separados, siendo el suyo el de matemática aplicada y física teórica y el mío, el de física. Pero a veces los fines de semana los dos departamentos nos juntábamos a comer y él se apuntaba de vez en cuando. Hawking aún no tenía sintetizador de voz por entonces, así que no entendía nada de lo que decía. Llevaba siempre un inglés nativo con él que era quien le traducía, pero no podías tener una comunicación directa con él”.

El hecho de haberse cruzado con Hawking le sirvió más adelante para ser el elegido en traducir al español uno de sus libros. “Lo publicó la editorial Crítica, donde mi hermana trabajaba por aquella época, así que el director sabía que había estado en Cambridge. En la Feria de Frankfurt, donde se compran derechos de libros, este era uno de los más solicitados, y le dijo a mi hermana que me preguntara si me parecía interesante. Le respondí que sí, me ofreció hacer la traducción y acepté. Así que fue un pequeño rebote”.

Precisamente en esa etapa nuestro académico empezó a trabajar en el tema de su tesis doctoral, que se acabaría convirtiendo en una de las constantes de su carrera. “Mi tesis, en un sentido amplio, va sobre teoría de la materia condensada, que estudia los materiales y sus propiedades, sobre todo cómo conducen la electricidad. Y siendo más específicos, me intereso por el estudio de los sistemas interactuantes. Los electrones interactúan mucho unos con otros, y por eso es muy difícil de predecir y analizar analíticamente sus propiedades, por lo que se hacen simulaciones numéricas ya que abordar ese problema teóricamente cuesta mucho. Todo esto al final tendrá muchas aplicaciones, pero yo lo analizo estrictamente desde un punto de vista teórico”.

Después del doctorado no se olvidó de que la ciencia es una disciplina internacional. “Me fui a Suecia medio año de posgrado, y luego hice otro en Estados Unidos, en la Universidad de California en Riverside; dos sitios donde se estudiaba a fondo mi especialidad. Cuando todavía estaba en América me presenté a unas oposiciones en España, que se celebraban muy de vez en cuando. Salieron siete plazas y conseguí una de esas siete, como profesor adjunto en la Autónoma de Barcelona. Estuve allí dos años, y más tarde me trasladé a Murcia. Es importante moverse mucho siendo científico. Después de regresar a Murcia, me iba todos los veranos al extranjero un par de meses”.

El final de la Guerra Fría

Entre los logros que más le enorgullecen de toda su carrera destaca especialmente uno que tiene que ver con el final de la Guerra Fría. “En 1985, cuando empezó a haber intercambios con Rusia, este cambio supuso un gran avance porque hasta ese momento los científicos de cada bando sólo publicaban en sus respectivos países, se empezaron a publicar unos volúmenes muy interesantes en los que un científico del Este y otro de Occidente hablaban del mismo tema desde su perspectiva, con el fin de unificar el conocimiento de los dos lados. Publiqué un trabajo en esos volúmenes, junto al catedrático de California Michael Pollak. Y recientemente he escrito sobre ese mismo tema un libro editado por Cambridge University Press. Es un resumen de todo lo que se ha hecho en el campo de los sistemas desordenados interactuantes en los últimos treinta años”.

Otro de sus grandes apuestas a nivel científico desde la física aplicada fue lo que se denomina tiempo túnel. Ortuño detalla que “cuando las partículas pasan cuánticamente por debajo de una barrera o zona prohibida, no se sabe a qué velocidad van porque que no se podía medir. Había varias teorías y cada una hacía una interpretación. Estuve trabajando con un colega armenio durante veinte años y ahora, gracias a unos láseres muy potentes y rápidos, se ha empezado a medir. El grupo experimental más importante en ese ámbito, situado en Zúrich (Suiza), nos ha contactado para que esa teoría la apliquemos al caso que ellos han llevado a cabo; de modo que veremos si les ha funcionado. Si sale todo bien, se podrán estudiar procesos que suceden en millonésimas de millonésimas de segundo. Por ejemplo, podrá verse cómo en las reacciones moleculares, cuando una molécula cambia a otra, tiene lugar ese proceso, o cómo están dispuestos los átomos. Será valiosísimo si se logra dominar la técnica”.

Gestor, corredor y ayudante de un Nobel

Stephen Hawking no es el único científico de renombre con el que sea ha codeado nuestro experto en física a lo largo de su trayectoria científica. “En Cambridge colaboré con dos Premio Nobel de Física, Mott y Josephson. Era el ayudante de este último, él se encargaba de la teoría y yo de los problemas, estaba con él toda la semana. Y hace un par de años hice un artículo con un catedrático de Física de la Universidad de Columbia, en Nueva York, uno de los grandes expertos en el campo de lo mesoscópico, el intermedio entre lo microscópico y lo macroscópico, que precisamente es una de las áreas de investigación a la que me dedico desde el grupo de Meso-Nano Física de la UMU”.

Miguel Ortuño, que se declara corredor y que llegó a formar parte del equipo de atletismo del Barcelona, actualmente también es gestor del Plan Nacional de Física, cargo temporal pero no por ello menos importante, pues “es el plan que financia los proyectos sobre esta especialidad del país. Lo bueno que tiene la gestión es que conoces de primera mano a todos los grupos de investigación de España en tu disciplina y eso siempre es positivo y enriquecedor”.

Redacción: Paz Gómez Fotografía: Pablo Almansa Fecha realización: 12 febrero 2015

Un físico inventor de soluciones para el ojo humano con técnicas de los telescopios

PABLO ARTAL SORIANO CATEDRÁTICO DE ÓPTICA DE LA UNIVERSIDAD DE MURCIA.

Inventor, científico, profesor y emprendedor. Aunque Pablo Artal (Zaragoza, 1961) no aprecie una vinculación entre su vocación como físico especializado en óptica con la profesión de carpintero que tenían su padre y su abuelo, su trayectoria científica se ha caracterizado por la necesidad de crear artilugios, por dar forma a innovaciones que sirvan para tratar enfermedades del ojo humano y estudiar el sistema visual.

A este catedrático de Óptica de la Universidad de Murcia (UMU) le costó hallar dónde volcar su interés científico. «Cuando acabé la EGB mis padres me enviaron a la Universidad Laboral de Huesca para estudiar el Bachiller. En el franquismo, a las Laborales acudían los hijos espabilados de obreros para convertirse en técnicos y mandos intermedios. Había un peritaje en químicas pero no acababa de convencerme, así que me volví a Zaragoza a cursar Ciencias Físicas. En la facultad elegí una prestigiosa especialización en Óptica que me encaminó claramente hacia la investigación aplicada».

El ojo humano no entró en sus planes hasta que realizó la tesis doctoral en Madrid; en concreto, el doctorado lo realizó en el Instituto de Óptica del CSIC y el título fue expedido por la Universidad Complutense. El director del Laboratorio de Óptica (LOUM) de la Universidad de Murcia siente que «la suerte de la casualidad» marcó su especialización. «Conseguí dos becas de personal investigador: una para Zaragoza en aplicaciones en combustión, y otra en Madrid para trabajar con el ojo. Me quedé con la segunda».

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«En la frontera hay más oportunidades»

En los años ochenta, este experto mundial en óptica confiesa que lo de hacer física aplicada y para usos biológicos sonaba tan raro que estaba hasta mal visto entre los físicos». Pero frente a los prejuicios externos y las dudas internas ganaba su objetivo de encontrar un área de trabajo que le permitiese «una competición de liderazgo al realizar contribuciones a la ciencia especialmente significativas. Y la óptica adaptativa y fisiológica me lo ha permitido junto a mi equipo porque en la frontera de las disciplinas surgen más oportunidades».

Para llegar a ese convencimiento tuvo antes que realizar una estancia de dos años en Institut d’Optique en Orsay (París) trabajando en computación óptica, «una línea muy de moda en los noventa pero que en la que no sentía que pudiéramos competir en España». De vuelta en Madrid, se hace con una plaza de científico titular en el Instituto de Óptica del CSIC con sólo 29 años y comienza su andadura como pionero en el desarrollo de avances en óptica adaptativa hasta entonces circunscritos a la astronomía.

«Fuimos de los primeros del mundo en desarrollar instrumentos de medición de la visión basándonos en principios aplicados en los grandes telescopios, que es lo que se conoce como óptica adaptativa. La luz de las estrellas pasa por la atmósfera, lo que produce una degradación de la imagen que el propio telescopio tiene que compensar. Dentro del ojo puede ocurrir un fenómeno similar al que ocurre en la atmósfera».

Catedrático a los 32 años

Contra todo pronóstico, estos logros no se llevaron a cabo en el CSIC de Madrid, sino en el campus de Espinardo. «Otra vez la suerte de la casualidad. Por aquel entonces arrancaban los estudios de Optica en Murcia y necesitaban a alguien con mi perfil”. Y en 1994, con sólo 32 años, gano la oposición a la primera plaza de catedrático de Óptica.

«Mis colegas del CSIC me decían: ‘es tu final científico, te vas donde no hay nada para investigar’. Y es cierto que me enfrenté a la dificultad de desembarcar en un edificio vacío y desmantelado, pero la ventaja fue que pude montar la estructura que había visto en centros de referencia en Estados Unidos, donde el sistema era muy diferente al europeo. Reproducimos el modelo de los grupos de excelencia mundiales».

Además de colaborador de numerosos laboratorios de investigación en Europa, Estados Unidos y Australia, continuamente acude a universidades de prestigio como profesor invitado y mantiene contratos con multinacionales de óptica oftálmica a las que su equipo ofrece soluciones tecnológicas. «La relación con el mundo empresarial fue un cambio de filosofía en nuestro trabajo porque vimos las posibilidades que nos ofrecía tener financiación e, incluso, fue el germen de nuestra spin-off Voptica, una empresa de base tecnológica que creamos en 2011 para dar salida a las patentes que generamos».

Copiar las propiedades del cristalino de un joven

Murcia ha sido el escenario de resultados e ideas que se han introducido en instrumentos y dispositivos utilizados en la práctica clínica para el beneficio de pacientes de todo el mundo. «Una de nuestras investigaciones más notables fue descubrir que el cristalino de los ojos jóvenes compensaba en parte las aberraciones ópticas de la córnea y que esta sintonía se desconfiguraba con la edad. Hasta entonces las lentes intraoculares (aquellas que se implantan quirúrgicamente en el ojo para corregir las cataratas) no tenían en cuenta cómo era el cristalino. A raíz de este trabajo, patentamos lentes que copiaban las propiedades ópticas del cristalino de un joven mejorando la visión tras la cirugía de cataratas. Fue muy exitoso».

«Cuando trabajas en el ojo humano, como en otras áreas relacionadas con la salud, te das cuenta de que aunque sólo puedas ofrecer pequeñas mejoras, en muchas ocasiones suponen un cambio increíble en la calidad de vida de los pacientes. Como que vuelva a leer o pueda conducir gracias a una mejora en sus lentes».

En el LOUM también han desarrollo mucha instrumentación para mediciones del sistema visual. En 2001 inventaron el primer equipo de óptica que funcionó en el mundo empleando técnicas propias de telescopios. «Hubo un gran boom mediático: se publicó en la revista ‘New Scientist’, vinieron televisiones alemanas a filmar nuestro laboratorio…». Este hallazgo fue el detonante del despegue internacional definitivo de Artal y su equipo de investigación, uno de los veinte Grupos de Excelencia de la Región de Murcia (GERM) que concede la Fundación Séneca-Agencia ciencia y Tecnología Región de Murcia.

Otra línea en la que han sido pioneros en España, como destaca nuestro experto en óptica, consiste en el uso de láseres de pulso corto para hacer microscopia en tejidos oculares.

La primera beca ERC de la Región

Artal ha compaginado su actividad investigadora con cargos de gestión y una vocación por la divulgación científica. Es lo que le motivó a dirigir la Academia de Ciencias de la Región de Murcia durante cuatro años. «Ha sido un placer presidir este pequeño club, un lobby científico donde conectar con otros colegas y desde el que promocionar las tareas científicas que llevamos a cabo entre la sociedad».

El director del Laboratorio de Óptica también fue gestor del Plan Nacional de Física del Ministerio de Ciencia y Tecnología desde 2004 a 2007 y ha sido galardonado con diversos premios de investigación nacionales e internacionales. Es miembro (fellow) de la Sociedad Americana de Óptica (OSA), de la Sociedad Europea (EOS) y de la sociedad ARVO (categoría oro). En 2013 recibió la prestigiosa Medalla Edwin H. Land que conceden la OSA y la sociedad internacional de la imagen en reconocimiento a sus contribuciones científicas en el avance de métodos de diagnóstico y corrección en óptica visual.

Ese mismo año consiguió una de las exclusivas becas advanced grant del Consejo Europeo de Investigación (ERC) -el primer científico en lograrlo en la Región de Murcia- para financiar el proyecto SEECAT: diseñar unas gafas optoelectrónicas que permitan ver a pacientes con cataratas sin necesidad de operarse.

A la conquista del vino

«Me gusta viajar, la lectura, escribir en mi blog de divulgación científica (http://pabloartal.blogspot.com.es/)… Todo muy relacionado como mi vida profesional, la verdad». Hasta que se compró un pequeño viñedo en Bullas y se lanzó a la aventura de crear un vino de autor con sus uvas Forcalla negra, una reliquia vitivinícola en vías de extinción. «En el fondo es otro reto científico: me dijeron que era imposible obtener un buen vino de esas viñas y, como a Edwin H. Land, no hay cosa que me motive más que el reto de lograr un ‘imposible’. Tendremos vino y será un éxito».

Redacción: Paz Gómez Fotografía: Pablo Almansa Fecha realización: 27 enero 2015

Un bioquímico que lucha para entender cómo funcionan las biomembranas de nuestras células

JUAN CARMELO GÓMEZ FERNÁNDEZ CATEDRÁTICO DE BIOQUÍMICA Y BIOLOGÍA MOLECULAR DE LA UNIVERSIDAD DE MURCIA .

A Juan Carmelo Gómez Fernández (Murcia, 1950) se le despertó la vocación al pisar la universidad. «Tenía que elegir y preferí decantarme por la ciencia y la investigación. Ya desde primero me decidí por la bioquímica porque era lo que más me llamaba la atención dentro de la rama científica”. Cuando el hoy catedrático de Bioquímica y Biología Molecular de la Universidad de Murcia (UMU) estudiaba bachillerato se sentía atraído por tantas disciplinas que ninguna en concreto acaparaba toda su atención. “Tuve muchas dudas. Incluso hoy las tengo. Nunca he tenido del todo claro que esta sea la única cosa que puedo hacer. Quizás podría haberme dedicado a la investigación en otras materias que no tuvieran nada que ver con la ciencia. Por ejemplo, la historia y la economía, que siempre me han interesado mucho”.

Fue en la Universidad de Navarra donde estudió Ciencias Biológicas y se especializó en bioquímica y sumó una licenciatura en Farmacia. “Seguramente hoy sí habría estudiado en Murcia, pero no se enseñaba bioquímica en los años sesenta. Después de eso estudié Farmacia, ya que tenía bastante en común con la bioquímica. Además, en esa licenciatura había muchas asignaturas muy interesantes para el tipo de bioquímica que yo he desarrollado: la bioquímica con orientación físicoquímica”. En Navarra también se doctoró con una tesis sobre biomembranas; un punto de inflexión en su vida al marcar la línea de investigación clave en su trayectoria científica.

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De Oxford a Londres por las mitocondrias

Había llegado el momento de salir al mundo. Juan Carmelo Gómez tenía muy claro que debía viajar a universidades del extranjero “para consolidar una formación sólida, indispensable en cualquier campo y más todavía con la bioquímica. Me marché a Oxford gracias a una beca del British Council porque vi que allí había un grupo de investigación que hacía lo que me interesaba: estudios sobre mitocondrias, las centrales energéticas del hombre y de todos los seres eurocarióticos. Una vez allí, me interesó mucho el trabajo de otro equipo en la Universidad de Londres, así que acabé yendo a este centro con otro contrato postdoctoral de investigación. Al final estuve en Inglaterra tres años”.

Unas oposiciones para profesor adjunto en la UMU le brindaron las oportunidad de regresar a su ciudad. “La bioquímica estaba en sus manos en esta universidad, llegué al departamento iniciado por José Antonio Lozano Teruel y continué desarrollando la línea de investigación de mi tesis”.

Paredes inteligentes

Las biomembranas fueron las protagonistas de los primeros años de laboratorio de Juan Carmelo Gómez. Como explica nuestro bioquímico, son «una estructura fundamental de todas las células porque delimita la célula tanto en su conjunto como luego dentro de la célula los distintos compartimentos, las paredes. Lo que pasa es que son paredes muy inteligentes que regulan el intercambio de información dentro y fuera de la célula en los propios compartimentos. Las membranas tienen una función tanto de actuar como separadores como de unificadores, y eso lo hacen gracias a unas moléculas especializadas, que incluye tanto a lípidos como a proteínas”.

Entonces, ¿qué investiga en concreto? “Estudio la función de determinadas proteínas que transportan sustancias o se activan cuando pasan a las membranas. Es el caso de las quinasas, proteínas que están en el interior de la célula, pero cuando llega un mensaje externo interacciona con la membrana a través de receptores adecuados. Entonces se genera una señal que hace que la proteína vaya a la membrana, y esta se activa y empieza a transmitir la señal al interior de la célula. Estudiamos cómo funciona ese proceso, y a consecuencia de eso se puede deducir cómo alterar dicho mecanismo. De aquí pueden surgir aplicaciones farmacológicas porque esos patrones de conducta se alteran dependiendo de patologías diversas, incluido el cáncer”.

Trabajos de gran impacto

De entre las publicaciones científicas que han sido obtenido un gran impacto entre sus colegas, Gómez destaca alguna de las más influyentes en su campo, como “un trabajo sobre la interacción entre los principales componentes de las membranas, los lípidos y las proteínas, donde analizamos cómo los primeros podían modular la función de estas últimas. Todavía hoy no se comprende bien del todo este complicado proceso”. Esta frase le sirve para hacer una pequeña reflexión sobre el componente cambiante del mundo científico. “En general parece que nunca comprendemos nada, porque cuando pensamos que hemos entendido algo aparece una mente privilegiada y le da la vuelta a la tortilla. Pero este estudio se puso de moda en su momento y tuvo mucho impacto».

Junto a un grupo del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) de Barcelona, Gómez y su grupo lograron otro hito. «Fuimos capaces de obtener la estructura molecular de un dominio de la proteína quinasa C y pudimos ver algo que nadie había imaginado hasta entonces: la forma en la que ese dominio interaccionaba con la membrana. Esto se consiguió gracias a que cocristalizara la proteína junto a lípidos con los que interacciona, que es un proceso fundamental para su estudio y por entonces no había casi ningún ejemplo de ese logro».

Un fiero defensor de la universidad

Desde su defensa a ultranza del papel de los centros de enseñanza superior, este experto en bioquímica se plantea si las universidades deberían pensar en que sus investigaciones sean comerciables por empresas en forma de más proyectos de investigación aplicada. “Tal y como yo lo entiendo, la universidad debe de estar sobre todo orientada a enseñar todas las ramas de la ciencia y enseñar a los alumnos, no tanto en ir en la dirección de hacer investigaciones aplicadas en un campo concreto y olvidarnos de lo demás. Esto es más propio de centros tecnológicos o del propio CSIC. En la universidad es más prioritaria otra labor”.

Como docente, lamenta que sea una tarea que no se comprenda en su totalidad. “Damos clases pero no se agota ahí la docencia, se extiende a otras actividades a la que dedicamos incluso más horas, como tener estudiantes en el laboratorio para trabajar con nosotros. Eso es casi tan importante como el aula. La sociedad en general piensa que aquí llegan las vacaciones y esto se cierra y nos vamos. Incluso algunos rectores lo piensan, y no es en absoluto cierto. En verano o en Navidad cierran los edificios y nos echan a la calle. El problema es que hacemos investigación compitiendo con colegas de todo el mundo, así que estamos en desventaja porque fuera trabajan los doce meses del año y nosotros tenemos nueve y medio, a lo sumo”.

Pasión por la historia, la economía y el vino

Aparte de ser investigador y docente, Gómez ha arañado tiempo para ser gestor de varias sociedades importantes del sector, como vicedecano de la Facultad de Veterinaria y presidente de la Sociedad de Biofísica, además de ser miembro del consejo directivo de la Unión Internacional de Biofísica y tesorero de la Federación de Sociedades Latinoamericanas de Biofísica. Defiende que «el papel de todas estas sociedades es importante a la hora de generar contactos y que conozcamos el trabajo que están haciendo otros investigadores de nuestro área, sobre todo a nivel internacional”.

Gran amante del vino, el senderismo y la lectura, principalmente libros sobre historia y economía, aprovecha sus últimas palabras para dar una llamada de atención al estado de la ciencia en España, demostrando su compromiso con la investigación. “La ciencia está en una situación desesperada, muriéndose por momentos, a falta de interés y de apoyos políticos. Es deprimente ver la situación de universidades pequeñas como la nuestra, donde los profesores no tienen financiación para investigar. Así no podemos sobrevivir. La universidad nos pide que hagamos una enseñanza de calidad, pero para eso es necesaria una visión práctica, y no se nos da medios para hacer prácticas dignas”.

Redacción: Paz Gómez Fotografía: Pablo Almansa Fecha realización: 27 enero 2015

Un oftalmólogo en busca de neuroprotectores que eviten la muerte de las células ganglionares tras la lesión de los nervios ópticos

MANUEL VIDAL SANZ CATEDRÁTICO DE OFTALMOLOGÍA DE LA UNIVERSIDAD DE MURCIA.

Manuel Antón Vidal Sanz (Valladolid, 1956) se sintió atraído desde muy temprana edad por la medicina. Pasó sus primeros trece años de educación bajo la tutela de los Jesuitas, desde donde pasó directamente a la licenciatura de Medicina y Cirugía de Universidad de Valladolid en 1979, en plena transición democrática. “Fue una época bastante tumultuosa. El primer curso lo empezamos en enero porque el ministro de entonces quería que se impusiera ese modelo, pero al final acabamos en julio igualmente. No funcionó. También cerraron durante un año la universidad porque al rector le tiraron huevos a la cabeza, y eso provocó el cierre temporal de facultades como la de medicina. Pero al final pude acabar bien la carrera”.

La aglomeración que se sufría en las clases fue otro de los obstáculos que Manuel Vidal, hoy catedrático de Cirugía-Oftalmología de la Universidad de Murcia (UMU), superó a fuerza de vocación y empeño. “Éramos unos dos mil estudiando Medicina, y debido a esa masificación las prácticas eran voluntarias. A mí me gustaba tanto la medicina que hice todas las que pude. Recuerdo unas vacaciones de Semana Santa que me harté de ver partos. Eran tiempos malos, pero la vocación sustituía a los medios. Hoy es al revés: hay más medios que vocaciones”.

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Vocación clínica y docente

Cuando acabó la carrera decidió ampliar fronteras. “Conseguí sacarme el MIR con buena nota y pude ir a Madrid a hacer la especialidad de cirugía, al Hospital Clínico de San Carlos. Me incorporé en 1980 como médico interno residente en el área de cirugía general y aparato digestivo”, recuerda nuestro académico. Junto a la medicina, otra de las metas de Vidal era convertirse en profesor de universidad. “Como también me gustaba mucho la carrera universitaria, mi maestro, el profesor Durán Sacristán, me dijo que tenía que hacer una buena tesis doctoral para acceder a la docencia, y un tema que siempre me había llamado la atención era la regeneración y la degeneración del sistema nervioso central”.

Al ser una especialidad aún en vías de desarrollo, solicitó una beca para ir al extranjero, lo que le permitió acceder al Instituto de Investigación Neurológico de la Universidad de McGill en Montreal, que dependía del Hospital General de esta ciudad canadiense. Aquella estancia de casi nueve años fue muy productiva para Vidal. «Llegué a reciclarme, pues me doctoré también en Neurociencia con otra tesis que defendí en McGill. Cuando volví a España después de todo ese tiempo no había ningún profesor especializado en esa materia, el Doctorado en Neurociencias no existía, y acabé consiguiendo una plaza como colaborador científico del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) en el Instituto Ramón y Cajal de Madrid. Pocos meses después, mi esposa se trasladó a Murcia porque ganó una plaza de profesora titular de Oftalmología, y me ofrecieron montar un laboratorio de investigación básica sobre el sistema visual. Al cabo de los pocos años, en 1996, saqué la cátedra también en la UMU”.

«La retina es nuestro foco»

El equipo de investigación de Oftalmología Experimental que salió de toda aquella aventura es hoy uno de los veinte Grupos de Excelencia de la Región de Murcia (GERM) que concede la Fundación Séneca-Agencia Ciencia y Tecnología Región de Murcia. Nuestro académico especifica que el grupo «lo formaron tres investigadores principales: Jaime Miralles; María Paz Villegas, mi esposa y yo. Cada uno con sus proyectos financiados». En todo momento, Manuel Vidal resalta la labor investigadora de su colega y mujer como parte indispensable de su trayectoria profesional y personal.

Se trata de un equipo multidisciplinar con profesionales especializados en neurociencias, neurología, veterinaria, biología, ingeniería informática y medicina, además de óptica y oftalmología. Desde los inicios del grupo, allá por 1991, el objetivo prioritario de sus trabajos ha sido la retina, la parte del ojo en la que la luz se convierte en impulsos eléctricos que llegan al cerebro a través del nervio óptico para generar imágenes. «La retina nos parecía una parte del sistema nervioso central muy aprovechable desde el punto de vista de la investigación. De todos los sentidos que poseemos, el más apreciado es la vista. Más de la mitad de nuestra corteza cerebral, que es lo que nos diferencia del resto de mamíferos, está dedicada a la vista. Además, cualquier pregunta que te surja sobre el sistema nervioso central puede responderse a través de su máximo exponente, que son los nervios ópticos. También hemos trabajo en el cerebro y otras cuestiones, pero la retina es nuestro foco”.

Una de sus principales líneas de investigación gira en torno a la muerte de las neuronas inducida por lesiones y la posibilidad de rescatarlas. «Eso se conoce como neuroprotección -explica Vidal-. Hemos dedicado mucho tiempo a desarrollar modelos específicos de lesión, que puede estar producido por un accidente o una enfermedad. También prestamos mucha atención al mundo de las enfermedades neurodegenerativas, que creo que van a ser la pandemia de los próximos lustros, porque la expectativa de vida cada vez es mayor y eso hace que enfermedades ligadas a la edad cobren mayor protagonismo. Dentro de nuestro área oftalmológica, el ejemplo serían los glaucomas”.

Después de escribir tantas publicaciones para revistas científicas de alto impacto es difícil quedar con unas pocas. “Si tuviera que elegir, pues nombraría de entre mis primeros trabajos uno publicado en el ‘Journal of Neuroscience’ en 1987 y que tiene un montón de citas. Después, fruto del trabajo que hemos hecho aquí, también tenemos trabajos clásicos. Los miramos una vez al año para ver su repercusión, y creo que ahora tengo un índice H de 38, que significa que mi última publicación recibió ese número de citas. De las demás, quitando unas pocas que hice en Montreal, son todas hechas dentro de este equipo en Murcia, y eso es muy satisfactorio”.

Viajes, gestiones y docencia

Manuel Vidal, profesor de Neurofisiología del sistema visual, interpreta la docencia como un vehículo perfecto para enseñar lo que de verdad realiza un investigador. “Las clases me obligan a estar en contacto con los alumnos, que son un estímulo fundamental. Eso te ayuda a estar al día y ver lo que se cuece en la sociedad. Y también te obliga a ponerte a su nivel a la hora de impartirles el conocimiento. Es importante enseñar lo que haces en el laboratorio, para que los alumnos vean que la universidad no sólo es un lugar en el que recitas el libro, sino que también aportas cosas nuevas: eso es lo más importante y lo que realmente singulariza la universidad. Esos chicos podrían acabar formando parte de ese mismo proceso en el futuro”.

La gestión ha ocupado un papel fundamental en la carrera profesional de este experto en Oftalmología experimental. Durante diez años ejerció como director del Departamento de Oftalmología, Otorrinolaringología y Anatomía Patológica de la UMU, entre otros cargos en sociedades científicas y congresos, además de ser galardonado con más de diez premios. Recomienda la experiencia gestora porque «te da una idea del mundo en el que vives”. Aprendes a conocer la institución a la que te dedicas, lo que es muy beneficioso para nosotros que estamos en el laboratorio. Te das cuenta de cosas como que la medicina es un porcentaje muy pequeño de la universidad en cuanto a alumnos y profesores, aunque sea una de las disciplinas más punteras a nivel cualitativo”.

La música, la pesca y su familia

Fuera del laboratorio, Manuel Vidal se califica como alguien «normal», plenamente dedicado a su familia, aunque confiesa dos grandes pasiones: “La música y la pesca, pero no puedo practicarlas todo lo que me gustaría por falta de tiempo. También me gusta mucho viajar, y por suerte es algo que los científicos llevamos de serie. Esa es una de las pocas gratificaciones de nuestra profesión. El científico está obligado a comunicar lo que hace, si no es trabajo perdido, así que hay que ir a congresos y moverse. Digo de las pocas porque este trabajo está, en general, mal reconocido y peor pagado. Los que estamos en la ciencia es porque nos gusta mucho lo que hacemos, la investigación no tiene reconocimiento social alguno”.

Aun así, reconoce estar plenamente satisfecho con su opción profesional: “La ciencia es muy competitiva: las preguntas sencillas ya se resolvieron y cada vez se vuelve más compleja. No sólo exige imaginación para hacer preguntas interesantes, saber cómo responderlas, tener la tecnología para experimentos, interpretarlos, ilustrarlos adecuadamente y publicarlos en una revista influyente para que tengan validez y se difundan adecuadamente. También hay que conseguir fondos de todas las fuentes posibles. Es muy difícil porque hay que reunir muchas características y saber equilibrarlas. Difícil y muy gratificante”.

Redacción: Paz Gómez Fotografía: Pablo Almansa Fecha realización: 22 diciembre 2014

El químico orgánico que transitó desde la síntesis de heterociclos al reconocimiento molecular

ALBERTO TÁRRAGA TOMÁS QUÍMICO Y CATEDRÁTICO DE QUÍMICA ORGÁNICA DE LA UNIVERSIDAD DE MURCIA.

“Mires donde mires, hay química orgánica,” señala con entusiasmo Alberto Tárraga Tomás (Almansa, 1953), catedrático del Departamento de Química Orgánica de la Universidad de Murcia (UMU), quien tenía claro desde una edad bien temprana que quería dedicarse a la ciencia, a pesar de no haber nacido en el seno de una familia con tradición investigadora ni académica, pero no se decantaba entre la medicina, la química, la bioquímica… “Al final me quedé con la química y, en concreto, con la química orgánica, para, posteriormente, especializarme en la química heterocíclica”.

En 1970 comenzó a estudiar Químicas en la UMU, centrando su especialidad en química básica para más tarde elaborar su tesis doctoral en el área de la química de carbohidratos, aunque, en la etapa posdoctoral, orientó su investigación hacia la síntesis de compuestos heterocíclicos. “¿Y qué es un sistema heterocíclico? «Son compuestos orgánicos de naturaleza cíclica que no sólo contienen átomos de carbono en su estructura sino otros elementos, o heteroátomos, como nitrógeno, oxígeno, azufre… Un ejemplo de este tipo de compuestos lo constituye la nicotina, aunque hay que subrayar que muchos de ellos son esenciales para los organismos vivos, se encuentran presentes en la estructura de multitud de productos naturales y medicamentos y forman parte de nuevos tipos de materiales de gran importancia industrial.”

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De Murcia a Florida con escala en Norwich

Tras su estancia en la UMU se trasladó, becado por el Estado, a la prestigiosa Universidad de East Anglia, en Norwich, en Inglaterra. Allí estudió bajo la tutela de “una de las personalidades más destacadas en el campo de la química heterocíclica: el profesor Alan Roy Katriztky. Más tarde, cuando Katriztky se mudó a la Universidad de Florida, me pidió que formase parte del grupo de investigación que le acompañó a Estados Unidos, donde pasé otro año, hasta que volví a España formando parte de la primera promoción de becarios de reincorporación. Fue una propuesta del Gobierno de entonces para que los titulados que nos habíamos formado en el extranjero tuviéramos la posibilidad de regresar y trasladar a nuestras universidades nuevas formas de abordar la investigación y la docencia universitaria.”

De nuevo en la Universidad de Murcia, “me incorporo a trabajar en la línea sobre síntesis y reactividad de compuestos heterocíclicos que había empezado a desarrollar Pedro Molina”. Una asociación que sigue dando sus frutos después de tantos años: “Todavía sigo trabajando codo con codo con el profesor Molina en el grupo de Química de Heterociclos”, uno de los veinte Grupos de Excelencia de la Región de Murcia reconocidos por la Fundación Séneca-Agencia de Ciencia y Tecnología en la Región de Murcia.

«Sin colaboración entre científicos, la ciencia se agota»

Tárraga insiste en la importancia de la colaboración en el grupo y entre equipos con el fin de cubrir el mayor espectro de conocimiento posible, pues cada especialista en su disciplina no suele tener un dominio exhaustivo de las demás. “El avance científico requiere de la colaboración entre científicos de distintas áreas, desde el campo de la medicina al de la ciencia de los materiales. En este último, la colaboración entre físicos, químicos e ingenieros es fundamental, lo mismo que en la medicina es fundamental la colaboración entre químicos, médicos, biólogos, etc..”

Su primera investigación destacada consistió en “describir que a partir de una molécula muy simple se pueden obtener sistemas heterocíclicos mucho más complejos, algunos no descubiertos hasta ese momento”. Otro logro muy relevante, señala el investigador y catedrático de la UMU, fue la descripción de nuevas rutas de síntesis de productos naturales de interés biológico, como el antibiótico DC81, que pertenece a la familia de las benzodiacepinas, unos medicamentos psicotrópicos que actúan sobre el sistema nervioso para combatir síntomas como la ansiedad (el Valium es la benzodiacepina más conocida).

La investigación de Alberto Tárraga ha evolucionado hacia el uso, en química supramolecular, de los sistemas heterocíclicos y de derivados de ferroceno, adentrándose en un nuevo campo de investigación orientado al desarrollo de sensores moleculares capaces de detectar de forma sensible y selectiva cationes metálicos (mercurio, cobre, plomo, zinc) o aniones (pirofosfato, fluoruro, nitratos), de interés desde un punto de vista clínico, biológico o medioambiental, y a su posterior anclaje en soportes de celulosa, sílice u oro.

Su carrera ha ido, pues, transitando, desde el desarrollo de metodologías sintéticas útiles para la preparación de sistemas heterocíclicos hacia su incursión en el área del reconocimiento molecular, poniéndose nuevas metas conforme acumulaba experiencia. «Vas evolucionando a la vez que tu trayectoria investigadora y profesional. Te dedicas a una línea para conseguir unos objetivos determinados y estos, a su vez, te van abriendo nuevos horizontes sobre los que orientar tu investigación.”

Procesos cancerígenos y detección de mercurio

Pero la investigación es doblemente útil cundo sus resultados se transfieren al tejido productivo para mejorar la vida de los ciudadanos Alberto Tárraga, junto con los profesores Molina y Veciana, del Instituto de Ciencias de Materiales de Barcelona, y sus respectivos equipos, ha desarrollado una patente basada en la síntesis de un quimiosensor para la detección de mercurio, de aplicación en el ámbito medioambiental.

Este experto en heterociclos también ha colaborado con el profesor José Neptuno Rodríguez López, catedrático de Bioquímica en el Departamento de Bioquímica y Biología Molecular A de la UMU, en la síntesis de derivados de epicatequina para el posterior estudio de su actividad biológica en diferentes tipos de sistemas celulares cancerosos, que ha sido objeto de importantes publicaciones y del registro de otra patente en el seno de la Universidad de Murcia.

Tárraga, que consiguió su plaza de catedrático en el año 2004, puede presumir de sus publicaciones en revistas científicas de elevado índice de impacto (esto se traduce en las veces que han sido citadas por otros autores). Entre las numerosas publicaciones que figuran en su currículum, una de las más citadas es la que publicó en el ‘Journal of the American Chemical Society’ sobre un receptor simple utilizado en la detección de mercurio. Además, destaca otros estudios publicados en revistas de la American Chemical Society (USA), Royal Society of Chemistry y Science Direct (Reino Unido) o Wiley-VCH (Alemania). Un artículo suyo que recogió la revista ‘Tetrahedron’ figura en el ránking de los 25 trabajos más citados de esa revista en el período 2010-2011.

“Un buen investigador debe ser un buen docente”

Para este químico, la labor del investigador no es un trabajo de 9 a 14 horas: es un estilo de vida, es una vocación, donde muchas veces no existen las horas ni los días, ni el descanso ni el ocio. “La investigación científica es un trabajo a tiempo completo. Llegas a tu casa, te pones a ver una película y estás pensando en algún problema del laboratorio. O estás en la playa, coges un papel y un boli y al final acabas dibujando estructuras.” Con todo, también tiene aficiones ajenas a la ciencia, como disfrutar del deporte -“sobre todo cuando era más joven”-, de la lectura, de la que es un consumidor de la novela negra o de ensayos; del cine o de pasear y charlar con los amigos.

El catedrático se reserva una de sus opiniones más poderosas para el final, cuando sale a relucir el tema de la docencia. Para Tárraga, “trasladar el conocimiento a los estudiantes es fundamental. A veces no nos damos cuenta de su importancia pero estamos pasando esos conocimientos a las personas que nos van a relevar. Tiene que existir una formación sólida que muchas veces no se consigue. Por eso un buen investigador debería ser también un buen docente y transmitir esos conocimientos de forma sencilla al alumnado, contagiar el entusiasmo y el amor por la ciencia a la gente que nos tiene que relevar. Aquel investigador que no consiga transmitir fácilmente sus conocimientos pertenece al laboratorio, nunca será un buen profesor. El docente debe conjugar una buena formación y una buena capacidad de transmisión.” Parafraseando a Ray Bradbury, “el conocimiento es un arma cargada para la que sólo los buenos docentes deberían tener licencia”.

Redacción: Paz Gómez Fotografía: Pablo Almansa Fecha realización: 22 diciembre 2014

Un químico que emplea la bioinformática para comprender a las macromoléculas que nos rodean

JOSÉ GARCÍA DE LA TORRE CATEDRÁTICO DE QUÍMICA FÍSICA DE LA UNIVERSIDAD DE MURCIA

José García de la Torre (Madrid, 1950) pronto tuvo clara su inclinación por la ciencia. “Me surgió la vocación por hacer una carrera de ciencias, la de químicas, cuando era muy jovencito. Notaba que las actividades científicas me resultaban accesibles y divertidas”. Tras realizar sus estudios universitarios y su doctorado en la Universidad Complutense, García de la Torre puso rumbo a la Universidad de Minnesota, en Estados Unidos, haciendo una estancia posdoctoral durante dos años. Se decantó por ese centro porque “había un departamento de bioquímica, algo no muy común por entonces. Luego he tenido colaboraciones relativamente prolongadas con las universidades de Nottingham, Oslo u otras americanas. Simplemente contactos. Otros doctores de mi grupo también han estado en universidades de otros países para continuar su formación y han vuelto con proyectos de colaboración”. El investigador no cree que ahora sea tan crucial salir al extranjero como hace unas décadas, en parte debido al gran auge de la ciencia española. “Sigue siendo muy importante ampliar tus fronteras, pero a la vez hay grupos de investigación nacionales muy punteros a nivel internacional. Algunos incluso son los mejores en su especialidad”.

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Desde el ADN a la ropa

Dentro de la química se decantó por un área concreta: la especialidad de química física. «Hice el doctorado en ese asunto. Lo que me encomendaron hacer eran estudios de carácter físicoquímico con macromoléculas”. Desde entonces el estudio de las macromoléculas se ha convertido en una de sus líneas principales. ¿En qué consisten? “Las macromoléculas son compuestos químicos de elevado peso molecular. Eso incluye desde macromoléculas naturales, como las proteínas y el ADN, hasta las sintéticas, como los plásticos y la silicona, que son las inventadas por el hombre pero que tienen mucha utilidad. Ya casi nadie hace materiales con madera o metal. Incluso las fibras textiles que se usan para crear ropa son macromoléculas sintéticas”.

¿A qué se puede aplicar el estudio de las macromoléculas? Este experto en química física ofrece una hoja de ruta con múltiples posibilidades: “Ya sean sintéticas o naturales, hay muchos aspectos a estudiar. Por ejemplo, saber cómo esas macromoléculas se sintetizan tanto en los seres vivos como en los laboratorios. Otro ámbito de la química molecular es averiguar para qué sirven esos productos, como hacer objetos de plástico a través de un plástico fundido, moldeándolo, estirándolo, etc. También se estudian las propiedades que tiene cualquier compuesto químico, donde se distingue la síntesis del compuesto, las características fisicoquímicas primarias y las aplicaciones”.

De entre todas esas posibilidades, García de la Torre se dedica a “la caracterización de propiedades básicas que luego van a determinar la función o la aplicación que tengan las macromoléculas. Nosotros nos hemos preocupado de qué métodos se pueden emplear, nos enfocamos en las metodologías, que pueden ser las clásicas de laboratorio pero que hoy en día también tienen un componente de simulación y de cálculo en el ordenador”. O dicho de otro modo: para producir un objeto hay que realizar previamente esa investigación básica para saber de qué están hechas las macromoléculas, su estructura, y trabajar a partir de ellas.

Simulación por ordenador

El trabajo del Grupo de Polímeros que dirige, y que es uno de los veinte Grupos de Excelencia de la Región de Murcia (GERM) que concede la Fundación Séneca-Agencia Ciencia y Tecnología Región de Murcia, no persigue el fin de un problema, sino que abre el abanico de vías para que otros investigadores las exploren. “Nuestro trabajo es recoger conocimiento básico que luego otros usan para generar conocimiento aplicado o, directamente, diseñar vacunas o estudiar la configuración de una proteína y cómo cambia según su entorno. Investigamos qué factores generan cambios en las proteínas y qué efectos producen las proteínas a través de la simulación por ordenador para que se puedan prevenir». Es lo que se conoce como bioinformática.

Un ejemplo práctico: «Están saliendo al mercado productos farmacéuticos basados en anticuerpos monoclonales, que tienen propensión a agregarse, o dicho de otra manera, a apelotonarse, y su administración al paciente es complicada. Nuestro objetivo es investigar en qué condiciones las moléculas de los anticuerpos se agregan o no. Más tarde otros científicos recogerán ese estudio y lo aplicarán para solucionar el problema.

El legado del investigador y su futuro

José García de la Torre cuenta con una serie de reconocimientos envidiables, como su Premio Bruker de 2008, el galardón anual de la Sociedad de Biofísica de España concede a un investigador de prestigio de esa sociedad, un reconocimiento a su trayectoria. Lo más relevante, sin embargo, serían sus citadísimas publicaciones para revistar científicas. “Mi estancia postdoctoral en Minnesota dio como resultado una publicación que resultaba un compendio de todo lo que hice con macromoléculas, que se publicó en una revista importante, ‘Quartely Reviews of Biophysics’, y ese artículo tuvo un gran impacto. Todavía hoy es uno de los más citados, con más de 500 menciones”.

Este experto en bioinformática se siente especialmente orgulloso del que realizó para la UMU en el año 2000: “Fue el resultado de dos tesis doctorales y, seguramente, es el artículo más citado que ha salido íntegramente de esta universidad”. Lo más peculiar de este paper no se publicó en colaboración con ningún otro centro.

Uno de los campos que más interesa al equipo comandado por García de la Torre es la nanotecnología, donde las macromoléculas tiene mucho que aportar. “La nanotecnología es la tecnología de las cosas pequeñas que son bastante grandes, y las macromoléculas son nanopartículas que son mucho más grandes que una molécula normal. La nanotecnología hace referencia a que aplicaciones se pueden obtener de este tipo de partículas, ya sean macromoléculas o nanopartículas, pues conceptualmente son iguales, aunque químicamente distintas. Las metodologías de la nanotecnología y las macromoléculas son las mismas, todo es cuestión de a qué lo aplique uno. En principio nos interesa trabajar con sistemas que incorporen macromoléculas y partículas coloidales. Por ejemplo, algo muy frecuente y actual es revestir cierto tipo de nanopartículas metálicas con macromoléculas. Imagínese una bola de metal muy pequeñita a la que se le añade una capa de un compuesto macromolecular. Esto tiene muchas aplicaciones, como transportar fármacos”.

“Mi objetivo es enseñar a pensar a los alumnos”

García de la Torre deja constancia de su ética a la hora de abordar la docencia: “Siempre he procurado transmitir a mis alumnos una enseñanza moderna, avanzada, en conexión con su tiempo. Que no sea una mera transmisión de conocimientos para que tomen nota y luego se examinen. Mi objetivo es enseñarles a pensar. No son objetivos fáciles, pues para ofrecer una enseñanza moderna uno tiene que estar al día, estudiar y ser científico activo. De hecho, mis exámenes desde hace muchos años tienen dos partes, y en la segunda el alumno tiene libertad de traer los libros que quieran. No se trata de memorizar, sino de que entiendan lo que están haciendo, y a veces el hecho de memorizar distrae».

Redacción: Paz Gómez Fotografía: Pablo Almansa Fecha realización: 22 diciembre 2014

Un químico volcado en reducir el efecto de la salinidad del agua de riego para mejorar la nutrición de las plantas

ANTONIO CERDÁ CERDÁ PROFESOR DE INVESTIGACIÓN DEL CEBAS-CSIC

Una infancia en el campo junto a sus padres agricultores marcó su vocación como especialista en fertilidad de suelos y nutrición vegetal. Antonio Cerdá Cerdá (Hondón de las Nieves, Alicante, 1944) tuvo claro desde chiquillo que iba a ser un químico del suelo y el agua. «Por eso hice mi especialidad en química agrícola en la Universidad de Murcia (UMU) y después me doctoré siendo becario del Centro de Edafología y Biología Aplicada del Segura (CEBAS) del Centro Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) con una tesis sobre el efecto que tiene las sales en el agua de riego sobre la tolerancia de las plantas a la salinidad”.

Periplo por EE UU, Holanda, Reino Unido y Hungría

Tras defender su tesis, Antonio Cerdá solicitó una beca posdoctoral y se marchó a la Universidad de Riverside (California), convirtiéndose así en el primer científico del CEBAS becado en Estados Unidos. “Fue una estancia de dos años en la que publiqué seis trabajos, y cuando volví a España ya ingresé en la plantilla del CEBAS como colaborador científico, el equivalente al científico titular de ahora. Eso fue en 1978. Luego me marché seis meses a Holanda, también para investigar sobre los efectos de las sales en las plantas en uno de los centros hortícolas más importantes del país, que se encuentra en la Universidad de Utrecht. Después tuve varias estancias de tres meses en distintas universidades de Inglaterra, en la Academia de Ciencias de Hungría en Budapest, en Alemania… Todas esas experiencias me servían para mi objetivo de investigar el efecto de las sales y la nutrición sobre las plantas”.

La posibilidad de sumar experiencias en el extranjero es muy importante para un científico pues, tal y como Cerdá defiende, “hay que actualizarse, saber lo que los demás están haciendo para poder complementarlo con tus estudios y tener una formación lo más completa posible. Me fui a Riverside porque era la universidad agrícola más destacada de Estados Unidos. De todos los trabajos que hacía, la mayoría de la bibliografía provenía de allí. Cuando acabé la tesis mi deseo era ir a ese centro porque era la escuela más importante sobre salinidad y la relación suelo/planta. Mi objetivo era trabajar con sus catedráticos para aprender lo máximo posible. Hice lo mismo en Inglaterra, Holanda y Hungría. Siempre he procurado buscar personalidades y figuras dentro de mi especialidad para, a parte de completar mi formación, tener contactos».

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Estudiar la calidad de los recursos

La elección de su línea de investigación parece claramente influenciada tanto por su tierra de origen como por la de acogida, Alicante y Murcia, donde la escasez de agua es recurrente y acuciante. Cerdá así lo confirma: “En el Levante español hay un gran problema en cuanto a la calidad de las aguas, ya que suelen tener una elevada salinidad. Hay que ver el efecto que eso produce en el desarrollo de las plantas y también el efecto que origina en los suelos. A la vez también afecta a la nutrición de las plantas: todo está relacionado. Es la línea a la que he dedicado prácticamente toda mi carrera científica, con ella llegué a ser profesor de investigación del CEBAS, que es lo máximo a lo que puedes llegar dentro del CSIC; el equivalente a catedrático de universidad».

Nuestro académico es autor de más de 130 trabajos científicos sobre la calidad de las agua de riegos, la salinidad de los caudales y la nutrición y fisiología de las plantas que han sido publicados en revistas nacionales e internacionales, así como también ha dirigido once tesis doctorales. En 1990 fue elegido miembro de la Junta de Gobierno del CSIC. Entre 1994 y 1997 fue director del CEBAS y durante dos años ejerció como coordinador científico-técnico del Área de Ciencias Agrarias del CSIC.

Efecto de la madera intermedia

De todas sus publicaciones científicas, Cerdá se decanta por una que le llevó bastante tiempo pero que mereció la pena a largo plazo: “Está publicada en una revista científica israelita y determinaba la tolerancia del limonero a la salinidad. Encontramos un efecto, llamado efecto de la madera intermedia, que consiste en que si le pones al portainjerto un injerto de naranjo y sobre este uno de limonero, la sal se retiene en el naranjo y no llega al limonero. Esta es una de las publicaciones que más reconocimiento científico ha tenido y, menos mal, porque pasé entre cinco y seis años contando limones y regando limoneros en la misma parcela sin sacar publicaciones. Fue duro, pero fue recompensado. Esa investigación la presenté en un congreso de citricultura en Italia en 1994 y fue ampliamente divulgada por el Laboratorio de Salinidad de Riverside en el que estuve investigando”.

Todo ese proceso ayuda también a entender la evolución en su campo de investigación, que según Cerdá ha sido inmensa en los últimos veinte años, sobre todo en la Región de Murcia. “Hay que tener en cuenta que, por ejemplo, en el tema de la eficiencia del agua nosotros íbamos a países como Israel a aprender y ahora vienen de otros países a la Región a ver cómo se utiliza el agua. El sector agrario también ha sido muy importante, así como las empresas que han ido a comprar tecnología avanzada a otros lugares para darle uso en nuestra comunidad. Ha sido un trabajo en conjunto, no se puede decir que ha sido solo cosa de la investigación, que es fundamental. Ha sido un esfuerzo común”.

Vocación política

Toda esta labor de docencia e investigación ha sido compatibilizada con su vocación política, siendo en dos legislaturas diputado regional (1983-1987 y 1987-1991) y portavoz del Grupo Parlamentario Popular. Desde julio de 1999 hasta febrero de 2015 ejerció como consejero de Agricultura y Agua de la Comunidad Autónoma de la Región de Murcia.

¿Esa experiencia en la gestión y en la política le ha permitido tener un punto de vista diferente sobre la investigación? “Te da un conocimiento más amplio del mundo científico. Normalmente tu estás encerrado en tu campo de investigación, y cuando sales de ahí ves que todos los campos son interesantes y que de alguna manera todos tienen conexión unos con otros y se pueden interconectar. Tienes una visión más amplia. Cuando era coordinador de ciencias agrarias del CSIC había 14 centros en España dedicados a esa área, así que yo iba a todos, veía lo que hacían y eso te daba una visión única: ver cómo cada centro respondía a los problemas regionales que tenían, así como a cosas más universales. Eso te hace replantearte la investigación porque a veces los estudios se repetían en distintos centros y conviene que no sea así”.

Aunque la asunción de cargos políticos le obligó a abandonar la ciencia, Cerdá asegura que «siempre llevas el gusanillo dentro. Sigo formando parte de tribunales de tesis y también es un orgullo mirar a los que trabajan ahora en el CEBAS, en el IMIDA o en la Escuela de Ingenieros de Orihuela y ver que muchos catedráticos o investigadores han sido becarios míos. Todo eso da una gran satisfacción”.

Divulgación y líneas de futuro

Nuestro académico es un defensor de la divulgación científica. “Es interesante que la sociedad, que es la que paga en definitiva los salarios de los investigadores y sus investigaciones, sepa qué es lo que hacemos. A esto se llega a través de la divulgación, y en Murcia creo que siempre se ha tratado muy bien porque además de los centros de investigación existen las oficinas comarcales agrarias que servían de intermediarios entre investigadores y agricultores. Eso es fundamental, porque si no hay divulgación ni aplicación de esos resultados en la realidad, no nos sirve”.

Cerdá, confeso admirador del FC Valencia y aficionado al dominó y a la naturaleza, aboga porque en el futuro se mejore la utilización eficiente del agua y que se desarrollen variedades de plantas que consuman menos recursos y que sean más productivas. “La investigación no puede parar, porque la superficie de cultivo no varía mucho, pero la población sí aumenta, así que hay que producir más. También tenemos que llegar a cultivos que sean lo más naturales posible, desarrollar depredadores naturales que controlen las plagas sin necesidad de utilizar fitoquímicos, por ejemplo. Son líneas de futuro que es necesario desarrollar”.

Redacción: Paz Gómez Fotografía: Pablo Almansa Fecha realización: 22 diciembre 2014