Epigenética, la reivindicación de Lamarck por el Prof. Dr. D. Ángel Pérez Ruzafa, académico numerario

Columna de la Academia publicada en el diario La Verdad el 22 de junio de 2019.

Durante dos siglos, Jean-Baptiste Lamarck ha sido denostado o, al menos, infravalorado, frente a Charles Darwin, por sus teorías sobre la evolución. No obstante, fue un naturalista a la altura de Linneo en sus trabajos para sistematizar la organización de los seres vivos, y fue quien en 1802 acuñó el término «biología» para la ciencia que estudia la vida. En 1809, el año en que nació Darwin y medio siglo antes de que éste escribiera El origen de las especies, en su libro Filosofía zoológica, ya desarrolló la idea de que las especies no eran formas estáticas, creadas así por Dios, sino que evolucionaban a través de la adaptación de los propios organismos a los cambios ambientales y que dichas adaptaciones y modificaciones se transmitían a la descendencia.

¿Por qué entonces no se le reconoce como el verdadero padre de la evolución? Simplemente porque no aceptábamos hasta ahora que los caracteres adquiridos como adaptación individual puedan transmitirse a la descendencia. ¿Podría el entrenamiento de un individuo para ser mejor nadador hacer que también lo vayan a ser sus hijos? Darwin, aparte de una recopilación de evidencias exhaustiva, aunque no conoció la genética que surgiría con el trabajo de Mendel, que solo fue reconocido de forma general a principios del siglo XX, hizo una propuesta más compatible con ella. Los organismos no dirigían su propia evolución adaptándose al medio, era el medio el que seleccionaba a los más aptos de entre una variabilidad de posibilidades. Las mutaciones y recombinaciones genéticas explicarían más adelante dicha variabilidad que se producía al azar pero que podía dotar de ventajas a quienes las tuvieran.

Pero en la vida no todo es azar. Desde su origen, los seres vivos han evolucionado adaptándose a millones de años de cambios ambientales y han ido adquiriendo por la vía darwiniano-mendeliana numerosas mejoras en su diseño para explotar los recursos disponibles y explorar nuevas posibilidades. Sería un desperdicio renegar de esa historia. Las viejas adaptaciones pueden volver a ser útiles si volvieran a darse las condiciones que las propiciaron. Estoy convencido de que la naturaleza padece el síndrome de Diógenes. Lo guarda todo por si un día pudiera ser útil. Por eso el ADN aumenta, a veces de forma desmesurada, a lo largo del árbol evolutivo. Para evitar el caos genético, el truco es bloquear y no dejar que se expresen los genes que ahora no necesitamos y mantener activos los que resultan útiles. De este modo podemos activar genes que nos permiten tolerar mejor determinados tóxicos o que modifican la edad de madurez sexual o la fecundidad dependiendo de la esperanza de vida o la estabilidad ambiental (algo que hemos propuesto recientemente para los peces tras las observaciones en reservas marinas). Y estas adaptaciones, adquiridas por los progenitores, sin que se altere el código genético, pueden transmitirse varias generaciones. Es lo que se denomina epigenética. Resulta que Lamarck también tenía razón.

Los consejos de Steven Weinberg por el Prof. Dr. D. Angel Ferrández Izquierdo, académico numerario

Columna de la Academia publicada en el diario La Verdad el 15 de junio de 2019

Steven Weinberg es un muy reconocido físico teórico estadounidense nacido el 3 de mayo de 1933 en Nueva York. Estudió física y ha sido profesor en las más prestigiosas universidades norteamericanas. Su visión innovadora en la construcción de la teoría electrodébil lo llevó a ganar el Premio Nobel de Física de 1979, junto con su compañero de clase Sheldon Glashow y Abdul Salam. Weinberg también es un prolífico escritor y autor de obras como ‘Los tres primeros minutos del Universo’, ‘El sueño de una teoría final’ o el reciente ‘Explicar el mundo’.

En un artículo de 27 de noviembre de 2003, en la revista Nature, titulado Four golden lessons, nuestro insigne protagonista se dirige a los jóvenes que quieren emprender una carrera científica para darles una serie de consejos. Presenta su experiencia adornándose de una metáfora oceanográfica, es decir, se encontró ante una vasta literatura física que “me parecía un inmenso e inexplorado océano que tenía que cartografiar antes de empezar a investigar por mi cuenta”. No tardó en darse cuenta de lo poco que sabía y que tenía que enfrentarse a un inmenso cuerpo de conocimiento ya establecido al que había que aportar algo nuevo. Un momento decisivo, pero una buena dirección te enseñará a elegir lo esencial y evitar lo superfluo. Weinberg confiesa que se las arregló para doctorarse rápidamente, “aunque cuando lo hice no sabía casi nada de física, pero aprendí una cosa importante: nadie lo sabe todo.” Primera lección: no te hundas, nada, confía en tus fuerzas.

Segunda lección. Si das brazadas, y no te hundes, dirígete hacia aguas turbulentas. Hay que buscar problemas de calado, que interesen a amplios colectivos, pues es allí donde está la acción. Hay que alejarse de los caminos trillados. Una elección que no resulta nada fácil.

La tercera lección, y quizás las más difícil de seguir, es no sentirse culpable por malgastar el tiempo. Nadie sabe en qué momento de la historia será resuelto un problema interesante ni cuál es el correcto que te llevará a la gloria, por lo que la mayoría de los problemas en los que te enfrasques serán una pérdida de tiempo. No importa, si quieres apostar por la creatividad, has de asumir que una buena parte de tu tiempo trabajarás en problemas poco innovadores.

El último consejo de Weinberg es aprender algo de la historia de la ciencia, o al menos de la historia de tu rama de la ciencia, pues te hará sentir que tu trabajo vale la pena y pasará a formar parte de esa historia.

Armageddon de insectos y crisis de polinización por el Prof. Dr. D. Juan Guerra Montes, académico numerario

Columna de la Academia publicada en el diario La Verdad el 8 de junio de 2019

Venimos leyendo opiniones contundentes y “reputadas” sobre el cataclismo ecológico que puede suponer un descenso masivo en las poblaciones de insectos, sobre todos en los polinizadores de plantas, y cómo los “datos” apuntan hacia algo inevitable que podría hacer desaparecer la especie humana de la faz del Planeta.

Una publicación reciente de numerosos autores, sobre este tema, ha logrado una gran atención de los medios de comunicación, pero presenta importantes lagunas, pues, aunque las sugerencias son relevantes, en ciencia lo fundamental son las evidencias cuantitativas, teorizar sin datos fiables puede llevar a decisiones de gestión erróneas, sin base científica.

Una de esas grandes evidencias que dejan bastante claro qué está pasando con los polinizadores y con esas hipotéticas pérdidas masivas de insectos, ha sido publicada por el doctor Carlos Herrera, tras más de 20 años de meticulosas observaciones, sobre diversas especies de plantas autóctonas, en las sierras de Segura y Cazorla, donde existen conjuntos de ecosistemas que desde hace décadas están fuera del manejo humano, apenas con agricultura y ni siquiera colmenas de abejas melíferas.

Lo que ha encontrado Herrera, tras someter miles de datos a análisis estadísticos, es sustancialmente lo siguiente. Las abejas melíferas apenas hicieron acto de presencia, cosa rara en estos estudios en los que suelen ser muy abundantes. Sólo las abejas que viven asilvestradas anidando en huecos de árboles son relevantes. No hay nada más variable en el tiempo e imprevisible que los polinizadores en danza cada año, tanto en número como en composición específica. Las redes de polinizadores son muy inestables, muy poco predecibles y para mayor abundamiento, cuantas más especies hay en danza más inestabilidad.

Tomando perspectiva, este caos se difumina y aparece un patrón general. Tanto los polinizadores como las visitas que hacen a las flores han aumentado en estos 20 años. Lo mismo ocurre con el número de especies, que se incrementó a lo largo de este periodo.

¿Por qué aumentan? Explicaciones no faltan. La fundamental es que la zona se está reajustando a la nueva situación de ausencia de uso humano, que empezó poco antes del comienzo de este estudio, y en la nueva situación hay más espacio para los polinizadores, por ello han aumentado.

Este trabajo muestra que, cuando el hombre no enreda, a los polinizadores les va muy bien. Lo encontrado por el Prof. Herrera no es para pensar en un “armageddon”, pero sí para dar la voz de alarma. Ahora estamos más seguros de que cambiando las técnicas agrícolas los polinizadores aumentarán.

Centenario del eclipse que catapultó a Einstein a la fama por el Prof. Dr. D. Rafael García Molina, académico numerario

Columna de la Academia publicada en el diario La Verdad el 4 de junio de 2019

Este 29 de mayo se han cumplido cien años del eclipse total de sol durante el cual se realizaron mediciones que confirmaron la Teoría de la Relatividad General de Einstein.

Arthur Eddington comprendió la importancia que podrían tener las observaciones durante ese eclipse para confirmar o refutar las predicciones de una de las teorías más revolucionarias de la época: la Relatividad General, publicada en 1915. Una de sus consecuencias era que un rayo de luz se desviaría de la trayectoria rectilínea en las proximidades de un campo gravitatorio intenso, como el producido por un objeto celeste masivo. Este es el caso del Sol, y la trayectoria de la luz que llega a la Tierra proveniente de las estrellas se debería curvar al pasar cerca del Sol, de tal modo que podríamos ver estrellas ocultas por el astro. Pero esto solo podría comprobarse cuando hubiera un eclipse total, pues de otro modo, la inmensa luminosidad solar impide ver la luz de las estrellas.

Cuando todavía no había finalizado la I Guerra Mundial, el astrónomo real británico Frank Watson Dyson se encargó de organizar dos expediciones. Pocos meses después de concluido el conflicto bélico, una de ellas, dirigida por Andrew Crommelin, se encaminó a Sobral (noreste de Brasil). La otra, liderada por Arthur Eddington, puso rumbo a la isla de Príncipe (Golfo de Guinea). Si, durante el eclipse, el registro fotográfico de estrellas “próximas” al Sol aparecía desplazado respecto de las fotografías nocturnas, esto implicaría que la luz estelar se habría desviado al pasar cerca del Sol.

Superando problemas técnicos, logísticos y, especialmente, meteorológicos (debido a la abundante nubosidad), el grupo de Príncipe obtuvo 16 fotografías. Pero solo dos de ellas permitían estudiar si la luz de las estrellas se había desviado o no. El grupo de Sobral realizó fotografías con mejores condiciones meteorológicas, pero las 19 imágenes que tomaron estaban desenfocadas, pues el calor había dilatado el espejo de su principal telescopio. Afortunadamente, obtuvieron 8 imágenes en buenas condiciones mediante un telescopio menor. Los astrónomos concluyeron que la luz de las estrellas observadas se había desviado 1,98 y 1,6 segundos de arco, según las fotografías de Sobral y Príncipe, respectivamente. En honor a la verdad, de la física newtoniana también se obtenía una desviación para la posición estelar, pero su valor era aproximadamente la mitad del predicho por la Teoría de la Relatividad General (1,74 segundos de arco), que, de este modo, se vio refrendada.

Antes de este eclipse, los trabajos de Einstein eran poco conocidos más allá de los círculos académicos. Pero la publicación en la prensa (y también en las revistas especializadas) de las observaciones realizadas durante el eclipse catapultaron a Einstein (su persona y su investigación) a la fama mundial, trascendiendo al gran público y convirtiéndolo en un personaje mediático.

La antigüedad de la vida por el Prof. Dr. D. Mariano Gacto Fernández, académico numerario

Columna de la Academia publicada en el diario La Verdad el 25 de mayo de 2019

No sabemos el lugar exacto donde comenzó la vida en la Tierra, pero sí que se inició con la aparición de los microbios como precursores de todas las formas de vida. Existen trazas de fósiles microbianos en formaciones geológicas, denominadas estromatolitos, que tienen unos 3.700 millones de años de antigüedad. Desde entonces, los microbios han tenido este planeta exclusivamente para ellos durante casi un 80% del tiempo en que la vida ha existido en la Tierra. Son autosuficientes y los únicos seres vivos que pueden existir sin la presencia de otros. Con tanto tiempo para evolucionar, desarrollaron mecanismos metabólicos que hicieron posible la aparición de otras formas de vida. Un aspecto de este desarrollo se aprecia en los cloroplastos y en las mitocondrias, cuyos pequeños genomas son de naturaleza microbiana, confirmando que las células superiores surgieron de antecesores microbianos.

Reduciendo los 4.500 millones de años de la edad de la Tierra a un día terrestre de 24 horas, y situando la formación de la corteza estable a las 0:00 horas, la vida empezaría muy temprano, hacia las 4 de la madrugada, con la existencia de los primeros microorganismos. Luego no hay ningún otro avance en las siguientes 16 horas, y toda la vida es microbiana. Hasta casi las ocho y media de la noche (cuando ya han transcurrido las 5/6 partes del día) la Tierra no mostró otra cosa al Universo que una mera capa de microbios. Después aparecerían por fin las primeras plantas marinas, a las que siguen veinte minutos más tarde los primeros invertebrados. A las 21:04 entran en escena los trilobites. Poco antes de las 10:00 de la noche brotan las primeras plantas terrestres y poco después de esa hora (cuando quedan menos de dos horas del día) aparecen los primeros animales terrestres. A las 22:24 la Tierra se cubre de los grandes bosques carboníferos y los primeros insectos alados. Hacia las 23:00 horas irrumpen los dinosaurios que imperan durante unos tres cuartos de hora. La era de los mamíferos se inicia 21 minutos antes de la media noche, y los humanos surgen 1 minuto y 17 segundos antes de que finalice el día. En este esquema, la época histórica ocuparía apenas un par de segundos.

Mientras surgieron continentes, se esfumaron cuencas oceánicas y aparecieron y desaparecieron otros seres más complejos, el diseño microbiano se ha perpetuado como la imagen misma de la continuidad de la vida.

 

Tomemos ejemplo de la naturaleza. La bioinspiración por la Prof. Dra. Dª. María Ángeles Esteban Abad, académico numerario

Columna de la Academia publicada en el Diario La Verdad el 18 de mayo de 2019

La inspiración es la lucidez repentina que se siente y favorece la creatividad o la búsqueda de soluciones a un problema. Entonces ¿qué es la bioinspiración? Se podría definir como el uso de fenómenos propios de la biología que pueden ser empleados para estimular la investigación en cualquier otra ciencia y tecnología. Es ya una estrategia que abre áreas de exploración muy interesantes y novedosas. Más allá de su potencial para dar lugar a nuevas ideas, la bioinspiración tiene otras dos características muy interesantes. Una es que sugiere temas en investigación que son relativamente simples a nivel técnico y otra es que conduce a resultados que suelen ser muy funcionales.

Un increíble ejemplo lo encontramos en la tela de araña. Es un material mecánicamente muy resistente (unas 3.500 veces más que una malla de acero) y a alguien se le ocurrió que se podrían diseñar chalecos antibalas con ella y serían muy livianos y seguros. El problema era cómo hacer tela de araña sin ellas y en cantidad. Intentaré resumir cómo lo han logrado ya. Se conocen los genes que codifican la proteína de la tela de araña, los inyectaron en un cigoto (célula a partir de la que se desarrolla un ser vivo) de vaca justo tras el momento en el que se juntaron un espermatozoide y un óvulo. Nació una vaca que producía leche con tela de araña. Al ordeñar esa leche solo quedaba separar la tela de araña y emplearla. Otros ejemplos más sencillos resultan de imitar las patas de los gecos, que son animales capaces de trepar por cualquier superficie. Al estudiar sus patas con las técnicas más recientes de microscopía electrónica descubrieron el secreto. Las patas poseen estrías y cada estría está recubierta de millones de fibras de queratina (la misma proteína de nuestro pelo) a escala nanométrica. Cada uno de esos pelos está rematado en una estructura ramificada en forma de espátula. Todos esos millones de fibras juntas hacen que se puedan sujetar a cualquier superficie por lisa que sea. Esta capacidad de adherirse hasta sobre superficies relativamente húmedas ha permito desarrollar adhesivos capaces de pegarse incluso sobre la piel mojada que actualmente se usan, por ejemplo, en parches para dispensar fármacos. Aunque todo esto parezca muy actual, Albert Einstein ya dijo «profundiza en la naturaleza y entonces entenderás todo mejor».

Exceso de confianza por el Prof. Dr. D. Manuel Hernández Córdoba, académico numerario

Columna de la Academia publicada el 11 de mayo de 2019 en el Diario La Verdad

Los dirigibles son artefactos voladores, evolución lógica de los globos aerostáticos cuando se les incorporan motores de propulsión y timones de navegación. En los primeros años del siglo XX se diseñaron artefactos de este tipo, cada vez mayores y más perfectos. En la década de los años 1930, una empresa alemana se propuso lanzar al mercado un gran dirigible que permitiese cruzar cómodamente el océano Atlántico en mucho menos tiempo que los buques transatlánticos. Hasta aquí todo normal, pues se trataba de mejorar comunicaciones por medio de avances tecnológicos, y nadie mejor para ello en aquel momento que la ingeniería y ciencia alemana, fiable y de bien ganada fama.  Sin embargo, si uno se para a pensar, la idea no parece tan buena. El tal dirigible, que por razones de estrategia política se denominó Hindenburg, tenía una longitud de 245 metros, esto es tan solo 24 menos que el Titanic, con una altura equivalente a un edificio de trece pisos y anchura promedio cercana a los 40 metros. En otras palabras, una auténtica mole difícil de manejar y sobre la que tenían que influir las condiciones meteorológicas. Pero eso no es lo peor. Un dirigible se sustenta porque contiene un gas menos denso que el aire. Los ingenieros alemanes diseñaron el Hindenburg para que el gas de sustentación fuese helio. El problema se originó cuando el mayor proveedor de helio del momento (los Estados Unidos de América) no quisieron suministrar el gas, y los responsables optaron por reemplazarlo por hidrógeno. Es evidente que, por muchas precauciones que la técnica adoptase, la cosa era arriesgada porque el helio es inerte pero el hidrógeno arde en contacto con el oxígeno del aire, siempre que haya una chispa que provoque la ignición. Con esa masa gigantesca de hidrógeno y el artefacto navegando en medio de la atmósfera en la que se producen fenómenos eléctricos, la tragedia estaba cantada. Sucedió el 6 de mayo de 1937. Al intentar sujetar el dirigible al poste de amarre en Lakehurst (Nueva Jersey) estalló un violento incendio que calcinó el Hindenburg en menos de 40 segundos y dio al traste con las comunicaciones basadas en dirigibles. Murieron 36 personas. Los avances en la ciencia y en la tecnología han de ser audaces e incluso arriesgados, pero no tienen que olvidar en su aplicación las normas básicas de lógica y prudencia. A veces el exceso de confianza puede transformarse en una imprudencia de fatales consecuencias.

 

Terapia con Células CAR-T por el Prof. Dr. D. Vicente Vicente García, académico numerario

Columna de la Academia publicada en el Diario La Verdad el 4 de mayo de 2019

En los últimos años estamos viviendo un nuevo impulso de esperanza para el rescate terapéutico de pacientes que han tenido recaídas de enfermedades graves como son un tipo de leucemias y linfomas. La expectación la han generado las células CAR-T, pero ¿que son y cómo actúan? Los linfocitos T (células T) corresponden a una estirpe de células del sistema inmune que tienen encomendada la defensa de agentes infecciosos y también de neutralizar y destrozar células anómalas y cancerígenas.

Desde finales de los años 1980 ha existido una investigación intensa e ininterrumpida intentando modificar las células T para que tuviesen una especificidad de interacción con una diana celular. La herramienta utilizada para alcanzar ese objetivo ha sido la modificación genética de linfocitos T del propio paciente, obtenidos por aféresis, y añadiéndoles en el laboratorio el gen para que reconozcan e interaccionen con un antígeno presente en una célula tumoral. Una vez multiplicados in vitro y nuevamente infundidos, esos linfocitos tendrán una diana exclusiva. Ese nuevo receptor en el linfocito T se ha denominado “receptor de antígeno quimérico”, en inglés “Chimeric Antigen Receptor”, de ahí que se conozca por sus iniciales CAR y T por ser linfocitos T.

En 2017 a la empresa Novartis la FDA le aprobó la primera generación de estos “fármacos celulares”, el Tisagenlecleucel. El interés y expectativas con estas nuevas terapias ha aumentado exponencialmente y la tecnología CAR se ha convertido en una herramienta que arrastra un gran interés tecnológico y comercial, con las grandes multinacionales de la Hematología y Oncología trabajando muy activamente. La gran mayoría de los ensayos clínicos de CAR-T se están realizando en neoplasias hematológicas que expresan el antígeno CD 19, presente en leucemia linfoblástica y linfoma difuso de células grandes. En Norteamérica hay más de mil pacientes tratados ya con células CAR-T y en China se supone un número no inferior. Los datos son muy prometedores pues se les ha aplicado a pacientes que han tenido fallos a otras medidas terapéuticas, incluido el trasplante de progenitores hematopoyético. En leucemia linfoblástica se han conseguido respuestas entre el 64% y 86%, y muy parecido en linfomas. Muy pronto dispondremos de datos sólidos de supervivencia, y también de efectos adversos a medio y largo plazo, así como resultados en nuevas indicaciones como mieloma y en tumores sólidos.

En definitiva, se han abierto las puertas a una nueva herramienta terapéutica que da una enorme esperanza en aquellos casos con limitadas opciones de superar su enfermedad.  Los servicios de Hematología con amplia experiencia en trasplante alogénico y trabajando años con sólidos sistemas de calidad implantados en sus unidades de trasplante de progenitores hematopoyéticos esperamos ansiosos esta nueva terapia que se extenderá rápidamente y supondrá un enorme beneficio para nuestros pacientes.

Edad de Plata de la ciencia española por el Prof. Dr. D. Rafael García Molina, académico numerario

Columna de la Academia publicada en el Diario La Verdad el 13 de abril de 2019

Si preguntamos por artistas (escritores, músicos, pintores…) españoles del primer tercio del siglo XX, seguro que se citan varios nombres. Entre ellos, y por mencionar tan solo un par de cada grupo, aparecerían García Lorca y Miguel Hernández, Falla y Albéniz o Picasso y Juan Gris, amén de otros muchos intelectuales que formaron parte de la denominada Edad de Plata de la cultura española. El nombre de esta época proviene de su singularidad y repercusión, comparable, en cierta medida, al Siglo de Oro.

Pero si se pregunta por científicos españoles destacados en esa época, muy probablemente la relación de nombres será mucho menor. Seguramente saldría a relucir Santiago Ramón y Cajal, y… para de contar. Sin embargo, hubo una floreciente actividad intelectual (en sus diversas facetas), con una nutrida representación de científicos que estuvieron al tanto de los avances más relevantes de la época y mantuvieron contactos con sus colegas a nivel internacional.

Lo cierto (y triste) es que muchas de esas personas que contribuyeron a forjar esa Edad de Plata (tanto en las letras como en las ciencias), se vieron afectadas en su vida personal y en su carrera profesional con el estallido de la Guerra Civil y su posterior desarrollo. Entre los más notorios están quienes murieron como consecuencia del conflicto bélico (García Lorca –asesinado durante la guerra–, Miguel Hernández –fallecido en prisión por desatención médica) o se exiliaron (Falla, Rodolfo Halffter…). Lo que quizá no resulta tan conocido es que a muchos profesores e investigadores se les privó de su puesto de trabajo o se les redujo notablemente su sueldo, entre otras medidas represivas, con lo cual los notables avances que se habían producido en la ciencia española se vieron truncados con el fin de la República.

Entre estos científicos cabe citar a Blas Cabrera (físico, Rector de la Universidad Central de Madrid, experto en magnetismo, director del Laboratorio de Investigaciones Físicas –actual Instituto Rocasolano, del CSIC–), Enrique Moles (químico, miembro de la Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, organizador del IX Congreso Internacional de Química Pura y Aplicada que se celebró en Madrid en 1934, secretario de la Comisión de Pesos Atómicos de la Unión Internacional de Química Pura y Aplicada…), Luis Santaló (matemático, cofundador de la geometría integral), Juan Negrín (médico fisiólogo, presidente del Gobierno de la República durante la guerra), Rafael Méndez (fisiólogo, cuya actividad investigadora quedó eclipsada por su protagonismo político), y tantos otros que no pueden mencionarse en esta columna por falta de espacio.

Valgan estas líneas para recordar a estos científicos (y rendirles un merecido homenaje), cuya carrera se truncó por los avatares de un conflicto político que nunca se debió resolver militarmente.

Microplástico: palabra del año por el Prof. Dr. D. José García de la Torre, académico numerario

Columna de la Academia publicada el 6 de abril de 2019 en el Diario La Verdad

Fundéu BBVA es una fundación cultural promovida por la Agencia Efe y BBVA, que, cada año, designa una “palabra del año”. Sus normas indican que “la ganadora, que no tiene que ser necesariamente una voz nueva, ha de suscitar interés lingüístico por su origen, formación o uso y haber tenido un papel protagonista en el año de su elección”. Así, ha reconocido palabras como escrache (2013), selfi (2014), refugiado (2015), populismo (2016) y aporofobia (2017). La nueva palabra, o la nueva acepción de una ya recogida en el diccionario, son generalmente aceptadas por la Real Academia. En 2018, entre otras palabras candidatas (como sobreturismo, procastinar, nacionalpopulismo y VAR), se ha elegido un término de resonancia científica y tecnológica: “microplástico”. Elección que no ha de pasar inadvertida a quienes, en ámbitos académicos, tenemos a los plásticos, y demás compuestos macromoleculares como objetos de estudio. La actualidad de la palabra viene del reciente reconocimiento de otra forma en la cual estos magníficos materiales modernos, los polímeros sintéticos, que tanto han contribuido a nuestro actual bienestar, nos complican la vida por ser posibles contaminantes de nuestro entorno.

Los plásticos son polímeros, larguísimas cadenas moleculares, de procedencia sintética, formadas por eslabones moleculares (monómeros), que presentan una notable resistencia a la macrodegración. Me refiero a que una bolsa, o un fragmento de plástico, a la intemperie en un monte o una playa puede permanecer casi inalterada (aparentemente) durante muchísimos años. Ya sabe el lector por que se restringen las bolsas de plástico en el comercio.  Hace poco se reconoció otro problema:  una degradación a nivel molecular. De esas cadenas pueden desprenderse sus minúsculos eslabones, pequeñas moléculas, que en algunos casos presentan efectos nocivos, como los efectos endocrinos del bisfenol A que se desprende del policarbonato. Este polímero ya está prohibido en biberones y utensilios infantiles.

Además de estos mecanismos contaminantes, se ha conocido recientemente otro: una forma sutil de degradación de los plásticos de un nivel intermedio, descomponiéndose en forma de micropartículas, de tamaño invisible, de unas pocas micras, o incluso nanómetros, que pueden integrarse en los tejidos de animales y plantas, y por ende en nuestro cuerpo a través de los alimentos.  Así, paulatinamente liberados al medio ambiente, integrados en la cadena alimenticia, ciertos plásticos de escasísima biodegradabilidad se han detectado ya en nuestros cuerpos en forma de tales micro o nanopartículas. Lo sabemos gracias a recientes, potentes técnicas de caracterización de polímeros y nanomateriales. Mientras los especialistas biomédicos determinan hasta qué punto el actual grado de exposición supone riesgo para la salud, los que vemos el asunto con un enfoque fisicoquímico tenemos mucho trabajo por delante, en cuanto al diseño de los materiales plásticos y a investigar cómo se comportan en sus aplicaciones.