Catástrofes ecológicas por el Prof. Dr. D. Ángel Pérez Ruzafa, académico de número

Columna de la Academia, publicada en el Diario de La Verdad el 18 de febrero de 2017

Asociamos las catástrofes a sucesos que producen gran destrucción o daño. Incluso, en su acepción matemática, a cambios bruscos de estado de un sistema dinámico, provocados por alteraciones mínimas. En biología, ambos conceptos tienen sentido. Los ecosistemas pueden sufrir presiones ambientales intensas e inesperadas con efectos destructivos, pero, frecuentemente, éstas son graduales y el ecosistema va acumulando tensión sin que se aprecien cambios significativos, hasta que, sobrepasado cierto umbral, cambia radicalmente de estado, sin que vuelva a ser ya el mismo. Mientras no se alcanza el punto de ruptura, si cesan las presiones, puede recuperarse el estado original. Esta propiedad se denomina resiliencia. Sin embargo, la ruptura supone un punto de no retorno en el que, aunque cese la presión, el sistema evolucionará irremediablemente hacia la muerte o hacia otro estado de equilibrio.

Frecuentemente vinculamos los efectos destructivos de las catástrofes a la magnitud de las fuerzas que las desencadenan, riadas, terremotos, incendios, etc. En la naturaleza existe una relación inversa entre la magnitud y la frecuencia con la que se producen estos eventos. Así, terremotos o lluvias de poca intensidad son muy frecuentes, pero lluvias torrenciales o terremotos de gran intensidad pueden tardar décadas en repetirse.

Al hablar de catástrofes, suelo preguntar a mis alumnos si lo sería que se apagara el sol o que, estando preocupados por una subida de 2ºC debido al cambio climático, el incremento fuera de 30ºC. La respuesta suele ser unánimemente afirmativa. Pero el sol se apaga todos los días y la temperatura sube más de 30ºC estacionalmente. ¿Por qué no tienen consecuencias catastróficas? La clave está en la frecuencia con la que ocurren, cada 24 h o cada 12 meses. Los seres vivos tienen ciclos de vida superiores a esos periodos y la selección natural conduce a adaptaciones que anticipan y neutralizan esos cambios. Sin embargo, un evento que tarda en repetirse varias generaciones es más difícil que dé lugar a adaptaciones. Pero la especie humana, además de la evolución genética, cuenta con la cultural y ésta no es darwiniana, sino lamarckiana y las adaptaciones basadas en la experiencia de los padres pueden transmitirse a la descendencia. Todos sabemos que por las ramblas corre agua, y que cada 40 años aproximadamente hay una riada extraordinaria. Cuantos más años hace que no la ha habido, más probable es que ocurra la próxima. Si construimos en una rambla y una avenida lo arrasa ¿es una catástrofe? Lo es solo por los daños que produce, pero podía no haberlo sido si hubiéramos utilizado nuestra inteligencia para lo que está diseñada, detectar patrones en un mundo aparentemente caótico y anticipar los problemas.