Bienes y servicios de los ecosistemas por el Prof. Dr. D. Ángel Pérez Ruzafa, académico de número

La utilización de recursos es inherente a la vida. Desde la bacteria más simple al ecosistema más complejo, toman materiales y energía del entorno para construirse y mantenerse. Pero la especie humana tiene una capacidad muy superior a la de cualquier otra para sobreexplotar dicho entorno y degradarlo.

Ello implica agotar aquellos recursos que no pueden renovarse al ritmo del consumo, pero también el deterioro de los ecosistemas, reduciendo su estructura y su complejidad, más allá de su capacidad de reorganización. Esto hace que el problema sea mucho más grave de lo que parecería, en nuestra confianza de encontrar siempre recursos alternativos o explotar áreas cada vez más lejanas, porque los ecosistemas, aparte de suministrarnos materiales o energía, realizan un sinfín de tareas que nos son necesarias e imprescindibles.

Por eso, desde hace unos años se habla de los bienes, servicios y beneficios que los ecosistemas nos prestan. Como con todo concepto nuevo, a veces es difícil definir estos términos y diferenciarlos.

Los bienes son el capital del ecosistema, es decir, los componentes y características bióticas (las especies con sus genes que constituyen la biodiversidad) y abióticas (el hábitat y sus componentes físicos y químicos) que lo conforman. Pero los ecosistemas son más que un inventario de bienes a proteger. Sus componentes interactúan dando lugar a procesos dinámicos, las relaciones entre los organismos y el medio ambiente, la dinámica de las poblaciones y los ciclos biogeoquímicos. De esta interacción emergen propiedades, muchas imposibles de predecir simplemente inventariando los componentes. Los resultados de esos procesos favorecen directa o indirectamente la calidad de vida, la salud o los usos y actividades humanas. Es lo que llamamos servicios ecosistémicos. Éstos incluyen recursos explotables (servicios de provisión, como la producción de biomasa) pero también otros que implican la regulación de nuestras condiciones de vida (como reducir el CO2, aportar oxígeno, moderar la temperatura, retirar o retener tóxicos, reducir la erosión, mantener el agua del Mar Menor transparente, controlar plagas y pandemias, favorecer la polinización o tan intangibles como aportar estabilidad y resiliencia), pero además hay otros que satisfacen necesidades culturales que redundan en nuestro bienestar anímico y espiritual, como disfrutar del paisaje o aprender soluciones basadas en la naturaleza.

Otra cosa es si somos capaces de valorar estos beneficios. Los de provisión suelen tener precios de mercado, pero ¿cómo cuantificamos el bienestar, la libertad, la salud o la estabilidad? Quizás solo lo hacemos cuando los perdemos y queremos recuperarlos.