BIEN COMÚN por el Prof. Dr. D. Alberto Requena Rodríguez, académico de número

En estos tiempos que atravesamos, la reflexión es un plato frío que afecta a múltiples aspectos de la vida y obra de las personas. La carencia o limitación en los estímulos incentiva la introspección. Habrá excepciones, no lo dudamos, pero en las conversaciones mantenidas con algunos de  nuestros conciudadanos, afloran distintos aspectos que se han pensado, deliberado o meditado. Una conclusión fácil de alcanzar, si no se había logrado con anterioridad, es que la Ciencia debe considerarse como un Bien común. No es difícil encontrar los estímulos que se han dado y se dan en estos momentos, para provocar una conclusión de este nivel, en especial en todos aquellos que se mueven o han entregado su vida para aportar algo en este capítulo.

El bien común exige, no solo accesibilidad a los resultados de la investigación, sino propiciar que sean visibles y accesibles las diferentes facetas del trabajo científico, de forma que el impacto en la sociedad no sólo esté garantizado, sino que se recorten los tiempos necesarios para su desarrollo y se maticen y refinen las propuestas. Quizás, sea la tarea hoy más urgente, propiciar las buenas prácticas. No se trata de incentivar la incidencia inmediata que reporta los beneficios del éxito a los que se aprovechan, por diferentes vías y con diferentes intereses del corto plazo, sino porque el avance equilibrado de las sociedades descansa en el impulso de proyectos y la innovación que pueden propiciar. El progreso, nunca puede ser objeto de fomento de la desigualdad. La magia del equilibrio es la única receta para el progreso estable.

El impacto social y económico de la Ciencia ha sido objeto de atención casi de forma permanente. Muchas de las veces con ocultos intereses a defender, también es cierto. Muchos esperan todo de la Ciencia, aunque remolonean y atribuyen a las instancias públicas la obligación de la inversión necesaria para hacerla. Y si la hacen ellos, reclaman propios y exclusivos los resultados, poniendo puertas al campo de la Ciencia. Se imponen nuevos escenarios, nuevas formas de investigar, nuevos procedimientos de evaluar ex-ante y ex-post. En diferentes instancias se reflexiona al respecto. Las Universidades, como instituciones públicas que lideran la inmensa mayoría de las investigaciones están en el objetivo de atención de los cambios necesarios. El movimiento Ciencia Abierta es un intento de aproximación de la investigación a las necesidades de la sociedad.

La introducción de criterios de incidencia social y económica en la sociedad, tradicionalmente ha pervertido el resultado de las convocatorias públicas competitivas, al someter el enunciado al criterio de decisión política o administrativa, superpuesta o prioritaria, al criterio de calidad científica de la propuesta. Oscuras resultan ser las líneas de investigación que se formulan y mucho mas la resolución que se alcanza. Cosa bien distinta sería la introducción de una “panel de impacto” como propone Labastida, superpuesto a la relación de proyectos que han alcanzado la excelencia científica. Excelencia científica, no administrativa, insisto. Es una forma de materializar la participación ciudadana que, seguramente, mejoraría sensiblemente el denominado “interés, regional, nacional…”, donde se refugian intereses no siempre transparentes. La contribución de otros agentes, incluso locales, enriquece la garantía del interés que se puede incentivar localmente. Los pasos no forman parte de un sistema conmutativo: 1.- excelencia académica, 2.- panel de impacto. Se practica la transparencia y se potencia la relevancia social, con unas decisiones públicas que atienden las preocupaciones de la sociedad y su priorización presupuestaria.

La publicación de los artículos, que es la forma de difusión de los resultados de investigación en la forma convencional, no permiten la fácil reproducción de los experimentos para comprobación y avance en el área. Hoy, ya se ha avanzado cuando las editoras exigen la publicación amplia de los datos empleados o alcanzados en la investigación, que facilita la reproducción, respetando la confidencialidad donde sea necesario. Se precisa algo más, como lo concretado en el marco denominado principios FAIR, acróstico de las características: localizables, accesibles, interoperantes y reutilizables. Qué duda cabe que cualquier iniciativa en este sentido exige la disposición de infraestructuras suficientes para soportar la accesibilidad de los datos, tanto desde dentro de la Institución como desde el exterior. El liderazgo de las Universidades en la sociedad en la que están incrustadas, en nuestro país, está confiado a los Consejos Sociales, claramente inoperantes, por falta de comprensión de su papel en la articulación de la Institución universitaria en el medio social, limitándose a aspectos anecdóticos, muy lejos del papel articulador de la Ciencia, la Técnica y el conocimiento en la Sociedad donde se inscriben. También deberían reflexionar sobre su futuro y su papel en la Institución.

Evidentemente, una de las parcelas de interés en una Institución como la Universitaria, que complica las iniciativas a tomar, es la protección de la propiedad intelectual y los cambios necesarios en la gestión de los datos. Al igual que en la empresa, también han de propiciarse cambios sustanciales. Compartir los resultados propios para poder aprovecharse de los ajenos, supone un cambio cultural. Hasta ahora no se compartían los propios y, en lo posible, se usaban los ajenos. No es nada fácil el tránsito. La Comisión Europea circula por estos caminos de compartir Ciencia abierta con Innovación abierta.

Los resultados alcanzados con recursos públicos se comparten con todos. Solo falta que lo sean de forma gratuita. Se ha hecho mucho en esta dirección, pero falta por hacer. Esa mezcla, público – privado, en la que las editoras privadas no facilitan gratuitamente los resultados, necesariamente tiene que cambiar de escenario. No se trata de dirigir a los investigadores para determinadas publicaciones, pero no priorizar la relevancia de determinadas publicaciones exige la aparición de otras capaces de lograr crédito similar. Aquí, las instancias públicas deben trabajar con ahínco. Pagar por publicar, tanto privadamente, como en los presupuestos de investigación no es una solución sostenible. Tan importante es financiar públicamente la investigación como facilitar la publicación de los resultados. Hay muchas iniciativas en este sentido y alguna de ellas entrará en vigor próximamente.

La evaluación de los investigadores es otro capítulo al que hay que destinar atención. La valoración del impacto de la investigación es el lugar común de debate en los sistemas de Ciencia y Tecnología, por cuanto la garantía de la inversión en Ciencia ex – ante se basa en el crédito que aporta el investigador que presenta el proyecto de ser capaz de llevarlo a cabo. Por muy rutilante que sea un proyecto, sin garantías de llevarlo adelante, se resiste a encontrar financiación. Volvemos al lugar en el que estábamos, con la necesidad de valorar la incidencia de lo ya realizado, para entrever la potencialidad de lo que se va a realizar. Hoy, el factor de impacto, no nacido inicialmente para ello, es el elemento de valoración empleado en prácticamente todas las instancias, hasta en los más insólitos momentos. Pero el factor de impacto no tiene nada que ver con la incidencia de la investigación desarrollada con anterioridad, sino de las revistas en las que se ha publicado. La Declaración de San Francisco recoge hasta 580 organizaciones y más de 12000 investigadores que critican el índice de impacto como indicador. La innovación, el sentido social, la transferencia de conocimiento, la generación del mismo, son direcciones en las que se debe actuar, mientras que, paradójicamente, la guía inexcusable de la investigación es el factor de impacto. Sorprendente, pero real. Parece satisfacer mucho más el “índice de los bibliotecarios” para facilitar la adquisición de las revistas más citadas que algún indicador del impacto de su investigación.

La Universidad debe propiciar un giro copernicano provocando cambios. LA CRUE comprometió un paso adelante hacia la Ciencia Abierta. Ahora falta la formulación de los indicadores y la voluntad del cambio. Es de esperar una contribución significativa en el impacto económico y social de las instituciones universitarias. La Universidad genitora de una Ciencia Abierta con indicadores de calidad, basados en el verdadero impacto científico, social y económico es un imperativo de los tiempos que vivimos. Probablemente, el impass provocado y sufrido, también por culpa de desfase entre el conocimiento teórico y la capacidad práctica para resolverlo, nos indica la necesidad de cambios. No es consuelo el que acontezca este desfase a nivel mundial. Cada uno, desde su parcela, puede y debe proporcionar aportaciones que faciliten la solución. No parece discutible que la Ciencia sea un Bien Común. Si es de todos, estamos implicados. Universidad, también. Animo, estamos a tiempo, todo es empeñarse. El tiempo de reflexión puede estar finalizando. Es hora de la acción.