… AQUÉL A QUIEN TÚ ALIMENTES por el Prof. Dr. D. Alberto Requena Rodríguez, académico de número

Hace unos días, Sardá entrevistaba a su hermana, Rosa María, con motivo de un libro que ha publicado esta última. Haciendo una exégesis de sus propias vidas profesionales, resumió su pensamiento actual con un “si no hace sufrir…, bien”, con la que calificó un trabajo de cara al público en el que es difícil que todos estén conformes, pero dadas las circunstancias, puede bastar con que no haga sufrir, como primer paso mínimo para no retirarse.

El aserto es aplicable a gran cantidad de situaciones. El ser humano y sus producciones exhibe dos caras: una positiva y una negativa, bien representado en el Jano bifronte de la mitología romana, a quien se consagró el primer mes del año y se representaba con dos caras mirando a ambos lados, indicando pasado y futuro. Una doble funcionalidad que coexiste en una realidad dicotómica. Una moneda con dos caras. Ninguna de las actividades humanas escapan a esta valoración, desde la manipulación genética, hasta la robótica o la nanotecnología, o la biotecnología, etc. Todas las actividades ponen de manifiesto los peligros y riesgos de las actividades que, si bien pueden ayudar a la Humanidad, también pueden desnatuiralizarla e incluso destruirla. El ejemplo lo tenemos servido en la trayectoria del Mar Menor, sin ir más lejos. No se trata de catastrofismo, sino simplemente de una valoración desde el realismo.

Claramente no basta promover la bioética o el control democrático, cuando desde el ejercicio del segundo, no se ha sido capaz de impulsar la primera. No es aventurado pensar que se han superado unos controles democráticos que no se sabe muy bien si han existido pero que, en todo caso, su insuficiencia es palmaria. La puerta de una eutanasia ecológica se ha abierto, dando pie a un moribundo sistema, con dudas de su recuperación. La puerta de la eugenesia ecológica no está claro que pueda abrirse. Las responsabilidades están muy dispersas y el episodio vivido no encontrará las dianas apropiadas. Sucede con frecuencia. Es muy probable que el desafío actual no sea cuantitativo, sino cualitativo. Como Sociedad, no hemos sido capaces de saber ¿cuándo era suficiente?  ni ¿hasta dónde debíamos llegar? Nuestro emblemático Mar Menor lo hemos convertido en un mundo habitado por la muerte. No hemos reparado que la muerte nos habita y la llevamos dentro.

No son éstas valoraciones exageradas. ¿Qué puede aportar esta Sociedad a este debate? Siempre debimos defender como sociedad una Humanidad y un planeta en su estado natural, dado que la vida es sagrada. De ello se deriva que no todo está permitido, a no ser que nuestro deseo secreto o manifiesto fuere destruir la Humanidad tal como fue creada o como la conocemos. Las acciones que subyacen en los vertidos entrañan iniciativas que pretenden acabar con elementos sustanciales de esta Humanidad.

Sorprendentemente, algunos agentes activos implicados y provocadores de la catástrofe quieren, ahora, que la Ciencia remedie el desatino, como agarrándose  al ingenuo asidero de que se puede solucionar el problema fundamental, porque es posible vivir a cualquier precio. Se desprecia el hecho de que el rebelde irredento que fue capaz de destruir, está incapacitado para rehabilitar, porque en su consciencia no cabe una ética de respeto a lo natural. No se puede pretender arrancar a la Naturaleza sus más íntimos secretos de forma permanente, ni forzar a los sistemas naturales prescindiendo de la inteligencia para poder llevarlo a cabo. La Ciencia, el conocimiento, debe inspirar, permear, alimentar las acciones en y sobre la Naturaleza y éstas inspirar a aquélla, como si se tratara de un cordón umbilical de doble sentido. Pero no caben interrupciones en esta acción de doble sentido. Cuando la asimetría se instala, se llega a estas situaciones como la que ahora atravesamos.

Desde la libertad del ser humano, al margen del corsé de la legalidad, que debería ser vivida como una segunda Naturaleza, haríamos válida la sentencia de San Pablo en el pasaje de carta a los Corintios, que rezaba de este tenor: “todo me está permitido, pero no todo me conviene”. Es evidente que deben ponerse límites a lo que se evidencia que son peligrosos desmanes en la que las industrias o actividades descontroladas y los intereses económicos están desprovistos de principios éticos. Detentan no solo que con el poder económico se compran voluntades y conciencias, sino que disponen de capacidad de convencer a la población de que los logros del ámbito económico, trasladado al ámbito laboral, soluciona los problemas sociales. Pareciera que se convence a las masas de la bondad de cualquier causa, que solo hace falta dinero, determinación y campañas publicitarias. Justo la dinámica seguida en la trayectoria del Mar Menor, en especial en los últimos tiempos.

El interrogante relevante ahora es ¿cómo se puede frenar o contrarrestar esta marea? Independiente de cómo se puede intervenir técnicamente para tratar de recuperar el Mar Menor, cuyo éxito deseable ojalá estuviere asegurado, cabe aventurar que el control democrático de esos poderes económico-técnicos no tendrá efectividad ninguna si no se basa en valores éticos, dado que los sectores sociales e ideológicos, en realidad, comulgan mayoritariamente con las promesas y las utopías del predominante mundo económico. Desgraciadamente, solamente sienten la necesidad de hacer accesible los bienes naturales a toda la población, sin cuestionar su pertinencia. Valoran que el ser humano es bueno, por naturaleza y que el futuro de la Humanidad es más prometedor que nunca, aunque la realidad desmienta esa distorsionada ingenuidad.

El dilema no es ideológico, sino profundamente humano. Debemos construir un renovado humanismo sustentado en una cosmovisión que no pretenda desautorizar a la Ciencia, sino complementarla y enriquecerla, de forma que no matemos al enfermo, sino que lo curemos, de forma que la “bestia interna” pueda ser dominada y convertida. Es preciso que surja un humanismo que defienda toda clase de vida en su estado natural y global. Nuestro mundo es un cuerpo vivo, como el Universo, no solo nuestro cuerpo. Y este mundo vivo, no nos pertenece y nada está separado y aislado en su existencialidad, ni separado de nuestra vida, ya que formamos una unidad con ese todo. La Ética es un instrumento de la conciencia y una estrategia para la supervivencia, de forma que el libre albedrío tiene, o debiera tener, una base moral. No basta con sobrevivir como el resto de los animales. Justamente la moral es el elemento regulador y neutralizador que soslaya que la Humanidad retorne irremediablemente a la animalidad. Conviven en nosotros dos lobos como los protagonistas de aquella historia contada por un anciano Cherokee a su nieto: ¿Cuál vencerá? Aquél a quien tu alimentes, le respondió.