Agua regia por el Prof. Dr. D. Manuel Hernández Córdoba, académico de número

En química, se denomina agua regia a una mezcla de dos ácidos concentrados, nítrico y clorhídrico, en la proporción de una parte del primero por tres del segundo. El resultado es un líquido de color anaranjado, muy corrosivo, que hay que emplear con la debida precaución. Recibe su nombre del latín aqua regia, por su propiedad de disolver los metales nobles o regios, que se denominan así por su poca reactividad y prácticamente nula alteración. Precisamente ha sido esa característica de inalterabilidad frente a los agentes atmosféricos y el paso del tiempo, lo que, junto con otras propiedades como brillo atrayente, facilidad de ser trabajado a efectos de joyería y escasez han dado valor al oro, representante por excelencia de estos metales, desde tiempos muy pretéritos.

El agua regia disuelve al oro, y a otros metales nobles, porque sus dos componentes actúan de forma diferente y complementaria. Uno de ellos, el ácido nítrico, es un agente oxidante. El otro, el ácido clorhídrico, contribuye al proceso por la capacidad complejante del anión cloruro. El efecto conjunto es la disolución del metal noble, algo que no consiguen los ácidos cuando actúan por separado. Un buen ejemplo de la conocida frase que nos recuerda que la unión hace la fuerza.  Esta notable propiedad ya se menciona en textos del siglo IX, y era bien conocida por los alquimistas medievales.

El agua regia protagonizó un singular hecho en los albores de la segunda guerra mundial. La ciencia alemana contaba con Premios Nobel que veían amenazadas las medallas de oro de sus premios, que a buen seguro serían confiscadas por el gobierno nazi. Max Von Laue (Nobel en Física 1914) y James Franck (Nobel en Física 1925), quisieron poner sus medallas a buen recaudo enviándolas al laboratorio de Niels Bohr (Nobel en Física 1922) en Copenhague. Pero poco después, el ejército alemán invadió Dinamarca y el problema resurgió. Los miembros del laboratorio discrepaban sobre la mejor forma de ocultar las medallas. La discusión acabó cuando un miembro del equipo, un químico entre los físicos, propuso disolverlas en agua regia. Así se hizo, y la disolución se dejó en un anaquel del laboratorio, resistiendo las búsquedas. Cuando la guerra terminó, el oro fue recuperado, y la Fundación Nobel volvió a acuñar las monedas. El oro era el mismo de las medallas originales. Absolutamente genial. Claro que el químico se llamaba George de Hevesy y fue posteriormente Premio Nobel (Química 1943). Entre Premios andaba el juego.