CIENTÍFICOS CERVANTINOS por el Prof. Dr. D. Angel Ferrández Izquierdo, académico de número

La Academia de Ciencias celebra su primer 23 de abril advirtiendo de la amplia, variada y cuidada oferta de literatura científica que en los últimos diez años las editoriales ponen a nuestro alcance. Divulgar la Ciencia no es tarea fácil, pero se observa día tras día un loable esfuerzo tanto de los científicos por hacerse entender, por practicar un verbo fluído y lleno del contenido necesario para despertar la imaginación, como del mundo de las letras por acercarse y reflexionar sobre las propuestas de aquellos. Suele ser habitual escuchar que fulano ha leído tal novela, de 385 páginas, de un tirón, en apenas un par de noches. No puede, ni debe, ocurrir lo mismo con un libro de ciencia, por muy amena que el autor haya sido capaz de hacerla. La naturaleza, afortunadamente, es misterio y, como tal, se resiste a ser descubierta. La comprensión de sus leyes requiere una lectura pausada, sin prisa, sabiendo y aprendiendo a distinguir el meollo del adorno, dando rienda suelta a la imaginación provocada. Hay que montar una parafernalia semejante a la degustación de una copa de buen brandy: en silencio, a sorbitos, navegando entre olores y sabores. Y, sobre todo, guardando algún secreto para un segundo repaso necesario.

En estos días de Cervantes, merece la pena releer su Coloquio de los perros donde D. Miguel, a través de un cuento de Berganza a Cipión, hace una deliciosa incursión en el alma de unos hombres de ciencia.  “Bien han exagerado vuesas mercedes sus desgracias -dijo el matemático-; pero, al fin, el poeta tiene libro que dirigir y el alquimista está en potencia propincua de sacar la piedra filosofal; más, ¿qué diré yo de la mía, que es tan sola que no tiene dónde arrimarse? Veinte y dos años ha que ando tras hallar el punto fijo, y aquí lo dejo y allí lo tomo; y, pareciéndome que ya lo he hallado y que no se me puede escapar en ninguna manera, cuando no me cato, me hallo tan lejos dél, que me admiro; y así, es mi pena semejable a las de Tántalo, que está cerca del fruto y muere de hambre, y propincuo al agua y perece de sed. Por momentos pienso dar en la coyuntura de la verdad, y por minutos me hallo tan lejos della, que vuelvo a subir el monte que acabé de bajar, con el canto de mi trabajo a cuestas, como otro nuevo Sísifo.”