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Diego Vera, 34 años al frente del Gabinete de Prensa de la UMU

"El periodismo tendría que haberme gustado un poco menos, pero a estas alturas ya no creo que cambie"
08:30 - 14/03/2018
"El periodismo tendría que haberme gustado un poco menos, pero a estas alturas ya no creo que cambie"

Al igual que el hombre del relato de Rudyard Kipling siempre quiso ser rey, se diría que Diego Vera mantuvo una aspiración desde el comienzo de su existencia: ser periodista. Ni siquiera había terminado bachillerato en el instituto Alfonso X el Sabio, cuando acudía a la vieja barbería de la carretera de El Palmar, cercana a su casa, a leer el periódico, allí leía aquel diario de La Verdad tamaño sábana que existía a comienzos de los 60. Y aún completaba la lectura con el diario de un primo suyo, que vivía pegado a su casa, que compraba y le prestaba todos los días el periódico Línea. Comenzaba así una costumbre que se desarrollaría durante los siguientes 55 años, aunque aquel Diego Vera que transitaba en pantalón corto por los caminos y las acequias de su entorno, en lo que luego sería Ronda Sur, aun  no lo sabía: echarse a la vista todos los diarios de la región.

Aquel chaval soñaba entonces con escribir algún día en aquellos papeles repletos de noticias y de informaciones de todo cuanto ocurría en su ciudad y en otros lugares del mundo. Su única opción para conseguirlo, según él entendía, era la de enviar cartas al director. Sobre el tema que fuera. El caso era lograr ver publicado su escrito. Y en cualquier diario. Sin preferencias. Uno se imagina a aquel chico quejándose de cualquier cosa que le saliera al paso sólo para poder tener la excusa de enviar su escrito a los periódicos. Un día, incluso llegó a ver su envío publicado en la sección de opinión, como una colaboración más. El no va más para aquel bisoño aspirante a periodista.

Cien pesetas para Paco el de la Bomba

Hasta tal punto llegaron sus ansias de relacionarse con los periódicos, que protagonizó un suceso curioso: el diario Línea había abierto una suscripción popular para comprar un barco nuevo a Francisco Simó Orts (después conocido por Paco el de la Bomba), que vio caer y ayudó a localizar dónde había caído la bomba de Palomares. La cuestación pretendía conseguir reponer su barco, que había quedado inservible tras el accidente. Corría el año 1966. Diego estaba a punto de cumplir 18 años. Y se presentó el primero (realmente el carácter madrugador de Diego es proverbial) en la antigua redacción del diario Línea,  en Jara Carrillo, con nada menos que un billete de cien pesetas sacado de sus ahorros (aún recuerda la imagen de Gustavo Adolfo Bécquer en el anverso), una pequeña fortuna para un chaval de la época. El gesto no cayó en saco roto, ya que al día siguiente aparecía una entrevista con él en un escrito que incluía su foto en portada. Se convirtió en famoso y casi héroe popular por un día en aquella Murcia tan familiar.

Diego en los tribunales

El gusanillo se había convertido en una anaconda tan grande como la que casi engulle a Rodríguez de la Fuente. Nada podía ya pararlo. Y Diego se atrevió a hacerle llegar al director de aquel diario una solicitud para colaborar en la publicación. Inmediatamente fue admitido en el periódico, encargándole uno de los temas que ha venido desarrollando ininterrumpidamente desde 1966: los tribunales. Y Diego se convertiría, sin haberlo premeditado, en alguien tan asiduo en el Palacio de la Justicia, como Temis, la dama de la  justicia que preside la audiencia con una balanza en una mano y una espada en la otra.

Durante este tiempo han cambiado los jueces y los testigos, los abogados y los fiscales, pero algo ha permanecido inalterado durante todos estos años en los juicios más importantes de la historia de la Región: Diego Vera. La parricida de Santomera, el joven de la Catana, o los responsables del crimen de Charco Lentisco, vieron enfrente, durante sus comparecencias públicas, a Diego Vera.

Diego se convirtió en el cronista de los juicios en Murcia, y adelantaba en el diario los juicios que se iban a presentar al día siguiente. Un género muy en boga en aquella España en la que un periódico como El Caso suponía todo un referente del género informativo.

Pronto se involucró definitivamente con el periódico, llegaba a las 9 y se marchaba a veces bien entrada la noche, con las pruebas del periódico que saldría al día siguiente. Comenzaba así otra costumbre que le acompañaría durante décadas: vivir casi de hecho en su lugar de trabajo, abriendo o cerrando a veces el edificio de su oficina.

Con las reinas de las fiestas

El trabajo aun no era remunerado, por lo que Diego, tenía que extender sus escritos a los suplementos de las fiestas de los pueblos –éste sí, pagado-, lo que le permitió conocer a los alcaldes de todos nuestros municipios, las reinas de las fiestas y el presidente de la comisión de festejos. Lo típico.

En el año 1972, Diego tuvo conocimiento de que en la Universidad Complutense había comenzado la carrera de su vocación: Ciencias de la Información, por lo que se matriculó en ella al año siguiente, siendo pues titulado de la segunda promoción de estos estudios en España.

Pronto pasó a ocupar plaza de redactor en Línea, y más tarde de redactor jefe, hasta su cierre definitivo en 1983, acabando la vida de esta publicación, con él como director en funciones. Durante esos diez años, Diego hizo de todo en el periódico cada día: entrevistas, reportajes, obituarios, crónicas de sociedad… Y en todo ponía el tino, el rigor y la precisión que han caracterizado siempre sus escritos.

Línea se cerró el mismo día que el Teniente General Gutiérrez Mellado, convertido en héroe de la democracia, acudía a Murcia a inaugurar la avenida que lleva su nombre, como recuerda nuestro periodista.

A Diego le ofertaron entonces varias opciones, quedándose con la que le permitía pasar a la administración. Durante un tiempo trabajó como jefe del Gabinete de prensa del Delegado del Gobierno socialista de aquel momento: Eduardo Ferrera Kétterer.

Fundando el primer Gabinete de prensa de la UMU

Recuerda Diego cómo fue José Antonio Cobacho, entonces Secretario General de la Universidad de Murcia, quien le ofreció venir a la UMU para encargarse del primer Gabinete de prensa que iba a tener la institución.

Y aceptó. Y vino con armas –su bolígrafo bic- y bagajes a la Universidad de Murcia. Su primer destino fue en las inmediaciones del Rectorado, instalado entonces todavía en la facultad de Derecho, donde aun resistiría otros dos años. Diego se instaló en lo que él llama un “altillo”, un entresuelo del edificio en el que había estado instalado el director del COIE.

Con él, con su trabajo, con sus dosieres, sus recortes de prensa y sus escritos, llega realmente la prensa a la Universidad de Murcia. Desde entonces, con la paciencia de un orfebre y la dedicación de un eterno currante comienza a gestarse el archivo de prensa que la UMU nunca había tenido. Y nuestro centro comienza a tener memoria escrita de todo lo acontecido desde entonces. Nace el boletín de prensa y las notas comienzan a llegar con fluidez y asiduidad a todos los medios. “Los medios de que disponíamos eran aun muy arcaicos, la evolución durante estas décadas ha sido increíble, antes, nuestro único instrumento para comunicarnos con los medios era el teléfono, y poco después el fax”.

Seis rectores cumplidos

“Me voy con seis rectores cumplidos” –comenta-: Soler, Roca, Monreal, Ballesta, Cobacho y Orihuela. Y podría haber sido un séptimo si los 70 los hubiera cumplido un par de meses más tarde.

“He trabajado muy a gusto todo este tiempo, a los periodistas nos molesta sentirnos controlados, pero yo he tenido la enorme suerte de que me han dejado total autonomía y libertad, y eso es muy de agradecer”.

Y en la UMU ha permanecido Diego desde entonces. 34 años. Y ha debido ser feliz en la casa, porque siempre ha rechazado las propuestas de entrar en diversos medios de comunicación, tanto en Madrid, como en Murcia, entre ellas, la de director adjunto del diario La Opinión cuando se puso en marcha, en 1987.

Diego fue uno de los cinco jefes de Gabinetes de prensa que se reunieron en Mallorca en 1985, una reunión que fue germen de la Asociación de Gabinetes de Comunicación de las Universidades españolas (AUGAC), en la que la UMU estaría representada a partir de entonces por la cofirmante de este escrito. Recuerda Diego aquella incipiente iniciativa como algo muy grato, ya que los gabinetes de prensa acababan de nacer en la universidad española, y “hubo mucha gente que acogió aquella iniciativa con reticencia, porque consideraban que era algo que nacía exclusivamente para lavar y exaltar la imagen de las Universidades y de sus equipos de gobierno ante la sociedad, algo que pronto se vería que no era cierto en absoluto, y aquella asociación fue un adalid en este sentido”.

El hombre de las cinco carreras

Se va Diego, pero se va demasiado pronto. Como le ocurría al falso cadáver de “El hotel de los líos”, de los hermanos Marx, a Diego le habría gustado quedarse “unos añitos más”, pues ha disfrutado intensamente con su trabajo, con las circunstancias que le han rodeado y, sobre todo, con los muchos compañeros y amigos con los que se ha relacionado.

Un lado oscuro de Diego –por poco conocido por la gente, no por otra cosa- son la cantidad de carreras cursadas por él. Nada menos que cinco, pero todas las ha hecho por puro rigor informativo. “Es imposible que los periodistas sepamos de todo, pero siempre observé la gran importancia que tenía para un informador la formación, para poder escribir con rigor en todo momento sobre cada tema”. Diego había comprendido sus limitaciones cuando, en uno de sus primeros escritos de tribunales fue ilustrado por un fiscal, de modo paciente y afable, sobre un desliz que había cometido en una información, confundiendo una petición de pena con una condena.

Eso le llevó a hacer Derecho, su segunda carrera, y poco después Geografía e Historia, más tarde Historia del Arte, y, por último, Ciencias Políticas y de la Administración, “pero todas las hice como ampliación de periodismo”, precisa como quien ha ido a hacer un recado a la tienda de la esquina. Aunque le faltó Medicina, su espinita clavada.

Prudencia en los escritos

Ha sido su enorme bagaje en el mundo de los juicios, el que le ha hecho tener la certeza de que la verdad no se sitúa claramente en un lado u otro: “el presenciar miles de juicios me ha hecho recapacitar sobre el hecho de que no se puede determinar nunca a priori dónde está la verdad, porque cuando se escucha al fiscal uno se convence de que lo cierto está ahí, pero entonces llega la defensa, y aporta razonamientos de que existe otra verdad posible y tan creíble como la otra, por lo que hemos de ser muy prudentes en nuestros juicios y en nuestros escritos, ser respetuosos con la gente e intentar no hacer daño a nadie”.

Diego no puede menos que emocionarse cuando le preguntamos sobre las cosas que echará de menos, que sabemos que son muchas, por lo que le ofrecemos incorporarlo como becario emérito. Para pasar el trago y cambiar de tercio –como taurino que es- le ofrecemos una cuestión alternativa: ¿a cuántos te va a alegrar perder de vista? Y aparece entonces el Diego prudente, el diplomático, el de la bondad y la bonhomía: “A nadie, han sido todos muy buenos compañeros. Como yo lo he intentado ser también”.

Otra de las incógnitas sobre Diego han sido sus vacaciones, que él ha pedido año tras año por obligación, pero que nunca ha respetado, ya que era común verlo en pleno verano, Semana Santa o Navidad, durante sus días de supuesto asueto, en su lugar de trabajo. “¿Pero no estabas de vacaciones?”, le preguntaba cualquiera, y su respuesta era invariable: “Me he dado una vuelta por aquí, por si hacía falta algo”. Como las abejas, que es fácil encontrar cerca de su entorno, también ha sido fácil encontrar a Diego cualquier fin de semana leyendo los periódicos –“estoy adelantando trabajo”, solía decir- en alguna cafetería próxima a la Convalecencia, señalando lo que habría de recortar el lunes siguiente sobre la UMU.

La muerte del perrito universitario como trending topic

“La gente no lo entendía, pero es que yo he disfrutado mucho en la universidad, he tenido un trato muy bueno, me he sentido querido, y yo también he apreciado a la gente, me he esforzado en estar bien con los que me rodean, pero no es ningún mérito, es mi forma de ser”.

Comenta Diego también lo difícil que es el puesto de Jefe de Prensa, cuya labor y esfuerzo están continuamente en el ojo del huracán, y lo poco entendible que es que algunas noticias, consideradas de enorme interés salgan poco en los papeles. “A veces no se comprende que los intereses de la prensa general van por un lado y los de la comunicación universitaria por otro”. Y nos pone varios ejemplos: “Recuerdo que un año, la noticia con mayor número de impactos fue la muerte del perrito de Letras”. Efectivamente, aquello se convirtió en Trending topic antes incluso de extenderse el uso de internet. O la de la mendiga que cayó a un contenedor de basura a la espalda del Rectorado, teniendo que acudir al rescate uno de nuestros compañeros de la UMU. Aquello provocó que, durante varios días, vinieran todo tipo de televisiones nacionales, prensa y radios. O el caso de la elefanta Rosario, cuyo cadáver fue depositado en el campus de Espinardo porque no cabía por la puerta por donde tenían que pasarla. ¿Cómo se explica esto a un investigador que ha montado un congreso internacional de enorme importancia pero al que los medios no dan ni la décima parte de la acogida que a casos como los expuestos?, se pregunta. “Resulta algo ingrato, pero es algo que me temo que ha existido siempre y continuará ocurriendo”.

El hombre de papel

Diego es un hombre de papel, como es fácil deducir por su edad. Con la llegada de los primeros ordenadores, se declaró objetor informático. Pero a la fuerza ahorcan, y paulatinamente se fue adaptando a las nuevas tecnologías, a pesar de que durante los primeros años de los ordenadores, él borraba sistemáticamente todas las notas una vez enviadas, incluso las suprimía de la papelera, porque “me da la impresión de que me pesa en la cabeza y ocupa un espacio inútil”, solía comentar. A estos cronistas les da la impresión de que, aún hoy, Diego no le haría ascos a una Olivetti Lexicon 86.

Pero ha sido ese apego al papel lo que ha permitido a nuestro periodista dejar un legado de valor incalculable para la Universidad de Murcia: casi medio millar de archivadores repletos con centenares de miles de recortes periodísticos, acumulados y clasificados con paciencia y método durante siete lustros. Porque Diego es la única persona del mundo que ha asistido durante más de un tercio de siglo a todas las juntas de gobierno, doctorados honoris causa, inauguraciones de curso y ceremonias de Santo Tomás de la Universidad de Murcia.

Pero todas esas asistencias, todos esos escritos, no habrían servido de mucho, nos comenta, “si no hubiera tenido el altavoz de los medios. Todos ellos se han portado fantásticamente, han sido muy generosos, y he tenido una relación estupenda con todos”.

“El periodismo me tendría que haber gustado un poco menos, pero a estas alturas ya no creo que cambie”, dice con ironía pero con un poco de nostalgia también.

El 13 de marzo, día de su 70 cumpleaños, acaba la vida laboral de Diego Vera, pero su singladura ha sido tan amplia que permitirá a dos generaciones de trabajadores asistir a su homenaje, como es el caso de varias parejas de padres que acudirán con sus hijos, porque ambos han trabajado con él.

Se va sin llegar a conocer al que sería su séptimo rector, a pocas semanas de su llegada. Diego apunta que, por su preparación y su trato humano, cualquiera de los dos candidatos será un buen Rector para la Universidad de Murcia. Y está convencido de que ambos valoran convenientemente el tema de la comunicación. “Les pediría –dice-, que potencien el tema de la comunicación, aunque estoy convencido de que ambos lo valoran en su medida”.

Hasta siempre, Diego. Aquí tienes tu casa.

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