|
LECTURA ESTILÍSTICA DE LA MODALIZACIÓN AXIOLÓGICA DE LOS
REFERENTES HUMANOS EN Le Petit Prince de Belleville DE CALIXTHE BEYALA[1]
Jean-Benoît TSOFACK
J.J. Rousseau TANDIA MOUAFOU
(Universidad de Dschang, Camerún)
¿Qué es un texto sino el producto del esfuerzo que realiza un locutor con vistas a fijar su universo referencial por medio de las unidades lingüísticas? En su trabajo de verbalización del mundo referencial, el locutor no puede contar únicamente con su competencia lingüística, sino también con sus competencias ideológica y cultural, así como con las determinaciones psicológica y psicoanalítica, y con el conjunto de sistemas interpretativos y evaluativos, de “Saberes” mutuamente compartidos que “sobredeterminan” el universo del lenguaje y funcionan como verdaderos "filtros constructores de sentido". Como piensa Patrick Charaudeau (1983: 9),
l’acte de langage n’épuise pas sa signification dans sa forme explicite (...) ce qui nous amène à le considérer comme un objet double, constitué d’un Explicite (ce qui est manifeste) et d’un Implicite (lieu de sens multiples) qui dépendent des circonstances de communications
Por eso este trabajo difícilmente se acomodará a la ilusión “isomorfista” y “calcomaniática” para dar la mayor importancia a la subjetividad del lenguaje. Además, para Kerbrat Orecchioni (1980: 70), casi ninguna palabra de la lengua escapa al naufragio de la objetividad: cae por su peso, afirma, que toda unidad léxica es, en un sentido, subjetiva, ya que las “palabras” de la lengua no son nada más que “símbolos” sustitutivos e interpretativos de las “cosas”.
Dado que Calixthe BEYALA es considerada como figura emblemática de la escritura feminista, teniendo en cuenta los temas tratados en sus obras, podemos preguntarnos si esa opción ideológica no condiciona sus reflejos discursivos en lo que toca a la valoración de los referentes masculino y femenino. A través de este estudio nos gustaría precisamente saber cómo funciona su axiologización en la novela titulada Le Petit Prince de Belleville (1992)[2]. Son conocidas las quejas que se han formulado contra la autora, acusada por primera vez, después de la publicación de la novela arriba citada, de haber plagiado al autor americano Horvard Buten. Todavía lo será una segunda vez con Les Honneurs Perdus (1996), pues según se dice, esta novela no sería nada menos que una pálida copia de La route de la faim del autor anglonigeriano Ben Okri. No obstante, lo que pretendemos aquí no es comprobar, desmenuzando y cotejando textos, su propensión al plagio. Este trabajo, por situarse dentro de una perpectiva puramente estilística, debe dar prioridad a los datos textuales de Le Petit Prince de Belleville para no desembocar en conclusiones apresuradas, cuando no impresionistas. Para hacerlo, nos valemos de la lectura estilística de orientación semasiológica, que considera rentable y de gran valor heurístico partir de un análisis inmanente a la obra. Nuestro estudio se apoyará pues en los subjetivemas[3] evaluativos de tipo axiológico que nos permitirán poner de relieve, después, la verdadera imagen que se hace Calixthe Beyala del hombre y de la mujer, más allá de cualquier aprior¡ ideológico o epistemológico.
Si bien el término “referente” designa en lingüística una noción muy compleja, cabe señalar que siempre recurre al “sentido” que le es consubstancial. La tentación de vincular “sentido” y “referente” dentro del proceso de significación que constituye “la producción de una enunciación” (Austín, 1962: 108), es decir la producción de un acto de lenguaje en cuanto “performance”[5], es cada vez más grande. Como tan bien lo dice Herschberg A. P. (1993: 233), repitiendo la distinción ya resaltada por el lógico G. Frege; si el referente de una expresión es el objeto que señala (siendo la referencia el acto de relacionar en el discurso una expresión con aquello que designa), el sentido de una expresión es la manera cómo designa al referente. Se nota siempre, por parte de un locutor, un loable esfuerzo por inferir, por significar, en otras palabras por representar el universo extralingüístico por medio de individuos lingüísticos. Pues, cada vez que hace referencia, siempre tiene una representación lingüística del objeto y dicha representación presentará el objeto de referencia con un determinado aspecto, siendo el aspecto elegido el que, por lo general, a los ojos del autor, permitirá al lector identificar mejor ese objeto.
Se trata de ver cómo en Le Petit Prince de Belleville el hombre, en cuanto referente, se encuentra verbalizado por medio de subjetivemas valorativos. En este sentido, el locutor emite juicios de valor sobre el referente siguiendo los esquemas bueno / malo, bien /mal o peyorativo/mejorativo. Con este fin, nuestro análisis debería apoyarse en ciertas partes del discurso estilísticamente marcadas (Riffaterre; 1971: 28) por un rasgo subjetivo particular, tales como los sustantivos, los adjetivos calificativos y los verbos, categorías gramaticales que pueden - según el contexto-adquirir un rasgo evaluativo de tipo axiológico.
1. Los sustantivos
De hecho para Cathérine Kerbrat Orecchioni, los sustantivos permiten “ de poser le problème de ces termes péjoratifs (dévalorisants) / mélioratifs (laudatifs/valorisants) que nous appelons axiologiques " (1980: 73) De buenas a primeras vemos que en Le Petit Prince de Belleville se hace cierta valoración del hombre en general en cuanto objeto referencial y esto mediante ciertos sustantivos. De manera episódica, aparecen breves alusiones a la política Lepenista. Entonces se le pega a su líder cierta etiqueta. Es lo que sucede cuando el joven Loukoum se imagina la carta que su padre debería escribir al presidente François Mitterand para solicitar una mejora de su estatuto de refugiado para que sufra menos molestias por parte del Frente Nacional: " M. Le Pen, notre Ennemi mortel, prétend nous chasser d’ici" (p. 23). Un rato antes, su padre, llamado Abdou, se lanzaba en imprecaciones contra la villanía del mismo Le Pen: "Ce type est un taré, un maladroit, et en plus ce n’est pas verni " (p. 21).
Pero esta devaluación del hombre en cuanto líder político, europeo además, es casi un epifenómeno comparada con la evaluación del Negro, tal y como transparece en el discurso axiológico de los personajes de Le Petit Prince de Belleville. De entrada, una constatación. Casi siempre se designa con el sustantivo negro que tiene una connotación eminentemente peyorativa: " Avec les nègres, déclare le jeune Loukoum, il ne faut pas chercher à comprendre " (p. 76). En la comunidad negra de Belleville, es evidente que al hombre no se le da valor. A este respecto, resulta muy revelador el retrato del señor Kaba que bosqueja nuestro joven narrador: "Il a des chemises rose et les cravates de luxe. C’est le plus grand maquereau des Noirs de Belleville" (p.13). A don Guillermo[6], quien se extasía ante su hermosura, Ester contesta: " Hé le Vieux, (...) rembobine ta langue ou tu vas mouiller tonplastron "(p.18). Cuando Aminata, madre biológica de Loukoum y antigua mujer de Abdou, llega a casa de este último el día de Navidad acompañada de su nuevo amante, hay una pelea y se calientan las bocas:
"Tout le monde gagne. Alors là Monsieur Makossa explique qu’il connaît le cavalier d’Aminata. Un voyou ! Un dépravé ! Comment est-ce qu’on croit qu’il s’est taillé son costard dans les banques ? (...) Un salopard ! Une ordure ! Aaaah ! quand le monde avait encore tête, jamais il n’aurait mangé à la même table que ce brigard ! Ce détrousseur de cadavres!” (p. 148). Por otra parte, no ve con agrado Aminata, que quiere ejercer la profesión de cantante, la obligación de bregar al principio en beneficio de su empresario Mohammed. Ella entiende la ley del mercado, pero dista enternecerse con este último. Así que puede declarar: “La seule chose à faire, c’est de travailler dur pour ce putain de Mohammed et d’attendre tranquillement que j’ai fait assez d’économies ” (p. 223).
La evaluación axiológica en Beyala se singulariza por esas estructuras del tipo {Determinante + (nombre) de (nombre)} que constituyen en su obra un rentable hecho estilístico. Precedidos a menudo del determinante demostrativo “ese” (“ese hijo de puta de Mohammed” (p. 223), “ese atracador de cadáveres” (p. 148)), estructuras que Sylvie Durer (1996: 154) llama “nombres de calidad”, son esencialmente despectivas, aquí orientadas negativamente de su punto de vista argumentativo. Constituyen una apreciación peyorativa y tienen una intención descalificadora que se inscribe en su propia estructura sintáctica: Determinante demostrativo + orientación negativa [insulto] + nombre. Los “nombres de calidad” en Beyala, como en Zola,
Signalent l’hypertrophie des individus tous tendus vers un seul but, la nourriture, l’alcool, le sexe. Complètement tournés vers eux-mêmes, définis par leur besoin, guidés par leur vice, les personnages (...) ne sont pas capables d’entretenir des liens de solidarité (...) la famille est totalement déstructurée ; les individus n’entretiennent aucune relation affective (S. Durer, 1996: 23).
En un plano totalmente distinto, más interesante todavía parece el juicio de valor emitido sobre el hombre en el hogar, en cuanto esposo y paterfamilias. Soumana, segunda esposa de Abdou, sigue estando llena de resentimientos cuando se acuerda del martirio que su padre le hacía sufrir a su madre: “Moi, je pensais qu’il fallait lui fendre le crâne, à ce démon .” (p. 55). Para su desgracia, la ironía de la suerte ha querido que su propio marido no sea un modelo de virtud. Casado con Aminata y divorciado, polígamo con dos mujeres, Maryama y Soumana, padre de varios hijos, se distingue por sus aventuras conyugales. No es nada menos que “un nègre avec deux femmes et un tas de mômes pour toucher les allocations familiales ” (p. 6). En estilo indirecto, Loukoum nos relata las confidencias hechas por Soumana a propósito de su marido a la señora de Saddock, la Europea que se considera como figura emblemática de la emancipación femenina: “Elle dit à Madame Saddock que mon papa est un vaurien, un trousseur, un fossoyeur, qu’il a mochement compromis ses jolis rêves, qu’elle en a marre. ” (p. 116). Hasta Maryama, quien aparece, sin embargo, como esposa tolerante y moderada, a veces cubre a su marido de oprobio: “T’ es un égoïste, un minable, et (...) il est temps que tu regardes un peu autour de toi ” (p. 211). Más adelante estalla: “Oh ! toi, j’ te connais ! espèce de crétin!”(p. 22). En una conversación con Aminata, llama la atención de ésta sobre el statu quo a nivel de la conducta muy poco honrosa de Abdou: “ça n’a rien changé du tout, au contraire maintenant c’est un vrai chien”.
La señora de Saddock, que acabará denunciando a Abdou a la policía acusándole de declarar varios nacimientos, falsos además, con tal de cobrar subsidios familiares no pretende ser blanda cuando habla de Abdou. Nuestro joven narrador Loukoum cuenta en estilo indirecto: “Elle a essayé d’expliquer des tas de choses à M’am. Qu’elle avait fait ça pour leur bien. Que mon papa était un salaud ” (p. 239). La comprendemos fácilmente, a ella que había exclamado, irritada por las quejas de Soumana a propósito de su marido Abdou: “Le cochon ! (...) Quelle merde ! ” (p. 118). Aparentemente, la que se lleva la palma de tal devaluación del hombre parece ser Aminata quien tacha de falsa cierta “doxa” que consagra la supremacía del llamado “sexo fuerte”. En efecto, lo que da a entender es: “Au fond, Abdou, est un faible” (p. 130). Además, el paroxismo de esta desvalorización se alcanza cuando la mujer que ya considera al hombre como una calamidad achaca la responsabilidad de su desgracia a una entidad exterior y trascendente que es Dios, a quien asimila entonces con el hombre, y al que cubre de oprobio e imprecaciones. Es el caso de Soumana que, harta de Abdou, deja estallar su cólera contra el Altísimo: “Dieu c’est un salopard. Un bonhomme plus con que les autres ” (p. 166).
Como se ve, el discurso axiológico que se hace por medio de sustantivos sobre el hombre en cuanto elemento referencial en Le Petit Prince de Belleville deja una tonalidad abusivamente peyorativa.
2. Los adjetivos calificativos
Se tratará en esta parte de un análisis de los adjetivos que, al mismo tiempo que sub-tienden un juicio de valor sobre el referente, reflejan la subjetividad de un enunciador. Por lo demás, gracias al adjetivo podemos decir que “se traduit le plus naturellement l’émotion subjective ” (Meyer; 1940: 7). Si tenemos en cuenta, una vez más, a la comunidad negra de Belleville, observamos, de entrada, que el retrato del hombre tomado como elemento referencial viene marcado de alusión a algo peyorativo mediante los adjetivos calificativos. Es lo que ocurre con el de don Guillermo que nos hace el joven Loukoum:
Monsieur Guillaume a de petits yeux noirs avec un nez crochu et une barbe poivre et sel qui lui marque toute la figure. Il a le ventre comme une femme enceinte et ses cheveux broussailleux commencent à grisonner (p. 12).
El propio Abdou, en una carta de las de esa serie que dirige a un amigo anónimo, relata las conversaciones de mujeres que, aparentemente, no le tienen mucho cariño: “Elles m’accusent : (...) Tu te crois charitable mais tu es froid comme une lame ” (p. 163). Por medio de una axiologización a la par que de afectividad, Abdou, por el mismo conducto, finge estar enfermo, efecto boomerang quizá, de toda la pena que hasta entonces ha hecho sufrir a las mujeres: “je suis perdu ; Etiolé ” (p. 49). Del mismo modo, hacia el final de la novela, confiesa su fracaso: “J’ ai cru être vaincu. Je suis vaincu ” (p. 236).
Notemos sin embargo que los adjetivos calificativos no sirven únicamente la desvalorización cuando se trata de verbalizar ese elemento referencial que es el hombre. A veces, se le valora valiéndose de dicha categoría gramatical, pero la naturaleza y hasta el carácter de la persona apreciada merecen llamar nuestra atención. Al jovencito que se supone está todavía lejos de pactar con la falocracia se le caracteriza a veces de modo laudatorio. Es le caso del joven Loukoum al que Maryama valora a los ojos del Director de escuela: “Mon petit, Loukoum est si gentil ” (p. 11). Es también el caso del señor Ndongala, un adulto al que elogia el narrador: “Monsieur Ndongala est très gentil et beau comme lui, y en a pas deux” (pp. 95-96). Esta valorización hiperbólica y subjetiva del señor Ndongala contrasta con la evaluación de los demás personajes masculinos quienes resultan casi siempre difamados. Esto se debe, no cabe duda, al hecho de que en la novela se mantiene manifiestamente fuera de los comportamientos falocráticos. Líder de opinión, se dedica mucho más, por lo general, a la lucha por la mejora de la condición del Negro.
De lo que antecede, se puede decir que las sentencias peyorativas o desvalorizantes que se hacen sobre el hombre en Le Petit Prince de Belleville son también debidas a los adjetivos. Si bien observamos acá y allá alguna que otra evaluación mejorativa, el caso es que están vinculadas a la naturaleza, al carácter del personaje a quien, al parecer, no hay “nada que reprochar”. Los verbos con cierto contenido semántico pueden también ser portadores de un rasgo evaluativo.
3. Los verbos
Se trata aquí sobre todo de los verbos subjetivos que tienen la particularidad de ir marcados por un rasgo evaluativo axiológico del tipo bueno/malo. En efecto, hemos constatado que en Le Petit Prince Belleville el hombre es “actante” y “agente” en ciertos procesos expresados por verbos que tienen una semanticidad[7] bastante reveladora. He aquí por ejemplo cómo es presentado Abdou cuando tiene uno de esos enfados frecuentes que le animan a menudo cuando está con sus esposas: “ Il râle qu’il manque un bouton à la chemise qu’il a mise ce matin ” (p. 47). Es evidente que decir de un hombre que “gruñe”, resulta harto desvalorizador. Para Maryama, el hombre es un ser calamitoso y peligroso que hace caer en delicuescencia a todo cuanto le rodea. Así se llega a entender la posición de sujeto que ocupa con respecto al verbo en las declaraciones siguientes: “L’homme se met partout et pourrit tout ” (p. 84). Se percibe fácilmente el carácter corrosivo, y en consecuencia, peyorativo del hombre que hace “pudrir” todo a su alrededor. Por todo ello, la señora de Saddock aprehende al hombre como un mal, un microbio, mejor dicho un virus o al menos como algo peligroso que hace falta “combatir” a todo precio. Por eso ella declara a las dos esposas de Abdou reunidas: “Je sais que l’homme est partout et c’est lui que vous devez combattre ” (p. 84). La palabra “hombre” que repite el pronombre personal “él” es una expansión del verbo “combatir” Ahora bien resulta que no se puede sino luchar contra aquello que a sus ojos se revela peligroso. De manera que el hombre es un peligro para las mujeres.
Delo que antecede deducimos que los verbos también desempeñan un papel importante en la evaluación de ese referente que es el hombre en Le Petit Prince de Belleville, y quizá no sea preciso recordar una vez más que, como en los precedentes análisis, está desvalorizado. A fin de cuentas, podemos decir que del estudio de la axiologización del referente arriba evocado por medio de sustantivos, adjetivos calificativos y verbos en la novela de Calixthe Beyala, se evidencia una constante: una desvalorización excesiva cuando se trata del personaje masculino. Y en cuanto a su antónimo, o sea el personaje femenino, ¿qué ocurre?
Igual que el término masculinidad, la feminidad puede concebirse como un conjunto de caracteres, de rasgos y atributos inherentes al ser femenino. Por otra parte, este término sólo puede aprehenderse si se concibe en el marco de una relación opositiva y desmarcativa con el primero. Ya se sabe, el personaje, dentro de una perspectiva semiológica, se considera como un signo, o, mejor todavía,
comme une sorte de morphème doublement articulé, morphème migratoire manifesté par un signifiant discontinu (un certain nombre de marques) renvoyant à un signifié discontinu (le sens ou la valeur du personnage). (HAMON, 1977 :124),
que permite definir “la etiqueta semántica”. Pues, así como el signo lingüístico saussureano, las calificaciones y las funciones, en resumen el valor del personaje sólo puede determinarse mediante la red de relaciones (relaciones de analogía o de oposición) que mantiene con los otros personajes de la obra y del sistema. Dicho de otra forma, no podemos valorar mejor el referente femenino en Le Petit Prince de Belleville sino respecto al referente masculino que constituye uno de los componentes esenciales de ese universo textual.
La verdadera problemática en este trabajo consiste menos en saber cómo el referente femenino es valorado por medio de ciertos términos axiológicos, que en cómo el contenido se ha hecho forma, es decir cómo la competencia ideológica se ha transformado en una competencia lingüística y escrituraria. En la base de tal mutación se encuentra la “lexología"[8] que es, según Cathérine Kerbrat Orecchioni (1980:32), el conjunto de todos los parámetros enunciativos que ella llama “enunciatemas”;[9] designación hiperonímica del fenómeno de la enunciación.
Pero cuando un sujeto de la enunciación se encuentra confrontado al problema de verbalización de un objeto referencial real o imaginario, tiene que elegir dentro de ciertas unidades léxicas (subjetivemas)[10] que el código lingüístico le propone. Estando dichas unidades cargadas ellas mismas de una dosis más o memos fuerte de subjetividad que denotan el grado de implicación del locutor respecto del discurso y el juicio de valor de tipo laudatorio (apreciativo) / despreciativo (desvalorizador) o bueno/malo que tiene sobre tal o cual otro aspecto de lo que dice. Vamos pues a ver cómo Beyala en Le Petit Prince de Belleville lleva un juicio evaluativo mediante las categorías del sustantivo y del adjetivo calificativo que son, por otra parte, las más representativas.
1. Los sustantivos
La mayoría de los sustantivos que denotan el referente femenino en Le Petit Prince de Belleville comportan una carga evaluativa más o menos fuerte que, en la mayoría de los casos, es valorizante. Dicha carga afectiva o axiológica aparece más a menudo en el modo mismo de designación de la mujer en el texto. En efecto, parece que Beyala dedica la mayor parte a la mujer a quien confiere un estatuto social respetable. Aparte de Soumana y de Maryama quienes son las "madres" adoptivas del joven Loukoum, a todas las demás mujeres del texto se las designa por su estatuto: "Madame" para las casadas y "Mademoiselle" para las solteras. El diccionario Robert define el término "Madame" como "le titre donné à toute femme qui est ou a été mariée" o también como "une personne présente d’un rang supérieur ou égal de qui l’on parle ou à qui l’on parle". Refiriéndose por ejemplo al empleo de "Madame" en Madame Bovary de Gustave Flaubert, Marie-Thérèse Mathet (1980: 346) menciona que este término puede pertenecer tanto a la categoría del relato como a la del discurso y que, en el uno y el otro caso, puede cubrir ya sea el "título apelativo", o incluso "un simple designativo". En cuyo caso el escritor “mise sur le statut énonciatif de ce terme pour créer un flou d’écriture résultant de ce chassé-croisé permanent entre discours et récit " (ibídem).
Los hombres de Belleville, y más particularmente el joven Loukoum, saben que la mujer es un objeto precioso, un objeto de valor que merece respeto y consideración no sólo porque es ante todo esposa o al menos madre: "Aujourd’hui, M’am a ramené une femme à la maison, une blanche (...) elle a beaucoup de cheveux sur la tête, tout blonds, ce qui la rend remarquable. (...). Elle s’appelle Madame Saddock " (pp. 83-84).
Este reconocimiento del estatuto social de la mujer le merece un juicio apreciativo, pues no sólo es la señora Saddock una intelectual, sino también que representa a la mujer emancipada, que previene a las demás mujeres contra los peligros de un teísmo destructor y enrevesado, para volver a centrar el debate en la defensa de los derechos de la mujer: "Ni siquiera sé si Dios existe, dice ella, sé que el hombre está en todas partes y es él a quien debéis combatir" (p. 84). Dicho de otra forma, el ardor falocrático del hombre no ha afectado el deseo de libertad de la mujer, intento de liberación más que reclusión letárgica, deseo de amor antes que bastardeo carceral.
El valor axiológico del sustantivo como modo de designación social de la mujer en Le Petit Prince de Belleville aparece también en el hecho de despedazar ese mismo sustantivo por ablación apocópica o sincópica. A veces se designa a la mujer ya sea con un sustantivo completo o con su forma aplastada o amputada. Según Georges Moliné (1986) el apócope es una figura microestructural de la clase de los metaplasmos que consiste en la supresión de la parte inicial de la palabra, y la síncopa, en la supresión de la parte mediana. Estas dos figuras suponen que el sujeto de la enunciación se hace cargo del discurso, y una técnica de persuasión destinada a hacer que el lector se adhiera a la tesis defendida o por lo menos influya en ella. De ahí el consiguiente efecto perlocutorio de atenuación. Expresiones tales como "M'dame" "Dame" "M'amzelle" empleadas para designar al referente femenino comportan una fuerte dosis de afectividad y por lo tanto un juicio de valor mejorativo sobre la mujer. El joven Loukoum, quien reconoce en sus interlocutoras el respeto que es propio de ellas, utiliza abundantemente las siguientes expresiones: " Je sais lire M’amzelle " (p. 8), podía declarar en sustancia a su ama la señorita Garnier para refutar las alegaciones de analfabetismo que se yerguen en el camino de su matrícula en la escuela. En todo caso, la axiologización homonímica del referente femenino sigue siendo uno de los modos de evaluación más utilizados en Le Petit Prince de Belleville, evaluación esencialmente valorizante por medio del rasgo afectivo intrínseco que le da el locutor.
Así y todo la mujer es evaluada y designada también en función de su estatuto onomástico. La atribución de un nombre propio, conforme al código onomástico, es uno de los soportes privilegiados de lo que V. Jouve (1997: 68) llama "el efecto-persona" es decir que el personaje se concibe en cuanto "persona" y aprehendido a través de los procedimientos que suscitan la ilusión referencial (se tiene la impresión de que el personaje está vivo) y la manera cómo el texto "programa la inversión afectiva del lector" pues, para existir y cobrar consistencia, todo texto debe " dénommer des êtres, des notions, des choses, des lieux et pouvoir continuer à s’y référer” (Herschberg A. P, 1993: 232). En efecto, la mayoría de los personajes femeninos de la obra llevan un nombre propio, ese " désignateur rigide qui désigne directement un même référent, dans tous les mondes possibles” (ibidem: 233). Esos nombres propios se emplearán de tres maneras diferentes: o bien son enteramente utilizados como es el caso con Soumana y Maryama quienes son las madres de Loukoum, o lo son parcialmente por aplastamiento monosilábico en Sou y M'am o, por último, por caracterización determinativa: la Soumana (artículo + nombre). En todo caso, de todos esos modos de designación Loukoum prefiere el segundo porque encuentra en él cierta afectividad "Maryama, dit-il, c’est le vrai nom de M’am. Mais M’am c’est plus mignon, plus maman aussi. Et ça lui va mieux ” (p. 122). La relación de afectividad y de evaluación se refuerza mediante las relaciones familiares decentes que Loukoum mantiene con sus "dos" madres quienes son, por otra parte, las dos esposas de su padre.
Pero la mujer como objeto referencial aparece también en Le Petit Prince de Belleville como el símbolo y el manantial de un amor puro, el culto por excelencia de la belleza femenina. La señorita Esther que es una mujer codiciada por el mundillo negro de Belleville entero, tiene con qué hacer palidecer de celos y envidia al más indeciso de todos sus galanteadores: "Son rire est comme l’eau de fontaine, clair, limpide" (p. 73) y "elle a des seins comme je n’en ai jamais vu, avec des pointes roses" (p. 59), declara, no sin envidia, Loukoum. Abdou Traoré abunda en el mismo sentido cuando declara: " (...) quelquefois, je rencontre ton épouse, petite lune aux jambes nues, murmure d’amour qui court de ville en ville éveiller la tendresse" (p. 170). El retrato de Aminata, madre legítima de Loukoum no deja de exaltar su belleza, lo cual le valdrá los favores del tío Kouam con quien se casará más tarde, y Tía Mathilde la aprecia muy oportunamente: "Qu’est- ce que vous en jetez du jus, ma chère ! votre robe est très belle " (p. 145).
Conviene sin embargo mencionar que la mujer negra, la "négresse"[11], sigue siendo el modelo de amor por excelencia, ya que está muy presente en la obra y muy apreciada por los blancos: "Laurent, c’est plutôt le genre familier avec les négresses qu’il appelle souvent « ma doudou » ou « » ma veille » ou « ma grosse" (p. 239)[12]. Aquí se trata de un juicio de valor mejorativo con fuerte coloración afectiva. Ni que decir tiene, las categorías léxicas del sustantivo en LePetit Prince de Belleville asignan al referente femenino una evaluación esencialmente valorizadora. Aunque a veces el autor emite juicios contrarios por intermedio de Aminata y tía Mathilde, ambas prostitutas, el juicio emitido sobre la mujer es esencialmente laudatorio y apologético. Esto es tanto más importante cuanto que el referente "femme"[13] es, en sí mismo, fundamento de una oposición textual e ideológica o cultural fuertemente significativa, entre una ocularización plural y una concepción muy singularizadora de la mujer conyugal, tal y como es traducida por la siguiente declaración del narrador:
Les mères ? Eh bien j’en ai deux et c’est elles qui sont les causes de tout ce refus ! (...) comment aurais-je pu savoir que tout le monde n’avait qu’une femme et qu’un môme n’avait qu’une mère ? (p. 6).
En efecto, se trata de una doble oposición topológica e ideológica, entre un "aquí" (Europa) punto de anclaje referencial del narrador y un "en otra parte” (África), espacio mirífico sobrestimado; entre las dos, la poligamia y la monogamia. Tener varias mujeres es para un africano un valor, un mérito, un indicio de éxito social mientras que para el europeo es un deshonor tremendo, hasta un insulto respecto de la mujer cuya emancipación (evolución) está cada día más consagrada por las ruidosas reivindicaciones de las "conferencias" sucesivas (la conferencia de Beijín por ejemplo). Beyala parece haber zanjado el debate a favor del Europeo (esencialmente monógamo), pues la poligamia mantiene a la mujer en un estado de sujeción, de incuria y de dependencia absoluta, no sin quitarle lo que puede tener y reivindicar hoy como "derecho". Por eso el término "mujer" viene muy marcado axiológicamente y comporta un juicio de valor apreciativo.
2. Los adjetivos calificativos
El adjetivo calificativo es una de las categorías léxicas más utilizadas para caracterizar el referente femenino en Le Petit Prince de Belleville. Esta caracterización calificadora tiene a su servicio un número de términos axiológicamente apreciativos. Si la mujer es esencialmente un objeto de valor en Le Petit Prince de Belleville, no puede verdadera y funcionalmente llegar a serlo sino por intermedio del discurso masculino que le da atributos, con todo favorables. El juicio de valor que es aquí de tipo bueno/malo da una idea bastante precisa de las relaciones de afectividad que la mujer mantiene con el hombre.
El café del señor Guillaume es generalmente el lugar de encuentro de todo el mundillo de Belleville. Es la plataforma por excelencia donde se traban y se deshacen unas relaciones de amistad y de amor más o menos sinceras y donde se juntan todas las "nanas"[14] llenas de belleza y de ternura. Es Loukoum quien, al extasiarse ante una de las muchachas que acompañan al señor Kaba, supervalora su belleza:
L’autre fille, j’ la connais pas. Elle a des cheveux rouges comme couleur. Et elle porte une espèce de brassière très écourtée avec une ceinture et des bottes. Elles est rudement jolie. On voit bien que Monsieur Guillaume la trouve très mignone. (p. 13).
La llegada de la señorita Esther en este lugar remata el ambiente descriptivo pues es percibida como una belleza en su grado más alto de perfección: "Elles est belle, M’amzelle Esther, Tu crois qu’elle est aristocrate ? (...) Mais elle a les manières des filles chics" (p. 18). En todo caso el referente femenino es siempre valorado muy positivamente, y el señor Kaba no oculta su satisfacción, al encontrar en Maryama, la madre del joven Loukoum, a la más guapa de todas las mujeres de Belleville: "Alors où est-elle ? demande-t-il, où est la plus belle ? " (p. 57). Aunque, para la señora de Saddock, tía Mathilde es una mujer de conducta ligera, no por eso deja de reconocer en ella a "la femme la plus parfumée de Belleville" (p. 225). Loukoum, que apenas acaba de reconocer a su madre legítima, Aminata, le hace un retrato de los más interesantes, pese a todas las apariencias de desvergonzada, de simple "criatura" que es, como dice Maryama, " une fille-de-rien-du-tout " (p. 124), una carrerista por decirlo así. En efecto, Aminata ha conocido infortunios amorosos y sentimentales diversos con el señor Abdou Traoré quien le ha quitado el hijo, el único, justo después del nacimiento. Sin embargo, aparece como " une fort jolie femme et même attrayante" (p. 124). Maryama la encuentra "très gentille" (p. 129), aunque Loukoum se niega a ver en ella a su verdadera madre; su madre genitora. Non, cette femme ne peut pas être ma tendre maman, cette traînée qui montre ses nichons comme ça" (p. 128), contesta sin ambages. Su talento como cantante le vale la admiración de todos los galanes de Belleville.
Hasta Maryama quien, para Abdou Traoré era, en un principio, bajo su régimen falocrático, una mujer " si maigre " y "tan frágil" (p. 24) se ha vuelto de súbito interesante gracias a los asaltos repetidos de la acción sensibilizadora de la señora de Saddock. Su marido, quien se arrepiente ante ella, la encuentra súbitamente nuevecita, llena de amor y destellos. Ella adquiere, por decirlo así, su carácter de mujer, sin prejuicios ni odio, y con todos los derechos que tal estatuto le confiere: "Elle a du métier, affirme-t-il, elle est une bonne maîtresse." (p. 245). Este reconocimiento tardío pero efectivo (the last but not the least?) del derecho de la mujer, de su valor intrínseco quiere ser como por vuelta dialéctica, el triunfo de la mujer a secas. Triunfo, en suma, catártico que abre la nueva era y augura las nuevas relaciones (¿de igualdad?) que debe mantener el hombre, en adelante, con la mujer. El juicio final que Abdou Traoré emite sobre su mujer Maryama es uno de los más reveladores de estas nuevas relaciones de fuerza: "Il achète plein de bijoux à M’am, déclare le narrateur, et manque pas une occasion pour la complimenter comme s’il la trouvait très belle ".
¿Qué hay que decir, a fin de cuentas, de la escritura de Calixthe BEYALA, respecto a este "happy end"? ¿Puede pensarse que Le Petit Prince de Belleville es un discurso de la mujer o mejor dicho sencillamente un discurso sobre la mujer?
Toda obra literaria, sea cual sea, plantea necesariamente el problema de su recepción. En efecto, ésta no puede analizarse con validez si "on ne l’appréhende pas dans son orientation vers autrui" (Maingueneau, 1977: 18), esto tanto más cuanto que " l’art d’écrire (est) une praxis, une technique d’action sur le lecteur" (Hamon, 1981: 119). Este último o bien el crítico que recibe el texto sale en busca del sentido aplicándole sus propios sistemas interpretativos. Este sentido que no es estable sino pluralizado, seriado, y que varía de una lectura crítica a otra debe, sin embargo, ser aceptable por todos:
Nous admettons qu’interpréter un texte, c’est tenter de reconstituer par conjectures l’intention sémantico-pragmatique ayant présidé à l’encodage . (Kerbrat ORECCHIONI, 1980 : 181).
En otros términos, interpretar un texto es poder captar esta migración de sentido, asiento que da validez a la intencionalidad que dirige su construcción. Pues en realidad "un texte veut dire ce que A suppose que L a voulu dire dans (par) ce texte" (ibidem: 181). Por último interpretar un texto "es dar cuenta de los "posibles interpretativos" que surgen (y se cristalizan) en el punto de encuentro de los dos procesos de producción y de interpretación" (P. Charaudeau, 1983: 57). Lo cual evitaría caer en la trampa de lo que podríamos llamar, siguiendo a Barthes, una "mala lectura", que consistiría en infligir al texto un tratamiento llamado "paragramático", arbitrario, que desembocaría en última instancia en una especie de "negación del texto".
En resumidas cuentas, ¿qué es leer un texto sino someterse a la tiranía de los códigos significantes (intencionales) y de las redes interpretativas que lo cruzan? Tanto es así que
signifier quelque chose, c’est le signifier au moyen de la reconnaissance (par le récepteur) de l’intention qu’on a de le signifier, et avoir l’intention de le signifier, c’est avoir l’intention de le signifier au moyen de la reconnaissance de cette intention. (RECANATI, 1979 : 178).
Al fin de nuestro trabajo de lectura, resulta del estudio de la axiologización de los referentes masculino y femenino en Le Petit Prince de Belleville, la observación de dos cosas:
- Al hombre se le pegan etiquetas extremadamente desvalorizantes.
- En cuanto a la mujer, a pesar de las desvalorizaciones, por lo demás bastante episódicas, aparece radiante.
Estas conclusiones, resultado de un estudio de los datos textuales, merecen no atribuirse al "impresionismo subjetivo" del que habla M. Rifaterre (1971: 27). Lo que es más, nos permiten descubrir algo de la ideología de Calixthe Beyala que al parecer, bebe para su escritura en las fuentes del movimiento feminista, pues como opina Kerbrat Orecchioni (1980: 8), "On ne peut analyser la compétence linguistique en évacuant la compétence idéologique sur laquelle elle s’articule". En otras palabras, no podemos esperar comprender el discurso si no tratamos de saber "comment le contexte d’un énoncé affecte ce qu’on dit". Así que una lectura, una buena lectura sería aquella "qui ne se laisse épuiser par les catégories de la Poétique" (Barthes, 1984: 47), pero sería, en resumidas cuentas "l’« hémorragie » permanente par où la structure (...) décrite par l’analyse structurale s’écroulerait, s’ouvrirait, se perdrait, conforme à tout système logique qu’en définitive rien ne peut fermer (...) la lecture serait là où les structures" (ibidem).
Sin embargo, hemos observado que en esta autora, el discurso axiológico relativo al hombre y a la mujer no consagra de manera definitiva una ruptura entre esos dos componentes. Al contrario, Le Petit Prince de Belleville parece acabarse en un ambiente de "happy end". Hay primero esa voluntad de volver a soldar a la pareja en el umbral de la dislocación. Es el caso de Abdou, ese impenitente partidario de la falocracia que a la vez se da por vencido y desea volver a mejores sentimientos, cuando su esposa Maryama solicita que vuelvan a casarse "pas seulement physiquement, mais que (leurs) âmes soyent (sic) liées", él se arrepiente en los siguientes términos: "Ouais... J’ai de l’expérience maintenant. J’apprends à mieux aimer" (p. 248). Es también el caso de Kouam y Aminata, ambos divorciados, que planean casarse al final de la novela con tal de reconciliar a esa pareja armoniosa sin la cual la sociedad no conoce estabilidad. Más interesante por último es el caso del joven Loukoum quien nutre la ambición de contraer matrimonio un día con la joven Lolita. La juventud que les caracteriza acaso traicione en la autora el sueño de un futuro mejor que verá el nacimiento de nuevos tipos de parejas, apacibles y armoniosas, sobre todo libres de los oropeles de la vieja falocracia caída en desuso hace mucho tiempo, al servicio de la causa.
¿Qué decir, en definitiva, de la axiologización de los referentes humanos en Le Petit Prince de Belleville de Calixthe BEYALA, sino que esta novela es, con respecto a la ideología feminista, menos que un contenido de la forma, una verdadera forma del contenido?. Esta opción ideológica, habremos tratado de acorralarla por "un travail de dérivation d’un sens caché" (Maingueneau, 1997: 18). Y, a partir de entonces, y únicamente de entonces, podemos decir con R. Barthes (1984: 69) que el autor por fin ha encontrado (descubierto en el texto con sus intenciones y su ideología), el texto queda "explicado", y el crítico ha "vencido". Sin embargo, dista mucho todavía la pretensión de haber descubierto "el sentido", el verdadero, el único, pues en efecto:
C’est d’un matériau stratifié qu’est faite l’idéologie, dont une couche toujours peut en cacher une autre. Chercher à cerner dans un texte les instances idéologique et énonciative, c’est s’aventurer dans une quête dont on sait que jamais elle ne saurait s’achever, c’est s’engager dans une entreprise inéluctablement déceptive, que l’on peut comparer au dévoilement d’un voile, ou bien encore à l’effeuillage infini d’un artichaut qui n’aurait en son centre qu’une absence de cœur.
Austin, J. L (1970), Quand dire c’est faire, Paris Le Seuil.
Baudet, C. (1994), « Féminisme et syntaxe de l’argumentation : les chroniques d’Ariane Emmond dans Le Devoir », in Présence francophone n° 45, Québec, HLN, Univ. de Sherbrooke, pp. 85 - 100.
Beyala, C. (1992), Le petit prince de Belleville, Paris, Albin Michel, coll. « J’ai lu ».
Charaudeau, P. (1983), Langage et discours. Eléments de Sémiolinguistique (Théorie et pratique), Paris, Hachette.
Kerbrat Orecchioni, C. (1980), L’Enonciation : De la subjectivité dans le langage, Paris, A. Colin.
Gravaud – Houdebine, A.M. (1994), « Des femmes et de leur nom. A propos de représentation et de désignation », in Présence francophone, n°45, Québec, HLN, Univ. de Sherbrooke, pp. 23 - 48.
Hamon, P. (1977) , « Pour un statut sémiologique du personnage », in Poétique du récit, Paris, Seuil.
Hamon, P. (1981),Introduction à l’analyse du descriptif, Paris, Bordas.
Mathet, M. T. (1980), « Madame (Bovary) » in Poétiquen°43, pp. 346-352
Maingueneau, D. (1997), Pragmatique pour le discours littéraire, Paris, Hachette.
Meyer, G. (1940),La qualification affective dans les œuvres de BALZAC, Paris, Droz.
Molinie, G. (1986), Eléments de stylistique française, Paris, PUF.
N’da, P. (1994), « Onomastique et création littéraire : les noms et les titres des chefs d’Etat dans le roman négro-africain », in Présence francophone, n° 45, pp. 151 - 171.
Recanati, F. (1979), Transparence et énonciation, Paris, Hachette.
Riffaterre, M. (1971), Essai de stylistique structurale, Paris Flammarion.
[1] La versión española de "La lecture stylistique des référents humains dans Le petit prince de Belleville de Calixthe Beyala" ha corrido a cargo de G. Metanmo, profesor del Departamento de Lenguas Extranjeras Aplicadas de la Universidad de Dschang, a quien quedamos muy agradecidos.
[2] Paris, Albin Michel, collección « J’ ai lu ».
[4] Prestación
[5]Hemos tratado sencillamente de castellanizar la palabra francesa "subjectivème”. Y lo mismo ocurrirá a menudo en este artículo con los neologismos que se utilizan.
[6] Guillaume.
[7] "Semantese" en francés (véase nota 2).
[8] Lexologie.
[9] Enonciatèmes.
[10] Subjectivèmes.
[11] Este femenino tiene en francés una connotación peyorativa.
[12] "Doudou" es un término afectivo; veille: desvelo; grosse: gorda.
[13]Femme: mujer
[14] "Nana" es un término familiar para designar a las chicas de mala vida, algo así como "concubina"
|