Contra la gilipollez
Héctor Abad Faciolince

www.langlab.wayne.edu/Romance/RomGTAs/cperez/gilipollez.html

 

Hace cuarenta años, en diciembre de 1962, en Madrid y en pleno régimen franquista, se publicó por primera vez La mala hora, tercera novela de Gabriel García Márquez. Sin embargo, por raro que suene, la primera edición de este libro salió cuatro años después, en 1966, publicada por Ediciones Era de México. ¿Cómo puede ser eso? Resulta que, como escribe Gabo en su “Nota a la primera edición”, en aquel impreso de 1962, “un corrector de pruebas se permitió cambiar ciertos términos y almidonar el estilo en nombre de la pureza del lenguaje. En esta ocasión, a su vez, el autor se ha permitido restituir las incorrecciones idiomáticas y las barbaridades estilísticas, en nombre de su soberana y arbitraria voluntad”.

En una memorable reseña a don Américo Castro (quien se declaraba consternado por la decadencia del español en el Río de la Plata, “donde el latido del imperio hispano había llegado ya sin brío”), Jorge Luis Borges recordaba sus numerosos viajes y sus largas y gratas estancias en España, para concluir: “No he observado jamás que los españoles hablaran mejor que nosotros. Hablan en voz más alta, eso sí, con el aplomo de quienes ignoran la duda. El doctor Castro nos imputa arcaísmo. Su método es curioso: descubre que las personas más cultas de San Mamed de Puga, en Orense, han olvidado tal o cual acepción de tal o cual palabra; inmediatamente resuelve que los argentinos deben olvidarla también”.

A sabiendas de los renovados vientos imperiales que soplan ahora por la península ibérica (gracias a los cuales los sudacas recuperamos nuestro viejo estatus de indianos burdos, incultos y malhechores) insistí en estos días con una editorial española para que me enviaran las pruebas de un libro de viajes que estoy a punto de publicar: Oriente empieza en El Cairo. Ya en las primeras páginas algunas correcciones me inquietaron. Algo típico de la capital de Egipto es el caos en el tránsito: allá prácticamente no existen semáforos, los conductores pitan todo el tiempo y de noche no encienden las luces de los carros. Por tal motivo uno de los capítulos del libro está dedicado al tráfico, los automóviles y los choferes de taxi. Gracias al acucioso corrector de estilo, en este capítulo todos mis carros se han convertido en “coches”, y el chofer de mi taxi ha pasado a ser “chófer”.

A mí no me parece que llamar carros a los automóviles sea mejor que decirles coches, pero tampoco me parece preferible lo contrario. Si vamos a los orígenes de la lengua, la palabra carro es más antigua, y latina, mientras que coche es apenas del siglo XVI, y de procedencia húngara. En los dos casos se emplea un sustantivo viejo (usado para distintos vehículos de ruedas) para referirse a una cosa nueva: el automóvil. En cuanto al “chófer” peninsular, es un galicismo tan afrancesado como chofer (ambos vienen de chauffeur, el fogonero de las locomotoras), sólo que en nuestra palabra el acento es más fiel a la fonética original.

Con esta primera alarma encendida, agucé la vista y pude ver cómo el corrector español había convertido en “pisos” mis apartamentos, en “chavales” a mis muchachos, en “visados” a mis visas, en “ordenadores” a mis computadores, “vaqueros” a mis bluyines, “dinero” a mi plata, “zapatillas de deporte” a mis tenis, “patatas” a mis papas, “cachondos” a mis arrechos, “tíos” a mis tipos, “pijos” a mis aliñados, y hasta “gilipollas” a mis güevones. Yo no voy a decir que nuestro léxico es mejor que el peninsular, pero tampoco creo que el de ellos sea más castizo (antipática palabra de los tiempos de las gramáticas normativas). Lo que sí digo es que usamos sustantivos y adjetivos a veces distintos, y que unos y otros         deben ser conocidos y respetados a ambos lados del Atlántico.
Por el hecho de que un anglicismo (jersey, chándal o jogging) se imponga en España, esto no implica que nuestros anglicismos o nuestras traducciones suramericanas sean más espurias (suéter, sudadera, trote). Significa que la lengua, en estos casos, ha seguido caminos distintos, y que si queremos seguir entendiéndonos debemos enterarnos de la forma en que hablamos aquí y allá.
Está claro que los asuntos que se limitan al puro léxico son más fáciles de dilucidar. Cuando hay un número suficiente de hablantes que, en Europa o América, han acogido una palabra como propia, ésta debe incorporarse al acervo del idioma, sin importar que el neologismo haya sido acuñado en México, en la Patagonia o en Valladolid. Aceptar las novedades solamente cuando se vulgarizan en España significaría seguir apegados a una visión colonial del mundo. La cosa es más problemática cuando entramos en otras honduras gramaticales. En las mismas pruebas que recibí, mis pronombres personales masculinos en complemento directo (“lo” miré) me los convirtieron en un “le” (le miré), que para nosotros es dativo; así mismo, mis pretéritos indefinidos (vi un camello rosado) me los corrigieron con perfectos: “he visto”. Tampoco estuve de acuerdo con esas correcciones, pero ya no me queda espacio para explicar por qué.