El lenguaje e Internet, de David Cristal.
Cambridge University Press, Madrid, 2002, 304 págs. (Traducción de Pedro Tena)

 

Antonio M. Bañón Hernández

(Universidad de Almería)

 

 

I

 

 

“La llegada de la ciberhabla nos muestra al homo loquens en su mejor momento”. Con esta afirmación finaliza la traducción española que del libro de David Crystal Language and the Internet (2001) ha realizado Pedro Tena para Cambridge University Press. La hemos seleccionado justamente como inicio de nuestra reseña, porque resulta reveladora del tipo de trabajo ante el que estamos. Es una obra optimista con respecto a la contribución de las comunicaciones realizadas mediante ordenador al enriquecimiento de la lengua y, en general, de los procesos comunicativos. Además, El lenguaje e Internet (2002) es, en cierto sentido, una obra abierta, al estilo de esas magníficas creaciones literarias que invitaban al lector a asumir su protagonismo y su responsabilidad en la interpretación y en la valoración de lo escrito. En todo caso, un especialista en la globalización lingüística (con el inglés como punto de referencia)[1] o en la supervivencia de las lenguas[2] no podía dejar pasar la oportunidad de reflexionar sobre el lenguaje en Internet y sobre el lenguaje de Internet. Antes de la publicación del libro, Crystal había realizado algunos escarceos teóricos con el tema que fueron publicados entre septiembre de 1998 y enero de 2001[3].

Son muchos los aspectos tratados en este libro, estructurado en ocho capítulos: 1. Una perspectiva lingüística; 2. El medio de la ciberhabla; 3. En busca de una identidad; 4. El lenguaje del correo electrónico; 5. El lenguaje de los grupos de chat; 6. El lenguaje de los medios virtuales; 7. El lenguaje de la Red; y 8. El futuro lingüístico de Internet. También son muchos los temas sugeridos o insinuados, algo que, en nuestra opinión, es especialmente útil para todos los lectores que se acerquen con la curiosidad necesaria. Nos gustaría mencionar algunos de estos aspectos y algunos de estos temas en las próximas páginas.

En una breve reseña realizada a las pocas semanas de aparecer el original en inglés, Danny Yee afirmaba que no encontraríamos nada espectacular, provocativo o inesperado en este libro de Crystal pero que, por otra parte, era innegable su solidez y su accesibilidad a todas las personas interesadas en el lenguaje y en Internet[4]. Las virtudes del libro superan, con creces, los posibles defectos; eso sin entrar en lo provocadora que puede llegar a ser la mirada aparentemente sencilla. En este sentido, nos gustaría destacar el hecho de que el autor asuma un punto de vista decididamente descriptivo, alejándose, por tanto, de todos aquellos que ven en los productos comunicativos generados en el medio electrónico una clara prueba de transgresión frecuente tanto de las normas lingüísticas, como de las máximas conversacionales. Es significativo que en la segunda página del primer capítulo ya se refiera a aquellos autores para los que “las víctimas de Internet acabarán siendo el lenguaje en general, y cada una de las lenguas en particular” (pág.12). En este sentido, se ofrecen interrogantes como los siguientes: “¿augura la baja calidad de los estándares en el correo electrónico el fin de la alfabetización y de la pronunciación tal como la conocemos hoy? ¿Presagia Internet el nacimiento de una nueva era de la tecnojerga? ¿Se perderá creatividad lingüística y flexibilidad a cambio de homogeneización?” (pág.12).

Crystal no se alinea con los ciberescépticos y, como decíamos, opta por una descripción, en general, optimista. Su distanciamiento se aprecia, por ejemplo, cuando habla de las alternativas léxicas propuestas para designar el intercambio de mensajes electrónicos: “No tengo ningún hacha de guerra estética que blandir, y pulsar una tecla adicional no va a tener ningún efecto grave en mi vida. Al final acabará prevaleciendo una norma de uso, y puede que sea un vocablo único” (pág.97). O cuando habla de las prescripciones ortográficas, instante en el que opina: “La mayoría de los errores ortográficos no distraen del contenido del mensaje. Dada la relativa brevedad de las oraciones, los mensajes escasamente puntuados plantean pocos problemas de ambigüedad. Tampoco el receptor de un mensaje cuestiona seriamente la credibilidad de una persona que cometa errores ortográficos o que se olvide de puntuar un texto, ya que es plenamente consciente de las condiciones de presión bajo las que se escribió el mensaje; y este receptor es consciente de ello, porque varias veces al día escribe a su vez mensajes bajo las mismas condiciones de presión” (pág.133).

         Con respecto a las máximas conversacionales (de calidad, de relevancia, de cantidad, de manera), su aplicación es bastante difícil, si tenemos en cuenta las características comunicativas y sociales de Internet. Crystal menciona, por ejemplo, las consecuencias que el amateurismo tiene sobre la máxima del modo, la evidente devaluación de la máxima de relevancia o la hipotética influencia del anonimato en la máxima de calidad. Tal vez convendría incluir en el análisis la ponderación que la función social tiene en la interacción propiciadas por Internet[5]. La intersección de ambos asuntos (las máximas conversacional y la función social) también nos llevaría, entre otras cosas, a la cortesía en Internet, un tema que el autor menciona en varias ocasiones.

David Crystal es, pues, un defensor de las particularidades discursivas y semióticas generadas por el nuevo medio; por eso habla también de variedades comunicativas a partir del marco ofrecido por los distintos géneros: correo electrónico, chat, realidad virtual o WWW. Esas particularidades parten también de su naturaleza híbrida en lo se refiere a la adscripción en el ámbito de la escritura o en el ámbito de la oralidad. Internet ha revitalizado, sin duda, el secular debate sobre las características de lo oral y las características de lo escrito. Estas reflexiones salpican todo el libro; en una de las últimas páginas, leemos: “El habla de la Red es algo completamente nuevo. No se trata ni de «escritura hablada» ni de «discurso escrito». (...). Es, en resumen, un cuarto medio. En los estudios lingüísticos, estamos acostumbrados a discutir las cosas en términos de «oralidad frente a escritura frente a lenguaje gestual». A partir de ahora deberemos añadir una dimensión más a nuestros trabajos comparativos: «lengua hablada frente a lengua escrita frente a lenguaje gestual frente a lenguaje que se transmite mediante ordenadores» (pág.273). Una buena parte del capítulo 2 se había dedicado precisamente a este tema, y el epígrafe titulado “¿Oralidad o escritura?” se inicia así: “Lo que hace que Netspeak sea tan interesante como forma de comunicación es el modo en el que se nutre de características que pertenecen por igual a ambos campos de la divisoria oralidad/escritura” (pág.42). No es una casualidad, en nuestra opinión, que el análisis de textos procedentes de la interacción mediada por ordenador interese tanto a revistas especializadas en el discurso escrito, como a las especializadas en el discurso oral. En nuestro país, por ejemplo, la revista Oralia. Análisis del discurso oral ha publicado alguna investigación sobre el lenguaje de los chats[6].

La falta de respuesta simultánea, de gestos simultáneos, el ritmo considerablemente más lento de la interacción realizada a través del ordenador, las diferencias en el manejo temporal de los turnos, la carencia de matices prosódicos y proxémicos en la mayor parte de interacciones cibernéticas, a pesar de la riqueza semántico-pragmática de los emoticones, son algunos de los rasgos que distancian, por ejemplo, la ciberhabla de la conversación cara a cara. Las construcciones preferentemente breves o las repeticiones léxicas y frásticas, por el contrario, acercarían ambos medios. Por otra parte, “salta a la vista que la ciberhabla no es en absoluto como la escritura convencional” (pág.56). La capacidad para interferir, para entrelazar, para plagiar, etc. es muy superior en la primera, con los problemas de autoría y de propiedad intelectual que esto genera. Lo mismo podríamos decir de facilidad para el borrado de fragmentos textuales, para la acumulación y conservación de información, o para la variación tipográfica y cromática. Concluye Crystal que “Netspeak tiene muchas más propiedades que lo vinculan con la escritura que con el habla” (pág.61); y poco más tarde: “Netspeak se aprecia mejor como lenguaje escrito que se ha estirado en dirección al habla que como lenguaje oral que se escribe” (pág.62). Con todo, “expresar la cuestión en términos de esta dicotomía tradicional es engañoso en sí mismo. La ciberhabla no es equivalente ni al habla ni a la escritura, sino que muestra propiedades de ambos que ha incorporado por selección y adaptación” (pág.62). En definitiva, Netspeak, en opinión del autor de El lenguaje e Internet, es “un genuino «tercer medio»" (pág.63).

Pero esa especificidad (y por tanto su identificación como variedad lingüística) se sustenta igualmente, según Crystal, en la singularidad y creatividad léxico-gráfica de los mensajes de Internet. Algunos ejemplos con respecto al léxico: la creación de neologismos, combinando dos palabras separadas para hacer una nueva, aprovechando prefijos tan de moda como hot-, cyber-, sufijos como –bot o –icon, combinaciones con la presencia de la arroba (@). Junto a ellos, destaca la llamativa creatividad mediante el uso de acrónimos que pueden representar incluso oraciones completas: “asap” (“as soon as posible”). Crystal incluye en su libro más de cien expresiones de este tipo. Sería interesante conocer su adaptación al español. Y sobre la grafología distintiva habría que mencionar la libertad que se observa en el uso de mayúsculas y minúsculas, la revitalización de signos especiales de puntuación, como el asterisco, o la edulcoración de las normas académicas de puntuación, en general. En el análisis de estos procesos de elaboración creativa puede tener importancia el hecho de que una buena parte de los usuarios de Internet (especialmente en algunos géneros, como los chats o los mundos virtuales) son jóvenes: “Los usuarios adolescentes, en particular, han introducido varios signos ortográficos fuera de la norma (...), o la sustitución de una «o» minúscula por un cero (...) o por un signo de porcentaje (...). Dentro de este grupo de usuarios, la «k» se utiliza en ocasiones como un prefijo empático (...). A este modo de utilizar los signos ortográficos y los neologismos esotéricos para producir una jerga molona se lo ha denominado leeguage” (pág.106). Y más tarde: “Buena parte de la desviación tipográfica que se observa en los mensajes no es tampoco un fenómeno universal, sino que es típico de los intercambios informales de Internet, especialmente entre los usuarios más jóvenes”.

Estas afirmaciones nos ponen sobre aviso a propósito de las relaciones entre la edad y los discursos de Internet. Aunque Crystal no dedica ningún apartado de su libro a este tema (lo cual, por cierto, en nuestra opinión, hubiese sido una magnífica idea), éste aparece en varias ocasiones a lo largo del ensayo. En el prefacio que escribe el autor en su residencia de Holyhead a comienzos de 2001, advertía: “Una mera intuición sobre el estado de la lengua en Internet es poco menos que inútil dada la dimensión planetaria del fenómeno. Este hecho, añadido a la edad generalmente joven de los usuarios del medio hasta la fecha, ha puesto en aprietos a mi propia intuición personal, ya que he sobrepasado ampliamente la edad media de los usuarios de Internet (se dice que ronda los veintitantos)” (pág.9). En la página 73, relaciona el comportamiento socio-comunicativo con el espíritu de los autores de graffitis, un género evidentemente próximo a los locutores jóvenes, y en la 145 informa sobre el uso más frecuente de los emotes entre los adolescentes. La versatilidad comunicativa de la gente joven se manifiesta especialmente en géneros tan poliédricos como el chat o los MUDs, a decir de Crystal (págs.197 y 203 respectivamente). En realidad, cuando habla de rebeldía en la admisión de las normas (pág.198), nos atrevemos a decir que, en parte, sigue pensando en los interlocutores jóvenes. En última instancia, no podemos olvidar que estamos hablando de un medio (Internet) a su vez también muy joven.

 

 

II

 

         En esta segunda parte de la reseña nos gustaría seguir con las reflexiones a partir de los géneros textuales básicos, tal y como hizo David Crystal a la hora de decidir la estructura capitular del libro. Así, el capítulo 4, como vimos, se dedicaba al lenguaje del correo electrónico. Como no podía ser de otra forma, el punto de referencia para su análisis es, en muchas ocasiones, la carta; ahora bien, Crystal comienza afirmando que el correo-e tiene una estructura textual propia, un –podríamos decir- esquema de género, diseñado a partir de la cabecera, por un lado, y el cuerpo del mensaje, por otro. Uno de los aspectos más llamativos es la posibilidad de enviar copias de cortesía o copias ocultas del mensaje, según sean los intereses y las intenciones de los emisores, circunstancia que complica mucho los procesos comunicativos, puesto que hay que discernir si se ha hecho, por ejemplo, como advertencia de que no se tiene nada que ocultar a esas terceras personas. La privacidad, lamentablemente, no suele estar bien interpretada en el correo electrónico y en muchas ocasiones no se es consciente del número exacto de participantes directos o indirectos en el proceso de intercambio textual, situación que puede desembocar en malentendidos, tal y como el autor describe. No hace falta decir, por el contrario, que este sistema agiliza notablemente los envíos simultáneos a varias personas. Además, por lo que respecta a factores contextuales, tales como el tiempo, es evidente que la rapidez con la que los envíos llegan a la dirección de destino es una de sus más importantes virtudes; otra cosa es el momento de lectura e interpretación de ese mensaje.

         El correo electrónico, según Crystal, tiende más hacia la informalidad, circunstancia que se aprecia en los hábitos de saludo y de despedida. En la primera parte del libro, se había referido a este asunto cuando comentaba que algunos manuales de conducta en Internet aconsejaban abandonar el “Querido” en los vocativos de saludo, con la justificación de que se consideraba un ejemplo de estilo “pomposo”. Dos páginas más tarde, Crystal, una vez más, da muestra de su capacidad de adaptación: “No tengo ningún problema en leer los muchos e-mails que recibo que empiezan con «Querido David» (...). Me doy cuenta al instante de que estos mensajes son más formales que los que empiezan por «Dave, baby» o como quiera que sea, y también me doy cuenta de que existe un contraste funcional con aquellos otros en cuya cabecera falta el nombre del destinatario, como el correo basura que he recibido esta mañana y que me dice, sin hacer referencia a mi nombre en absoluto, que me haré millonario el fin de semana que viene y que, al mismo tiempo, mejoraré mi rendimiento sexual”. Quien escribe esta reseña confiesa el estupor que siente cuando algunos compañeros de profesión envían mensajes suponiendo que el hecho de obviar un saludo inicial es prueba de más informalidad, más confianza o mejor adaptación a una virtual conversación. La heterogeneidad de fórmulas de saludo de las que disponemos permitiría sin dificultad expresar a la perfección todos esos matices, como menciona Crystal en el fragmento anteriormente reproducido, y como se constata de la lectura del pequeño corpus (una treintena aproximadamente) que adjunta en esta segunda parte del libro a partir de los mensajes por él mismo recibidos.

         Aunque no oculta las actuales limitaciones técnico-comunicativas del género (por ejemplo, el que no haya garantía de que el mensaje tal y como es generado por el escritor mantenga su configuración exacta cuando sea abierto por el lector), Crystal vuelve a mostrarse en este punto moderadamente optimista: “Por tanto, mi predicción es que dentro de unos pocos años el correo electrónico ofrecerá una gama mucho mayor de posibilidades estilísticas que en la actualidad. Para ello, tendrá que adaptarse a la necesidad de satisfacer una mayor variedad de fines comunicativos y deberán resolverse las cuestiones legales que gravitan sobre el estatus de ciertos tipos de mensajes. Es necesario, pues, ver con perspectiva esta tendencia contemporánea hacia la comunicación informal” (pág.127).

         El capítulo 5 se titula “El lenguaje de los grupos de chat”. Distingue Crystal entre grupos síncronos y grupos asíncronos, dependiendo de si la conversación se desarrolla en el mismo momento en el que se escribe o si los mensajes se envían a un servidor que distribuye los textos sin que se asegure, ni mucho menos, una respuesta inmediata. La mayor intensidad creativa desde el punto de vista comunicativo se sitúa en el primer tipo: “De las dos situaciones, son las interacciones síncronas, como veremos, las que dan lugar a una innovación lingüística más radical, que afecta a las convenciones básicas de la oralidad y la escritura tal como se comprenden tradicionalmente” (pág.155). En este tipo de intercambio comunicativo, la mayoría de participantes lo hacen desde el anonimato, con las implicaciones sociales que esto conlleva. Crystal se ocupa, en este punto, entre otras cosas, del valor informativo que, indirectamente, tienen los apodos. El hecho de que se puedan establecer conversaciones entre numerosos actores y sobre varios temas al mismo tiempo, unido a las limitaciones técnicas, pueden generar asimetrías y discordancias en el establecimiento de los turnos y, por tanto, en el desarrollo coherente de los temas; además, propicia un mayor uso de elementos de carácter fático. Sobre estos asuntos, también encontramos interesantes apreciaciones y oportunos ejemplos en este quinto capítulo. Crystal opina, con todo, que las ventajas sociales superan cualquier inconveniente semántico-discursivo: “Sería normal que los participantes abandonaran el rebaño del grupo de chat, confesaran su incapacidad de gestionar la confusión y la incoherencia que reinan allí y se quejasen de la pérdida de tiempo que supone. Pero no solo no lo hacen, sino que la actitud que prima es la opuesta: la mayoría de las personas parece estar perfectamente contenta de estar allí” (pág.195).

         En cuanto a los grupos asíncronos, Crystal menciona en diversas ocasiones la confección de grupos con intenciones docentes e investigadoras. La infraestructura proporcionada por USENET o por LISTSERV® permite numerosas iniciativas para tratar temas de todo tipo, incluido, por supuesto, el lenguaje (el autor identifica hasta 162 listas dedicadas a este tópico) y la lingüística (identificada como tópico de 44 listas). La moderación es un proceso que requeriría un estudio específico, en nuestra opinión, así como también la cuantificación de listas de este tipo y de participantes en España. Por lo que se refiere al uso docente, los beneficios también son claros: los estudiantes tímidos a la hora de participar en clase podrían liberarse de alguna manera al opinar por escrito; se dispondría de tiempo suficiente para reflexionar sobre la materia, así como de mayor flexibilidad de horarios; el intercambio de ideas se realizaría entre una población de un mismo nivel educativo, etc. Ahora bien, si no se organiza adecuadamente, hay que estar dispuesto a enfrentarse con situaciones incómodas: “Los profesores de universidad que piden información sobre los resultados de los grupos de chat a sus estudiantes se enfrentan rápidamente a otros problemas. Se hacen varias críticas a la situación asíncrona. La idea de recibir mensajes de mucha gente suena emocionante al principio, pero la experiencia de ser inundado con mensajes sobre un determinado punto de discusión de clase puede ser abrumadora” (pág.175). El capítulo 6, “El lenguaje de los mundos virtuales”, da un salto hacia  la ficción. Hay similitudes con las técnicas y con los procesos que se utilizan en el chat (por ejemplo, el sistema de distribución de turnos conversacionales), pero Crystal se centra en la descripción y ejemplificación de sus particularidades.

El séptimo capítulo se ocupa de la Web, un producto de gran riqueza semiótica (de color, de movimiento y visual) y altamente rentable desde el punto de vista de la transmisión y acumulación de textos; las librerías digitales y los archivos electrónicos son cada vez más frecuentes y de mayor calidad. La existencia de texto lineal (texto dispuesto en líneas y párrafos), con ser importante, no llega, ni mucho menos, a la trascendencia que para este género tiene el texto no lineal, el hipertexto, un auténtico desafío para todos nosotros, acostumbrados a otro tipo de mirada. Dice Crystal: “Todo el concepto del enlace de hipertexto es quizás (...) el desafío más fuerte que ha de soportar la mirada lineal” (pág.227). El autor reflexiona a lo largo del capítulo tanto sobre aspectos positivos del hipertexto como sobre los aspectos negativos de su manifestación concreta en la Red: los excesos en el diseño de enlaces, la composición de páginas excesivamente coloristas o excesivamente monótonas, los problemas de transferencia de formatos, el lento arraigo del concepto de interactividad emisor-lector a la hora de estructurar los sitios, lo mucho que resta por hacer en cuanto a la autoría, falsificaciones, plagios, etc., el lamentable aprovechamiento que de la libertad imperante en Internet hacen quienes desean transmitir mensajes sexistas, xenófobos, racistas, etc., la existencia de lo que se viene llamando “sobrecarga informativa” en la Red, o las enormes limitaciones discursivas y semántico-pragmáticas de los buscadores.

El libro acaba con unas atinadas reflexiones sobre  el futuro lingüístico de Internet, un futuro que irá parejo, según Crystal, a los progresos en los anchos de banda, en la traducción automática, en la telefonía móvil, en las limitaciones perceptivas de la pantalla, en el acceso a la red de otros países, y en la selección de materiales relevantes para ampliar la oferta formativa e informativa con criterios de calidad (por ejemplo, la inclusión de materiales y corpus de lengua oral).

Somos conscientes de que, en esta reseña, apenas hemos esbozado algunos de los muchos temas abordados David Crystal, pero esperamos que estos apuntes puedan ser suficientes para despertar el interés de futuros lectores de este excelente ensayo.



[1] English as a Global Language, Cambridge University Press, Cambridge, 1997.

[2] Language Death, Cambridge University Press, Cambridge, 2000.

[3] «To surf or not to surf: that is te question», Network, 1, 1998, 3-10; «Interpreting interlanguage. e magazine: the A-level English magazine», The Hong Kong Linguist 19-20, 12-15; «Languages on the Web», Guardian Weekly, 25 de enero de 2001.

[4]http://www.dannyreviews.com/h/Language_Internet.html.

[5] Como puede apreciarse, nada más alejado de la realidad que decir que estamos ante un ensayo acrítico con respecto a la función social y lingüística de Internet. La crítica llega también, en otros momentos, sobre todo en forma de interrogantes en torno a cómo este “monstruoso” medio comunicativo puede evolucionar, a partir también de la propia evolución tecnológica. En las primeras páginas del libro recuerda: “El potencial de Internet está actualmente limitado por la lentitud en la transmisión de datos y por los problemas de gestión y recuperación que plantea la existencia de tan vasta cantidad de información” (pág.13).

[6] Valentina Noblia, «Más allá de la Netiquette. La negociación de la cortesía en las “chats”», Oralia, 4, 2001, págs.149-175.