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Revista de estudios filológicos
Nº32 Enero 2017 - ISSN 1577-6921
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teselas

Farándula, Marta Sanz

(Círculo de Lectores, Barcelona, 2016)

 

 

En el fondo, entender los juicios sintéticos a priori entrañaba un riesgo: ella no quería perder su espontaneidad. Ni su frescura. Quería ser auténtica y se resistía un poquito a la didáctica. Incluso cuando la Falcón ponía todo su afán en enseñarle alguna de las cosas que la maestra sabía desde que le salieron los dientes porque las había mamado en casa. Por ejemplo, el arte de la dicción. Decía Valeria: «Tienes que pronunciar todas las sílabas: A-ba-ni-co, in-fra-rro-jos, cru-el.» Natalia repetía: «Ab-nico, infro-jos, crel.» Fingía que lo intentaba para dar gusto a Valeria, pero estaba segura de que su manera de hablar estaba lejos de toda afectación y era exactamente lo que andaban buscando los más avispados cazatalentos. Nadie vocalizaba tanto en la vida real y los actores debían mimetizarse con la vida real y no con un modelo de virtudes logopédicas. Verdad, autenticidad, imperfecciones.

(pág. 27)

 

 

         Daniel releyó el manifiesto buscando el borrón para justificar un no cariñoso. Sin embargo, le gustó que no se utilizase la palabra «desempleados» o «personas que buscan empleo» o «desocupados» o «emprendedores en potencia». «Parados». El manifiesto decía «parados» y pensó: «Sin paños calientes.» Daniel Valls pulsó el teclado de su ordenador seleccionando los caracteres que componían su nombre, el número de su documento nacional de identidad y su oficio. Daniel Valls. 21.700.009-T de Tarantino. Actor. Actor consagrado. Actor internacional. Actor. Mientras escribía, temblaba. Un enorme rostro anónimo, una especie de monstruo ubicuo y lovecraftiano, iba a ridiculizar todas sus contradicciones sin tener en cuenta que a él nadie le había regalado nada –«A mí nadie me ha regalado nada», les decía siempre a los periodistas cuando le hacían una interviú–. Pero estaba rabioso y nada dispuesto a renunciar al sentido cívico, la sensibilidad política o las buenas acciones. Aunque el último término de su enumeración –las buenas acciones, las buenas acciones, las buenas acciones…- comenzó a silbarle como un escape de gas al fondo del oído. Eses sibilantes y sibilinas. Sinuosas eses sonoras. Siseantes. Suaves. Sarnosas eses de sodio sulfuroso. Sensemayá y Soraya de Siria aunque de Persia lo hubiese sido. Sústalos y sílfides. Lassssss buenassssss accionessssss.

(pp. 38-39)

 

         A Lorenzo no le importaban las frecuentes peticiones de descanso de Natalia de Miguel. Para echar un pitillo –«El último»–, para llamar por teléfono, para hacer un pis –«Es que ¡con tanta agua!»-. Natalia de Miguel formaba parte del ejército de potomaníacas de su generación. Sólo Valeria le ponía objeciones de maestra Ciruela porque no le parecía bien que su alumna adquiriese hábitos de niña consentida. También la obligaba a vocalizar como una logopeda, con una impostura dramática que incluso Lorenzo Lucas consideraba pasada de moda: «No, así no, Natalia. No es “buenodíacomostausté”. Es: “Bue-nos diií-as, ¿coooómoestaaaá usteded?”» La punta de la lengua de Valeria Falcón se recreaba un rato en los alvéolos de su paladar. «Déjala, mujer, no tiene importancia», le decía Álex mientras Natalia ponía carita del ángel que anunció a María o de ese otro ángel que anuncia queso de Burgos encima de una nube. Después seguía haciendo lo que le daba la gana. A Lorenzo Lucas le seducía el autismo de Natalia de Miguel. Su dulzura autista. Su salirse con la suya que desde hacía un tiempo no encontraba obstáculos: Valeria llevaba una semana ausente porque, de pronto, se le acumulaban los problemas personales y tenía una perra a la que debía pasear dos veces al día.

(pág. 64)

 

 

         Mientras miraba la pantalla de su ordenador, dos asuntos preocupaban a la bróker filántropa. Si Daniel descubriese que le había desactivado su alerta de Google para que no se torturara con los comentarios, noticias y blogs insultantes que había suscitado la firma del dichoso manifiesto, a lo mejor se enfadaría con ella. Explosivamente. Como Daniel se enfadaba cuando se enfadaba. A la española. Con la boca llena de «coños» y de «me cago en la puta hostia» y de «tú, francesita de merde, ¿eres gilipollas o qué?». A Charlotte Saint-Clair le encantaba cómo Daniel Valls subrayaba las joyas y las eñes, lo mal que pronunciaba el francés y cómo se le llenaban las muelas –las encías se le acalambraban– de una rabia de la que se arrepentía pronto. Mientras la insultaba, ella levantaba el mentón y lo observaba muda con ojos flamígeros. Admirándolo. Cómo le gustaba la pasión de Daniel Valls. Su violencia viril. Sin embargo, cuando ella adoptaba esa actitud de orgullo por su hombre, Daniel no la comprendía: no sabía interpretar el destello de sus ojos. Él pensaba que era rencor, desafío o una venganza de esas que se sirven mejor frías como el fiambre o el champán rosé.

(pág. 77)