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Revista de estudios filológicos
Nº32 Enero 2017 - ISSN 1577-6921
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teselas

El guardián invisible, Dolores Redondo

(Booket, Barcelona, 2016, 2º impresión)

 

         Uno a uno observó los rostros de las chicas. Carla sonreía, seductora, con los labios muy rojos y una dentadura perfecta. Ainhoa miraba a la cámara con timidez, como lo hacen las personas que saben que no son fotogénicas; y ciertamente la foto no hacía justicia a la belleza emergente de la más joven de las víctimas. Y estaba Anne. Anne miraba al objetivo con la displicencia de una emperatriz y sonreía con un gesto que era a la vez pícaro y recatado. Miró fijamente sus ojos verdes y no le costó imaginarlos acerados por el brillo del desprecio y la maldad mientras se reía de Ros en su propia cara. Aunque eso fuera imposible, porque ya estaba muerta cuando ella la vio. Una belagile. Una bruja. No una adivinadora, ni una curandera. Una mujer poderosa y oscura con un terrible pacto sobre su alma. Una servidora del mal capaz de torcer y retorcer los hechos hasta adaptarlos a su voluntad. Belagile. Hacía años que no lo escuchaba así; en euskera moderno se decía sorgin, sorgiña. Belagile era el modo antiguo, el verdadero, el que se refiere a los servidores del maligno. La palabra le trajo a la memoria recuerdos de su infancia, cuando su amatxi Juanita les contaba historias de brujas. Leyendas que ahora formaban parte del folclore popular y de los trucos para atraer turismo, pero que provenían de un tiempo no tan lejano en que la gente creía en la existencia de brujas, en servidores del mal, y en sus fatídicos poderes para sembrar el caos, la destrucción e incluso causar la muerte a aquellos que se interponían en su camino.

(pág. 207)