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Revista de estudios filológicos
Nº32 Enero 2017 - ISSN 1577-6921
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“La última criolla del sur de India”, por Jordi Joan Baños, La Vanguardia, lunes 5 de septiembre de 2016

http://www.lavanguardia.com/internacional/20160905/41111680748/india-portugal-mestizaje.html

 

Los portugueses engendraron una cultura mestiza y una lengua común de los europeos en India

 

La última criolla del sur de India

Sin sari, y de rojo. Yvonne Gonsalvez, rodeada de sus santos en su casa de Cananor (Kérala). Dice que no se siente india (Jordi Joan Baños)

 

Nervios en la antigua casa de los D’Cruz. En menos de una hora el pequeño Joel será bautizado en la catedral de Cananor. Está a la vuelta de la esquina, pero hay que vestirse de domingo y el periodista que llama a la puerta no podría ser más inoportuno. Aun así, la señora D’Cruz le ofrece un té y cede la conversación a una vecina, Rita Meyers, mientras termina de arreglar a sus nietos, en inglés. Estamos en uno de los últimos hogares euroasiáticos de India, en Kérala, donde las paredes parecen hechas para soportar imágenes de Jesús y la Virgen.

Son herederos de una aventura que empezó en 1498 con el desembarco de Vasco de Gama, a pocos kilómetros. Desde entonces los portugueses tomaron esposas indias y engendraron una cultura mestiza que llegó a extenderse por decenas de enclaves, de Bombay a Macao y de Colombo a Malaca. Asimismo, el portugués chapurreado fue durante tres siglos la lengua de comunicación entre europeos de todas las naciones en gran parte del litoral asiático.

En el sur de India el criollo portugués (que no hay que confundir con el portugués estándar de Goa o Lisboa) fue la lengua propia de una quincena de enclaves. Pero hoy en día una sola hablante, Yvonne Gonsalvez, retrasa su extinción, tras la muerte de William Rozario en Cochín, hace más de un lustro. Algo mejor es la situación en la mitad norte, con cientos de hablantes en Damán y Chaul.

El día anterior, cuando el cura me presentó por la calle a las hermanas D’Costa, mi “bom dia” fue contestado por un “bom dia”. Y al empezar a contar, “um, dos, três...”, ellas continuaron al unísono, “... quatro, cinco, seis...”. Pero a diferencia de sus padres, las D’Costa ya no son capaces de articular una frase. “Quien hablaba bien era Marvin Gomes, pero falleció hace unos años”, lamenta una de las hermanas. “Pero Percy D’Cruz aún sabe muchas palabras”, salta la otra. Así muere una lengua.

Kannur es el nombre oficial de lo que fue Cananor. El barrio de los descendientes de portugueses –inicialmente el fuerte de Santo Ângelo– se llama ahora Burnassery, aunque se llamó Burnshire, que es lo que sigue pareciendo, con sus calles limpias y sus vallas cubiertas de flores. La iglesia portuguesa fue derribada hace cinco años para levantar una catedral tan grande como desangelada. Muchos extrañan aquellas campanadas, pero a pesar de estos zarpazos, este es un barrio amable y sombreado como pocos en el litoral indio.

Los mal llamados anglo-indios (la mayoría son en realidad luso-indios, como prueban sus apellidos y su catolicismo) tuvieron fama de alegres en la India colonial, pero la dispersión de la tribu –paso previo a la desaparición– obliga a la melancolía. “Antes de la independencia teníamos preferencia en los ferrocarriles, las aduanas y otros empleos”, explica Ashley D’Rozario, marido de la menor de las D’Costa. “Muchos anglo-indios no sabían de qué bando ponerse y, al no saber escribir ninguna lengua india, emigraron”.

Tras siglos de mestizaje, su aspecto se distingue poco del de los indios del norte, aunque en el sur sigan llamando la atención. Otros rastros de indianización son más sutiles, como su jerarquización a imagen de las castas. “Primero vamos los anglo-indios y euroasiáticos, después los goanos, luego los de Mangalor, los tamiles, los pescadores, los barrenderos...”, enumera Harriet d’Rozario. Sobre los dos últimos añade: “Les llamamos católicos latinos, gente que se ha apropiado de apellidos portugueses que han visto en las lápidas”.

La tarde anterior hubo misa de rosario, a la que no faltaron las hermanas D’Costa, las únicas con falda y blusa. “Intentaron imponerme que fuera con sari a la escuela y me negué”, explica Harriet, exprofesora. “Hace cincuenta años éramos mayoría en esta parroquia, pero ahora solo quedamos cinco familias”, añade Edna, “y con la nueva catedral quisieron que nos descalzáramos como ellos. Pero le dijimos al cura que esta es nuestra cultura y que ni el Papa se descalza”.

Tras el altar reconozco un San Antonio, cosa que alboroza a las hermanas, prestas a encomendármelo: “Es el santo para encontrar los objetos perdidos”, dice Harriet. “Pero contra las infecciones, San Sebastián, y contra las serpientes, San Patricio”, aconseja Edna. No son las únicas que lo creen, puesto que “hasta los musulmanes e hindúes encienden luces por Navidad”, dicen. Y “a la procesión de Viernes Santo vienen tantos que ya no parece nuestra iglesia”, se lamenta la señora Mayers antes de dejarme frente a Villa Eva, la casa de mayor solera, con un alto tejado a cuatro aguas.

Allí vive Yvonne Gonsalvez. Identificar a una euroasiática siempre fue fácil, por el pelo más bien corto y la ausencia de sari. Pero el vestido rojo de la señora Yvonne no admite error. “Nací así y moriré vestida así”, me asegura nada más entrar. Su rostro proclama la mezcla de sangres: malabar, portuguesa, quizás holandesa. Cuando se le pregunta si se siente india, responde tranquilamente que no.

Gonsalvez fue maestra 'durante trenta anos, con las crianças'. A su portugués le crujen las cuadernas, porque su gramática ya es otra: “Minho marido já morre(u)”, aclara sobre el fallecido señor Gonsalvez, inspector de ferrocarriles.

También se lamenta del derribo del antiguo templo católico –“Igreja já tá má”– como lamenta no tener con quién compartir la “ lingua de falar”, desde que su hermana “ já largou”, como tantos, a Australia.

Hasta hace menos de dos siglos se publicaban en Ceilán manuales de criollo, por ser la lengua más útil para el europeo que buscara esposa. Un tiempo del que Gonsalvez evoca los “casamentos e dansas”, en los que se bailaba agarrado, se bebía, se cortaba el pastel y las novias iban de blanco. Puro exotismo. Yvonne Gonsalvez conserva la coquetería –“idade não digo”– y uno puede imaginarse por qué las anglo-indias, las únicas que se casaban por amor, colonizaron la imaginación varonil.

Sin embargo el declive numérico obliga ahora a imitar el matrimonio concertado hindú. “No podemos ser muy quisquillosos y si el padre es anglo-indio hay que aceptar al novio como tal”, suspirará Harriet. Que un euroasiático reivindique cualquier pureza es una contradicción que se les escapa. Pero ahora es tiempo de fiesta. Y bautizar a Joel es como poner una vela para aplazar la extinción.