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Revista de estudios filológicos
Nº31 Junio 2016 - ISSN 1577-6921
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“Madre, lengua, nación”

César Molinas

16 MAR 2016

 

http://elpais.com/elpais/2016/03/14/opinion/1457958408_037411.html  

Madre no hay más que una, dicen. Pues vaya. A mí, a ojo de buen cubero, me salen tres: la que pone los genes, la que pone el útero y la que pone la educación y el cariño. Aunque coinciden en muchas ocasiones, no tienen por qué hacerlo siempre. Y me dejo en el tintero a la que pone las mitocondrias, porque todavía está el asunto en fase experimental, pero seguro que este tipo de madre se popularizará en el futuro. Las unicidades monolíticas no resisten el paso del tiempo.

Lengua materna no hay más que una, dicen. Pues vaya. Lo dijo Pedro Laín Entralgo cuando era director de la Real Academia Española. Pero el turolense no se molestó, faltaba más, en mirar lo que ocurría más allá del Ebro. Millones de catalanes son perfectamente bilingües en catalán y castellano. Médico de formación, Laín prefería hablar de esquizofrenia en vez de bilingüismo: los catalanes serían un caso clínico, no político. Pues vaya. En mi familia, sin ir más lejos, los cinco hermanos hablábamos en castellano con nuestros padres y en catalán con nuestra abuela, que vivía en casa. Mi padre y mi abuela hablaban entre sí en catalán y mis padres, entre ellos, en castellano. Entre los hermanos se hablaba indistintamente en catalán o castellano, dependiendo de las circunstancias, costumbre que hemos mantenido hasta hoy. Y nadie parece haber sufrido trastornos mentales. ¿Cuál es nuestra lengua materna: el catalán o el castellano? La pregunta no tiene mucho sentido porque la respuesta sería que o bien las dos o bien ninguna. Mejor ninguna, creo yo. A los que insisten en que la lengua materna es aquella en la que se piensa les contesto con el chiste del políglota. En una entrevista de trabajo un joven había demostrado su absoluto dominio del inglés, francés, alemán, mandarín, suajili, ruso y japonés. Asombrado, el entrevistador le preguntó en qué pensaba, a lo que, sin cortarse un pelo, el joven respondió que en fornicar, como todo el mundo. Bromas aparte, la mayor parte del pensamiento tiene lugar en fase pre-verbal y los políglotas, cuando verbalizamos, lo hacemos en un idioma u otro dependiendo de las circunstancias. No traducimos de una supuesta lengua materna en cuyo exclusivo uso se articularía el pensamiento. Cuando me entrevistan por la BBC en directo en inglés, por ejemplo, contesto en inglés, sin pasar por el castellano o por el catalán. Sí, pero, ¿en qué pienso? Pues ya que insisten se lo diré: pienso en lo mismo que todo el mundo.

En un Estado cabe una sola nación, dicen. Pues vaya. Eso se publicó en estas mismas páginas en un artículo en el que se afirmaba que la plurinacionalidad no existe y que, además, es imposible. ¿Y eso? Pues porque la nación estaría definida por el contenido y el ámbito geográfico de aplicación del BOE. Genial. La Brigada Aranzadi aplaudiendo con las orejas. Yo adopto una definición más subjetiva, basada en el sentimiento de pertenencia y en el concepto de amistad civil aristotélica. Por orden alfabético, ¡porque no hay otro posible!, yo me siento catalán y español. No puedo ser lo uno sin lo otro y si esos bípedos que se atascan en los polisílabos a uno y otro lado del Ebro acabaran obligándome a elegir, yo me volvería a Londres, como Blanco White. Pertenezco al demos español y al demos catalán. Soy militante activo de la construcción de un demos europeo. Todos ellos son ámbitos de amistad civil y de fraternidad diferentes, complementarios y enriquecedores. En todos ellos es necesario un marco democrático de convivencia que se debe respetar. Estos marcos diversos pueden entrar en conflicto y estos conflictos deben tratarse con política, no con electroshocks, construyendo proyectos de futuro que den sentido a las naciones y los demos involucrados. Para Ortega, son estos proyectos lo que integra y define a las naciones. ¿Cuáles son los nuestros?

Una madre, una lengua y una nación. Tres certezas minerales que se yerguen como menhires gigantescos e intimidatorios en el secarral mesetario español. Gabriel Magalhães afirma en su nuevo libro, Los españoles, que una de nuestras principales características es la tensión personal y social que deriva de nuestra profunda e irreductible diversidad. Ya va siendo hora de que esa diversidad se reconozca en nuestro ordenamiento político. Hay que dar sentido al término “nacionalidad</CF>, no suprimirlo. Hay que salir de la sombra de los menhires. Y hay que leer a Magalhães, créanme.

César Molinas es matemático y economista.