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Revista de estudios filológicos
Nº30 Enero 2016 - ISSN 1577-6921
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relecturas

 

 

MURCIA, CRISOL DE CULTURAS

(De Ben Arabí a los Sefardíes)[1]

 

Francisco Rico Pérez

(Universidad Complutense de Madrid)

 

FRICOPEREZ@telefonica.net

 

 

 

 

DEDICATORIA

Al Profesor Mariano Hurtado Bautista.

A la Memoria de mis Maestros en Murcia.

Muchos, por desgracia, sólo podrán leer

este trabajo a la Luz de las estrellas

 

 

 

 

 

 

PRELIMINAR

Que no me muera yo sin que lo cuente / Que en las urnas calientes de tus labios / guardes los corazones de tus sabios / más que por majestad, por sus ideas” (Pedro Jara Carrillo, “A Murcia”, en Aroma del arca). Se lo he pedido a la Virgen de la Fuensanta. Y la oportunidad la tengo que agradecer, por invitarme a estas Jornadas, al Excelentísimo Don José Ballesta Germán, Rector Magnífico de esta Universidad, muy querida; a Don Norberto Navarro Adelantado, Vicerrector y amigo del alma; y a Doña Juana Castaño Ruiz, admirable y entrañable, paladín de “Murcia Tres Culturas”. Sin olvidar a las entidades colaboradoras: Ayuntamiento de Murcia, Caja de Ahorros del Mediterráneo y Caja Murcia.

Las notas que les voy a facilitar, en voz alta, sobre Ben Arabí y los sefardíes, las complementaré con un material escrito y audiovisual que  repartiré y proyectaré al final. Por la escritura, y en lo que se refiere a Ben Arabí, mi primer artículo en letra impresa, Murcia fue su Patria (Ben Arabí, precursor de Dante), que finalizaba de esta guisa: “Es difícil comprender como Murcia, su ciudad natal, no ha dedicado un recuerdo a su memoria, siendo así que en pequeña localidad de la bella costa levantina, Los Dolores (Cartagena), hemos visto su nombre en una calle que perpetúa la memoria de tan preclaro y prolífico escritor” (Revista Fuensanta, número 97, Murcia, Mayo, 1951)

Y sobre el particular, Carmen Conde, en cariñosa carta, me escribía: “El nombre de Ben Arabí se lo pusimos Antonio y yo, personalmente, a la calle que citas de Los Dolores: escalera, martillo, clavos y rótulo en madera, rodeados de chiquillos una tarde o mañana lejana” (Adjuntaba cuatro fotos de la calle sin asfaltar y con muchas piedras bailarinas). Han tenido que pasar veinte años para que Ben Arabí tuviera una calle en su ciudad. Se aprobó ésta en el pleno del Ayuntamiento el día 25 de enero de 1971. Calle que está en el Barrio de Vista Alegre. Poca cosa para el personaje más importante del milenio. La Universidad, con su Centenario a la vuelta de la esquina (2013-2015) debería añadir a ella su nombre: Universidad Ben Arabí de Murcia.

Sobre Ben Arabí y los Sefardíes proyectaré, si tiempo hubiera, dos vídeos que comento a los universitarios en mis clases de Derecho civil vivo, activo y visualizado en la UCM. Y  también repartiré, como caso práctico, el expediente sobre adquisición de la nacionalidad española del doctor Erol Beker Hayati, de origen sefardí, por carta de naturaleza o gracia de S. M. el Rey Juan Carlos I (BOE, 4 Abril 1989). Se puede ver este expediente, que tuve el honor de redactar y defender, en Centenario del Código civil (T. V-2, pp. 628-633). Obra que, patrocinada por la Fundación “Erol Beker”, entre otras instituciones,  y coordinada por un servidor, ya lleva tiempo agotada. Al igual que el sello y la Medalla en su edición especial por Notario numerada.

 

PRIMERA PARTE - Ben Arabí de Murcia

SEMBLANZA

Por involuntarias omisiones y deficiencias, apelo a la benevolencia de ustedes, y a la autoridad de Plutarco, cuando decía que: “quien escribe semblanzas y no biografías no es justo que se le reprenda, si no relata, una por una y detalladamente, todas las hazañas y empresas de los hombres cuyas vidas quieren darse a conocer”. De aquí que sólo unos rasgos de la azarosa y larga vida de Ben Arabí les pueda relatar aquí y ahora.

Ben Arabí, conocido también como “Vivificador de la religión”, “Maestro por excelencia”, “Doctor máximo”, “Hijo de Platón”, “Personaje del milenio” o “Genio de Murcia”, nació, en ésta muy amada ciudad, el 28 de julio de 1165 de nuestra era, y murió en Damasco, en la noche del día 16 de noviembre de 1240. Fue enterrado en un sepulcro de la familia del Juez (caid) Benazaqui, su amigo y protector. La tumba, bien protegida contra el fanatismo de sus devotos, está en la Salihia, barrio sobre un  monte que domina la huerta y la ciudad. El tranvía que lleva a la misma, “Ben Arabí” se rótula. Dos de sus hijos, que le sobrevivieron, fueron sepultados a su lado. También tuvo una hija, Zeinab, favorecida desde la infancia con la inspiración divina.

Si muy famoso fue Ben Arabí en vida, más creció su prestigio después del adiós. Su sepulcro es venerado como el de un Profeta por multitud de peregrinos. Son muchos los autores musulmanes que refieren los milagros, las luces sobrenaturales y también los fenómenos místicos que acaecen en la proximidad de la tumba del “máximo hombre espiritual del Islam”. El gran sultán otomano, Selim II, mandó construir sobre la misma  una lujosa mezquita - mausoleo, y una madraza, esto es, una Escuela de estudios superiores (universitas). En general, los sultanes otomanos fomentaron esta veneración al sufí murciano, a cuya intercesión atribuían todos sus triunfos contra los cristianos, y de manera especial la toma de Constantinopla, que creían profetizada ya por Ben Arabí.

Ben Arabí pertenecía a una familia noble, rica y muy religiosa. Cuando contaba ocho años de edad se trasladó con los suyos a Sevilla, después de rendirse Murcia a los Almohades. A la ciudad hispalense fue llamado su padre a desempeñar un cargo en la administración almohade de al-Andalus. En su infancia y juventud no mostró, Ben Arabí, inclinación a la vida espiritual, que después llenaría su toda existencia. Aficiones literarias y deportivas constituyeron sus primeras inclinaciones. De los deportes, la caza le cautivo enseguida. Los campos de Carmona y de Lora del Río fueron testigos de sus batidas a caballo. Fue un consumado jinete. Mas, por encima de todo, estaba dotado de poderosa inteligencia y brillantez expositiva. Cautivaba a todos en la conversación. Y su sensibilidad fue debida a varias mujeres excepcionales que le proporcionaron cuidados, enseñanzas, inspiraciones y amor sin medida. Además de la madre, fundamental fue su esposa, Maryam, de distinguida familia sevillana. Otras importantes mujeres fueron en su vida Yasmina de Marchena y Fátima de Córdoba. Ésta, sobre todas, fue verdadera madre espiritual. Maryan y Fátima pronto le inclinaron hacia el misticismo musulmán, esto es, al Sufismo. Palabra que deriva del griego sofía, que quiere decir sabiduría.

Con temprana edad se formó en gramática, retórica y jurisprudencia. Ben Arabí llegó a ser toda una personalidad en la capital hispalense. La nobleza de su estirpe y sus brillantes aptitudes, jurídicas y literarias, pronto le granjearon el cargo de Secretario de varios gobernadores. Cuando contaba catorce años tuvo una visión que le empujó a la búsqueda de la perfección religiosa. Frecuentó a numerosos ascetas y místicos. Hasta cumplidos los treinta años mantuvo su residencia en Sevilla. Después se estableció en Túnez y Fez. Retornó a España a finales de 1198, asistiendo en Córdoba a los funerales por Averroes y visitando Murcia. Su definitiva marcha a Oriente fue en el año 1202.

Desde Túnez emprendió la Peregrinación a La Meca, y en ésta permaneció dos años, entregado a los ritos religiosos y meditación, a la lectura y redacción de algunas de sus obras, producto de sus visiones místicas. Desde que abandonó La Meca, en 1204, viajó por varias ciudades (Bagdad, Jerusalén y El Cairo, entre otras), hasta que fijó su residencia en Siria (año 1223). En Damasco estuvo consagrado, hasta su muerte, a la enseñanza y a la redacción de las más importantes obras. Se admiten, como suyos, unos trescientos libros. Veamos.

 

OBRAS IMPORTANTES

Además de las mujeres, ya citadas, que influyeron en la vida de Ben Arabí, hay que destacar a Nizam de La Meca que conoció en la madurez y le inspiró notables obras de poesía metafísica. Nizam se traduce por Armonía, y así lo fue  para Ben Arabí: muy grata a sus oídos y a su vista. Nizam era sabia y piadosa, con gran experiencia en la vida espiritual y mística. Personificaba al mismo tiempo la muy venerable ancianidad de la Tierra Santa y la ingenua juventud de la gran ciudad fiel al Profeta. La magia de su mirada, su hermosura y la gracia de su conversación eran de un encanto tal que si acaecía de ser prolija, su palabra surgía como de una fuente caudalosa; si concisa, maravillaba su elocuencia; si disertaba, era clara y trasparente. Este encanto de mujer inspiró a Ben Arabí Intérprete de los amores, colección de odas eróticas, considerada como la mejor de sus obras poéticas.

Pero, en esta atrayente obra, en la que se canta al amor de una mujer, a pesar de su estilo, aparentemente erótico y sensual, se expresa, bajo un profundo simbolismo, la aspiración del sufí a la sabiduría divina, representada por una mujer idealizada, en forma parecida a como lo haría Dante Alghieri en su Divina Comedia. Por esto se puede decir que Nizam fue para Ben Arabí lo que Beatriz para el eximio florentino fuera.

Para Miguel Asín Palacios, es muy clara la influencia de Ben Arabí en la Divina Comedia de Dante. Asín lo mantiene en sus escritos, y muy especialmente en la obra La escatología musulmana en la Divina Comedia (primera edición, 1919). Libro que sería el centro de encendida polémica y marcaría un hito en las investigaciones europeas. Asín aporta, en esta obra, pruebas  de la similitud que tienen el Infierno, Purgatorio y Paraíso dantescos, con las descripciones simbólicas que Ben Arabí realiza en las Revelaciones de La Meca (“Futuhat”) y en el Libro del ascenso nocturno.

Ahora bien, una vez superadas, con brillantes notas, las investigaciones de Asín Palacios sobre las estructuras y coincidencias de la obra de Dante con las de Ben Arabí, aquél se interesó por resolver un problema básico que, expresivamente, se ha calificado de “andamiaje de su teoría” (José Riquelme Salar). A saber: por qué medio Dante pudo conocer la obra de Ben Arabí. Primero, pensó en Brunetto Latini, maestro de Dante y notario de Florencia, que vino a España, en el 1260, como representante de la fracción güelfa, a entrevistarse con Alfonso X El Sabio, para ofrecerle el vasallaje de la ciudad. Encuentro que, según el historiador Claudio Sánchez Albornoz, tuvo lugar en Murcia. Y, por aquel entonces, las doctrinas de Ben Arabí eran, en esta ciudad, muy conocidas, estudiadas y comentadas. Por consiguiente, no puede descartarse que aquella embajada toscana fuera el vehículo oral, tan frecuente en la Edad Media, que llevara a Dante las noticias del legado doctrinal de Ben Arabí.

Y tampoco se podría descartar, como mantiene Riquelme Salar, que fueran dos admiradores de Ben Arabí, Raimundo Lulio y Ramón Martí, con varios viajes a Italia, los transmisores de la obra del sufí murciano. El primero – lo ampliaremos después -, fue un gran lector de las obras musulmanas y, por tanto no desconocía las de Ben Arabí. El segundo, Martí, era un erudito fraile dominico que, como prestigioso profesor, estuvo impartiendo enseñanzas en la Universidad alfonsina de Murcia (Studium).

Sin embargo, en el año 1949 se produce una noticia que ha consagrado como verdad científica la teoría de Asín sobre las fuentes musulmanas de la escatología de la Divina Comedia. Se trata de sendos escritos hallados por Enrico Cerulli en la biblioteca de Oxford y en la nacional de París. Por estos manuscritos se ha sabido que en la corte del rey Alfonso X El Sabio se hicieron traducciones de la famosa obra Ascensión de Mahoma al Paraíso. Traducciones que fueron hechas al castellano, francés, latín y toscano. La versión castellana la llevó a cabo Abraham de Toledo, médico judío. No se conoce el paradero de este manuscrito. Sin embargo, no están perdidas las traducciones al latín y al francés, realizadas por Bonaventura de Siena en el año 1264, que son las que han aparecido en Oxford y París. En estos manuscritos se hallan los planos o estructuras del Infierno y del Cielo de Ben Arabí, análogos, en muchos de sus matices y situaciones, a los plasmados por Dante en la Divina Comedia. Además, una versión al romance toscano se realizó en los finales del siglo XIII. Precisamente en lengua toscana se escribió, por vez primera, el poema inmortal de Dante.

En las fechas que redacto este escrito, se ha inaugurado en el Museo del Louvre, una exposición de Barceló, artista mallorquín, dedicada a sus pinturas ilustrativas de la Divina Comedia. Ben Arabí está de moda, no sólo en París sino, por la universalidad de la pintura, en todo el mundo. Razón tenía Emilio García Gómez cuando calificó a Ben Arabí, muy expresivamente, de Globo Místico, en Tercera de “ABC” (25 Abril 1992). Confiemos en que su Murcia, nuestra Murcia del alma, tan sensible con la cultura y la historia, rinda un merecido homenaje al que, sin duda alguna, es el más grande entre sus filósofos, escritores y poetas. Una calle, como pedí en su día, no basta. Cartagena le ha dado su nombre a un Instituto de Enseñanza Media. Yo propongo que la Universidad cree otro Instituto, el de las Tres Culturas, que lleve su apelativo. Ben Arabí, con la salvedad de Arabia Saudí, tiene las puertas abiertas en todas las naciones, y, con pasión creciente, se estudian sus obras en las Universidades del planeta.

No he podido hallar, en los trabajos y obras sobre Ben Arabí, cuántas veces pudo visitar su Murcia natal; mas, dos cosas si que son ciertas por estar bien documentadas. La primera, que en el año 1198 asiste, en Marraquex, a los funerales de Averroes y parte hacia Córdoba con el mismo fin. Fue su último viaje a la Península y a Murcia. Viaje y visita a su ciudad que serían muy emotivos para Ben Arabí. No olvidemos que al igual que los rasgos de la conducta, los sentimientos por la patria, se forman, conforman e incrustan en el alma en edad muy temprana, entre los dos y cinco años. Tiempos vividos por Ben Arabí en Murcia. Él siempre añoraría, como el que suscribe, que también los vivió por estas tierras - en Raspay, la ciudad y su huerta -, los luminosos y verdosos paisajes con penetrantes perfumes, de jazmines y azahares, en la sin par primavera murciana. Fue la postrera despedida a su ciudad. Tras pasar unos días en ella, y otras jornadas en Granada, se detuvo varios meses en Almería, centro entonces de una importante escuela esotérica sufí. En ésta escribió Ben Arabí Los descensos de los astros. Obra muy notable y celebrada por sus discípulos y lectores.

La segunda afirmación cierta, relacionada con Murcia, está referida al maestro Abumedin, que fue guía espiritual para Ben Arabí. De su escuela, con gran influencia en Africa, nació una pléyade de sutiles pensadores místicos y austeros ascetas, entre los que destacaron Abenabad de Ronda y Abulabás de Murcia, legítimos herederos ambos de la espiritualidad de Ben Arabí, más en lo que ésta tuvo de típicamente cristiana que en sus desviaciones iluministas.

Los autores que se han ocupado de Ben Arabí coinciden en la grandiosidad de su obra, tanto en número como en calidad. Si bien no puede afirmarse, con seguridad, ni aun aproximadamente, cuál es el número de sus obras. Muchas se han perdido. Algunos, como García Antón, han llegado a señalar que están cerca del millar. Pero es creencia, muy difundida y verosímil, la que afirma  que están sobre quinientas las obras salidas de su cálamo. Entre unas doscientas cincuenta y trescientas, es el número que mantienen algunos especialistas. En todo caso, enorme fue su capacidad de trabajo. Unas obras más breves, otras muy extensas como Revelaciones de La Meca, ingente y colosal ésta. Escrita por inspiración divina. Y su título completo sería: El libro de las Revelaciones recibidas en La Meca referente a los misterios del rey (Dios) y del reino (Mundo).

Las Revelaciones de La Meca es una gigantesca y deslumbrante obra que consta de una introducción y seis grandes partes de carácter general, con 560 capítulos, precedidos cada uno de una poesía alusiva al contenido. En total contiene cerca de 4.000 folios, y a la que para colmo llama risala, que en principio significa “epístola”, pero que tiene en idioma árabe otras varias acepciones. La de “mensaje”, entre ellas. Obra que constituye un verdadero compendio de las ciencias esotéricas islámicas, sobrepasando, con creces, en alcance y profundidad, todo aquello que en esta materia haya sido escrito, antes y después que la luz viera. Contiene, además de datos autobiográficos de gran interés, las doctrinas básicas del sufismo, del que ahora hablaré. Asimismo, abundan en ella referencias a las vidas y enseñanzas de los anteriores maestros sufís, doctrinas cosmológicas de claro origen neoplatónico, readaptadas e integradas en la metafísica sufí. Sin duda, se trata de un esquema doctrinal del Islam. Por ello, ha sido siempre libro de cabecera en lo referente a las ciencias sagradas islámicas.

Y por su importancia y extensión también tenemos que destacar, entre sus libros, Los engastes de las Sabidurías, así como las Epístolas. Una, Sobre lo que es cierto; y otra que trata De la santidad. Un breve recorrido haremos por su Regalo para el viaje a la corte de Santidad; obra que refleja muy bien la sensibilidad del autor. En ella aparece como fundamental el Amor, que consiste en entregarse totalmente a quien se ama, “sin que te reserves de ti para ti cosa alguna”. Es más, Ben Arabí aboga por una civilización basada en el amor. En él está su auténtica salvación. “Sin el triunfo pleno del amor y de la paz por doquier, la humanidad seguirá inmadura e incivilizada. El superdesarrollo del instinto de agresión y de destrucción, en detrimento del amor, coloca a la humanidad al borde de su extinción” (M. Chacor). Razón tiene también el pensador francés André Malraux, al afirmar: “El siglo XXI será espiritual o no será nada”. Estas reflexiones constituyen la esencia de la prédica y mensaje de Ben Arabí desde hace siglos.

SUFISMO Y EXILIO

Sin duda, son dos de los signos que identifican la personalidad y la vida de Ben Arabí. En síntesis, se puede decir que el sufismo, o “misticismo musulmán”, trata de pasar del Dios pensado, o conocido en la mente, al Dios sentido y amado en el corazón. El sufismo constituye en su esencia, un tipo de espiritualidad religiosa que la teología cristiana muy bien podría llamar natural. Y se basa en una iniciación que consiste en la recepción de la gracia sobrenatural, o influencia espiritual, trasmitida mediante una cadena de maestros o adeptos. Tenía veinte años Ben Arabí cuando profesó como sufí; y fue tal su fama que hasta el mismo filósofo Averroes sintió curiosidad por conocerle. Y no le defraudó. La admiración fue mutua, y también fueron permanentes sus relaciones personales. Con el paso del tiempo, Ben Arabí ha quedado, para la posteridad, como el representante máximo de esta doctrina, “el más grande de los sufíes”.

La grandeza de espíritu y el ejemplo de su conducta muy bien se reflejan en los pasajes de su doctrina, en los que invita a desprenderse de todo afecto a las riquezas y a los honores. Matizando que la renuncia a éstos será más difícil de conseguir que la de las riquezas, y que siempre hay que buscar la humildad y la austeridad. Hay que tener caridad con los hombres y los animales. Ben Arabí abominaba de toda clase de excesos, desde el hablar hasta el comer: “No comas más de lo que hay encima de la olla y eso sin hartarte… No comas entre horas”. Valora también el tiempo: el tiempo es un regalo de Dios, y como tal hay que aprovecharlo. Que no te amarguen los contratiempos ni la tristeza. La tristeza es el misterio de Dios en la tierra. La tristeza, como el dolor, es la suma de todo bien. Acercan más a Dios.

Sin embargo, y en cuanto al cuidado de sí mismo, Ben Arabí no predicó con el ejemplo. Fue un trotamundos, viajero y peregrino incansable. Tampoco el tiempo, su reloj, marcó bien las horas para medir y controlar sus sacrificios, esfuerzos y  jornadas, días y noches de estudio. El desgaste inevitable de su organismo, sometido desde la juventud a las duras austeridades de la vida ascética y peregrinante, y a la vez el muy intenso trabajo cerebral, indispensable para la redacción del fabuloso número de obras que salieron de su pluma, explican los frecuentes trastornos mentales y alucinaciones en sus últimos días.

Dicho queda, pero conviene subrayarlo como una de las características de su azarosa vida: Ben Arabí fue siempre un exiliado –enfermedad endémica entre nosotros-, incluso antes de abandonar España. Mas, su caso, como exiliado, es muy otro que el del judío Maimónides, al que celebran en Córdoba, pero que nació en ella por casualidad, pues no escribió nada en su patria y se marchó jovencísimo para huir de los africanos tras de haberse para ello convertido, fingida y pasajeramente, al Islam. En cambio, Ben Arabí se marchó a cara descubierta, y en su partida se orienta al Levante, el punto que, al nacer la luz, permite ver toda cosa y su lugar exacto. Y, a la vez, ver más allá desde el más acá. La imagen más frecuente para designar a Dios, en todas las religiones, es la de la Luz. Su vehículo más expresivo es la poesía. También nuestros místicos – y lo veremos ahora – conocieron el sentido de esos “levantes de la aurora” (Clara Janés).

Levantes de la aurora que se traducen para las mujeres y los hombres en anhelo, en un devenir constante, para llegar a ser lo que son (werde den du bist), que fue para Ben Arabí una aspiración permanente en su vida. También, sobre la aurora y nuestro Levante, el doctor Gregorio Marañón nos regaló su Testimonio para una juvenil revista universitaria, que renació en Murcia con certificado de muerte, DEVENIR. “El devenir sigue el rumbo de la gran aurora que no llega nunca, pero sabemos que su fecundidad depende, no de verla sino de creer en ella. Este devenir, viene, además, del Levante que está en el camino del entusiasmo, de la magia, de la alegría del amanecer (Luz), de la razón de la sinrazón que fue el lema de Don Quijote, de los místicos y de los románticos. Y está, sobre todo, en el camino de la Verdad suprema (Dios), que aún no ha dicho, después de veinte siglos, su última palabra” (Devenir, Murcia, Enero, 1959).

ECUMENISMO Y MISTICISMO

En propiedad, nadie mejor que Ben Arabí y su doctrina merecen el calificativo de ecuménicos, y no ya en sentido estricto como tendencia que preconiza la unión de todas las iglesias cristianas, sino como anhelo de unir a todas las religiones del mundo bajo el techo del amor y la paz. La influencia del pensamiento de Ben Arabí abarca a todo el orbe, y nadie mejor que él merece el calificativo de “personaje del milenio”. La influencia de su doctrina ha sido universal. Y actual la vigencia de su pensamiento.

Por lo que a España se refiere, la obra de Ben Arabí influyó decisivamente en la del mallorquín Raimundo Lulio (1233-1316), pedagogo, filósofo y teólogo; “maestro de San Francisco”, doctor iluminado y misionero, que, al igual que Ben Arabí, admiró a Platón y estudió también su obra. El misticismo de Raimundo Lulio, que aboga por una “sabiduría cristiana”, en realidad no está lejos de la “sabiduría islámica” con la que el escritor murciano aspira a demostrar la verdad de Dios (Para ampliar su pensamiento y una exposición con círculos semejantes, véase Francisco Elías de Tejada, Ramón Llull, cumbre del pensamiento jurídico medieval en occidente, “Libro-Homenaje a Ramón Mª Roca Sastre”, I, Madrid, 1976, pp. 289-310).

En el amor y la paz universales, que predica en sus obras y comportamiento, Ben Arabí, está muy cerca de los místicos españoles, concretamente de San Juan de la Cruz cuando aquél escribe: “Del amor hemos nacido; / Con amor fuimos creados; / Por eso al amor tendemos / Y el amor nos toma en sus brazos”. Pero, la mayor prueba de amor está en amar a los más desfavorecidos, sin fingimientos y con corazón abierto. Así es como Ben Arabí, en su Risala de la Santidad, evoca a todos los más pobres, humildes y milagreros “santones andaluces” (artesanos, obreros o ermitaños) que, en una especie de Orden Tercera musulmana, practicaba la santidad en secreto. Su doctrina, especialmente aquí, está muy cerca de los Evangelios, como camino y faro del cristianismo.

Ben Arabí, al igual que San Juan de la Cruz, y el mismo Fray Luis de León, se significaron por las ideas de armonía, de unidad, en la diversidad; y de amor, de mucho amor a la paz. Vivieron para esto. Y más las reclamarían, lucharían por ellas, en estos días de guerras por doquier, riesgos bélicos que no cesan y desarmonía mundial, hasta en los organismos que a todos los países representan. También es manifiesta en los tres la idea de universalidad: “Esta firme sensación de universalidad no sólo es patente en el pensamiento abstracto y simbólico de Ben Arabí. Igualmente lo observamos en el afán sanjuanista de fundir el todo con la nada, en el que entrama su mensaje más sutil; un mensaje, por cierto, tan alejado del enmascaramiento que suponen los comentarios a sus poemas” (Antonio Colinas, Una tumba en Damasco, “ABC”, 18 Mayo 1991).

Universalidad no sólo de ideas, de espiritualidad y de paz, sino también de amor a todos los seres creados. Así, San Juan de la Cruz llega a tomar expresiones de Ben Arabí cuando dice de las criaturas: “Cada una en su manera engrandece a Dios, teniendo en sí a Dios según su capacidad”, de la misma forma que el poeta murciano ve la tierra de Dios “abrirse en la sonrisa de sus flores” (Más ampliamente, Roger Garaudy, Ibn Arabí y San Juan de la Cruz, en la obra colectiva “Los dos horizontes” (Textos sobre Ibn Al´Arabí), Murcia, 1992, págs. 163-181. Editora Regional de Murcia).

También Santa Teresa de Ávila se acerca al Amor de Ben Arabí. A la Doctora de la Iglesia no le agradan los enamorados que piensan y razonan las cosas para decirlas; los enamorados cometen locuras. El sufí de Murcia, con idéntico criterio se expresa: “No hay bondad en el amor / Si la razón gobierna”, porque “Es tan grande el imperio / Del amor sobre el alma / Que al de la razón misma / Subyuga y anonada”.

Espiritualmente, no exento de realismo, así se expresa Ben Arabí al tratar “De lo que deben practicar los que siguen los caminos de Dios”; camino que debe estar exento y apartado de toda disputa, discusión y controversia que revele apasionamiento. En el camino de Dios no cabe que nadie se excuse ni que a nadie se le trate con benevolencia, cuando cometa alguna falta. Los hechos pesan más que las palabras en el ánimo del que sigue y trata de imitar a otro, y más si se trata de seguir a Dios, pues como vulgarmente se afirma: “Si en la balanza pesas las palabras con los hechos, / caerán los hechos y subirán las palabras”. Nuestro refranero español lo dice en parecidos términos: “Obras son amores y no buenas razones”.

Ben Arabí, al igual que Santa Teresa, también muestra un deseo apasionado por llegar a Dios con el adiós a este mundo. La anhelada gracia infusa hace prorrumpir en su alma enamorada la más desconcertante de las paradojas, que se traduce en su deseo de morir para encontrar en la muerte su vida, que es el Amado. Y con una breve estrofa, bien aprendida de uno de sus maestros, nos evoca el recuerdo del estribillo teresiano: “que muero porque no muero”. Dice así Ben Arabí: “Amigos míos, matadme; / que en mi muerte está mi vida”. Y prosigue: “El fin del amor del hombre / Es unirse con quien ama: / Unión de cuerpo con cuerpo / Unión de alma con alma”. Este es el gran Amor, eterno y universal, que a la muerte nunca teme. Muerte que es Amor y Dios en soledad. En verdad, nadie muere acompañado. El que está muriéndose no puede comprender que otros le acompañen. La compañía personal, material, deja de ser importante. Son los que sobreviven quienes, triste y trágicamente, quedan en soledad. La muerte es soledad con Dios. Dios como buen compañero, camino y meta de las eternidades del alma.

Y ahora, en esta tarde que estoy tan bien acompañado, quisiera transcribir unas notas tomadas del citado Viaje a la corte de la Santidad. Para Ben Arabí grandes son los frutos de la soledad en concreto, y cinco cosas la integran, a saber: las inspiraciones, las contemplaciones, las revelaciones, las iluminaciones y la unión con Dios. Ésta es la más importante. Ya nuestro Mateo Alemán, en su Vida de Guzmán de Alfarache, dejó bien escrito que: “El hombre que apetece la soledad tiene mucho de Dios”. Y Antonio Machado escribió: “Quien habla solo espera hablar a Dios un día”. Para Ben Arabí la soledad es una prueba evidente de humildad y excelsitud de espíritu. La soledad nos lleva a la sabiduría y a Dios. El escritor murciano pretende que el simple fiel, profano en los estudios especulativos, alcance por sí la iluminación divina, sin más instrumento que el de la disciplina ascética, fruto de la soledad, y con ella las más altas intuiciones de las ciencias. Creo que la llamada soledad, según el vulgo la entiende, es una gran paradoja, tiene algo de misterio, pues el secreto de la soledad es que no existe soledad.

SÉNECA Y BEN ARABÍ

Hasta aquí, las influencia de Ben Arabí en algunos filósofos y místicos; pero, otra cuestión distinta es las posibles influencias que recibió Ben Arabí de otros autores. La de Platón está clara. La recibida de Séneca, que yo sepa, nadie la ha puesto de relieve hasta la fecha. Tal vez una tesis doctoral merecería el asunto. Y la pregunta podría ser: ¿Conoció Ben Arabí la filosofía de Séneca? La vida y obras de Lucio Anneo Séneca (4 a. de J. C. – 65 de nuestra era) fueron para mí, en la etapa universitaria, un auténtico descubrimiento, gracias al Maestro don Manuel Batlle Vázquez, lector y admirador del “sabio de Córdoba”.

En las obras de Séneca llaman la atención muchos textos y frases que muy bien podrían estar firmadas por Ben Arabí: Amor, tolerancia, libertad, igualdad y fraternidad, como puntos de apoyo de una nueva religión, que abraza a todos, mujeres y hombres, en caridad. Son conceptos tan arraigados en Séneca que, si los despojamos de su exterior estoico encontramos al cristiano puro, y a quien sólo le faltó sintetizar su pensamiento en la frase sublime que Cristo legó a toda la Humanidad: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”. Para Ben Arabí, el Amor es también su credo y su fe. Y, sin distinción de clases, categorías o religiones, a todos los seres creados, animales y cosas, hay que tratar con amor. Séneca recomendaba, en sus admirables Epístolas, tratar a los siervos como compañeros, son  “amigos humildes”, con los que hay que convivir familiarmente. Así, de la misma forma lo predicó, por medio mundo, Ben Arabí.

Para Séneca, igual que para el genio de Murcia, los honores y la gloria, el lujo y las riquezas, son bienes terrenos que desprecia. Los dos ensalzaron la amistad y la soledad, y despreciaron la codicia. El agradecimiento – la virtud más liberal de la naturaleza – no puede brotar en el alma del avaro ni del envidioso. Nunca es tarde para aprender. Sólo es loable la ambición de no perder el tiempo. Vivir ocioso es morir en vida. La frugalidad es una pobreza voluntaria. Honra es la alegre pobreza. Obedecer a Dios es libertad. Felicidad es no necesitar de ella. Triste cosa es no saber morir… Frases éstas que bien podrían atribuirse tanto a Séneca – y de Séneca son – como a Ben Arabí.

Y de  este breve recorrido, por escritos de ambos filósofos, un buen título para el trabajo que brindo a los universitarios, ante tan triste actualidad, con violencia, guerras y terrorismo, podría ser: El Amor y la Tolerancia en Séneca y Ben Arabí. Tesis que cabría resumir en una idea, en frase parecida a ésta: El Amor fue su credo, su religión y su fe. La Tolerancia, el arco iris del Amor. Creo que los dos pensadores la suscribirían.

ACTUALIDAD DE SU DOCTRINA

El acercamiento del Islam al Cristianismo está de manifiesto en las obras de Ben Arabí. Ahora bien, no son todas ni cualesquiera las religiones que él proclama como medios de santificación, sino solamente aquellas que a través de los siglos han conservado el depósito de la divina revelación: cristianismo, islamismo y judaísmo. Y es así, porque las tres no constituyen, en esencia, más que una sola y la misma religión. Por esta razón, el cristiano o el judío que se hacen musulmanes no cambian realmente de religión. “Mi corazón, dice, se ha hecho capaz de asumir todas las formas de religión”. Éstas, y parecidas afirmaciones, ya las proclamó, en su día, el que fuera prestigioso Rector de la Universidad Central de Madrid, Don Fernando de Castro y Pajares, en un discurso que escandalizó por aquel entonces, pronunciado con motivo de  su recepción como miembro numerario de la Real Academia de la Historia, titulado: Caracteres Históricos de la Iglesia Española (Madrid,1866. Imprenta M. Rivadeneyra). También el Papa Juan XXIII, motor y alma del Concilio Vaticano II estuvo cerca del pensamiento de Ben Arabí al proclamar la hermandad entre todas las religiones.

Corroborando la dicho antes, no cabe duda alguna que Ben Arabí se adelantó al actual ecumenismo, y lo hizo nada menos que desde el año 1240, con este texto: “No te entregues a ninguna religión, de modo que dejes de creer en otras, porque Dios no está encerrado en ningún credo”. Sobre este particular, un reconocido teólogo español, no ha mucho escribía, contra aquellos que llevan la religión a los extremos: “La verdad es que las religiones son ambiguas y, por eso mismo, peligrosas, porque fácilmente se vuelven, sus seguidores y dirigentes, fanáticos violentos” (E. Miret Magdalena, La crítica de las religiones, “El País”, 15 Diciembre 2001). En estos días, por desgracia, muchas de las guerras, y el terrorismo también, en fanatismos religiosos se basan.

Frente a los borrosos y tormentosos horizontes de hoy, con falta de tolerancia y paz; en esta era del vacío y de la apatía masiva; en un tiempo de destrucción y agresión a toda clase de valores morales y humanos, la doctrina de Ben Arabí, al igual que la de los Evangelios, mucha luz pueden aportar a este afligido mundo que nos ha tocado en poca suerte vivir. Por el contrario, Ben Arabí fue, en su vida, un claro paradigma de tolerancia y comprensión. Y su doctrina sigue, por los siglos, dando testimonio de ello. También su descubridor, Asín Palacios, lo fue. Así lo proclamó un ilustre maestro, Emilio García Gómez, que me distinguió con su amistad y ayudó en varios trabajos. “Su tolerancia – afirmaba de Asín Palacios – era máxima, y llegó a decir, por supuesto con censura eclesiástica, que creía en la sinceridad de los sufíes (y por tanto en Ben Arabí), y que no existe menos razón para aceptar sus milagros que la que hay para los de nuestros santos. Tenía – Asín – una idea circular de la unidad de la cultura humana” (Ya medio Siglo sin Asín, en “ABC”, Tercera, 22 Agosto 1994).

Finalmente, como estamos en el Templo de la Verdad, que es lo que más ansían los universitarios y toda la sociedad, Ben Arabí nos invita a “habitar en la Verdad”. La verdad es lo más fuerte que los humanos podamos en la tierra desear y encontrar. Aquí, Ben Arabí, una vez más, está cerca de la Palabra de Dios. En efecto, recordemos que en el Libro III de Esdras, incluido en algunas Biblias antiguas, contendieron tres jóvenes ante el rey Dario acerca de qué era lo más fuerte del mundo. Para el primero de ellos: “Lo más fuerte era el vino”, aduciendo como argumentos a su favor, la euforia, la despreocupación y el arrojo que produce la embriaguez. El segundo, buen cortesano, adulador, afirmó: “Lo más fuerte es el rey”, y defendió su sentencia apelando a la influencia y eficacia del poder real. Por fin, el tercero, Zorobabel, se expresó así: “Más fuerte todavía son las mujeres, pero por encima de todo está la verdad”. Porque las mujeres, razonó, traen al mundo a los reyes y a los demás hombres, y son preferibles a todas las riquezas y manejan a su antojo la voluntad de sus amadores. Pero todavía hay algo más fuerte y poderoso que las mismas mujeres, y es la verdad, a la que nadie puede vencer ni ocultar. La verdad es inmutable, firme como una roca frente al mar. El tiempo es su juez. Y esta verdad los universitarios hasta la idealizan, hablando de autenticidad. La autenticidad es un anhelo personal, es como una sublimación de la verdad. La autenticidad es la verdad de la vida. Pero de la vida de cada uno; pues la autenticidad es sinceridad y, por ello, una noción relativa: cada cual tiene su modo propio de ser auténtico. En cambio, la verdad del ser y del deber ser es única e igual para todos. No cabe ser verdadero en el error, sí es posible ser auténtico en él. (Véase Jesús García López, El valor de la verdad, Madrid, 1965. Editorial Gredos. Y el Comentario, a este libro, de Gonzalo Fernández de la Mora, en “ABC”, 22 Abril 1965).

 

 

 

SEGUNDA PARTE - Los Sefardíes en Murcia

CUESTIÓN GRAMATICAL

 

Sefardí es palabra española de raíz hebrea: es el gentilicio de Sefarad, nombre bíblico que ya se menciona en la profecía de Abdías, como uno de los lugares donde habitaban los judíos deportados de Jerusalén. La alusión bíblica parece que se refiere a la antigua Sardis, ciudad del Asia Menor; pero ya desde el siglo VIII la tradición judía identificó Sefarad con la Península Ibérica y, más concretamente, con nuestra patria, “la España judía”. Así, en un principio, Sefarad fue España, cuando la judería española radicó en nuestro suelo, durante la pacifica convivencia en la Edad Media. Mas, cuando en los albores de la Edad Moderna, los judíos españoles se vieron forzados a abandonar estas tierras, en las que habían florecido sucesivas épocas doradas de la cultura judía, Sefarad ya no estuvo en España, sino en cada una de las tierras donde hallaron refugio los Sefardíes.

Sobre el Decreto de Expulsión de los judíos, en 1492, y el resto de sus avatares, me remito a los escritos y trabajos personales que sobre estos asuntos les repartiré, así como al vídeo que ahora proyectaré. De los tres que tengo en mi videoteca, he elegido el que se enriquece con las autoridades muy destacadas en la materia. Proyección que quiero dedicar en homenaje a la Memoria de Samuel Toledano, que tanto me estimuló y ayudo en mis trabajos, y al bondadoso y querido Profesor Domínguez Ortiz, sabio entre los sabios. Nuestra amistad se fraguó en tres Congresos sobre asuntos Sefardíes, y en su amada Granada, donde, por dos veces, me acogió con enorme cariño. También quiero recordar aquí a quien me inspiró el tema de la tesis doctoral, Don Joaquín Cerdá Ruiz –Funes, que versó sobre La conducta de las personas y los animales en el Derecho Civil como aspectos centrales de los Derechos humanos en el Derecho hebreo. Éste, me decía entonces el maestro, había sido abandonado por nuestros historiadores en sus Cursos y Manuales. Bien lo he podido comprobar después en una importante obra del Profesor Rafael Gibert, Los elementos musulmán y judío en el estudio jurídico español (Madrid,  1994. Editada por la UCM).

Pero, hay que dejar sentado, en esta introducción, que la expulsión de nuestros compatriotas judíos se produce precisamente en el momento que más hispanizados estaban los hebreos españoles, incluso hasta más cercanos a los monarcas de turno. Esta es la razón, la insólita explicación, de que los Sefardíes hayan conservado, durante más de cinco siglos, su lengua, organización y costumbres propias y, sobre todo, el “amor a Su España”. Este fenómeno, el sefardismo, como he tenido ocasión de comprobar personalmente en varios lugares (Praga y Egipto) y congresos (Nueva York, Jerusalén y Zamora), no tiene paralelo, con otros grupos o etnias, en ningún país del mundo.

        

LA MURCIA MEDIEVAL

 

Murcia en el siglo XII, sobre todo al final de esta centuria y al principio de la siguiente, tuvo una pujante y prospera vida intelectual. Las bibliotecas se multiplicaron por doquier. Es el siglo en que nace Ben Arabí. Murcia fue un fiel reflejo de las tres culturas: cristiana, hebrea e islámica. Las monarquías cristianas, y Alfonso X El Sabio en especial, asumieron con agrado su coexistencia. Y antes, el rey Alfonso VII llegó a esgrimir, como timbre de gloria, el título de Emperador de las tres religiones. Alfonso El Sabio, que, antes de ser rey, fue gobernador de Murcia, creó en esta ciudad la primera Escuela interconfesional conocida en el mundo (universitas), donde enseñaban sabios judíos, cristianos y musulmanes. Tres culturas que el monarca trató de mantener unidas, pues entendía que para progresar culturalmente era necesario reunir a los más ilustres maestros de las tres religiones. Tal es la raíz de la llamada “Escuela de Traductores”, centro de investigación que fue muy beneficioso para España y Europa. Sin olvidar,  para la perfección de las leyes, a los enmendadores, en los que está el origen de la Comisión Parla mentaria de Estilo de las mismas, vigente en España hasta 1971.

Sobre el particular, referiré una anécdota reflejada en hoja aparte que también les repartiré. Para comentar el Proyecto de Constitución española, ABC nos encargó a sus colaboradores una serie de trabajos. Propuse a Don Guillermo Luca de Tena el de la citada Comisión de Estilo,  titulado Palabra y Constitución. Pues bien, El Observador Parlamentario, Órgano Oficial de la Administración Pública de Grecia, lo eligió y tradujo porque, según la carta de su Director, se trataba de “una institución modélica para el parlamentarismo griego y europeo”. “Reinar después de morir” es el caso aquí del rey Alfonso X El Sabio, pues se pensaba que los enmendadores seguían trabajando por la perfección de las leyes y demás disposiciones salidas de las Cortes Generales. Tuve la buena fortuna de que el último presidente de la referida Comisión, Don Alfonso García-Valdecasas, lo fuera también del Tribunal que juzgo mi tesis doctoral en la UCM. Una buena amistad comenzó entonces, y fue él quien me animó a divulgar las bondades de esta Comisión de Estilo aludida en mi trabajo. Así lo hice, pero no con la extensión que merece, entre otros estudios, en el libro Alfonso XIII y la Universidad de Hispanoamérica (Zamora, 1982. Editado por la Fundación “Ramos de Castro”). Como tema de tesis doctoral tal vez fuera interesante. Máxime hoy, que desde el año 1971 en que se derogó, van en aumento galopante, en el BOE, las aclaraciones y correcciones referentes a normas legales. Con esta Comisión se podrían reducir inexactitudes.

También conviene destacar que entre los siglos XI y XIII, la región de Murcia alcanzó gran esplendor, y su fama se extendió por todo el Islam. Aludimos a la región porque, además de la ciudad, Lorca y Ricote, especialmente, fueron prestigiosos focos culturales, con poetas y literatos de primer orden. Véanse los numerosos y excelentes estudios del Profesor Torres Fontes, y la obra de Francisco Javier Díez de Revenga y Mariano de Paco, titulada: Historia de la Literatura Murciana (Murcia, 1989, pp. 16 y ss. Universidad, Academia Alfonso X El Sabio y Editora Regional de Murcia). Y sobre ésta, llama la atención un Comentario de Manuel Alvar, Literatura Murciana (“ABC”, 3ª, 12 Marzo 1990), que ignora, incomprensiblemente, a Ben Arabí y Miguel Espinosa.

Como dicho queda, la política de Alfonso X El Sabio se esforzó en mantener la unión de las Tres Culturas. Y, especialmente, trató de asegurar la permanencia de los musulmanes, como ha puesto de relieve el Profesor Torres Fontes, llegando incluso a intentar conjugar los tres saberes creando una madraza (Escuela musulmana de estudios superiores), poniendo a su frente a El Ricotí, famoso médico y matemático, profesor y rector de esta Universidad (Studium); pero, la realidad se acabó imponiendo y la emigración de este famoso personaje, así como la de las familias más destacadas de la sociedad murciana, fue imparable, al igual que la de poetas y literatos. Esta corriente migratoria fue interminable en el transcurso de la segunda mitad del siglo XIII (Juan Torres Fontes, Vaivén musulmán murciano, Revista “Murgetana”, nº LXXXVI, p.7).

Asimismo, Torres Fontes nos ha mostrado La cultura murciana en el reinado de Alfonso X (Revista “Murgetana”, nº 14, 1960, pp. 57-89), afirmando: “La obra cultural de Alfonso X El Sabio no es una labor unilateral o encauzada en una sola dirección, responde más bien a un plan sistemático que abarcaba todo el saber de la época y se fundamentaba esencialmente en conocer la cultura clásica y oriental llevando a efecto para ello numerosas traducciones. Parte de esta labor (como ansia cultural del monarca sabio) sería realizada en Murcia, porque existiendo en ella una fuente cultural de extraordinaria calidad, don Alfonso al percatarse de su alto valor científico y de las posibilidades de aumentar sus conocimientos, procuró aprovecharla en su totalidad”.

En el citado trabajo, Torres Fontes nos muestra esta floreciente época murciana, desde la teodicea y filosofía hasta la poesía, pasando por el derecho, la astronomía, la medicina y la historia. En la teodicea y filosofía  destaca a fray Pedro Gallego y Ramón Martí. En el campo del derecho sobresalen Jacobo de las Leyes y el ya citado Pedro Gallego, junto a otros ilustres nombres, como el del obispo García Martínez. Es de destacar la obra de las Partidas, pues una gran parte de ellas se escribieron en Murcia. Concretamente en el Castillo de Monteagudo, coronado hoy por el monumento al Sagrado Corazón de Jesús, y donde la sin par huerta murciana alcanza el máximo de su feracidad y a la vez variedad de perfiles, con multiplicidad de matices. Y donde se han descubierto piezas arqueológicas de valor singular: ibéricas, egipcias, romanas y árabes. Pues bien, en este maravilloso lugar fijó el rey Alfonso X El Sabio su residencia, con prolongadas estancias, y es en el que se sitúa el sitio preciso donde fueron redactadas las Siete Partidas. La obra que llenó todo un siglo, enciclopedia de las ciencias, directiva primera de la ansiada Unión Cultural Europea y defensora a ultranza de los Derechos Humanos, como demostró el inolvidable Maestro Don Joaquín Cerdá Ruiz-Funes, en Consideraciones sobre el hombre y sus derechos en las Partidas de Alfonso El Sabio, Discurso leído en la solemne apertura del curso académico, 1963-64, en la Universidad de Murcia. Publicación que ocupa un lugar preferente en mi biblioteca, no solo por la cariñosa dedicatoria, sino también por estar acompañado de una extensa, manuscrita y muy entrañable carta, enviada desde la Universidad Autónoma de Barcelona, con fecha 31 de enero del año 1984. En cuatro folios alude, con gran añoranza, a sus compañeros de claustro, alumnos, a mi proyecto de tesis doctoral, que suyo fue, y a la vida murciana de entonces. Sin olvidar su Seminario. El Seminario que, fuera del recinto universitario, a tantos nos enriqueció, cultural y políticamente hablando.

En lo referente a la Medicina, destaca El Ricotí y el maestro Ramón. Cirujano de fama fue el maestro Miguel Pérez, y alcanzó gran notoriedad Alfonso Martínez, físico del rey. Físico del rey Alfonso X El Sabio fue el polifacético Moscá. Sus conocimientos abarcaban muchas ciencias, y a este médico se deben, entre otras obras, los Libros del saber y Astronomía del rey Sabio. Además, cita el nombre de Nicolás, que por sus muchos saberes es estudiado aparte (Juan Torres Fontes, Un médico alfonsí: Maestre Nicolás, Murcia, 1954. Academia Alfonso X El Sabio. Y en la Revista “Murgetana”).

Parece ser que procedía de Ricote, y arribó hasta Valencia, una familia judía de médicos ilustres con el apellido Fagarola. Philippe Wolff, historiador y Catedrático en la Universidad de Toulouse, en su libro dedicado a esta ciudad, Voix et images de Toulouse (Toulouse, Privat, 1962), incluye en las evocaciones de la vida medieval de la citada urbe del Midi francés, una famosa carta dirigida, en 1315, por el médico Peré Fagarola a sus dos hijos que, a la sazón, estudiaban en Francia. Carta en la que les daba llamativos consejos, en alimentación y deporte, como buen padre y experto físico.

La citada carta se halla inserta en un manuscrito procedente de Montpellier, que conserva hoy en día el British Museum. Fue publicada en la revista belga Speculum en su texto latino (VI, páginas 110-114, año 1931) y traducida al inglés por L. Thondike en Nueva York (Columbia Univ. Press, 1944, pp. 154-160). Trátase, pues, de un texto que ha venido despertando la curiosidad de la erudición extranjera, y del que me he ocupado en otro lugar más extensamente (Francisco Rico Pérez, Alfonso XIII y la Universidad de Hispanoamérica, Zamora 1982, pp. 197-199. Edit. Fundación “Ramos de Castro”).

Y por lo que se refiere a la Medicina, también hay que resaltar la aportación del doctor Jesús Quesada Sanz, Algunos aspectos de la medicina en Murcia durante la época de los Reyes Católicos (Rev. “Murgetana”, nº 6, 1954, pp. 53-97). Además, este estudio nos pone en relación con la sociedad de entonces de forma atrayente y detallista. Obra de gran valor histórico y sociológico, escrita con brillante estilo personal.

Finalmente, la gran labor poética del reinado de Alfonso El Sabio se encuentra recogida, en su mayor parte, en las famosas Cantigas. Dedicadas a la Virgen de la Arrixaca, a Murcia, Elche, Cartagena y Alicante. Además aluden al pintor del rey, Pedro Lorenzo, uno de los más aventajados artistas en ilustrar libros de Santa María. También dedicó Cantigas al rico-hombre Ramón de Rocafull y a Pedro Amigo, uno de los poetas más fecundos de la corte de Alfonso El Sabio, etc.

Pero, en Murcia, durante la Edad Media, asimismo brillaron otras profesiones y artes que proporcionaron a la ciudad justa fama, como las de los artesanos, alfareros, herreros y cerrajeros. Sin olvidar a los tintoreros, que gozaron de gran prestigio. Y no hay que omitir la crianza del gusano de seda como derivación de la vida agrícola, que fue una herencia musulmana. Además, los judíos de Murcia trabajaron con esmero la plata y toda clase de metales como pocos lo hacían en aquellos tiempos.

Ahora bien, por encima de las profesiones, de las habilidades de sus médicos, de la grandiosidad de sus escritores y poetas, ha brillado siempre la humanidad de sus moradores. Tal vez en esta bondad y hospitalidad, a flor de piel, se halle la explicación de como el pueblo de Murcia siempre se ha aliado con las causas nobles. Y así, a título de ejemplo, bastaría con recordar que el Tribunal de la Inquisición se implantó tarde por estas tierras, y casi como un simbolismo en comparación a como actuó en otros lugares.

De aquí, que el rey Alfonso X El Sabio y los murcianos fueran quienes más y mejor mantuvieron relaciones con los judíos, muy estrechas siempre, hasta el punto de que nunca, como entonces, gozaron éstos de una posición tan destacada y ventajosa, tanto en la sociedad como en la Corte. Desde que se inició su reinado, el rey Don Alfonso estuvo rodeado de un selecto grupo de judíos ocupados en diversos menesteres cortesanos, sobresaliendo, como dicho queda, los médicos, juristas, poetas y gramáticos. Todos fueron – y tal vez por eso no conocemos en singular sus nombres – excelentes enmendadores de las leyes; leyes perfectas en su contenido, redacción y estilo;  y con un castellano derecho, de Burgos, que ha sido la envidia de legisladores posteriores.

En conclusión, se puede afirmar que el rey Alfonso X El Sabio realizó una labor enciclopédica y humanitaria singular, que buena huella ha dejado por estas benditas tierras tan amadas por el monarca. En el Código de las Siete Partidas, no sólo están los conceptos jurídicos y las reglamentaciones de las diferentes instituciones, sino también las etimologías y principios filosóficos y culturales. Todos los saberes de la época. El rey Alfonso pretendió conseguir, a lo largo de su reinado, una uniformidad jurídica. Los preceptos de su obra legislativa inspiraron sus acciones de gobierno, la administración de justicia y las decisiones todas de su Corte. Normas que, en algunos casos, la misma jurisprudencia ha considerado vigentes, y su influencia ha llegado incluso a la naciones de allende los mares.

 

MUJERES SEFARDÍES

Jamás había caído en la cuenta. Fue en una mañana soleada, y algo fresca, con el corazón caliente y la emoción a borbotones, cuando el doctor Erol Beker Hayati juró la Constitución, como trámite final para poder obtener la nacionalidad española. Y allí, en distendida conversación posterior, le preguntó la magistrada, doña Susana Salvador, por cómo había podido conservar el idioma castellano y conocer tanta historia sobre nuestro país. “Nuestra querida España”, añadió él. Aclarando que todo lo debía a su madre y abuelas. Y también nos dijo que esto era una constante entre los sefardíes: que las madres siempre habían conservado, con amor, no solamente el idioma español, sino también las costumbres, canciones, gastronomía y, además, las ceremonias de las bodas, de tanta brillantez y colorido. Sin olvidar las capitulaciones matrimoniales, pintadas, bordadas y encuadernadas delicadamente. Con especial emoción tuve algunas en mis manos - en Leiden, Holanda, y Neuchatel, Suiza - de familias que llevaban mi primer apellido, “Rico”, como tratamiento, que no patronímico. Las Taqqanot del año 1494 descubrí en ellas; y cuya importancia, para conservar la nacionalidad española los Sefardíes, se puede comprobar en los escritos que repartiré al final.

De la misma forma que veíamos el fundamental papel de las mujeres en la vida de Ben Arabí, la mujer sefardí ha sido, en gran medida, la garante de la conservación de su legado y cultura milenaria. Son, sin duda, las coplas el género más característico de la literatura sefardí, como expondrán, en estas Jornadas, voces mejores y mucho más autorizadas que la mía. Y junto a las canciones y la cocina, los refranes que nunca faltan en las conservaciones cotidianas. Para cada una de las circunstancias o asuntos, está el refrán adecuado. Entre los sefardíes, con acento muy murciano, se suele afirmar que: “refranico mentiroso no hay”, pues siempre existe alguno apropiado  al caso que se está tratando. Sin olvidar el cuento, que conseja se llama a las narraciones tradicionales sefardíes que, de boca en boca, han llegado hasta nuestros días. Así es, pues los cuentos han pasado de generación en generación por transmisión oral. Se trata de un género muy vivo que ha sido ejercitado, especialmente, por las mujeres.

Y hablando de mujeres, el profesor Torres Fontes nos ilustra al referirse a ellas, hasta con nombres concretos, aludiendo a las marginadas, al vestir y la dote de la novia; la fuga de los novios y la honrada esposa, sin olvidar las razones de la suegra. Pero, lo más llamativo es cuando nos relata la paciencia y habilidades de una cirujana con toda clase de detalles. Y transcribe su titularidad con un barbarismo que estuvo y sigue estando de moda entre las feministas y medios de comunicación: “una cirujano judía”; pues desde la Real Orden de 14 de enero de 1931, que sigue vigente, la Real Academia rechazó los barbarismos de frases como “una doctor”, “una catedrático”, “la profesor” o “la secretario”. De todo ello me ocupé en mi tesis doctoral de la Licenciatura, limitada y libertaria, en Filosofía y Letras: Derecho de la Mujer al Femenino. Los términos jurídicos en el Diccionario de la Lengua Española, que por sugerencias de D. Emilio García Gómez y  D. Antonio Buero Vallejo (“tesorero sin una perra en la Academia”, me escribía éste), la he publicado por capítulos en revistas y prensa (Rev. Pretor, nº 89, 1975 y Los Domingos de ABC, 22 /2/ 1976). Y también en mi libro sobre Lecturas de Derecho Civil (Madrid, 1976, pp. 429 y ss. Editado por la Confederación Española de Cajas de Ahorros). La referencia del Profesor Juan Torres a esta ilustre cirujana, doctora o médica, se halla en su excelente estudio Murcia Medieval. Testimonio Documental, III (Rev. “Murgetana” nº 54, año 1978, pp. 76 y 77).

Y para terminar este apartado, con un piropo a las mujeres de esta bendita tierra, bellas y sabias como pocas, quién le iba a decir al rey Alfonso que, con el transcurso de los siglos, la honra de una mujer, de Totana (Murcia), con las Partidas en la mano, muy especialmente, sería protegida, moral y pecuniariamente. Me refiero a un caso que, más ampliamente, he tratado en mi tesis doctoral en derecho. Ocurrió así: En el periódico El Liberal, muy popular por entonces, el día 21 de septiembre de 1910, se publicó, en la primera página, y con gran alarde tipográfico, sensacionalista, la noticia: “Fraile raptor y suicida” (Por telégrafo. Totana, 19) El 16 de septiembre, por la noche, fugóse de su convento de Capuchinos el Padre Fulgencio Novelda, vicepresidente y profesor de Física del Colegio que ellos dirigen, llevándose consigo a la bellísima señorita María Josefa Mussó Garrigues, de quien ya había tenido escandalosa sucesión tres meses antes. Al ser sorprendidos a su entrada en Lorca, por un tío de ésta, el mencionado religioso atentó contra su vida, quedando muerto en el acto. Ella fue devuelta al seno de su familia”.

El mismo periódico aclaró que la noticia era falsa (24 de septiembre de 1910). El Tribunal Supremo, en la sentencia de 6 de diciembre de 1912, condenó al periódico al pago de una indemnización de 150.000 pesetas (¡de las de aquel entonces!). Principal argumento para llegar al “escandaloso fallo”, fueron textos de las Partidas. “La honra, honor y fama constituyen bienes sociales, cuyo daño, en especial respecto de la mujer, es uno de los más graves, en cuanto significa total expoliación de la dignidad personal, familiar y social de quien es acreedora a la estimación pública”. Abogado defensor fue Juan de la Cierva, prestigioso político murciano (F. Rico Pérez, La conducta de las personas en el Derecho Civil, Segovia, 1973, pp. 119 y ss. C. U. “Domingo de Soto”).

Pero, para rendir homenaje a su Memoria, diré que gracias a la bondad de don Antonio Garrigues Díaz-Cañabate, que mucho amaba también a Murcia, pude visitar a la afectada con su carta de recomendación y en compañía del también inolvidable Padre Capuchino Buenaventura de Orán. Conservaba la afectada su belleza y nos demostró poseer una refinada cultura. Quería yo aclarar cual de las dos versiones que circulaban era la verdadera. Si fue por un despecho del periodista a las sucesivas y amorosas calabazas; o bien, el motivo de la falsa noticia, estaba relacionado con la política. Ésta fue la causa: por unas elecciones al Ayuntamiento de la villa. Su padre, Ramón Mussó Cánovas, fue el ganador de las mismas a la alcaldía. Éste marchó a Madrid para batirse en duelo con el director de El Liberal; pero el feliz encuentro con el citado Abogado de Murcia, en la calle de la Montera madrileña, le hizo desistir. Ganó la Justicia.

Para terminar, una confesión personal. En cincuenta y cuatro años de servicio a la Universidad, no tengo conciencia de haber faltado, a Dios gracias, no a una clase, que esto no lo permite la vocación, la pasión por la enseñanza, sino tampoco a ninguno de los discursos de apertura. Pero, por encima de todos, hay dos que en esta Universidad mucho me han hecho reflexionar. Uno, no ha mucho, y que en un trabajo reciente he comentado y les repartiré ahora: el del Profesor Juan Manuel Escudero Muñoz sobre la calidad de la enseñanza, en la lección inaugural del curso académico 2001-2002 (F. Rico Pérez, La calidad de la enseñanza y las nuevas tecnologías, en la obra dirigida por Francisco Parra Luna, Catedrático de la UCM, Ante los problemas de la Universidad española: 65 propuestas para conectarla con el futuro, Madrid, 2004).

El otro, versó sobre Universidad y Química, leído en la apertura del curso 1955-1956. Autor, el profesor Vicente Iranzo Rubio. Se trata de una aportación personal, con experiencias y proyectos sobre qué debería ser la Universidad. Tanto nos ha hecho pensar, que de haber sido pronunciado en tiempos del rey Fernando VII, con la Universidad de Cervera, la de Murcia también podría haber sido excomulgada. El texto final no perderá nunca actualidad. Lo leyó Iranzo Rubio con un énfasis y compostura que grabados están en mi retina y memoria. Decía así en su final:

“En momentos en que la mente humana sólo parece trabajar intensamente cuando se trata de conseguir metas materiales; en que el cálculo mata al sentimiento, el interés al afecto, lo lucrativo a lo hermoso, quizá sea oportuno decir aquí que la vida no es poder ni dinero, que la vida es mucho más, que la vida es también ilusión y emoción (acaso el hombre, en su mejor sentido, no es más que una capacidad de emoción). Ilusión de ser mejores, de ser más útiles, de hacer las cosas mejor, de ser más completos y más justos. Emoción ante lo bello, que va desde el paisaje que brinda la naturaleza hasta el gesto heroico; emoción, ante el dolor del prójimo; ante la obra artística, en cualquiera de las modalidades del arte; ante la manifestación deportiva, deportivamente sentida; emoción, en fin, ante todo aquello que pueda hacernos avanzar hacia la meta ideal de la Verdad, la Belleza y el Bien”.

 

 

AÑADIMIENTO

 

“La Edad de Oro de la Universidad de Murcia”

(Ante un Centenario en puertas)

 

Lo que decir no sé, aunque bien quisiera, es ya historia de Murcia. “Huyó lo que era firme, y solamente lo fugitivo permanece y dura”, nos recuerda el sentencioso de Quevedo. Algo muy al contrario podría pensar más de uno cuando el poeta Pedro Jara Carrillo, con la inestimable colaboración del periodista Ramiro Pinazo, lanzaron en los papeles, en 1913, la campaña para que Murcia tuviera una Universidad nueva, siguiendo una tradición milenaria. Pocas localidades en España han tenido tantas en su historia. Desde la Universidad Internacional, en Damasco, creada en honor del murciano Ben Arabí, el escritor, filosofo y poeta más genial de todos los tiempos, y la de Alfonso X El Sabio, hasta la actual (1915), pasando por el studium de la Orden de Predicadores; la de San Fulgencio, gracias al Obispo Rubín de Celis; las Universidades Literaria y Libre, sueño ésta de la Institución Libre de Enseñanza. Utopía le parecería al pueblo de Murcia la campaña que los citados, poeta y periodista, iniciaron en El Liberal. Es algo que todos anhelaban, pero que sólo los poetas, como dijo José Hierro, son capaces de decir, en bellas palabras, lo que el resto de los mortales no podemos ni expresar siquiera. La Universidad de Murcia nació por gracia de la Poesía y los Papeles gracias a Pedro Jara Carrillo, Poeta; y a Ramiro Pinazo, Periodista. Y su real Centenario, a la vuelta de la esquina, se debería celebrar en el año 2013. Las ideas son más fuertes que las leyes y la política. Universidad que debería llamarse desde entonces “Pedro Jara Carrillo”, o bien “Ben Arabí”, por ser aclamado éste “personaje del milenio”. Con cualquiera de estos dos nombres se haría justicia. Glorias son de Murcia.

Los años que estudié y trabajé aquí (1949-1964) no los podré olvidar nunca. Ahora bien, sabido es que todo es relativo en la vida, y las coordenadas de espacio y de tiempo determinan opiniones distintas. Con todo respeto, y no por aquello de que “todo tiempo pasado fuera mejor”, para mi es muy veraz lo que escribió Jaime Campmany de ese periodo, al calificarle como la “Edad de Oro de la Universidad de Murcia”. Sin poder a todos citarlos, he aquí unos pocos nombres: Lostau, Batlle, Martínez Useros, Cayetano Mergelina, Truyol, Tierno, Valbuena Prat, Muñoz Alonso, Gratiniano Nieto, Andrés Sobejano, Sierra, Iranzo, Sancho, Baquero Goyanes, González Alvarez, Juan Torres Fontes, Isidoro Martín, Ferrer Sama, Jesús García López, Antonio de Hoyos, y tantos. Con motivo del Centenario de la Universidad, un Diccionario Bio-bibliográfico debería prepararse desde ya con tantos profesores y personalidades ilustres ligadas a la misma. Y faltaría tiempo para terminarlo. Con motivo de las bodas de plata de mi promoción, para la conferencia “Murcia, Maestros y amigos, gracias”, de nuestros profesores elaboré unas pequeñas semblanzas, y hasta la fecha, algunas me faltan todavía por completar. Es tarea ardua.

Si lo dicho, solo a la Universidad y varios Maestros se refiere, también muy enriquecedor fue el ambiente cultural de la ciudad. Yo venía del campo, y la mente era una esponja. Bien he seguido siempre el sabio consejo de Santo Tomás: “Todo lo útil que oigas, debes guardarlo en tu memoria”. Imposible agotar la materia. Destacaré, con involuntarias lagunas: La labor cultural del periódico La Verdad, con D. José Ballester en cabeza. Conferencias por doquier: Carl Schmitt, con un mundo sin  fronteras; Ramón Castroviejo, que en mi despertó la inquietud por los trasplantes, y me ayudó después a ganar el premio “Miguel Servet”; Enrique Tierno, con todos los espacios pequeños allá donde su palabra fuera; Charles Moller que, con su incomparable obra Literatura del Siglo XX y Cristianismo, me descubrió tantos autores (en el tomo I me estampó cariñosa dedicatoria, 6 febrero 1961 por fecha lleva); Jaime Guasp, bondadoso y sabio profesor, que nos dio consejos para saber cómo estudiar mejor el derecho; don Juan Candela, con interminables charlas sobre un viaje a Alemania, invitado por la Fundación Konrad Adenauer; José Antonio de Sobrino, S. J., que nos enseñó EE. UU. y sus universidades sin salir de casa; Pedro Sanz, artístico sastre, que con su experiencia, nos descubrió los secretos del cine, etc., etc.

Y ya que de artes hablo como olvidar a tantos y tantos pintores y escultores como González Moreno, con su artística Nuestra Señora de los Buenos Libros; Muñoz Barberán; Párraga; SAGBE; Ceferino Sandoval, que con Teresa Soubriet eran la pausa y el torbellino en sola persona. Música y exposiciones de pintura. Por todos, en estas artes, el entrañable Manuel Fernández Delgado que, en el “Museo Ramón Gaya” nos sigue dando lecciones magistrales. El provechoso y peligroso seminario de Don Joaquín Cerdá Ruiz-Funes. El galardonado Teatro Universitario de Murcia, bien conducido de la mano por Anastasio Alemán y Ángel Fernández Montesinos. Tertulias y conciliábulos. En Colegios Mayores: Cardenal Belluga, Ruiz de Alda, Sagrado Corazón, también en la Iglesia de San Antolín, con su muy valeroso Cura. Pepe Méndez, Chencho Arias, Flores Arroyuelo, los hermanos Farias, Paco Guerrero y el genial Miguel Espinosa en el Café Santos. Sin olvidar al inquieto Antonio Martínez Sarrión, que me cita en Una Juventud sin recordar mi nombre. Los patronímicos todos en el Libro de la Virgen letras de oro tienen. Faltan muchos nombres, que  no sé bien cómo sus enseñanzas podré pagarles. Y también participé en el nacimiento, y muerte rápida, de dos revistas: Devenir y Acta universitaria.

Para terminar, aludiré a unos entrañables nombres con los que nuestra Murcia del alma ha seguido en Madrid presente: el Padre Jaime Solís, S. J., José Luis Pérez de Ayala, Juan Manuel Echeverría, José Luis Castillo-Puche, José Luis Pardos Pérez, Conchita Bermejo y Jaime Campmany, entre otros muchos. Jaime es un poeta como la copa de un pino, escriba en prosa o en verso, y Conchita derrocha alegría y ternura por todas partes. Para que brillara la justicia, a las autoridades y personalidades de esta tierra les rogaría que impulsaran esta propuesta: que de una vez por todas a Jaime se le abran las puertas de la Real Academia. Muchos años hace que al mismo Azorín le pusieron barreras, y al llorado José Luis Castillo-Puche, más que barreras, muros de injusticias. Buen resultado dio que los amigos y admiradores de Azorín se reunieran en Aranjuez, en Fiesta pidiendo su ingreso en la Academia. La Universidad y todas las fuerzas vivas de Murcia, con el clamor de sus lectores –véanse cartas al director en diaria prensa -, seguro que harían realidad el anhelado  “Día de Fiesta en la Huerta”. Día de mucha alegría y amor, el mismo que por Murcia Jaime Campmany constantemente muestra. Que así sea.

 

           

 

 

 

 

 

 



[1] Este artículo fue publicado en el volumen Murcia tres culturas: caminos de leche y miel, de Juana Castaño Ruiz (Coord.), Ayuntamiento de Murcia, Concejalía de Cultura y Festejos, Murcia, 2005, páginas 79-98. ISBN 84-96005-66-6.