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Revista de estudios filológicos
Nº30 Enero 2016 - ISSN 1577-6921
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peri biblion

 

EL ÁFRICA ECUATORIAL EN LA NARRATIVA DE JOSÉ MAS

Mohamed Ben Slama

(Universidad de Monastir. Túnez)

hammesp2007@yahoo.es

                           

     

 

Resumen

El presente trabajo trata de arrojar luz sobre uno de los temas poco estudiados en la literatura española: la presencia de África y de los africanos en la narrativa. Uno de los escritores españoles que se interesó por este tema es el novelista, cuentista y ensayista sevillano José Mas que, en algunas de sus obras, cede protagonismo a los bubis que son los habitantes del África Ecuatorial con los que convivió durante varios años. Su objetivo es destacar las diferentes facetas de esta gente a través de sus hábitos y costumbres, y su relación conflictiva con los occidentales que se presentan como los colonizadores.

 

Palabras clave: África Ecuatorial, bubis, exotismo, fetichismo, fiestas, colonialismo, racismo.

 

Abstract

Analyzed in this work one of the most representative aspects of narrative novelist, short story writer and essayist José Mas Seville (1885-1941). The presence of the African continent in some of his works is of paramount importance. Within this conceptual framework, we will study the different facets of African or Bubi, since we are talking about the people of Equatorial Africa, the country in which the author lived for several years. Reading these pages, the reader will not be able to avoid making a comparison between African customs and Western culture.

Keyworks: Equatorial Africa, Bubis, exotism, fetishism, partys, colonialism, racism.

 

 

 

 

 

Los bubis, protagonistas de las obras de José Mas, son un grupo étnico africano originario de la isla de Bioko, antigua Fernando Poo, en Guinea Ecuatorial (Aymemí, 1942). El conocimiento profundo de José Mas a esta gente se debe a un viaje largo que realizó  a Fernando Poo durante su juventud. Esta larga estancia marcó su vida y su literatura al dedicar parte de su narrativa para reflejar esta experiencia africana, y hacer que los lectores la compartan con él. El autor no se conforma con presentarnos una la imagen típica del africano basada en algunas escenas costumbristas que podemos encontrar en cualquier reportaje sobre la vida en este continente, sino hace una aproximación a la vida y a la cultura de esta gente tan distinta y tan desconocida en España. Tiene mucho que ver con todo eso la relación estrecha que tuvo José Mas con los bubis, lo que hace que su testimonio y su reproducción de la imagen del africano sea, cuanto menos, fidedigna y con un grado elevado de credibilidad y de objetividad. Como vamos a ver en este estudio, el objetivo de nuestro autor, al presentarnos esta imagen de los africanos, no es mostrarnos a gente salvaje e incivilizada, sino dar a conocer a una cultura completamente desconocida y, así, combatir muchos prejuicios y estereotipos sobre esta gente.

  Dentro de la producción narrativa de José Mas, su novela africana por antonomasia es La Piedra de fuego, publicada en Madrid, en 1924, por la editorial Renacimiento. Además, el autor escribió otras obras de ambiente africano: un libro de cuentos titulado El fetichero blanco; una novela corta, Justicia Africana; una novela social, En la selvática Bribonicia y un libro de viajes, En el país de los bubis, donde el autor menciona sus impresiones del viaje que hizo a Guinea Ecuatorial y, en especial, a la Isla de Fernando Poo. También, como periodista, publicó crónicas y artículos en La voz de Fernando Poo. Igualmente, hay que citarle como traductor y anotador de la famosa novela Batuala, del congolés René Marán. En efecto, todas las obras de ambiente africano están basadas en la experiencia que tuvo José Mas en la entonces colonia española[1]. En este aspecto, “lo africano ha sido, y sigue siendo, tema de interés constante para los españoles, resultado normal de esas convivencias que la historia y la geografía se han encargado de mantener latentes siglo tras siglo” (Rodríguez Joulia de Saint-Cyr: 1973: 405). Gracias a los  africanistas españoles[2] y a los organismos propulsores, “la literatura y la ciencia españolas brillan con luz propia e intensa respecto a lo africano” (Sáez de Govantes, 1971: 205). Aparte de las obras de ambiente africano, José Mas alude a África, aunque brevemente, en otra novela titulada, Yo soy honrada, Caballero.

Hay que decir que José Mas no es el único escritor español en tratar el tema de África en sus obras; hay muchos escritores españoles que siguieron esta tendencia que tiene como origen “la moda del negrismo” que apareció en el siglo XX, como señala el crítico Carlos González Echegaray (1964) en un estudio que hizo sobre el tema, dividiendo las novelas que tratan de África Ecuatorial en: “novela-pretexto”, “novela-novela” y “novela-misional”.

Volviendo a la narrativa de José Mas, la imagen del africano se manifiesta a través de muchos aspectos: el fetichismo, las fiestas y las celebraciones de los africanos, el odio que sienten los negros hacia los blancos, el machismo de los bubis y su maltrato hacia la mujer y la gran diferencia de clases entre los africanos.

En lo que se refiere al  fenómeno del fetichismo, es un tema  muy presente en La piedra de fuego. Está enfocado desde un punto de vista crítico que, en muchas ocasiones, llega a ser cómico y hasta ridículo. En efecto, la crítica del autor al fetichismo africano parte de su conocido anticlericalismo. Según él, la Iglesia en Occidente, como el fetiche en África, sirven para manipular a la gente y mantenerla obediente y temerosa para, así, reforzar su poder. Al fetiche se le atribuyen fuerzas naturales o se le considera sede de algún espíritu, por eso, se le mira con temor y con gran respeto. Con este paralelismo establecido entre el papel de la Iglesia en Occidente y el del fetiche en África, el autor quiere mostrar al lector que las diferencias entre ambas culturas, aunque parezcan enormes, no son tan grandes en la medida en que tanto los occidentales como los africanos se dejan manipular, cada uno a su manera, por unas fuerzas que les hacen creer que son superiores a ellos, y que pueden actuar y decidir por ellos hasta el punto de que el lector español u europeo puede, paradójicamente y quizás inconscientemente, identificarse con el africano. A través de esta escena, el autor hace hincapié en la importancia del fetiche en la vida de los africanos que, de un modo espectacular y algo extravagante, le rinden vasallaje, permitiéndose cometer todo tipo de barbaridades:

 

En la misma entrada de la choza, tirada a lo largo del único hueco que marcaba el acceso al interior, había una mujer completamente desnuda; la piel pintada de índigo, y su cabellera adornada con sartas de abalorios rojos. En las muñecas, en las ingles y rodeándole el cuello y los pechos caídos, tenía brazaletes, cinturones y gargantillas de conchitas blancas (...) La mujer-sacerdotisa, permanecía allí, sin moverse y sin comer, durante varias horas. Después era relevada por otra que cumplía la misma obligación, y así sucesivamente las demás mujeres del poblado cuando les llegaba el turno. De este modo, todas rendían vasallaje al fetiche (107-108).

 

José Mas describe con un tono burlesco este espectáculo protagonizado por las mujeres de la tribu en honor del fetiche y del fetichero, calificándolo de “juego estúpido” y de “espectáculo cómico” (1924:108) , ridiculizando a todos los que creen en estas supersticiones absurdas. De esta manera, el autor quita al fetiche todo valor artístico, pero también espiritual. Ante el robo del ídolo de madera en un asalto a la aldea por parte de otra tribu, los miembros de la tribu atribuyeron el robo a los expedicioneros debido al espíritu del mal que llevan en su alma; por eso, hay que matarles para acabar con esta maldición que han traído al poblado y, así, recuperar el fetiche. La iluminada idea de Sir Roberto de pretender tener la capacidad de “evocar el espíritu invencible de los hombres pálidos” (122)  y apoderarse del fetiche, se puso en marcha. Lo que hizo el inglés fue fabricar un ídolo igual que el perdido, y presentarlo a la tribu que se lo creyó. Es más, todos se rindieron a sus pies, creyendo que era el salvador; ni el mismísimo fetichero se enteró de que no se trataba del mismo objeto perdido, sino de otro idéntico, y como acto de homenaje, se arrojó a sus pies. Con este incidente, el autor ridiculiza al fetiche y a los que creen en él, porque no es más que una “soberana idiotez escultórica” (139).

El fenómeno del fetichismo lo aborda José Mas también en su novela corta, Justicia africana donde hace en el papel que desempeña el fetichero dentro de la tribu: tiene casi el mismo poder que el jefe, su poder divino le permite comunicar con el más allá y prever el futuro. Justicia africana se abre con una fiesta donde los bubis celebran el cumplimiento, según los feticheros, de treinta lunas de la jefatura de Bioko:

Celebrábanse en el besé las fiestas en honor del botuko Bioko, pues según los feticheros se habían cumplido treinta lunas desde que Rupé, el dios de los buenos, lo elevara al poder, muerto ya su antecesor, el sanguinario Rimola (9).

 Entre las múltiples funciones que despeña el fetichero, hay una muy importante que consiste en liberar a las mujeres del espíritu del mal, lo que muestra que los bubis consideran a la mujer un ser maligno que necesita purificarse:

De las chozas, arrastrándose por el agujero que le servía de entrada, se veían surgir, como ejemplares de una fauna desconocida, a las mujeres bubis, que marchaban a sus labores agrícolas. En fila, una detrás de otra, formaban una estrambótica serpiente de anillos negruzcos y diabólicos. Al llegar a la plazoleta del poblado deteníanse ante el poste, donde el fetichero daba saltos grotescos para librarlas de los espíritus del mal (15).

 

         En el cuento “El fetichero blanco”, el fetichismo también es uno de los temas principales: la pérdida del fetiche supone un gran problema para la tribu, por eso, ante el gran favor que hace Sir Roberto a la gente del poblado, recuperando el fetiche robado por otra tribu, el jefe del poblado le obsequia con dos vírgenes, una para él y otra para su acompañante, Eliazar. En el otro cuento, “El espejo en la selva”, José Mas muestra a los africanos como supersticiosos: el fetichero cuelga huesecillos de antílopes y palomas silvestres colgadas “para ahuyentar a los espíritus del mal y a todos los aliados del diablo” (12). En efecto, los indígenas temen mucho la venganza de los espíritus del mal, por eso, dan mucha importancia al fetiche. A través de la crítica del fetichismo, el objetivo de José Mas no es burlarse de los africanos y mostrar que pertenecen a una cultura inferior a la suya. Su finalidad es, otra vez, poner en duda la institución eclesiástica, que en África está representada por el fetichero, y criticar la excesiva importancia que la gente da a la Iglesia y a sus representantes. En efecto, “su crítica acerca de la iglesia parece ser como un grito, un manifiesto por un mundo más puro, más justo y tal vez también más religioso, lo que no quiere decir más católico” (Detering, 1981:70). En su novela social En la selvática Bribonicia, “la iglesia católica es enjuiciada por José Mas” (Caudet, 1980: IX), y una de las aportaciones de la religión a la política monárquica que critica el escritor durante toda la novela es también el fetichismo religioso que se estableció en Bribonicia para consolidar la postura del rey y confirmar su origen divino. El autor insiste en la importancia del fetichismo y la relación estrecha que llegó a tener con la política y el gran poder que adquiere el fetichero hasta el punto de llegar a regañar a Sioko, el jefe de la tribu, y a recriminarle cuando se equivoca. Para el autor, lo que hace el fetichismo es mitificar la persona del rey, y hacer hincapié en su origen divino. Dice el autor en uno de los pasajes de la novela el día de la proclamación de Siroco como rey:

(...) Y ver allí esculpida tan prodigiosamente la figura de aquel que aclamará como rey desde todos los rincones de la plazoleta, al convencerse del parecido, sabida ya la historia maravillosa y la procedencia sobrenatural del fetiche, arrastrábanse por el suelo y flagelábanse ellos mismos como justa penitencia a su momentánea falta de fe (101-102).

Aparte del fetichismo, el autor evoca otros aspectos que tienen que ver con las costumbres de los africanos que, con tal de homenajear a quien consideran merecedor de tanto elogio, están dispuestos a ofrecerle las cosas más inverosímiles que se pueden imaginar. En La piedra de fuego, cuando el inglés se prepara para ir en busca del ídolo perdido, Olú le dice que es capaz hasta de derramar la sangre de un hijo suyo, en honor a la amistad si cumple su promesa. Después de traer el ídolo perdido, todo el mundo intentaba rendirle homenaje al inglés, le suplicaban que “les pisoteara reciamente hasta que la piel brotara la sangre en abundancia” (132) y, por si fuera poco, Olú le mandó a sus tres hijas para hacerle, a él y a sus compañeros, “los honores del lecho” (157). En el cuento “El fetichero blanco”, pasa lo mismo: los europeos, Manuel Delvoa  y el teniente Artal reciben una recompensa, por haber salvado a las vírgenes de la tribu: el privilegio de escoger una las vírgenes que les gusten para pasar la noche con ella:

Las más hermosas bailarinas de “Ikondo”, mi poblado, danzarán esta noche a la luz de las antorchas y beberemos esta noche como hipopótamos hasta que amanezca. Además de las diez vírgenes rescatadas, podéis escoger para vuestra esterilla en los ratos de tregua en el “balele”, las que os plazca. Desde este momento, vuestras son para el placer (5).

Este tipo de actitud puede ser una muestra de la inferioridad que sienten los africanos hacia los blancos que se presentan como los salvadores. A través de esta postura, el autor hace una crítica de la actitud arrogante del colonialismo y de los colonizadores.  En el primer caso, tuvo que ser europeo quien consiguió recuperar el ídolo perdido, aunque tuvo que recurrir a una trampa. En el segundo caso, los europeos son los únicos capaces de  salvar a las vírgenes. Esta actitud colonialista la confirman las palabras de Delvoa hacia Bayeli en el cuento “El fetichero blanco”:

-(...) Y ahora una pregunta: ¿Sabías que Bakale y su poblado estaban y están bajo la protección de España? (5)

El autor, además de arremeter contra  el colonialismo inglés en La piedra de Fuego, y el colonialismo español en “El fetichero blanco”, lanza una dura crítica hacia los africanos que contribuyen al establecimiento de la colonización dando por hecho la superioridad de los occidentales y su capacidad de conseguir lo que ellos –los africanos- no pueden conseguir. El autor destaca el engaño y la astucia utilizados por los europeos, tanto en La piedra de fuego como en “El fetichero blanco”, para impresionar a los africanos, mostrando, así, que no son tan superiores como parece.

Las fiestas, con sus diferentes tipos, son omnipresentes en las novelas y cuentos de José Mas. Hay que decir que el costumbrismo es un rasgo muy característico de la narrativa de nuestro escritor, y que la descripción de las fiestas forma parte de este costumbrismo. De hecho, en las novelas regionales del autor, encontramos la descripción de las fiestas en Andalucía, en Galicia, en Castilla, etc. En las novelas africanas,  las fiestas se caracterizan, a veces, por la brutalidad y la excesiva violencia. Por ejemplo, en La piedra de fuego, el autor describe la “fiesta de sangre”, donde, con extrema crueldad y con enorme falta de sentido humano, se sacrifica a algunos prisioneros:

 

Comenzaba el curioso y bárbaro espectáculo. Unos negros desnudos y embadurnado el cuerpo con barro de color ocre, eran los músicos encargados de amenizar la fiesta. Pasarían de veinte. Unos se dedicaban a repiquetear sobre los tambores y otros sobre tímpanos de madera (...) Ahora la multitud abrió calle y pasaron al centro de la plazoleta seis guerreros de colosal estatura y labios pintados de rojo. Conducían a diez negros casi desnudos y que daban grandes gritos, como si implorasen misericordia. Los brutales guerreros no hacían caso de aquellos gritos ni de aquellos rostros demudados por un indescriptible terror. Eran prisioneros que iban a ser sacrificados ante la cabaña sagrada (...)  (143-146).

 

Este mismo aspecto lo encontramos también en El fetichero blanco, a través de los dos cuentos que presentan una imagen de la vida en la selva africana,  y refleja las costumbres de los indígenas, haciendo una comparación entre la civilización occidental y la vida salvaje en la selva. En el cuento, “El fetichero blanco”, el autor describe las celebraciones de los indígenas a través de sus danzas típicas en la fiesta que organizan en honor de Manuel Delvoa. Es una escena que se repite en todas las novelas de ambiente africano de José Mas, pero en este caso no hay escenas de crueldad y de salvajismo como en otras ocasiones, lo cual quiere mostrar que los africanos pueden divertirse y hacer sus bailes y sus espectáculos sin atentar contra nadie:

A Delvoa y a Artal se les iban encandilando los ojos y encendiéndoseles el cerebro con la fuerte bebida y con el paso frecuentísimo delante de ellos, de las diez vírgenes rescatadas que, desnudas por completo, danzaban por orden expresa de Bakale en honor de sus salvadores. Hombres y mujeres, sin entrelazarse, pero muy juntos, y uno detrás de otros, daban vueltas en torno de la plazoleta. Los hombres, armados de azagaya y escudo, daban vueltas en torno de la plazoleta (5).

 

A través de este tipo de descripciones, el autor quiere también dar a conocer las costumbres bubis que eran totalmente desconocidas en España, un desconocimiento que se manifiesta en las palabras  de  Encarna, en la novela, Yo soy honrada, caballero, una española que se va a vivir con su novio africano a su país. Sus palabras dan al lector una idea sobre la vida en Guinea Ecuatorial que es desconocida para la mayoría de los españoles:

     

-Dice que hay muchas mujeres blancas en santa Isabel, la capital de Fernando Poo. No se ha dado el caso hasta ahora de que muera ninguna. Y todas están saludables y fuertes. ¡Y la vida que allí se hace! ¡Curiosísima, madre curiosísima! La mujer europea es una especie de diosa, todas tienen a sus órdenes una veintena de esclavos negros (...) (167).

 

En La piedra de fuego, el autor habla de aspecto que caracteriza a los negros que es su odio hacia los blancos a los que consideran “hombres pálidos” (95). Para el jefe indígena Olú, los blancos “son más inocentes que los erizos cuando bailan al son de la música” (95). Las palabras llenas de rabia y de odio de Olú culpando al inglés de ser el responsable del robo del fetiche, confirman esta idea:

 

-¡Tú, hombre pálido, repugnante portador de la fatalidad, si me has llamado para que a ti y a los tuyos os perdone la vida, pierdes el tiempo, alimaña de las tierras enfermas! (121-122)

 

El racismo de los negros hacia los blancos, tal y como lo muestra José Mas, se debe a  la hostilidad que siente el colonizado hacia su colonizador. Así, el  autor enfoca el tema del racismo para atacar todo lo que tiene que ver con la colonización, como es el caso en el cuento, “El espejo en la selva”, donde critica duramente la civilización y sus repercusiones negativas en África: un simple espejo, un objeto completamente desconocido en la selva africana es el símbolo de la civilización occidental que ha perturbado por completo la vida de los bubis. Así, lo que contribuye al establecimiento del colonialismo en África es la ingenuidad que caracteriza al africano propenso a ser  engañarlo y burlado. Un buen ejemplo de eso es la reflexión de Sir Roberto en La piedra de fuego, al pensar “que los salvajes eran niños, unos niños terribles, pero al fin y al cabo, niños” (95). Este pensamiento se  confirma cuando dice que “la imaginación de los salvajes es de una infantilidad que asombra” (96).  En este aspecto, el autor hace una comparación entre los blancos y los negros: los primeros siempre triunfan por “su sangre fría, por su serenidad e indiferencia ante el peligro. En cambio, los hombres de sangre caliente se obcecan y en unos segundos de ofuscación todo lo echan a perder” (140).   

El autor presenta otro aspecto que caracteriza a los africanos, en el que se oponen a los occidentales, que es su trato hacia la mujer. Para ellos, la mujer es un ser inferior que tiene como tarea principal las labores domésticas, además de su condición de ser maligno que necesita liberarse de los espíritus del mal. José Mas, siempre empeñado en defender a la mujer reclamando para ella los mismos derechos que el hombre, denuncia esta situación de la mujer africana. Esta postura la encontramos en muchas de sus novelas, como La huída y Yo soy honrada, caballero, entre otras. En La piedra de fuego, el autor nos muestra que la mujer es tratada como un objeto: cuanto más dinero tiene el hombre, más posibilidad tiene para poseer a mujeres: Bioko, el jefe de la tribu, tiene diez mujeres. Aquí, el verbo poseer confirma la idea de que la mujer no es más que un objeto que está en posesión del hombre. La mujer bubi tampoco puede ser consultada para su boda, tiene que aceptar con resignación aunque no lo quiera, la decisión es de su madre, la única que tiene derecho a elegirle el marido que más le convenga. Es el caso de Birika que manifiesta a Sittó su resignación y su rechazo a su boda con Essile en La piedra de fuego. Hay que decir que el trato discriminatorio hacia la mujer no es exclusivo de los africanos, también existe en los países occidentales y, desde luego, en España donde la mujer sufre también el machismo y el maltrato del hombre, y es lo trata de mostrar José Mas en la mayoría de sus novelas y cuentos.

La crueldad de los bubis hacia las mujeres se manifiesta también a la hora de ir a la matanza de las fieras, pues “dejaban en la soledad más espantosa a los enfermos graves y a las mujeres recién paridas” (170). Esta crueldad les permite matar sin piedad hasta a las mujeres, como ocurrió en el asalto de una tribu a otra, cuando una mujer de la tribu atacada empezó a dar gritos de auxilio, “la hicieron callar, introduciéndole un dardo en la garganta y saltándole los ojos” (172). En muchas ocasiones, el autor utiliza la palabra “salvajes” para calificar a los indígenas. Otra vez hay que decir que José Mas, con su crítica, no ataca a las personas ni a las culturas de los países, sino que su crítica va dirigida a algunos valores negativos que existen tanto en África como en Europa, aunque de diferentes maneras,  como la brutalidad y la violencia:

 

-¿Quizá a señalar el día de mi boda con Essile? ¡Que indiquen el día que quieran! No tengo prisa por entrar en una casa donde hay tres mujeres. Me gustaría más que me comprase un hombre pobre. Como no podría adquirir otra buaisó, yo sería la favorita. Es un fastidio, créeme, esa boda con Essile. Yo tengo mal genio, y, sin duda, reñiría con Eloa, que como sabes, manda hoy en la cabaña de mi futuro comprador (25-26).

A pesar de que la mujer africana es considerada inferior al hombre, José Mas hace la excepción en su novela En la selvática Bribonicia cuyo personaje más trascendental es Sirika, una mujer muy respetada en el poblado y que tuvo un papel determinante en la revolución. Gracias a ella, volvió Bribonicia a su estado inicial. Con eso quiere mostrar que la mujer es tan importante como el hombre, de hecho, en esta novela, la revolución de los habitantes de Bribonicia, que acabó con los nuevos valores establecidos por los blancos, fue liderada por una mujer.

En Justicia africana, José Mas aborda otro tema relacionado con África, se trata la diferencia de clases, un tema que el autor siempre se empeñó en reflejar en muchas de sus novelas, sobre todo en sus novelas sociales. En esta novela, el autor refleja el estado mísero de gran parte del pueblo bubi y lo compara con la minoría rica que vive en mejores condiciones.

Algo alejados de estas viviendas minúsculas y míseras, veíanse los grandes helechos arborescentes y los cuadritos verdes y jugosos de las plantaciones de biloo (10).

Hay que decir que la diferencia de clases no es solamente propia de los africanos sino que existe, y con frecuencia, en el mundo occidental, lo que muestra que los europeos y los africanos no son tan diferentes sino que tienen  muchos puntos en Común. En su novela En la selvática Bribonicia, José Mas nos presenta la imagen del africano desde otro enfoque. Aunque el ambiente de la novela es africano, el tema principal no tiene que ver mucho con África, pues estamos ante una típica novela social de la preguerra. En esta novela, el autor establece un paralelo entre los sucesos de Bribonicia, el ficticio país africano donde se desarrolla la acción y la historia de España a partir del reinado de Alfonso XIII y hasta los primeros años de la república. Los nombres de los personajes parecen encubiertos, pero no resulta difícil descubrir a quien se refiere. En efecto, el jefe de la tribu refleja a Alfonso XIII; los ministros del primer gobierno de Sioko representan a los ministros de Alfonso XIII; Adelfí, presidente y mojonki de los tesoros, es Álvaro de Figueroa y Torres, conde de Romanones; Sangui, mojonki de los guerreros del bosque, es el general José Sanjurjo; Amenazé, mokonjí del desborde, es Antonio Maura; Garpi, mokonjí de las danzas, es Manuel García Prieto (Vives: 1977). En muchas ocasiones, la descripción física de los personajes puede bastar para que el lector se entere de qué persona se trata. El autor describe a Sioko, que no es otro que el presidente del gobierno, de esta manera:

Es un hombre de elevadísima estatura ( ...) delgado y de flácidos músculos (...) La cara repelía un poco por unas manchas de ébano mulato en la piel, por el cráneo alargado, por las orejas grandes y despegadas y, sobre todo, por su labio inferior, siempre caído, colgante, que denunciaban su temperamento lujurioso (27).

De la misma manera, José Mas caricaturiza a otros personajes africanos: Jurguí:era él más pequeño y rechoncho; tenía unos ojos pequeños, de alimaña, y una boca de sátiro”, Sanguí era de “estatura corriente de los hombres de Brhibo, ni alto ni bajo, bien plantado, repugnaba (...) por sus grandes pupilas ahuecadas y su ancha y cuadrada dentadura de caballo, siempre a la vista”. Adelfí “tenía una cara socarrona, en la que podía estudiarse todo curso de granjería (...) Tenía una pierna torcida”. Amenazé era “él más guapo de los cinco viejos, aunque ya peinaba canas, tenía un pelo de angelote y una cara de serafín arrojado del cielo” (87). José Mas no se conforma con la crítica de estos cinco personajes sino que incluye a todos los personajes que jugaron algún papel importante en España desde el comienzo del siglo hasta 1931: Kamola es Niceto Alcalá Zamora; Jasala es Manuel Azaña; Kriko es Indalecio Prieto; Iohingo es Marcelino Domingo; Kasalo es Santiago Casares Quiroga; Larki-Kaba es Francisco Largo Caballero; Alkokoz es Álvaro de Albornoz; Bestelo es Julián Besteiro; Dekrios es Fernando de los Ríos; Lurry es Alejandro Lerroux y Kakia es Francisco Maciá (Caudet, 1980). En este caso, José Mas utiliza a los personajes africanos únicamente para establecer un paralelismo entre ellos y entre los políticos españoles, por lo que no se puede comparar esta novela con los demás relatos de ambiente africano de José Mas. En esta novela, casi toda la crítica que hace el autor no está dirigida a los africanos, habitantes de Bribonicia, sino a los políticos españoles, a los diferentes sistemas políticos, a la religión, al sistema capitalista, a la desigualdad social, etc.

Al final podemos decir que los africanos, tal y como los presenta José Mas en sus obras de ambientación africana, parecen muy distintos de los occidentales: sus hábitos y sus costumbres son muy diferentes y hasta resultan chocantes para el occidental. Aún así, a pesar de esta diferencia, hay muchas similitudes entre el africano y el occidental: ambos recurren a las instituciones religiosas para engañar a los demás; ambos tratan a la mujer con menosprecio; y ambos, aunque cada uno a su manera, se aferran al capitalismo salvaje para enriquecerse acosta de los más pobres. La diferencia es que los africanos son brutos y salvajes en sus actos, mientras que los occidentales actúan de la misma manera pero con guantes blancos, bajo la etiqueta del civismo. 

 

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[1] Véase  Luis Sáez de Govantes  El africanismo español, Madrid, Instituto de Estudios Africanos, CSIC, 1971 y Víctor Morales Lozano, “El africanismo español del ochocientos”, Congreso internacional del estrecho de Gibraltar, Ceuta, 1987,  donde hablan de las relaciones coloniales entre Europa y África, y, en especial, entre España y África, a principios del siglo XX.

2 Véase José María Codero Torres, El africanismo en la cultura hispánica contemporánea, Madrid, Ediciones Cultura Hispánica Contemporánea, 1949.