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Revista de estudios filológicos
Nº30 Enero 2016 - ISSN 1577-6921
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ANTONIO OLIVER BELMÁS, HISTORIA DE UN HOMBRE DE LETRAS

 

Francisco Javier Díez de Revenga

(Universidad de Murcia)

 

Nacido en Cartagena, el 29 de enero de 1903, Antonio Oliver Belmás fue, hasta la Guerra de España, funcionario de Telégrafos. Colabo­rador de la República, participante en las Misiones Pedagógicas fundó, con su esposa Carmen Conde, la Universidad Popular de Cartagena. Al estallar la contienda, Antonio Oliver se une al ejército republicano como telegrafista, y al acabar, tras una breve prisión en Baza en febrero–marzo de 1939 y ser expulsado de Cuerpo de Telégrafos, queda recluido en Murcia, en la casa de su hermana, en la Plaza de los Apóstoles.

 

 

Antonio Oliver, dibujo de José Planes (1947)

 

 

En la Posguerra permanece apartado de toda actividad pública trabajando como ayudante en un estudio de arquitectura, mientras terminaba la carrera de Filosofía y Le­tras que había empezado en Murcia en los años veinte exami­nándose ante Jorge Guillén.

 

 

Papeleta de examen de la Universidad de Murcia, firmada por Jorge Guillén (1928)

 

 

En abril de 1946 se le exculpa de los delitos por rebelión militar y se le concede el indulto y la libertad definitiva. Licenciado en Filosofía y Letras por la Universidad de Murcia en 1947, doctor, con premio extraordinario por la Universidad Central en 1954, fue profesor de Literatura Hispanoamericana y de Literatura Española y Europea en el Instituto de Estudios Europeos y dirigió el Seminario-Archivo Ru­bén Darío, dependiente del Ministerio de Educación Nacional, que había gestionado cerca de Francisca Sánchez, la mujer de Darío. En la Universidad Central fue desde 1949 Ayudante, Adjunto por oposición y encargado de Cátedra de Literatura Hispanoamericana. Estudioso del poeta nicaragüense, a su cargo estuvieron varias de sus ediciones y la biografía titulada Este otro Rubén Darío. Dirigió la Cátedra especial Rubén Darío de la Universidad Complutense y fue Profesor Adjunto Numerario de Lengua y Literatura Españolas por oposición del Instituto de Aranda de Duero en 1960 y, desde 1962, del Instituto Cardenal Cisneros de Madrid. De 1951/56 fue profesor de Literatura Hispanoamericana de la obra de Cooperación Sacerdotal Hispanoamericana de Madrid.  También profesor en el Instituto Nacional de Enseñanza Media Cervantes (1948/1961), impartió cursos de folklore en el Instituto de Cultura Hispánica y cursos de Literatura Hispanoamericana en la Universidad de New York en Madrid.

Muy interesante es su actividad como poeta, desarrollada desde su juventud, en los años veinte en Cartagena con partici­pación en las revistas murcianas del 27, Suplemento Literario de La Verdad y Verso y Prosa, y continuada a lo largo de toda su vida. Antonio Oliver es el perfecto poeta del 27, cuya obra, según destacó Leopoldo de Luis, va desde la influencia juanra­moniana y los brotes ultraístas hasta la rehumanización, sin omitir el neopopularismo, la valoración de la metáfora, el gusto por el lenguaje, el suave panteísmo y una clara exaltación vita­lista.

 Desde joven, siguió de cerca las novedades literarias del país, a través de las revistas de la época, tales como Litoral, Pa­pel de Aleluyas, Alfar, de las que era asiduo. Entre 1927 y 1929 fue activo colaborador de la Revista de Avance de la Habana. En la década de los treinta, dirigió Sudeste junto a otros escritores levantinos (José Ballester, Raimundo de los Reyes, Juan Lacomba, Antonio Para Vico y Miguel Gimeno Castellar). Su bella obra poética está constituida por numerosos poemas sueltos y tres libros básicos publicados en vida: Mástil (1925), Tiempo cenital (1932) y Libro de loas (1947), su obra más personal. Mientras Tiempo cenital es un libro de poesía amorosa, con diferentes matices que van desde la ensoñación de la amada a la plenitud de la realización amorosa, el Libro de loas es un canto lleno de alegría, de gracia, muchas veces de ironía, en el que, con una precisa estructura, se hace un magno elogio del mundo y sus criaturas.

En los últimos años de su vida desarrolló una intensa actividad editorial y ensayística, mientras compaginaba sus clases en el Instituto con las de Literatura Hispnoamericana de la Universidad Complutense. Murió en Madrid, el 28 de julio de 1968.

 

 

 

 

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Antonio Oliver junto a los alumnos del Instituto Cardenal Cisneros, de visita a Ramón Menéndez Pidal. Madrid, 24 de octubre de 1964

 

Estudioso y crítico de arte

 

Era Oliver además de un buen poeta, un experto conocedor de Rubén Darío apreciado internacionalmente y, sobre todo, un hombre bueno, en el sentido machadiano de la palabra. Posiblemente, la mayor parte de la gente solo lo recuerda por ser «el marido de Carmen Conde», como, en efecto, lo fue: amigo, amado y recordado con pasión por Carmen Conde tras su muerte en julio de 1968, aunque, como todo el mundo sabe, la vida en común de este matrimonio fue muy variada y accidentada, con largas separaciones por diversas circunstancias, entre ellas las derivadas de la Guerra de España, ya que Oliver fue un leal republicano que hubo de vivir vida clandestina en la Posguerra y reconvertirse hasta poder hacer una activa vida académica y cultural, que la muerte truncó cuando comenzaba a ser apreciado por sus contemporáneos.

Para la redacción de su libro Medio siglo de artistas murcianos (1900-1950), publicado en Murcia por el Patronato de Cultura de la Diputación Provincial, con prólogo de José Ballester Nicolás en 1952 Oliver contactó con los artistas objeto de sus estudios  y estos le enviaron sus datos por medio de cartas conservadas en el Patronato Carmen Conde-Antonio Oliver.

Todas estas cosas, y otras muchas, las cuenta José Luis Abraham López, que realizó su tesis doctoral sobre Oliver. Su libro Antonio Oliver Belmás y las Bellas Artes en la prensa de Murcia descubre su faceta de crítico de arte, ya que constituye una exhaustiva glosa de los pequeños ensayos que Oliver escribió durante décadas en los periódicos murcianos sobre escultores, pintores y músicos de la Región.

Para los que consideran que la vida artística y cultural de la Murcia de la Posguerra era triste y nula, desértica y provinciana, constituye este ensayo de José Luis Abraham una verdadera sorpresa, ya que, guiados certeramente por su autor, asistimos a la intensa actividad de un numeroso grupo de artistas de esta tierra que se abrían camino en Murcia y en Madrid, participando en exposiciones, encuentros, certámenes, e incluso conciertos. De todo daba cuenta puntual Oliver en sus artículos de prensa que sirven ahora de fuente al estudioso para reconstruir no sólo la ingente labor de Oliver en este campo, sino todo un grandioso panorama de la vida cultural y artística de Murcia en las décadas de los cuarenta, cincuenta y primeros sesenta del siglo pasado.

Escultores como Garrigós, González Moreno, José Planes o Clemente Cantos; pintores como Pedro Flores, Luis Garay, José o Carlos Valenciano Gayá, Fulgencio Saura Pacheco, Sofía Morales, Molina Sánchez, Muñoz Barberán, Medina Bardón, Hernández Carpe; y músicos como Pérez Casas, Medina Seguí, García Rubio o Narciso Yepes, entre otros muchos, son algunos de los protagonistas de este libro tan bien documentado y escrito bajo la sombra y el recuerdo de un escritor que siempre tenía el juicio acertado, la opinión experta y el criterio estético preciso para valorar a artistas que son ya historia de nuestra Región.

Desde Madrid, donde Oliver vivía, se convierte en el testigo de los éxitos que en la capital de España van teniendo nuestros artistas, tal como refleja cuidadosamente en los artículos que envía al periódico murciano con el que colaboraba y que dirigía su amigo José Ballester, otro escritor de raza muy olvidado, perteneciente a una generación laboriosa y brillante que tanto hizo por la cultura de nuestra región aquí y en Madrid.

 

 

Carmen Conde y Antonio Oliver en la entrega del Premio Elisenda de Montcada a Carmen Conde. Madrid, 17 diciembre 1953.

        

         La documentación aportada por José Luis Abraham López, en la que figuran numerosas fotografías poco conocidas de reuniones de los artistas de este tiempo con Antonio Oliver, sin duda otorga al libro la categoría de instrumento ya imprescindible para el conocimiento del arte en Murcia en los años de la Posguerra, además de constituir una aportación indiscutible al merecido homenaje al escritor en su centenario.

 

 

Con Rubén Darío

 

         Otro de los aspectos más reveladores de la calidad intelectual de Antonio Oliver es todo lo relacionado con Rubén Darío y su legado poético y editorial. Y en este terreno hay que destacar la labor que, en el campo de la ediciones realizó Antonio Oliver Belmás, ya que desde 1963 hasta su muerte en julio de 1968 a él y a su mujer, Carmen Conde, correspondió, por delegación de los familiares de Rubén Darío toda la gestión de los derechos de autor, y que una documentación preciosísima para valorar la difusión de la obra de Rubén Darío en España y fuera de España, se conserva en los archivos del Patronato Carmen Conde Antonio Oliver, de la ciudad de Cartagena, que fueron legados por Carmen Conde al Ayuntamiento de la milenaria capital, la ciudad natal de los dos esposos.

Como es sabido, además, numerosas obras de Rubén Darío fueron  editadas por Antonio y alguna por Carmen. Él, sobre todo, siempre estuvo muy interesado en Darío y realizó numerosísimos estudios sobre el gran poeta y sobre todo ello, en los archivos del citado Patronato se conserva muchísimo. Quizá lo menos conocido sea que Oliver, después de sus gestiones para que Francisca Sánchez donara el archivo de Rubén, se ocupó de la administración de la propiedad literaria de Rubén Darío. Todas esas gestiones con las ediciones las iba apuntando detalladamente en una libreta (de noviembre de 1963 a julio de 1968), y también se conserva numerosa correspondencia con las editoriales y los herederos.

En Cartagena se custodia asi mismo, por ejemplo, la escritura del poder general otorgado por Cecilia Salgado Dubon (viuda de Darío Sánchez) y sus hijos Argentina Darío Salgado, Rubén Benito Darío Salgado y Salvador del Carmen Darío Salgado, a favor de Antonio Oliver Belmás (Oficina de Abogacía y Notariado del Dr. José Ignacio Bendaña Silva, Managua, 28 agosto 1963), para que se ocupara de la administración de los derechos de Rubén.

Se conservan del mismo modo los contratos editoriales anteriores, por ejemplo, el acordado entre D. Andrés Vega Bolaños (Embajador de la República de Nicaragua en España y apoderado de los citados herederos de Rubén) con Aguilar para el derecho exclusivo de publicación de todas las obras de Darío, firmado en marzo de 1951. Del mismo modo es muy valiosa la correspondencia de las editoriales con Oliver solicitando permiso de edición o negociando los derechos de autor correspondientes a sus representados, contratos de edición, o el documento privado por un conflicto con los derechos entre Aguilar y Afrodisio Aguado (1952), y posteriormente cómo Oliver resuelve este problema ya en 1964 (contratos con Aguilar para Poesías completas de Rubén Darío) Documentos de este tipo hay con Aguilar, Anaya, Espasa-Calpe, Afrodisio Aguado, Porrúa, SGAE, Círculo de Lectores, Aguilar (de México), y otras como University of Iowa, Editions Seguers, Librairie Hachette, The Reading Laboratory, Plaza & Janés, etc.

Cuando muere Antonio en julio de 1968, se ocupa Carmen de las cuentas de administración (con Afrosisio Aguado, el INLE, Castalia, etc.) A veces ella misma hace las gestiones y continúa llevando la cuenta con la contabilidad de ingresos y gastos. Pero para este trabajo se ayudó de la colaboración de Rosario Martín Villacastín (Rosa Villacastín, la nieta de Francisca Sánchez) que actúa, según figura en los documentos, como su secretaria.

Se conservan otros documentos interesantes, como las hojas del inventario que Oliver va haciendo de puño y letra de los documentos que van introduciendo en los sobres lacrados que formaron la donación al estado español de Francisca Sánchez. Conviene, a este respecto, recordar que en 1956 Oliver gestiona, junto con Carmen Conde, la cesión al Estado español, a través del Ministerio de Educación Nacional del archivo de Rubén Darío, que estuvo en poder de su última compañera, Francisca Sánchez, durante más de 40 años. Oliver se doctora en Filosofía y Letras con Sobresaliente y Premio Extraordinario por la Universidad de Madrid con una tesis sobre José Gálvez y el Modernismo, leída el 26 de noviembre de 1954. Al finalizar de impartir un curso monográfico sobre Poesía del Modernismo, Oliver realiza la primera visita a Navalsaúz, un pequeño pueblo situado en la sierra de Gredos, donde residía Francisca Sánchez del Pozo, acompañado por dos estudiantes y por Carmen Conde. El matrimonio vuelve pocos días después, alarmados por las pésimas condiciones de vida en las que se desenvolvía Francisca. Tras entrevistarse en Madrid con el Ministro de Educación Nacional, don Jesús Rubio García Mina, Oliver regresa junto con el señor Maroto, secretario de D. Julián Pemartín, director general del Libro, y del escultor José Planes. Con ellos llevan una carta del Ministro de Educación Nacional, proponiendo una mejora para Francisca y sus herederos después de haber estado los primeros quince días de octubre catalogando los papeles de Rubén Darío en Navalsaúz.

Será en abril de 1956 cuando el Director de la Academia Cubana de la Lengua, D. José María Chacón y Calvo, gran amigo desde los años veinte, consiga que el pleno del Segundo Congreso de Academias de la Lengua recomiende al Gobierno español la creación en Madrid del Seminario Rubén Darío. En un principio comienzan a clasificar a puertas cerradas los cerca de cinco mil documentos rescatados con ayuda de Carmen Conde y María Dolores Enríquez (ésta más tarde directora del Museo de Artes Decorativas).

Oliver, nombrado en 1957, Académico Correspondiente de la Academia Nacional de Artes y Letras de La Habana, en Cuba, obtiene una beca de la Comisaría de Protección Escolar del Ministerio de Educación Nacional para estudiar la huella dariana en España, y, en 1958, consigue otra beca de la Fundación March para escribir la biografía de Rubén Darío, que publicará en 1960, cuando recibe el Premio Aedos para biografía castellana por su libro Este otro Rubén Darío.

         Sería condecorado en 1961 con la Orden de Rubén Darío en el Grado de Gran Oficial, otorgada por la República de Nicaragua. Seguirían en 1967 su nombramiento de Director de la Cátedra Especial Rubén Darío de la Universidad de Madrid y el logro de una beca de la Fundación Juan March de Literatura para escribir un conjunto de ensayos hispanoamericanos.

 

 

Acto de Imposición de la Orden de Rubén Darío en el Grado de Gran Oficial, concedida por el Gobierno de Nicaragua. Madrid, 10 febrero 1962

 

 

Aparte de otros muchos documentos sobre edición de obras de Darío, se custodian en el patronato numerosas fotos de Rubén Darío, de Francisca Sánchez, de los hijos que tuvo con ella (Phocás y Güicho), de las otras mujeres de Rubén y los otros hijos, de las casas de Rubén en Nicaragua y en España, colección de fotos de bustos de Rubén, colección de diapositivas (con Santiago Rusiñol, Jacinto Benavente, etc.), y otros muchos documentos sobre el propio Seminario Archivo Rubén Darío, justamente aquellos que eran personales del matrimonio y que atestiguan o testimonian la labor que tanto Antonio Oliver, como la propia Carmen Conde realizaron durante años en torno a Rubén Darío. Tanto Carmen como Antonio, pero sobe todo Antonio, llevaron a cabo numerosas ediciones de distintas obras de Rubén Dario para editoriales españolas en su colecciones de textos destinadas a las enseñanzas media y universitaria así como para la editorial mexicana Porrúa en sudifundidísima colección, en aquellos años, Sepan Cuantos.

 

La poesía de Antonio Oliver

 

Pero, sin duda alguna, es en su poesía donde Oliver muestra niveles de originalidad y de inspiración que merecen detenimiento, por lo menos la contenida en los tres libros que vio publicados en vida y que representan tres etapas en el desarrollo de su poesía de una gran calidad y dignidad.

         Mástil es el primer libro de poesía de Antonio Oliver. Lo escribe entre 1923 y 1925 y lo publica en 1925. Recoge los primeros impulsos poéticos de un lector de la poesía más avanzada del momento. Los que han estudiado este libro lo han relacionado con Juan Ramón Jiménez, como ya señalara Leopoldo de Luis, sin duda para dotar de categoría al libro: pero lo cierto es que tal clasificación ha caído como una loa de plomo sobre el libro, cuando esos primeros poemas revelan dotes de originalidad que no han sido señaladas ni reconocidas. Oliver muestra en sus poemas contención, elegancia, dominio de las estructuras versales y sentimientos relacionables con la poesía pura de aquellos años, que elevarán a la categoría de permanentes poetas como Guillén, Cernuda e incluso el primer Aleixandre de Ámbito sin olvidar al primer Pedro Salinas. Con ellos coincide cronológicamente el primer libro de Oliver.

 

 

Pero lo cierto es que en sus versos muestra líneas que son personales y propias. Por ejemplo la relación con la amada, imaginaria o no, la cercanía de la proximidad hacia ella en un ambiente de naturaleza viva y vivida. Oliver en esto muestra ya signos que serán permanentes en su poesía, por lo menos en los tres únicos libros poéticos que publicó en vida. Su cercanía, su proximidad e incluso su complicidad con la naturaleza y el paisaje que llegan a convertirse en confidentes del poeta, como en uno de los poemas iniciales del libro «Huerto»:

 

Yo no sé qué parecido

tienes con esta palmera…

¡Pero me acuerdo de ti

al estar delante de ella!

 

Yo no sé si han injertado

en su quietismo tu gracia…

¡Pero cómo se parecen

esta palmera y tu alma!

 

         La brevedad es uno de los signos más reveladores y característicos de las representaciones de la poesía pura, y Oliver concentra en sus versos sintética sensibilidad siguiendo los patrones de la lírica más avanzada del momento. Un buen ejemplo de fusión naturaleza y enamorados  lo representa esta brevísima «Trinidad»:

 

¡Qué bien!

La primavera, tú y yo…

¡los tres!

 

         La representación de la naturaleza pone de relieve el juvenil entusiasmo del poeta que revive el paisaje familiar para mostrar la unión con la amada. Paisaje y naturaleza se funden en la pasión del enamorado, como muestra «Oleaje»:

 

¡Al mar! ¡Quién fuese el mar! ...

¡Cuando te miro junto al mar

te besaría como el mar!

 

¡Ser pleno!

                ¡Ser azul!

                             ... ¡ Y ser espuma,

por ti, que eres espuma!

 

¡Cuando te miro junto al mar

te besaría como el mar!

... ¡El mar! ¡Quién fuese el mar!

 

Pero a veces la propia presencia del mar familiar y en este caso del puerto cercano, genera desaliento y el poeta, al describir su paisaje no ve en él sino «Desesperanzas», como se titula este poema, que descubre un entorno habitual y dilecto pero esta vez sin llegar a concebirse como una grata naturaleza. El fantasma de la guerra nubla toda la representación poética:

 

Estas montañas del puerto

sólo tienen hierro y piedra.

¡Ningún árbol

dulcifica sus laderas!

 

Los barcos que hay en el puerto

todos son barcos de guerra...

 

...Y el horizonte se muere

por la gracia de una vela.

 

         La vivencia del paisaje familiar, cercano, le permite revivir escenas laborales con un cierto tono costumbrista, que luego ha de recuperar en sus Libro de loas. La Unión, los mineros, el cante de las minas, la evocación de una jornada laboriosa que llega a su final, y al apetecido reposo nutren la escena de  «Mina»:

 

Por la oscura galería

van los mineros cantando,

esperando

llegar a la luz del día.

 

El cantar va resonando

en las otras galerías.

Y el monte se va preñando

de esperanzas y armonías.

 

Ya callaron los barrenos.

Ya cesó la voz del mando.

 

Caminar del nuevo día,

van cantando

por la oscura galería.

 

 

         Motivos laborales de oficios propios de la tierra cercana de La Unión, que al poeta inclinan a la compasión, a la solidaridad con el duro trabajo el minero como se canta en el poema así titulado y que avanza, en plena juventud, sus posteriores loas de oficios que reunió en su más personal poemario ya en los años de Posguerra:

 

Minero:

Cuando estás bajo la tierra,

¿sientes nostalgia de cielo?

- ¡Siento!

 

Minero:

Cuando estás bajo los montes,

¿tienes sobre ti su peso?

- ¡Tengo!

 

Minero:

Cuando sales de la mina,

¿no quieres volver adentro?

-¡Quiero!

 

 

Y es la añoranza de la luz la que desencadena el sentimiento de privación, porque lo cierto es que la luz de un paisaje radiante será la que domine muchas de las evocaciones de tierra tan cercana. Los molinos de velas del campo de Cartagena protagonizarán estampas que revelan no solo la singularidad de la estampa rural evocada sino, además, un sentimiento de cercanía y de pasión por ese elemento inconfundible del paisaje, ya desaparecido, aunque eternizado en los verso de Oliver, como en este «Campo»:

 

¡Molinito de mi tierra!

¡Tómame desnuda el alma

y que dé contigo vueltas!

 

¡Ya viene el viento del mar

al reclamo de tus velas!

 

¡Gira, gira, molinito,

que parece que me alegras!

 

O en este  «Sendero», en el que el oficio del poeta, su métrica, se enlazan en esta hermosa y vivida evocación, del viento de levante, del agua y sobre todo del molino de velas cartagenero, activo en un paisaje inconfundible aunque desgraciadamente ya desaparecido. Las metáforas se enlazan para hacer más viva la realidad y, desde luego, revelan el entusiasmo del joven poeta ante el blanco molino de su paisaje natal:

 

Como el verso de ocho sílabas

el molino de ocho aspas.

Las palabras son las velas.

Las velas son las palabras.

 

Da vueltas, molino blanco,

para que la estrofa cante.

Gira, octosílabo, gira,

que hace viento de levante.

 

Del pozo profundo y fresco

sacará el molino el agua.

Y la estrofa, la alegría

del claro pozo del alma.

 

Da vueltas, verso octosílabo.

Abre tus velas al aire.

Canta, molinito, canta,

que hace viento de levante.

 

Molino, suelta las sílabas.

Verso, que giren tus aspas.

Que preñes las velas, viento.

Molino, ¡que suba el agua!

 

Antonio Oliver Belmás en la terraza de la casa de Carmen Conde, frente a la cúpula de la Iglesia de la Caridad. Cartagena, julio de 1927.

 

En la casa de Carmen Conde en 1927. Al fondo cúpula e la Iglesia de la Caridad, Cartagena

 

En el verano de 1939, Antonio Oliver, «ansioso de evasión» tomaba su pluma para explicar en prosa el que quizá había sido su mejor libro hasta entonces: Tiempo cenital. Y llevaba a cabo ante el lector de su poesía luminosa y encendida el redescubrimiento de una obra excepcional, conocida ya desde 1932, año en que el libro apareció en Murcia en las ediciones Sudeste, con relieves vanguardistas.

Los comentarios a Tiempo cenital los tituló bellamente Lección de poesía, y permiten que podamos leer el libro oliveriano de la mano de su autor, experiencia siempre grata aunque innecesaria, pero útil si se trata de un libro forjado en el arte de vanguardia. Sin embargo, esta Lección escrita en tiempos difíciles, a pesar de su valor, quedó inédita hasta la publicación de sus Obras completas en 1971.

En todo caso. Tiempo cenital es un libro que, como la buena poesía, se explica por sí mismo como el poeta quería, deseo éste coincidente con todos los autores de su generación, de la generación del 27, comenzando por Pedro Salinas. Tiempo cenital es la gran revelación de la personalidad de Oliver como poeta original, personalista. Leopoldo de Luis, que prologó sus Obras completas, ve en el libro, en su deseo de relacionar a Oliver con los poetas de su tiempo, un libro ultraísta: «Sólo pensando —escribe— en la sordina que la vida provinciana española ha puesto siempre a la obra literaria, puede explicarse que Tiempo cenital no haya  quedado registrado en el sitio que merece entre la poesía ultraísta». Y a continuación lleva a cabo de Luis un análisis de las imágenes modernas, geométricas o mecánicas, que determinan el tono ultraísta del libro.

 

 

 

 

 

Sin desmerecer la extraordinaria labor en torno a Oliver de Leopoldo de Luis, hay que advertir que el prologuista limitaba un tanto el valor del libro oliveriano al ceñirlo a la línea ultraísta. Son innegables, por supuesto, los elementos vanguardistas adscribibles al ultraísmo y también al creacionismo o a un temprano superrealismo, pero estos elementos son accesorios, superficiales y envolventes de un mundo poético distinto del ultraísta, totalmente humanístico y humanizado, plenamente ceñido al sentimiento amoroso.

En este sentido, es definitivo tener en cuenta esa Lección de poesía, en la que se pone de manifiesto, sin ambages, el carácter amoroso del libro, entre otros muchos rasgos notables. Precisamente, el propio De Luis fue el primero que hizo ver la importancia de esta Lección para observar el talante erótico del libro de 1932: «Cuando, en 1939, ya en sus años de soledad y enclaustramiento de posguerra, Oliver escribe unas páginas que titula Lección de poesía para radiografiar su propia obra, abundará en la intención ultraísta afirmando que la ciencia debe suministrar vocabulario e ideas a la labor poética, al par que nos confesará el talante erótico del libro».

Pero si recordamos alguno de los fundamentos del ultraísmo, veremos que Oliver utiliza sus elementos como algo puramente accesorio. El ultraísmo como facción de vanguardia tendía a la evasión de la realidad y a la desaparición de la anécdota, del sentimiento e incluso del «yo autobiográfico». Se tendía, sí, al culto a la imagen, pero también a la exclusión del mundo sentimental y, en algunos casos, al juego intrascendente —el arte debía serlo—, al humorismo y a alguna que otra intención alejadora de compromiso en el arte.

Si en el libro de Oliver leemos poemas como el que figura en segundo lugar:

 

La claraboya de los días,

la navegación de la Noche,

tu voz, tu voz de almendro,

sueño en arco voltaico.

 

Sueño tu acento en llamas,

tu geyser de relentes,

tus lumbres de verdor.

 

Sueño en el halo de las flautas,

en las estrellas sin plomada,

en las torres que pierden de su peso.

 

Y a estos versos el poeta añade en prosa la explicación siguiente: «Apenas emergido a su mundo, a su abril de horas cenitales, el Poeta sueña con la Amada, cuya voz bien puede ser la Poesía misma. Cuanto ve lo conduce a esa voz: los días que en su claridad de lentes aparecen como claraboyas; la Noche cuyas sombras viajan. Todo lo lleva hacia la voz de la Amada, que en abril es una voz tierna de almendra que va sazonando, un arco eléctrico y luminoso; un acento con delicia de relentes altos y surtidores; una voz tan joven que en su mismo verdor hay ardentía». Si en su libro leemos versos y líneas como los transcritos, comprenderemos lo alejado que Oliver está desde el punto de vista interno del ultraísmo, ya que su poesía no puede ser más subjetiva, más cargada de sentimiento, más centrada en la imagen de la Amada, en la imagen humana y sentida de la persona que preside esta creación oliveriana y le sitúa espiritual y estéticamente en su cénit, en su «tiempo cenital».

Es este el sentido único de Tiempo cenital, el del canto a la Amada como centro de una naturaleza que ella domina con su presencia, como centro de un tiempo jubiloso vivido por el poeta que comunica su alegría, su pasión, su amor a los vientos, a los ríos, a la lluvia.

Poesía, pues, amorosa, que se desenvuelve a lo largo del libro como su única vertebración temática fundamental, formulada, como en los mejores libros de poesía erótica, a través de una serie de escalones, de espacios graduales. Desde la ensoñación por la Amada hasta la plenitud de la realización amorosa, Oliver traza un amplio y muy complejo mundo de gradaciones amorosas, siempre envueltas en la iluminada imaginería vanguardista que define su Tiempo cenital:

 

De horizonte a horizonte,

en túneles de sol.

 

Cruzan contornos de riberas,

de colinas,

de vientos.

 

¡Qué bandadas de mares

vuelan sobre sus hombros!

 

Llueven islas.

 

«El Poeta —escribe Oliver en Lección de poesía— corre hacia la Amada a través de su universo. Va de un límite a otro, de un horizonte a otro, buscándola por túneles de sol, que son las de su deseo de hallarla». Corre el Poeta en busca de la Amada, va rumbo a ella atravesando la naturaleza, los elementos del mundo lanzado en su presentimiento, por las «selvas de relojes». El poeta es un ser ingrávido —«nube», «llama», «Viento»—, que avanza sin pausa al encuentro deseado.

La reunión, la nueva unión, pronto se produce, y la invitación al amor es inmediata:

 

La luz sobre la sombra canta.

¡Prado en Aries!

En zodiacos de tierra

pastan soles de naipes.

 

Entre márgenes,

vienen cielos y nubes,

llegan árboles.

 

Las ramas iza, amante;

las ramas y las aves.

Entra conmigo en este

bosque de claridades.

 

La Amante penetrará en la Poesía con el Poeta, en el «bosque de claridades» que para ellos es la creación poética, a través del cual se conjuga a la Amada. La belleza de los versos oliverianos, las sugerencias múltiples de sus imágenes se conjugan con un ritmo de estructuras paralelas de desarrollo diferenciado, que refleja la vacilación y el anhelo del poeta.

 

Porque las balsas suenan sus crótalos;

porque la suma de tus sienes es verde;

porque los ríos son hipódromos.

 

Tú baila y canta mientras las albas giran;

tú baila y canta mientras el viento alumbre;

canta y baila.

 

Tú canta y baila sobre los deltas;

cuando las sombras blanden sus luces,

yo taño astros.

 

La belleza de esta poesía amorosa radica muchas veces en la palabra del Poeta que, dirigida a la Amada, reviste connotaciones emocionadas, llenas de pasión moderada, de equilibrio constituido por la misma forma métrica del poema. El contexto imaginístico-simbólico traza un amanecer esplendoroso de día festivo que el Poeta comunica a través de su palabra a la Amada. El ritmo paralelístico y la reiteración de las cláusulas sintáctico-expresivas con marcadas concatenaciones contribuye a la fuerza sugerente de este poema:

 

Ahora que el sol entra en agujas,

que hay banderas de humo en los tejados

y la colina va descalza,

déjame que corte

el tallo del arroyo.

 

Déjame que corte su cristal,

que su cristal aclare el aire,

que yo tenga su acento entre mis manos.

 

Ahora que la mañana está desnuda,

que los ciclistas surcan el domingo

y que emiten sonrisas las praderas,

déjame que corte

el tallo del arroyo.

 

Quizá la plenitud de la expresión amorosa de este Tiempo cenital llega cuando ya en los últimos poemas del libro, el Poeta nos ofrece la presencia de la noche, que viene precedida en la obra de poemas que son el camino hacia el ardor definitivo. El diálogo del Poeta con la Amada y la Poesía, ya en el final del libro y a través de imágenes bellamente simbolizadoras de la pasión amorosa, conduce su contenido hacia el cenit del amor:

 

Aquí la luz tiene más grados.

Háblame de las piedras con sol,

de las verdades entornadas,

de los horizontes despiertos.

 

Háblame, amante, de tus ojos;

de las danzas del aire y los molinos;

de tus orquestaciones de estrellas.

 

Esperemos que la Noche se abra.

Que se desmoronen los iris.

Que la sombra suprima nuestros cuerpos.

 

La noche es la imagen perfecta y su identificación con la Amada va a tener su realidad en el poema siguiente. El autor de Tiempo cenital vive con la Noche el momento más íntimo de la plenitud, de la felicidad. El símbolo oliveriano es nítido y la imagen visionaria continuada decididamente estética y fuertemente expresiva:

 

¡Oh la noche inexacta,

la noche sin contornos,

la noche indivisible por mi verso!

 

Quiero su luna ausente,

su luna aproximada en decimales.

 

Sí: yo te quiero, Noche.

Yo quiero tu cintura,

tu cintura de sombras.

 

¡Oh tus muslos opacos,

tus senos de carbón,

tu amor en difumino!

 

Sí; yo te quiero, Noche.

Adolescente negra.

 

Tiempo cenital se aproxima a su fin, y el Poeta todavía expresará el sentido de su gradación amorosa a través de nuevos matices reveladores de su amor, como pueden ser el fuego, la separación y el reencuentro y la presencia siempre de la Amada, que crea y recrea el Poeta en sus versos encendidos, en sus palabras llenas de belleza, en sus imágenes insólitas y nuevas. Pero quizás lo que más destaque de este mundo nuevo y apasionado sea ese fuerte latido humano, poderoso y valiente, que inunda esta poesía inspirada por la Amante, por la Amada que el Poeta enlaza con su verso y sus metáforas a la naturaleza y al mundo moderno y mecánico, al arte de vanguardia. En definitiva, un libro de poesía amorosa, lleno de vida, lleno de verdad, lleno de amor hacia la musa que colma al Poeta en su «tiempo cenital».

         Cuando, en 1947, la Diputación de Murcia concedió el Premio Polo de Medina de poesía a Antonio Oliver, tuvo un gran acierto ya que galardonaba a un excelente poeta y a un magnífico libro, todavía incipiente: el Libro de loas, que más adelante habría de crecer hasta convertirse en el que hoy conocemos por sus Obras completas.

         Si la poesía de Oliver en sus libros anteriores Mástil  y Tiempo cenital se había inscrito por distintas razones en el aire de los movimientos de su época (influencia de la mejor poesía de las primeras décadas del siglo, brotes ultraístas, neopopularismo) convirtiendo a su autor en un poeta en la órbita del 27, su sello más personal se manifiesta en la originalidad del Libro de loas, lo que en cierto modo le une aún más a su generación, ya que todos los componentes del grupo, en los años cuarenta, siguieron, porque no tuvieron más remedio, rumbos tan personales (recuérdese Alberti, Gerardo Diego, Dámaso Alonso o Salinas) que dieron al traste, para bien o para mal, con la tan poco fiable unidad del grupo pretendida por algunos.

 

 

 

 

 

         El Libro de loas representa algo muy personal, un enfoque muy particular de la vida y refleja en su autor un amor a las cosas habituales y el mundo cotidiano que nos rodean. Todo este conjunto de representaciones poéticas hacen pensar en una poesía muy original y profundamente sentida. Leopoldo de Luis señala que nuestro poeta «es un precursor de la poesía de lo cotidiano, años después considerada como temática peculiar de la poesía española de posguerra». El Libro de loas, que contiene toda esa poesía diaria, tiene el sabor de la obra escrita paulatinamente, con reflexión y sentido estético de la vida, casi como si se tratase de un diario inspirado, más que por el acontecer, por el ser cotidiano. Por eso la vida murciana ―en su gran extensión regional, con el mar, las sierras, la huerta y el campo, los secanos y los llanos del interior, las minas― entra también de lleno en este libro, muchas veces acompañada del sentimiento más amplio de «levantinidad», que se extiende a las tierras cercanas de Alicante ―sobre todo Orihuela, la Oleza de Miró y de Miguel Hernández, y Guardamar, donde el Segura da en la mar, que es el morir― y de Almería, por tantas razones geográficas y paisajísticas cercanas a la Región de Murcia.

 

 

 

 

Madrid, años cuarenta

 

 

 

         Y no podía ser menos hacia esta poesía de «casi inclinación franciscana laudatoria hacia las cosas», tal como la denominó Leopoldo de Luis. Vicente Aleixandre ha escrito que «loó la vida, la natural variedad sencilla y el quehacer humano. Y a su mirada la movió el amor, que en este caso está cualificado moralmente, y con su palabra sobria y veraz nos dio la imagen del mundo que estaba hecha, ante todo, de su propio espíritu de comprensión y generosidad».

El Libro de loas es, en su conjunto, un canto lleno de alegría, de gracia y muchas veces de ironía, que va pasando, con una precisa estructura, por una serie de capítulos o partes contenedoras de los más diversos motivos y objetos, captados en poemas independientes y autónomos de nutrida forma métrica, en un despliegue versificatorio de variedad asombrosa.  Así hay grupos dedicados a las aves (gorrión, tordo, chichipán, cigüeña, urraca…), a los oficios (azacán, lagarero, pescador, jabeguero, campesino…), a las frutas (azufaifa, higo, ciruela, serba, plátano, moras…), bodegón (cazo, botijo, zaranda, trébedes…), a los pueblos (Caniles, Jabalquinto, El Baúl, Valldemosa…), loas morales, loas arquitectónicas, de oficios, de amor, de amistad…

         En 1947, Ángel Valbuena Prat destaca la significación del libro en el conjunto de la lírica española de aquellos años de Posguerra: «Para mí suponen, también, un momento decisivo de nuestra lírica actual. Loas a frutos y pájaros, a ríos y cordilleras, a oficios y temas morales. ¡Qué rica cantera, qué sobrios ademanes, qué vivaces juegos de salto e ironía! Algunos son preciosos bodegones, como sus cantos goliardescos a la damajuana o a la sartén. La preciosa ironía de la loa al canario es uno de los logros mejores de tono menor.

Preciosa la forma de glosa en algunas, como la de la lima y el limón. Hondas y emotivas las del Segura y los Pirineos. Desde Polo de Medina no recordamos más noble y propia evocación de la huerta murciana y de su río. Los elogios de oficios, el tono épico de la evocación de los pastores, la emoción de la loa el amigo, o la corriente ascética seiscentista del tema del sepulturero, juntan en armonía los afluentes del gran río que va al mar levantino de las “Loas” del poeta de Cartagena.»

         Resulta interesante reflexionar sobre el carácter y contenido de la «loa» como género poético, invención de Oliver. Ateniéndonos al significado estricto de la palabra, sabemos que es sinónima de alabanza, aunque en otras acepciones contenga el significado literario de la loa teatral o dramática que precedía a una representación escénica durante el Siglo de Oro, y servía de elogio al noble patrocinador o a la concurrencia al acto. La versión oliveriana de la loa es muy distinta, ya que no se alaba a nadie, a ningún  notable personaje sino solo a las cosas y a las virtudes, a objetos familiares o conocidos en los viajes que se  unen a los recuerdos y dan pie  para la observación, para la reflexión, para la glosa divertida.

         Concha Zardoya, que estudió las loas arquitectónicas, señala que «estas loas expresan su alabanza de dos maneras: 1) de un modo lírico: el énfasis recae sobre los sentimientos nacidos de la contemplación, revelando la íntima actitud del poeta ante las diversas formas arquitectónicas, y 2)  de una forma más bien didáctica, objetiva o simplemente descriptiva. En muchas loas prevalece un carácter más bien alegórico, carácter que las relaciona con las viejas loas dramáticas de los siglos xvi y xvii, evolución de los introitos, como es sabido. Por otro lado, su tono las acerca a las odas, a pesar de su brevedad, o al ditirambo, por su entusiasmo o vehemencia íntima. Pero hay algunas que desarrollan temas de carácter moral y permanecen en ellas  la gravedad y la reflexión meditativas». En todo caso, podríamos definir la loa oliveriana como el canto optimista de los objetos y paisajes familiares y cotidianos así como de las virtudes y los valores humanos permanentes.

         En los doscientos poemas que componen las diez secciones en su edición definitiva ha de advertirse la multiplicidad no solo de motivos, como ya tenemos anotado, sino, además, la variedad de tonos, de enfoques e incluso de temperatura según sea el asunto de la evocación. Pero un hilo común une a todas estas representaciones y no es otro que la propia presencia del poeta reflexionando y gozando de aquellos elementos que retenidos en su memoria, en su retina, en su intimidad, dejan traslucir sus propios sentimientos, matices líricos de una poesía intimista y poblada de sensaciones personales, que el poeta goza en comunicar a su lector.

Tal es la filosofía vitalista de esta poesía contemplativa que refleja intimidad y mundo personal. El poeta se sentía cómodo al recuperar mundos existentes con permanencia en su memoria y disfrutaba contando con palabras, bien y muy elegantemente acompasadas, experiencias que quiso retener en sus elogios laudatorios de todo un mundo, de toda una vida trascendente, de todo un conjunto de experiencias que quiso eternizar.

         Así lo sorprendemos evocando, por ejemplo, pájaros de las tierras levantinas y descubrimos ahí matices definitorios de su naturaleza: de la alegría al atrevimiento, sentimientos de elevación espiritual dominan estas evocaciones, mientras el poeta se recrea en formas versales y estróficas adecuadas para cada cuadro. Un ejemplo interesante es el poema dedicado a «El colorín», captado en una forma métrica particular, denominada por el propio poeta triterceto, en el que capta la alegría del ambiente levantino:

 

Por sus tonos es vivo, placentero;

y aunque sabe retórica y latín,

es un loco estudiante bullanguero.

 

Finas gotas de agua en el verdín

son las suaves escalas del jilguero,

si prisionero añora su jardín.

 

De alpiste y cañamón tiene granero.

Negro, amarillo y blanco, el colorín

en la caña es un gran titiritero.

 

Pero no siempre es así. Sus dotes de observador le tornan sombrío en «La corneja», meditador y filosófico en «El mochuelo». Sin embargo, en general, domina la alegría, que en algunos casos llega a convertirse en candor y ternura, ingenuidad, pureza y encanto que emocionan al poeta. Es lo que ocurre con el dedicado a «La pajarita e las nieves», en el que queda contagiado el poema de la candidez de esta pequeña ave. La serie se cierra con la evocación de la calandria, con un muy rítmico juego de concatenaciones, cerradas por un insistente estribillo que cierra cada cuarteto endecasílabo agudo: «La calandria madruga por cantar».

         Las loas de los oficios nos ofrecen personajes y escenas costumbristas todas casi siempre de las tierras de Levante. Se abren con un poema paralelístico dedicado al azacán, en el que se destaca la forma barroca no exenta de contenido moral, el contraste entre el calor y el agua fresca traída por el aguador. El ambiente es de secano, luminoso. Los versos que la cierran poseen un cierto tono simbólico:

 

Si de la fuente al zaguán

en tierras de sol impío,

traes agua como el rocío,

Dios te bendiga, azacán,

que tú eres hermano mío.

 

         El signo barroco toma cuerpo en una lograda arquitectura de metáforas en el romance «El lagarero», que baila «en remotas Corintos», que pisa «el sol mismo / fino polen de astros; / un oro lejanísimo», para terminar con una simbiosis pagano-cristiana, plástica y sentimentalmente evocadora: «La luz clara de Apolo / y la sangre de Cristo».

         El verso alejandrino se emplea para evocar a los pescadores, y el ritmo popular tradicional, aprendido acaso en Gil Vicente, se utiliza para cantar a los jabegueros: «A la jábega, jabegueros», comienza una perfecta canción paralelística de amor, azul, mar, y naturaleza ricamente captada. Aunque el motivo más urbano del zapatero se aleja de la tónica rural que informa la mayor parte de las composiciones del libro, contiene, sin embargo, la nostalgia de un mundo laboral artesano que desaparece, el de las gentes de oficio humilde. Manuel Ariza ha destacado que el poeta penetra en el alma del loado que, incluso, a veces, se convierte en religiosa, como sucede en el caso del panadero:

 

¡Qué sagrado ministerio

oficiar de sacerdote

entre la harina y el fuego!

Multiplicando los panes,

hacer de las palas remos;

trocar los granos en miga;

las espigas, en sol tierno;

sembrar aromas calientes

en la tierra y en el cielo.

 

 

         En el «El campesino» y «El alfarero» surge la relación primaria hombre-tierra, arraigada en el ser humano y de profunda significación vital. El sentimiento de nostalgia y temor por la pérdida de la vida rural tradicional, combinado con la alegría por la perdurabilidad de «Los pastores», queda reflejado en la loa dedicada a este oficio: un estribillo alborozado insiste en cerrar los distintos dibujos campestres:

 

Gloria a la luz de los montes,

a los claros horizontes,

las sierras y los alcores:

¡Gloria,

gloria a los pastores!

 

La añoranza preside el sabor de todas estas loas, que reflejan mundos y labores que desaparecen, pero prendidos al amor del poeta por la naturaleza, el campo, el mar. Son oficios que ya no permanecen en nuestro mundo debido a la invasión industrial, a la mecanización, a la sociedad de consumo: el estañero, el herrero, evocado con recuerdos de mitología vulcaniana y cuadro velazqueño, son oficios de nuestros campos, ya desaparecidos, como también el esquilador, el boyero, el vareador, dibujado en la tierra andaluza.

         Como reflejo de la naturaleza de las tierras del Sureste y de su naturaleza y su paisaje, ningún grupo de loas consigue captar los perfiles de un mundo rural cercano mejor que el de las loas de las frutas. La azufaifa o jinjolero, relacionado con el mundo infantil, va seguida de la loa al higo a modo de adivinanza, casi epigrama, con variadas referencias a pueblos de esta geografía venturosa y ubérrima:

 

Logra pan, aunque no es trigo.

Muestra pezón, y no es seno,

y si a veces es verdal,

otras muchas es moreno.

 

Viste pámpano y no es uva;

derrama leche y no es cabra.

Y si no existe en Noruega,

abunda en Lorca y en Adra.

 

Tono de serranilla a la manera del marqués de Santillana respira «La serba». El plátano no es canario ni antillano, sino andaluz; las moras son de Murcia, la cereza y la almendra rezuman el paisaje del Sureste en sus versos. En la loa al dátil domina lo dulce con evocación beduina y alicantina que descubre la palmera con brillante metáfora:

 

¡Qué clara su epifanía

en el cielo de Levante!

Dátil, antorcha del día,

sobre el azul de Alicante.

Aún me place su manera

más que la de la aceituna.

Y es justo que yo prefiera

en noches de media luna

el dátil de la palmera.

 

En «La uva» destaca la forma sensual del racimo y en el albaricoque su paradójica y llena de salud amarillez. La naranja queda evocada con novedad por la atención al volumen, por la costumbrista estampa de la corteza enroscada. Una nueva versión de aquel motivo que ya ocupó a Polo de Medina y a escritores levantinos como Blasco Ibáñez, Miró y Azorín, según anotaba en un recordado artículo Baquero Goyanes, publicado en el libro del centenario del poeta murciano, que en las Academias del jardín cantó esta fruta y su árbol.  No está ausente la nota de sensualidad en el poema de Oliver, y la bella y luminosa arquitectura metafórica que finaliza el poema pinta la corteza secándose al sol:

 

 

En el balcón tu cáscara

es un rizo dorado,

tirabuzón de bella,

chorro de luz,

escándalo.

Gloriada sea la tierra

que te encendió en su parto

para que perfumases

la vida, el ser, el ámbito.

 

         La manzana, el melocotón, la breva, la granada… completan el cuadro frutal que ofrece Oliver como un regalo levantino y ubérrimo a la poesía española.

         Carácter y sentido costumbrista tienen aún más las loas de bodegón, con tono epigramático e ingenioso que recuerda a los poetas del Siglo de Oro. Entre los recursos más característicos figuran las personificaciones tan divertidas como la loa de la olla («¡Qué hermosa hembra llena de hechizo!») o en la damajuana («Tiene el cutis de cristal; / cautivantes las maneras. / Y, sin ser mujer carnal, / voluptuosas las caderas»).

         En las loas de los pueblos se logra la evocación directa de un paisaje concreto, de un pueblo español determinado, muchas veces levantino, con captación muy precisa de su ambiente: Valladolises, La Murta, Guardamar, Algezares… La evocación de Adra, en breves tetrasílabos, logra mostrar un ambiente y un aire determinado. Muchos son pueblos secos, pero luminosos. El de Guardamar muestra la nota literaria y el contagio con la imagen tradicional del río que va a dar en la mar, que es el morir. Pero ahora no es ficción ni alegoría: es el Segura que acaba en el pueblo alicantino, en su mar. Con la luz de la cal y de las tierras láguenas contrasta la tonalidad cromática de la loa de La Unión, interrumpida por el perfil de la maquinaria minera. Y al fondo suena el cante de las minas, tal como también se oía en su primer libro Mástil.

         Ríos (el Segura, el Mundo) y sierras (Columbares, Espuña, Monteagudo, la Sagra...) contienen vivencia del paisaje y amor y nostalgia por una naturaleza viva y vivida, como ocurre con el Segura, poderoso vivificador de la huerta rico en bondad y en sensualidad. De esta forma, la originalidad de Libro de loas responde en su conjunto a una experiencia de una geografía captada con el detenimiento del entusiasta y la sensibilidad del poeta observador y elegante que Oliver siempre llevó dentro.

 

 

 

Cayetano Alcázar, Carmen Conde, Amanda Junquera, Jorge Guillén, Juan Fernández Figueroa y Antonio Oliver, almorzando. Madrid, 21 octubre 1951.

 

Nota final: Agradezco a Caridad Fernández e Isabel Ortuño, del Patronato Carmen Conde-Antonio Oliver de Cartagena, su colaboración en la consulta de la documentación referente a Antonio Oliver Belmás,  así como en la recopilación de la información gráfica, y a su Director el Dr. Cayetano Tornel Cobacho las facilidades que me han permitido contar con un fondo documental tan valioso.

 

Obras de Antonio Oliver Belmás

 

 

Obras poéticas

 

Mástil (Poesía) 1923-1925, Cartagena, Imp. de la Viuda de M. Carreño, 1925.

Tiempo cenital (Poesía), Murcia, Sudeste, 1932 (Varietas).

Elegía a Gabriel Miró (1930-1935), Madrid, Ed. no venal, 1935.

Canto funeral por Manolete, dibujos de Antonio Gómez Cano, Madrid, Ed. J. Romo Arregui, 1947.

Libro de Loas, pról. de Ángel Valbuena Prat, viñetas de Molina Sánchez, García Ochoa, Luis Garay y Andrés Conejo, Madrid, Mensajes, 1947.

Loas arquitectónicas (poesía), il. de Juan Arturo Guerrero, Madrid, 1951 (Palma)

«Libro de las Loas», separata de Cuadernos de Literatura Contemporánea, Madrid, 1967, págs. 649-657.

«Canto de enfermo en loor del cobaya», separata de Folia Humanística. Ciencias, Artes, Letras,  t. 5, núm. 59, Barcelona, noviembre 1967.

Loas de oficios, Cartagena, Athenas, 1968 (Lectio poetica).

Obras completas, pról. de Leopoldo de Luis, Madrid, Biblioteca Nueva, 1971

Libro de Loas, pról. de Leopoldo de Luis, Madrid, Biblioteca Nueva, 1971.

Poesía completa, pról. de Leopoldo de Luis, Murcia, Editora Regional, 1991 (Poesía).

Libro de Loas, ed. facs., pról. de Leopoldo de Luis, dibujos de Teresina Valdivieso, Cartagena, Concejalía de Cultura, 2003.

Poesía y prosa, sel. de textos por Soren Peñalver, Murcia, Museo Ramón Gaya, 2007.

 

 

Poesía esencial, edición, selección, estudio y notas de José Luis Abraham López,  Madrid, Huerga y Fierro, 2014.

Teatro

 

«Morir sino sin miedo», en A la estrella por la cometa, colabora Carmen Conde, cubierta y encartes por Molina Sánchez, partituras musicales de Matilde Salvador y de Rafael Rodríguez-Albert, Madrid, Doncel, 1961.

 

Libros para niños

 

El mundo de Cayetano. Libro de lectura adaptado al cuestionario de Formación del Espíritu Nacional. Primer curso, pról. de Julián Pemartín, en colaboración con Carmen Conde, Madrid, 1959.

 

Estudios y ensayos

 

«Naturaleza y poesía en la obra de Gabriel Miró», en Gabriel Miró (1879-1930). Vida y obra, bibliografía, antología, separata de Revista Hispánica Moderna, t. 2, núm. 3, New York, 1936, págs. [15]-17.

De Cervantes a la poesía (ensayos literarios), firmado por Andrés Caballero, dibujos de Luis Garay, Madrid, Alhambra, 1944.

Garcilaso (capitán y poeta), firmado por Andrés Caballero, dibujos de Francisco Reyes, Madrid, Hesperia, [1944].

 

 

 

El escultor Francisco Salzillo, firmado por Andrés Caballero, dibujos de Luis Garay, Madrid, Alhambra, 1944.

«Panorama poético español», en Nueva nómina de la poesía contemporánea (Primera entrega), Madrid, León Sánchez Cuesta, 1948, págs. 3-16.

Antonio Machado. Ensayo crítico sobre su tiempo y su poesía, Bilbao, Ed. de Conferencias y Ensayos, [1950].

Medio siglo de artistas murcianos (1900-1950), pról. de José Ballester Nicolás, Murcia, Patronato de Cultura de la Diputación Provincial, 1952.

José Planes. Estudio, Madrid, Gallades, 1954.

«La filosofía en “El Licenciado Vidriera”», separata de Anales Cervantinos, t. 4, Madrid, 1954.

Teoría de la III Bienal Hispanoamericana de Arte. Barcelona, 1955-56. Madrid, E.N.A.G., [1956].

«¡Arriba Rubén!», separata de Revista de Literatura, t. 12, fasc. 23-24, Madrid, julio-diciembre 1957, págs. [108]-110.

«Los secretarios de Rubén Darío», separata de Papeles de Son Armadans, núm. 27, Palma de Mallorca, junio 1958, págs. 319-326.

«Andalucía y Rubén Darío», separata de Estudios Americanos. Revista de Síntesis e Interpretación, v. 15, núm. 76-77, Sevilla, enero-febrero 1958, págs. [47]-51.

«Ausencia y presencia de Juan Ramón Jiménez en el Archivo de Rubén Darío», separata de Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos, t. 64, núm. 1, Madrid, enero-junio 1958, págs. [55]-70.

Este otro Rubén Darío, pról. de Francisco Maldonado de Guevara, Barcelona, Aedos, 1960 (Biblioteca Biográfica).

«Interpretación y análisis de la “Fábula de Polifemo y Galatea”», separata de Cursos de Conferencias para Preuniversitarios, 1960.

«Verso y prosa en Leandro Fernández de Moratín», separata de Revista de la Universidad de Madrid, v. 9, núm. 35, Madrid, 1960, págs. [643]-674.

«Lope, sacerdote», separata de Monteagudo, núm. 34, Murcia, 1961.

«La amistad entre Juan Ramón Jiménez y Antonio Machado», separata de Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos, t. 69, núm. 2, Madrid, 1961, págs. [871]-878.

«Antología de poetas líricos castellanos. Primera conferencia. “El Romancero”», separata de Cursos de Conferencias para Preuniversitarios (OFE. Organización para el Fomento de la Enseñanza), 1962, págs. 405-428.

«Antología de poetas líricos castellanos. Segunda conferencia. Arcipreste de Hita, Jorge Manrique, Juan del Enzina y Juan Boscán», separata de Cursos de Conferencias para Preuniversitarios (OFE. Organización para el Fomento de la Enseñanza), 1962, págs. 429-455.

«Antología de poetas líricos castellanos. Menéndez Pelayo. Panorama del conjunto de su obra», separata de Cursos de Conferencias para Preuniversitarios (OFE. Organización para el Fomento de la Enseñanza), 1962, págs. 197-231.

«Vida de Lope de Vega», separata de Cursos de Conferencias para Preuniversitarios (OFE. Organización para el Fomento de la Enseñanza), 1962, págs. 125-144.

«La poesía lírica de Lope de Vega», separata de Cursos de Conferencias para Preuniversitarios (OFE. Organización para el Fomento de la Enseñanza), 1962, págs. 209-240.

«La prosa de Lope de Vega (dos conferencias)», separata de Cursos de Conferencias para Preuniversitarios (OFE. Organización para el Fomento de la Enseñanza), 1962, págs. 265-304.

 

 

Don Luis de Góngora y Argote, Madrid, Nuevas Editoriales Unidas, 1963 (Genio y Figura).

Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Publicaciones Españolas, 1963 (Temas Españoles).

Garcilaso de la Vega, Madrid, Nuevas Editoriales Unidas, 1965 (Genio y Figura).

Síntesis de Literatura Hispanoamericana y Filipina Contemporánea, Madrid, Gráf. Corrales, 1965.

«Las dos pruebas del tronco de “La Araucana”», separata de Folia Humanística. Ciencias, Artes y Letras, t. 3, núm. 30, Barcelona, junio 1965, págs. [561]-565.

«Rubén y la unificación hispánica», separata de Punta Europa, año 11, núm. 109, Madrid, mayo 1966.

«Haití, por la lengua castellana», separata de Folia Humanística. Ciencias, Artes y Letras, t. 4, núm. 39, Barcelona, marzo 1966, págs. [231]-233.

«Desventuras póstumas de los dos Garcilasos», separata de Folia Humanística. Ciencias, Artes y Letras, t. 4, núm. 45, Barcelona, septiembre 1966, págs. [727]-730.

«Más sobre los secretarios de Rubén Darío», separata de Revista Iberoamericana, v. 33, núm. 64, Pittsburg (Pennsylvania), [1967], págs. 419-423.

«Los americanismos en Rubén Darío», separata de Papeles de Son Armadans,  año 12, t. 46, núm. 137-138, Palma de Mallorca, agosto-septiembre 1967, págs. [191]-195.

«La dislocación acentual en la poesía de Rubén Darío», separata de Cuadernos Hispanoamericanos, núm. 212-213, Madrid, agosto-septiembre 1967, págs. 405-409.

«Chile y Rubén Darío», separata de Atenea. Revista Trimestral de Ciencias, Letras, Artes, año 44, t. 165, núm. 415-416, Santiago de Chile, enero-junio 1967, págs. 377-380.

Este otro Rubén Darío, pról. de Francisco Maldonado de Guevara, Madrid, Aguilar, 2ª ed. corr. y aum., (1ª en esta edit.), 1968 (Estudios Literarios).

La “Salutación del optimista” y su significación, Madrid, Cátedra especial “Rubén Darío”, 1968 (Entre la Catedral y las Ruinas Paganas).

La Natividad en los Premios Nobel de Hispanoamérica y otros ensayos, Madrid, Cultura Hispánica, 1969.

José Gálvez y el Modernismo, Lima, Universidad Nacional Mayor de San Carlos, 1974.

Última vez con Rubén Darío. Literatura Hispanoamericana y española (ensayos), 2 v., Madrid, Ed. de Cultura Hispánica del Centro Iberoamericano de Cooperación, 1978.

 

Ediciones literarias y prólogos

 

Cegarra Salcedo, Andrés, Antología (prosas), introd. de Antonio Oliver Belmás y Carmen Conde, Murcia, Sudeste, 1934 (Autores Murcianos).

Alfaro, María, Poemas del recuerdo (poesía), Madrid, 1941 (Palma, cuidada por Antonio Oliver y José Pérez Calín).

Planes, José, 12 esculturas de José Planes [catálogo], presentación por Antonio Oliver Belmás, Madrid, Imp. Hauser y Menet, 1951.

Vázquez, Pura, Madrugada fronda (poesía), Madrid, 1951 (Palma, cuidada por Antonio Oliver y José Pérez Calín).

Chamorro, Joaquín, Lo musical, el hombre y la vida, pról. en solapas de Antonio Oliver, Madrid, 1952 (Palma, cuidada por Antonio Oliver y José Pérez Calín).

Brandeler, Agnes van den, Dibujos, texto, Antonio Oliver Belmás, Madrid, 1952 (Palma, cuidada por Antonio Oliver y José Pérez Calín).

Diego Padró, J. I. de, Ocho epístolas mostrencas, pról. en solapas, Antonio Oliver Belmás, Madrid, 1952 (Palma, cuidada por Antonio Oliver y José Pérez Calín).

Vázquez, Pura, Tiempo mío (poesía), pról. en solapas, Carmen Conde, Madrid, 1952 (Palma, cuidada por Antonio Oliver y José Pérez Calín).

Díaz Montero, Aníbal, La brisa mueve las guajanas, pról. en solapas de Antonio Oliver, Madrid, 1953 (Palma, cuidada por Antonio Oliver y José Pérez Calín).

Gonzalez Garcés, Miguel, Isla de dos, pról. en solapas de Antonio Oliver Belmás, Madrid, 1953 (Palma).

Loynaz, Dulce María, Carta de amor a Tut-Ank-Amen, pról. de Antonio Oliver, Madrid, 1953 (Palma. Serie Americana).

Loynaz, Dulce María, Carta de amor a Tut-Ank-Amen, pról. de Antonio Oliver, Madrid, 2ª ed., 1953 (Palma. Serie Americana).

Andreossi, Elvire, Alberto Sartoris (monographie), bajo el cuido de Antonio Oliver, Madrid, Nueva Imp. Radio, 1954.

Babín, María Teresa, El mundo poético de Federico García Lorca, impreso al cuidado de Antonio Oliver, San Juan de Puerto Rico, Biblioteca de Autores Puertorriqueños, 1954.

Cabanillas, Isabel, Lota (poesías), pról. en solapas de Antonio Oliver Belmás, Madrid, Gráf. Santa Olalla, 1954.

Morales, Rafael, Canción sobre el asfalto, dibujos de E. Vicente, texto en solapas por Antonio Oliver, Madrid, 1954 (Los Poetas).

Balseiro, José Agustín, El vigía, pról. de Gregorio Marañón, ed. cuidada por Antonio Oliver, San Juan de Puerto Rico, Biblioteca de autores puertorriqueños, 2ª ed., 1956 (Biblioteca de Autores Puertorriqueños).

Hernández Aquino, Luis, Memoria de Castilla, dibujos de Luis H. Vicente, pról. por Carmen Conde, texto en solapas de Antonio Oliver, Madrid, 1956 (Los Poetas).

Lair, Clara, Trópico amargo, cuidó la ed. Antonio Oliver, San Juan de Puerto Rico, Biblioteca de autores puertorriqueños, 2ª ed., 1956 (Biblioteca de Autores Puertorriqueños).

Rodríguez-Embil, Luis, Versos póstumos, pról. en solapas de Antonio Oliver Belmás, Madrid, Imp. Fareso, 1956.

Loynaz, Dulce María, Últimos días de una casa, pról. de Antonio Oliver Belmás, Madrid, 1958 (Palma. Serie Americana).

Casseres, Marcella, GÓMEZ DEL PRADO, Carlos, Dos voces a la luz y al viento (poemas), pról. en solapas de Antonio Oliver, Madrid, Areyto, 1959.

Real, Matilde, Éstas son mis voces, pról. de Antonio Oliver, Madrid, Areyto, 1961.

Darío, Rubén, Cantos de vida y esperanza, ed. de Antonio Oliver Belmás, Salamanca, Anaya, 1964 (Biblioteca Anaya. Textos Hispanoamericanos).

Morales, Jorge Luis, Discurso a los pájaros, pról. de Antonio Oliver Belmás, dibujos de Rafael Rivera García, San Juan (Puerto Rico), 1965 (Moriviví).

Darío, Rubén, Cantos de vida y esperanza, ed. de Antonio Oliver Belmás, Madrid, Anaya, 1ª ed., 2ª reimp., 1965 (Biblioteca Anaya. Textos Hispanoamericanos).

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