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Revista de estudios filológicos
Nº29 Julio 2015 - ISSN 1577-6921
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relecturas

ASPECTOS SOCIALES DEL QUIJOTE

 

Tomás Malagón Almodóvar

 

Presentación

 

 

         Ve ahora la luz esta lección mecanografiada, posible texto base de una conferencia redactada con motivo de la celebración del IV Centenario del Nacimiento de Cervantes (1947).[1] Entre los diversos perfiles de la biografía de Tomás Malagón Almodóvar, hay que destacar de forma especial su intensa labor docente en diversas etapas de su vida. Este texto es una muestra de los numerosos materiales docentes que se conservan en el Archivo de la Comisión General de la HOAC (Madrid) y se corresponde con su etapa inicial: "Acabada la guerra vuelve a Comillas, termina sus estudios en Teología Dogmática y empieza a experimentar la soledad de no poder compartir sus inquietudes intelectuales, inquietudes sospechosas de “modernidad” en un ambiente académico dominado por otras preocupaciones muy distintas.

         Con 26 años, en 1943, se ordena sacerdote y comienza su trayectoria sacerdotal en Ciudad Real como profesor de Teología, llegando a ser nombrado en 1948 canónigo de la Santa Iglesia Prioral."[2]

         Tomás Malagón hizo siempre que pudo profesión de fe de su identidad manchega.[3] Estas pocas páginas son buena prueba de ello. Sorprende, una vez enumerados los tópicos de rigor sobre la naturaleza humorística de la obra, el énfasis sobre el enfoque "social" de su lectura. Las líneas de fuerza del análisis sociológico y económico del Quijote, en cuestiones básicas como el linaje, las clases sociales (amos y criados) y el salario,[4] se compaginan con el juicio cristiano desde el tomismo y la Doctrina Social de la Iglesia, y permiten a Tomás Malagón defender la heterodoxia de la visión social de Cervantes y llevar al terreno de las virtudes del apostolado social la voluntad redentora de Don Quijote.

         La lectura de las siguientes páginas será ocasión propicia para que quienes conocieron a este insigne manchego vuelvan a disfrutar de su finura y clarividencia intelectual y para encaminar al rescate de sus escritos a nuevos lectores.

 

José María Jiménez Cano

(Universidad de Murcia)

 

 

 

         En el año 1547 nacía en Alcalá de Henares un niño que por la crítica actual es considerado como autor verdadero de la "Historia del Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha", aunque, a decir verdad, todavía no haya sido pronunciada la última  palabra acerca del otro Cervantes, nuestro alcazareño, nacido en 1558, que durante largo tiempo ha venido luchando con aquél, por atribuirse la paternidad de la inmortal novela. Manchego, sea el que fuere el autor del Quijote, si no por nacimiento, por su obra, que le absorbe por entero contemporáneo de los más grandes ingenios de la Mancha, con algunos de los cuales hubo de relacionarse, bien merece que sea esta región la que figure a la cabeza de todas, siempre que se trate de honrar su gloriosa memoria. Y así nosotros queremos también con este modesto trabajo, contribuir al homenaje que el mundo hispano tributa al primer artífice de la lengua castellana, con motivo del 4º Centenario oficial de su nacimiento.

         Al tratar de exponer los aspectos sociales del Quijote, es preciso empezar por advertir cuál es la significación que para nosotros, encierra nuestra primera joya literaria.

         En primer lugar, el Quijote es una obra humorística, en la que Cervantes pretende hacer que nos burlemos de sus dos héroes, un hidalgo y un labriego; del primero, por loco y del segundo, por rústico.

         Pero no es esta sola la finalidad de Cervantes en su obra. Quiere también dar una enseñanza. Para ello, el mismo Cervantes aplaude en el loco su fina inteligencia y sano raciocinio; y en el rústico, su buen sentido de la realidad. Cervantes nos sitúa ante el drama de un poderoso ingenio y un corazón generoso, dominados por una imaginación enferma, y, por otra parte, de un maravilloso sentido práctico ahogado por el egoismo y la incultura. Cervantes nos da su lección, que no es de quijotismo ni de sanchopancismo, haciendo hablar a esas buenas cualidades que pone en sus dos héroes.

         La lección de Cervantes es ante todo una condenación de la caballería andante, no en lo que pudo tener de realidad en la Edad Media lo caballeresco, sino sólo como literatura. Claro es que esta condenación alcanza también de refilón a todas aquellas acciones y empresas que se realizan guiándose por la imaginación en lugar del sentido común.

         No concibo cómo pudo afirmar Ramiro de Maeztu que el Quijote sea un libro deseducativo para los jóvenes. Cervantes alaba el deseo de Don Quijote de realizar hermosas acciones. No se ríe del ideal. Se ríe de aquel que se empeña en hacer real un ideal desorbitado, casi siempre aprendido de otros, o en los libros. La lección de Cervantes es ésta: toma la realidad que te rodea y esfuérzate por idealizarla y embellecerla hasta donde ella y tú podáis llegar. Don Quijote se hace ridículo porque pretende hacer lo contrario, tomar su ideal y realizarlo, independientemente del mundo que le rodea y de sus propias fuerzas.

         Al paso que desarrolla esta lección, norma de vida moral y necesaria siempre, Cervantes va vertiendo otras ideas, en las que, sin proponérselo él directamente, nos manifiesta sus apreciaciones de muchas otras cosas. Tratándose de un genio universal, toda apreciación, por particular que sea, tiene interés, y así se justifica toda esa literatura construida acerca de Cervantes filósofo o Cervantes teólogo, o Cervantes político, o jurista, o psiquiatra, o crítico, o humanista, o totalitario, o liberal, que de todo ello se ha hablado ya. No deja, por consiguiente, de tener interés, y más en nuestros días, fijarse en las ideas sociales que a Cervantes se le escapan en el Quijote.

 

I.- El linaje.

 

         Aquel soldado español, tan sabedor de humanas desgracias, puesto que muchas veces las había sentido sobre sus propias carnes, escribió, siendo ya viejo, un libro social en forma de Historia de un heroico caballero del bien.

         Y dice que aquel caballero, nacido en la Mancha, era pobre, pues nos declara el autor, su pobre ajuar, y su sobria mesa; con lo cual se nos quiere manifestar que las virtudes y heroicos hechos nada tienen que ver con el linaje de la persona. A más que, como explica el capítulo 21 de la I parte de esta Historia, "hay dos maneras de linajes en el mundo: unos traen y derivan su descendencia de príncipes y monarcas, a quien poco a poco el tiempo ha deshecho, y han acabado en punta como pirámides; otros tuvieron principio de gente baja, y van subiendo de grado en grado hasta llegar a ser grandes señores." Y este es mejor género de linaje, del cual era nuestro caballero. Y a más de esto, "bien podría ser que el sabio que escribiese su historia, deslindase de tal manera su parentela y descendencia, que le hallasen quinto o sexto nieto del rey." Porque de hecho no hay quien, a la larga, no descienda de reyes, y de reyes destronados.

         Es pues el caso que el tal hidalgo vino dar en la manía de hacerse caballero andante. Y reprende en él el autor de su historia que tomase un oficio tan fuera de su tiempo, y unas armas tan arcaicas y tan desniveladas con los entuertos que había de enderezar, y que no viese lo que se hacía a su alrededor, sino solo las visiones de sus enloquecidos libros; pues por si sola se alaba su alta vocación de emplearse en asentar la paz en la tierra, "que es el mayor bien que los hombres pueden desear en esta vida." (cap. 27)

 

II.- Las virtudes del apóstol social.

 

         Esta paz es el bien común, fin de la justicia social, y Don Quijote se nos ofrece su apóstol, aunque mal adaptado y por eso reprendido, y se hace modelo en sus virtudes para quien se aplica a las batallas sociales: porque era patriota y leal a su rey, y como tal se manifiesta cuando, a la alta princesa Micomicona, que le demandaba le otorgase un favor que a pedirle venía, contestaba: "Yo vos le otorgo y concedo, como no se haya de cumplir en daño o mengua de mi Rey, o de mi patria." (Cap. 29). Y era de muy levantado espíritu, cuando decía: "Los cristianos católicos más habemos de atender a la gloria de los siglos venideros, que es eterna en las regiones etéreas y celestes, que a la vanidad de la fama, que en este presente y acabable siglo se alcanza; la cual fama, por mucho que dure, en fin se ha de acabar con el mismo mundo, que tiene su fin señalado... Hemos de matar en los gigantes a la soberbia; a la envidia en la generosidad y buen pecho; a la ira en el reposado continente y quietud de ánimo; a la gula y al sueño, en el poco comer que comemos y en el mucho velar que velamos...". (Cap. 8 de la II parte).

         De su amor hacia los afligidos bastará recordar cómo dio libertad a los galeotes. Después de lo cual, un tanto corrido por las puyas del cura y las revelaciones de Sancho, dictaminaba que a él sólo tocaba ayudar a los menesterosos, "poniendo los ojos en sus penas y no en sus billaquerías". (Cap. 30) Y es este un principio digno de la mayor estima en todo apostolado popular.

         Y en favor de sus desintereses, habla muy alto aquella conversación que Don Quijote sostiene con Sancho en el capítulo 31 en que promete a este la parte del reino que a él le dieren.

         Así como de su paciencia en los trabajos, también dio buena cuenta en aquellos consuelos con que en su propia desgracia consolaba él a las mujeres de la venta desde la jaula de su encantamiento (Cap. 47).

         Y con todo esto y con la gran virtud de la diligencia, de la cual hizo su apología en el capítulo 46 se nos presenta Don quijote, blanco y norte de todos aquellos que aspiran a consagrar su vida al bien de los demás.

 

III.- Las clases sociales.

 

         Dice, pues, el autor que este buen caballero tomó a su servicio como escudero a un labrador, vecino suyo, hombre de bien, "si es que este título se puede dar al que es pobre." Cervantes repite varias veces el mismo pensamiento. Al hablar de los trabajos del estudiante (Cap. 37) pone en boca de Don Quijote estas palabras: "Digo, pues, que los trabajos del estudiante son estos: principalmente pobreza (no porque todos sean pobres, sino por poner este caso en todo extremo que pueda ser); y en haber dicho que padece pobreza, me parece que no habría que decir más de su malaventura; porque quien es pobre no tiene cosa buena." Y otra vez al dirigirse Don Quijote a Basilio, después del casamiento (Cap. 22 II p.), decía: "El pobre honrado, si es que puede ser honrado el pobre...".

         También el Papa León XIII nos hablaba en su carta encíclica Rerum novarum de la necesidad de una adecuada distribución de las riquezas, para que todos puedan con ánimo tranquilo dedicarse al cumplimiento de sus deberes con Dios y con la sociedad. Y el Doctor Angélico nos habla también de la suma conveniencia de los bienes materiales para la práctica de las virtudes de la vida activa y nos dice que, cuando es involuntaria, es un peligro espiritual. Y hasta la misma Sagrada Escritura nos hace pedir a Dios las cosas necesarias para nuestro sustento: Divitias et paupertatem ne dederis mihi, sed tantum victui meo tribue necessaria, porque como dice en el Ecles. VII-13 "sicut protegit sapientia sic protegit pecunia." Cabe también recordar la dorada mediocridad que cantaba el poeta latino, y no nos extrañaremos de la cruda afirmación del ingenio español. El pensamiento completo de Cervantes nos lo declara la comparación de estos textos con los que se hallan en el cap. VI de la II parte, cuando, hablando Don Quijote con la sobrina, exclama: "Del linaje plebeyo no tengo que decir sino que sirve sólo de acrecentar el número de los que viven, sin que merezcan otra fama ni otro elogio sus grandezas." Y después continúa: "Al caballero pobre no le queda otro camino para mostrar que es caballero, sino el de la virtud; siendo afable y bien criado, cortés, comedido y oficioso; no soberbio, no arrogante, no murmurador, y sobre todo caritativo, que con dos maravedís que con ánimo alegre dé al pobre, se mostrará tan liberal como el que a campana herida da limosna, y no habrá quién le vea adornado de las referidas virtudes, que aunque no lo conozca deje de juzgarle y tenerle por de buena casta, y el no serlo sería milagro; y siempre la alabanza fue premio de la virtud, y los virtuosos no pueden dejar de ser alabados."

         En donde se establecen dos clases de pobreza: la pobreza del plebeyo de casta, pobreza de pocas virtudes, a no ser por milagro; y la pobreza del caballero, en el cual puede prevalecer la virtud de su educación y ambiente de linaje. Cervantes quiere finalmente significarnos la distinción y delicado espíritu de Don Quijote en que andaba "siempre bien vestido y jamás remendado; roto bien podía ser, y el roto, más de las armas que del tiempo." (Cap. 4, II parte).

         Los grandes, sin embargo, para serlo verdaderamente han de mostrarlo en la virtud y en la liberalidad. "Porque el grande que fuere vicioso, será vicioso grande, y el rico no liberal, será un avaro mendigo: que al poseedor de riquezas no le hace dichoso el tenerlas, sino el gastarlas, y no el gastarlas como quiera, sino el saberlas bien gastar." También después, Pío XI, en la encíclica Quadragésimo Anno, impondrá a los ricos como "precepto muy grave" la obligación de ejercitar no solamente la limosna, sino también la beneficencia y la magnificencia.

         De la clase media nos presenta Cervantes en su libro tres figuras afines, el Cura, el Bachiller y el Caballero del Verde Gabán. Los tres gustaron departir con Don Quijote en quien compadecían su locura y admiraban su razonamiento. Y estos fueron los únicos que, extendiéndose del sentimiento a las obras, trataron de reducir a cordura al desvariado caballero. ¡Clase media! Cervantes muestra por ella gran estima en la descripción que de sus personajes nos hace. Gentes que estudian, trabajan y se sacrifican; de las que pende la grandeza de la patria, pues comprenden el heroismo y se afincan en la realidad, de la que sacan sus fuerzas como Anteo del centro de la tierra.

 

IV.- El salario.

 

         Fue, pues, D. Quijote, y llevose consigo a Sancho, con la esperanza de hacerle merced de la primera ínsula que ganase, y caso de que ésta no llegare a su tiempo, el salario, a lo menos no se había de perder.

         ¡Gran señor debió de ser Don Quijote! El estar a merced con él no era en realidad otra cosa que el contrato de sociedad. Amo y criado se embarcaban en una empresa, y después, para este último habían de ser los primeros frutos de ella; y dejar de ser Sancho lo que era para pasar a ser señoría, que es aquí como pasar del proletariado al dominio; que en realidad "más vale buena esperanza que ruin posesión, y buena queja que mala paga". (Cap. 7 II parte). Así también ha de asentarse como ideal el contrato de sociedad entre amos y criados, en la sociología pontificia.

         Pero aquí viene Sancho, el proletario, que no puede aguardar el tiempo de las ganancias, porque son muchas pérdidas sus esperas, y expone su verdad: una verdad tal que León XIII y Pío XI la han de repetir para razonar la justicia del contrato del salario: "Que vuesa merced, dice Sancho, me señale salario conocido de lo que me ha de dar cada mes el tiempo que le sirviere, y que el tal salario se me pague de su hacienda, que no quiero estar a mercedes que llegan tarde, o mal, o nunca; con lo mío me ayuda Dios...". (Cap. 7 II parte). Y sigue hablando Sancho, y expone, en lo que dice, una doctrina, que es un adelanto de las más modernas y más sabias doctrinas sociales: "Verdad sea que si sucediese que vuesa merced me diese la ínsula que me tiene prometida, no soy tan ingrato, ni llevo las cosas tan por los cabos, que no querré que se aprecie lo que montare la renta de la tal ínsula, y se descuente de mi salario." Igual que en el sistema de Pottier, en que el salario es una cantidad asegurada, que después se descuenta del dividendo de beneficios que corresponde al trabajador. Varias veces son las que Sancho manifiesta a su señor estas pretensiones, que siempre son rechazadas, porque (aquí el buen Cervantes deja que nos burlemos de las razones de Don Quijote) él "no puede contravenir las ordenanzas escuderiles de la andante caballería."

         Una vez, en que Don Quijote está a punto de transigir con Sancho, éste señala ya la cuantía de su salario (Cap. 28 II parte): dos reales más al mes de lo que ganaba sirviendo a Tomé Carrasco, que eran dos ducados; más otros seis reales por la palabra y promesa del gobierno de la ínsula, que por todo serían unos treinta reales al mes, equivalentes a unos sesenta céntimos diarios, más la comida que su señor le daba. Trata de engañarle Sancho, diciéndole que ha de contar desde ha veinte años que le viene sirviendo, a lo que Don Quijote replica: "No anduve yo en Sierra Morena ni en todo el discurso de nuestras salidas, sino dos meses apenas, ¿y dices que ha veinte años que te prometí la ínsula? Ahora digo que quieres que se consuma en tus salarios el dinero que tienes mío; y si esto es así y tu gustas dello, desde aquí te lo doy y buen provecho te haga; que a trueco de verme sin tan mal escudero, holgare de quedarme pobre y sin blanca."

 

V.- Amos y criados.

 

         Por allí andaba la mano de la mujer de Sancho siempre que se planteaban estas a modo de huelgas escuderiles, de las que siempre salía triunfador el cariño mutuo entre amo y criado. Estima del trabajador, que entonces, sin Fuero del Trabajo, hacía que el que se creía gran señor y futuro emperador, no se desdeñase de sentar con él a la mesa a su criado, para honrarle delante de los cabreros (Cap. 11); sin que este amigable trato tuviera que ser obstáculo para mantener la razonable distancia entre criado y señor (Cap. 20); pero sintiendo el uno los males del otro como propios según aquello (Cap. 2 II parte) que decía Don Quijote: "pues, siendo yo tu cabeza y tu mi parte, el mal que a mí me toca o tocare, a ti te ha de doler, y a mí el tuyo;" teniendo el amo gran cuidado de la elevación espiritual de su criado, así como Don Quijote que pudo decir a su escudero: "Cada día Sancho, te vas haciendo menos simple y más discreto" (Cap. 12 II parte); y guardándose el criado de toda acción que deje en mal lugar a su señor, "que en tanto más es tenido cuanto tiene más honrados y bien nacidos criados" (Cap. 31 II parte). Y finalmente, que el criado pueda descansar, seguro de la protección de su señor, "que está velando, pensando cómo le ha de sustentar, mejorar y hacer mercedes", que decía Don Quijote (Cap. 20 II parte) que "la congoja de ver que el cielo se hace de bronce, sin acudir a la tierra con el conveniente rocío, no aflige al criado, sino al señor, que ha de sustentar en la esterilidad y hambre al que le sirvió en la fertilidad y la abundancia." El negar al criado la soldada es causa para que arremeta el caballero contra Juan Haldudo, el rico, en la primera aventura; y el quitar al paje la librea, al acabarse sus servicios, hace que exclame Don Quijote enfurecido (Cap. 24 II parte) contra lo que él llamaba "notable espilorchería" de aquellos amos.

 

VI.- Heterodoxia social de Cervantes.

 

         Este es el código social de Cervantes, que no el pretendido comunismo, que algunos han creído ver en el discurso de los cabreros. Cervantes, por boca de su héroe, como el Doctor Angélico (2ª 2ª 186- 3), y como los Pontífices León XIII y Pío XI, habla del uso común de las riquezas; no de su posesión en común.

         Hasta ha habido quienes han creído ver una no pequeña dosis de anarquismo en el capítulo 22 de la I parte, que trata de la libertad de los galeotes, en los ataques de Don Quijote a los cuadrilleros de la Santa Hermandad, y en las puyas de Sancho contra los gobernadores "que no le llegaban a la suela de su zapato" (Cap. 3 II p.). Mal se compagina esto con lo que Don Quijote dice en el capítulo 24 de la 2ª parte: que "no hay otra cosa en la tierra más honrada, ni de más provecho, que servir a Dios primeramente, y luego a su Rey y señor natural especialmente en el ejercicio de las armas." Y que este era el genuino e íntimo sentimiento de Cervantes nos lo declaran aquellas frases magníficas que estampó en el Prólogo de la 2ª Parte del Quijote: "Si mis heridas no resplandecen en los ojos de quien las mira; son estimadas a lo menos en la estimación de los que saben donde se cobraron, que el soldado más bien parece muerto en la batalla, que libre en la fuga; y es esto en mí de manera que, si ahora me propusieran y facilitaran un imposible, quisiera antes haberme hallado en aquella facción prodigiosa, que, sano ahora de mis heridas, sin haberme hallado en ella."

         Por último, bueno será traer aquí el consejo que Cervantes da a los sacerdotes por boca de Pedro, el cabrero, en el capítulo 12 de la 1ª parte: "Y tened para vos, como yo tengo para mí, que debe de ser demasiadamente bueno el clérigo que obliga a sus feligreses a que digan bien dél, especialmente en las aldeas." Y dice esto en alabanza de un sacerdote y hablando de su desinterés.

         Ved aquí la lección social de Cervantes, el coloso de las encrucijadas del idealismo y del realismo, que al propio tiempo que predica juicio y mesura en las grandes hazañas, predica también la gran virtud de la justicia social. Y ved también como es cierto que aquel viejo soldado español escribió en efecto un libro social en forma de Historia de un ingenioso Hidalgo de la Mancha.

 



[1] Por descontado, este tipo de escritos no fueron pensados para su publicación, por eso no explicitaban su andamiaje erudito. Aunque el documento presenta lagunas por su mala reproducción, remitimos al Cuestionario de Historia de la Literatura, manuscrito del seminarista Cecilio Romero, prueba del nivel académico de algunos de los seminarios de la posguerra española.

[2] "En el Frente Rojo. Tomás Malagón Almodóvar", de Basilisa López García (estudio y edición). Tonos Digital, 25, julio de 2013. http://www.um.es/tonosdigital/znum25/secciones/corpora-2-en_el_frente_rojo-_malagon_1.htm#top (fecha de consulta: 23 de febrero de 2015).

[3] Tomás Malagón Almodóvar (1917-1984), de Basilisa López García. Colección: Huellas de nuestra historia. Almud Ediciones. UCLM (Universidad de Castilla-La Mancha). Ediciones HOAC. Madrid, 2014.

[4] Hay en el texto referencia explícita a los criterios de salario del abate Pottier. Cf. El primer catolicismo social y la Rerum novarum en España, 1889-1902, de Feliciano Montero García.CSIC. Madrid.1983. Pág. 278