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Revista de estudios filológicos
Nº28 Enero 2015 - ISSN 1577-6921
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reseñas

REIVINDICACIÓN DE LA CULTURA Y EL SABER:

LA UTILIDAD DE LO INÚTIL, DE NUCCIO ORDINE

 

por Juan Antonio López Ribera

(I.E.S. “Villa de Abarán”, Abarán)

 

Acantilado, Barcelona, 2014, 6ª edición (1ª ed. 2013). 172 páginas.

 

 

         ¿Cuántas veces se ha tenido que enfrentar la gente ‘de letras’, sobre todo los estudiantes y profesores de disciplinas humanísticas, a la pregunta de para qué sirve lo que hacen? Pregunta frustrante, desoladora y, lo más triste, no exenta de cierto desprecio por esos conocimientos que no aportan un beneficio material e inmediato a la sociedad. La concepción utilitarista del conocimiento ha ido arrinconando a la cultura humanística, la ha ido relegando a un segundo plano y parece haberle otorgado un papel meramente decorativo dentro del conjunto de las ramas del saber. Por si esto fuera poco, el actual contexto de crisis económica no hace sino fomentar entre la ciudadanía esa idea de la inutilidad de la cultura y el conocimiento.

         Nuccio Ordine, profesor de Literatura Italiana en la Universidad de Calabria, califica su obra de “manifiesto”. En efecto, es una obra con espíritu militante, que invita al lector no solo a reflexionar, sino a reaccionar y a decir basta a la dictadura del homo œconomicus, a rebelarse contra un sistema que solo busca el beneficio inmediato, la mayoría de las veces a costa de la dignidad y los derechos de las personas. Los conocimientos que no son útiles sobran, y son susceptibles de ser eliminados; esta es el espíritu, según Ordine, de la concepción utilitarista del saber en nuestra sociedad.

          Ordine propone, en primer lugar, invertir los términos: «Existen saberes que son fines por sí mismos y que –precisamente por su naturaleza gratuita y desinteresada, alejada de todo vínculo práctico y comercial– pueden ejercer un papel fundamental en el cultivo del espíritu y en el desarrollo civil y cultural de la humanidad. En este contexto, considero útil todo aquello que nos ayuda a hacernos mejores» (pág. 9). Desligar lo útil de lo beneficioso resulta, en el actual contexto de crisis económica, tarea harto difícil pero necesaria, pues, como afirma Ordine en la introducción del libro, «este perverso mecanismo económico ha dado vida a un monstruo, sin patria y sin piedad, que acabará negando también a las futuras generaciones toda forma de esperanza» (pág. 11). Si dejamos de mirar las cosas desde una óptica exclusivamente utilitarista, recuperaremos el gusto por nuestra cultura, por nuestra literatura, por nuestro legado artístico, y pondremos en valor nuevamente aquello que nos eleva por encima del resto de animales; solo así sabremos luchar contra la barbarie social que desgraciadamente ha pasado a formar parte de nuestras vidas.

         La búsqueda incesante del beneficio inmediato a la que estamos sometidos todos los días, está lastrando nuestras expectativas de futuro. La humanidad es cada vez menos humana. El arte y la cultura están cada vez más alejados de nuestra vida, porque son señalados como elementos accesorios, como entretenimientos de una minoría; se les ha extirpado todo vínculo con nuestra condición humana. Con este panorama, termina Ordine su introducción señalando que «si dejamos morir lo gratuito, si renunciamos a la fuerza generadora de lo inútil, si escuchamos únicamente el mortífero canto de sirenas que nos impele a perseguir el beneficio, sólo seremos capaces de producir una colectividad enferma y sin memoria que, extraviada, acabará por perder el sentido de sí misma y de la vida» (pág. 25).

         La utilidad de lo inútil se divide en tres partes. La primera de ellas, titulada “La útil inutilidad de la literatura”, es la que desarrolla con más profundidad la idea nuclear del libro. Se trata de un compendio de citas, reflexiones y anécdotas de escritores, expuestas sin seguir cronología alguna, que abundan en esa reivindicación de lo gratuito, de lo desinteresado, de lo que no se rige por la ley del beneficio; la literatura, precisamente por no responder a un interés concreto y tangible, puede constituir, escribe Ordine, «una forma de resistencia a los egoísmos del presente, un antídoto contra la barbarie de lo útil que ha llegado incluso a corromper nuestras relaciones sociales y nuestros afectos más íntimos» (págs. 28-29). La nómina de autores es amplia y variada, y va desde la Antigüedad clásica, con nombres como Aristóteles, Platón u Ovidio, hasta nuestros días, con escritores como Gabriel García Márquez o David Foster Wallace, pasando por Dante, Petrarca, Shakespeare, Montaigne, Tomás Moro, Cervantes, John Locke, Dickens, Leopardi, Gautier, Baudelaire o García Lorca.

Una selección deliciosa que nos recuerda, de la mano de los más grandes, el verdadero sentido del arte y de la literatura: alimentar nuestra esperanza, luchar contra el olvido, indagar en el misterio de nuestra existencia. Y aunque Ordine señala al principio de la obra que está muy lejos de su intención el ser exhaustivo, y que las ausencias tal vez sean más notables que las presencias en estas páginas, a buen seguro me permitirá aportar mi granito de arena con una cita del novelista francés Michel Houellebecq que siempre me gusta recordar en mis clases de literatura: «Vivir sin leer es peligroso: nos obliga a conformarnos con la realidad».

         La segunda parte, bajo el título de “La universidad-empresa y los estudiantes-clientes”, es una reflexión sobre los nefastos efectos que está teniendo sobre la enseñanza la aplicación del principio del beneficio inmediato. En los últimos años, señala Ordine con preocupación, el Estado ha ido abandonando a su suerte a la enseñanza, privándole de suficientes fondos económicos, degradando así su función social y fomentando una bajada de la calidad generalizada: «Las universidades, por desgracia, venden diplomas y grados. Y los venden insistiendo sobre todo en el aspecto profesionalizador, esto es, ofreciendo cursos y especializaciones a los jóvenes con la promesa de obtener trabajos inmediatos y atractivos ingresos» (pág. 79).

Limitar la enseñanza a formar profesionales es un grandísimo error: «Privilegiar de manera exclusiva la profesionalización de los estudiantes significa perder de vista la dimensión universal de la función educativa de la enseñanza: ningún oficio puede ejercerse de manera consciente si las competencias técnicas que exige no se subordinan a una formación cultural más amplia, capaz de animar a los alumnos a cultivar su espíritu con autonomía y dar libre curso a su curiositas» (pág. 81). Al igual que en el primer capítulo, Ordine ilustra sus ideas con numerosas citas y reflexiones de importantes autores, como Víctor Hugo (imprescindible su discurso ante la Asamblea Constituyente en 1848), Tocqueville, Bataille, John Henry Newman o Poincaré.

         Y por último, la tercera parte, titulada “Poseer mata: «dignitas hominis», amor, verdad”, es un pequeño repaso por algunos autores clásicos que reivindican esos saberes considerados inútiles y que cargan contra la idea de posesión, contra la idea de que todo lo que nos rodea pueda responder a la lógica del beneficio. Por ello, Ordine centra su atención en tres temas que afectan extraordinariamente a nuestra existencia y en los cuales la gratuidad y el desinterés pueden expresarse en toda su plenitud: la «dignitas hominis», el amor y la verdad. ¿Puede la dignidad humana medirse según el dinero o las riquezas? Esa lógica conduce inevitablemente a la corrupción. ¿Qué ocurre cuando queremos ejercer dominación sobre el amor? Que todo se tiñe de celos y de sufrimiento. ¿Y si creemos estar en posesión de la verdad absoluta y no admitimos ningún tipo de discrepancia? Esa es la fuente de todos los fanatismos.

         Autores como Demócrito, Pico della Mirandola, Séneca, Giordano Bruno, Montaigne o Milton nos acompañan con sus reflexiones en este recorrido por esos aspectos de nuestra vida que no pueden ser supeditados al utilitarismo. Autores y obras clásicas llenos de sabiduría y de lucidez, que son testimonio imponderable de nuestra dignidad y que constituyen «un utilísimo instrumento para recordarnos –a nosotros y a las futuras generaciones, a todos los seres humanos abiertos a dejarse entusiasmar– que la posesión y el beneficio matan, mientras que la búsqueda, desligada de cualquier utilitarismo, puede hacer a la humanidad más libre, más tolerante y más humana» (pág. 133).

         El ensayo de Nuccio Ordine incluye un apéndice, donde se rescata un artículo de Abraham Flexner, famoso pedagogo estadounidense, titulado «La utilidad de los conocimientos inútiles» («The Usefulness of Useless Knowledge», publicado en Harper’s Magazine en octubre de 1939), que complementa a la perfección el texto del autor italiano, ya que también reivindica el valor de los conocimientos considerados inútiles, pero tomando como base ejemplos de la rama científica.

Según Flexner, muchos de los grandes descubrimientos científicos han sido posibles gracias a investigaciones movidas en su origen por la simple curiosidad del investigador, sin tener en el horizonte una posible utilidad; solo a posteriori, alguna persona ha dado una aplicación práctica a esos avances científicos (y suele ser esa persona la que se lleva la gloria). Un buen ejemplo es Marconi, inventor de la radio; Marconi es quien ha pasado a la Historia por su invento, pero nunca hubiera podido hacerlo, explica Flexner, de no ser por las contribuciones de Clerk Maxwell y Heinrich Hertz en el campo de la transmisión sin hilos: «Acaso Hertz y Maxwell no inventaron nada, pero su inútil obra teórica fue aprovechada por un hábil técnico y forjó nuevos medios de comunicación, servicio público y entretenimiento mediante los cuales hombres con méritos relativamente modestos ganaron fama y millones. ¿Quiénes fueron los hombres útiles? No Marconi sino Clerk Maxwell y Heinrich Hertz. Hertz y Maxwell fueron genios sin pensar en la utilidad. Marconi fue un hábil inventor sin otro pensamiento que la utilidad» (págs. 155-156). En este y en otros casos que recuerda Flexner, los conocimientos inútiles marcaron el camino hacia una utilidad indiscutible e insospechada.

En su última novela, Un momento de descanso (Tusquets, 2011), Antonio Orejudo reflexiona, entre otras cosas, sobre la situación actual de los estudios humanísticos y su posible utilidad en la sociedad del siglo XXI. Al referirse a uno de los personajes protagonistas, escribe:

 

«…ser humanista no consistía solamente en recuperar la obra de esos gigantes a cuyos hombros íbamos encaramados; ser humanista era también una manera de vivir y de ser hombre. Hombre libre e independiente. Frente al poder de la religión, los humanistas habían levantado la cultura civil. Frente al poder, los humanistas habían encarnado y encarnaban hoy todavía la disidencia.»

        

         La cultura, el arte, la literatura, no son bienes que respondan a la lógica de la utilidad. No son objetos comerciales, no son un patrimonio con el que mercadear para obtener un beneficio material. El conocimiento es riqueza para el espíritu, es testimonio de la dignidad humana, de sus aspiraciones e inquietudes a lo largo de nuestra Historia. En una época de incertidumbres como la que nos toca vivir, se hace más necesario que nunca salvaguardar, y esto es tarea de todos, nuestro legado cultural para las futuras generaciones y luchar contra todo aquello que suponga una degradación de este propósito: «En los próximos años habrá que esforzarse para salvar de esta deriva utilitarista no sólo la ciencia, la escuela y la universidad, sino también todo lo que llamamos cultura. Habrá que resistir a la disolución programada de la enseñanza, de la investigación científica, de los clásicos y de los bienes culturales. Porque sabotear la cultura y la enseñanza significa sabotear el futuro de la humanidad» (pág. 111).

         Este ensayo de Nuccio Ordine, de tan placentera lectura, es un canto de amor a la cultura, pero también una llamada de atención. La cultura está necesitada de una defensa firme frente a la dictadura del beneficio. No podemos aspirar a un futuro mejor si no combatimos esa concepción utilitarista de la existencia que parece impregnarlo todo. Debemos proteger aquellos espacios donde no todo se mide por el beneficio que genera; debemos proteger la enseñanza humanística, el conocimiento de nuestra cultura, el fomento de la lectura y del pensamiento crítico. La utilidad de lo inútil contiene en sus páginas suficientes razones para abanderar esta lucha, y también suficientes respuestas para todos aquellos que cuestionan la utilidad de los conocimientos humanísticos.