Número Actual - Números Anteriores - TonosDigital en OJS - Acerca de Tonos
Revista de estudios filológicos
Nº28 Enero 2015 - ISSN 1577-6921
<Portada
<Volver al índice de peri-biblion  

peri-biblion

Imposturas de J. Banville

 

Fabio Vélez

 

(Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla)

fabiovb17@hotmail.com

 

 

Resumen: este artículo trata de leer Imposturas de J. Banville, una novela cuyo protagonista parece identificarse bastante con la figura de Paul de Man, desde la obra teórica del mismo crítico.

Palabras-clave: Banville, Paul de Man, Imposturas, confesión, excusa.

 

 

Abstract: this article tries to read Banville’s Shroud, a novel whose protagonist seems to identify with the figure of Paul de Man, from the theoretical work of the own literary critic.

Key-words: Banville, Paul de Man, Shroud, confession, excuse.

 

 

Tu quis es?

 

 

         «Es lo que pasa con los muertos, que se llevan los secretos a la tumba»[1]. Esto, si no algo parecido, probablemente debió pensar Paul de Man poco antes de su muerte. Podría expirar en paz, ciertamente, pues el acechante fantasma, aquél del que habría estado rehuyendo y que tal vez tanto le afligía, ya no sería objeto de litigio o algo de lo que tendría que dar cuenta. Ahora bien, supongamos esta hipótesis, ¿y si la enfermedad no se lo hubiera llevado tan prematuramente? ¿Y si en el curso de una vida longeva le hubiera tocado lidiar con su pasado, aquél tardíamente exhumado por un estudiante, al dar azarosamente con unos jóvenes artículos en los que coqueteaba con el colaboracionismo y el antisemitismo? J. Banville, en Imposturas (Shroud), acomete la compleja empresa de construir una historia desde esta hipótesis. Pero mal haríamos, y mal leeríamos, si quisiéramos ver en el protagonista de la novela un trasunto de De Man. Tras el pretexto (¿y si…?), el resto es ficción.

 

«Pensaba haberme desembarazado del pellejo de mi pasado más remoto, y sin embargo ahí estaba la prueba de que no había manera de librarme del todo de él»[2]. Estas eran, en efecto, las atribulaciones de un emérito profesor de literatura tras recibir una misteriosa carta, con sello postal de Amberes, en la que una desconocida mujer, emplazándole a un encuentro en Turín, decía saber de su verdadera identidad. ¿Qué habría de temer, pues, a estas alturas? ¿Qué había estado ocultando al resto y a la posteridad y, en consecuencia, quién era realmente?

Lo que sigue, lo que como a lectores nos convoca el enigmático protagonista, es a una suerte de errática y presunta confesión. Así daba comienzo en su aparente predisposición, a colaborar se entiende, adelantándose a cualquier tipo de imputación: «Voy a explicarme, ante mí, y ante ti, querida (…) hablaré sólo de lo que sé, de lo que puedo dar fe»[3]. El problema, el conflicto que envuelve esta novela, está directamente relacionado con las posibilidades para el confesor de dar fe de lo confesado y, más en concreto, con las engañosas recapitulaciones en las que podría acabar enredándose. En breve: qui sꞌaccuse sꞌexcuse. Pues bien, según De Man, la relación entre la confesión y la excusa, que en principio no tendría por qué entrañar problema alguno en cuanto a su verdad se refiere, revelándose de naturaleza retórica y no intencional, daba lugar a una particular espesura cognitiva. Al hilo de lo cual, y a propósito de la discrepancia entre el sentiment intérieur y el acto mismo, De Man despejaba lo siguiente: «Confesar es discursivo, pero el discurso está regulado por un principio de verificación verbal que incluye un momento extraverbal; incluso si confesamos que hemos dicho algo (por oposición a hecho), la verificación de este evento verbal, la decisión acerca de la verdad o falsedad de esta ocurrencia no es verbal sino fáctica (…) no existe posibilidad semejante para la excusa que es gradual en su enunciación, en su efecto y en su autoridad: su propósito no es afirmar, sino convencer»[4]. Una vez más, el belga aprovechaba uno de los trampantojos del lenguaje (poco antes se había ocupado de la promesa), para tensionar sus potencialidades constantivo-performativas. El propósito en último término era alertar al lector para que no incurriera en la confusión: «Lo único que se ha de temer de la excusa es que, efectivamente, exculpara al confesor». O dicho con otras palabras, ¿cómo saber si nos las habemos con una verdadera confesión cuando las motivaciones de la falta quedan siempre veladas y bien pudieran ser producto de la mala fe?

   El reto que tiene por delante el protagonista es inexorablemente doble: en primer lugar, explicar el porqué de la usurpación del nombre de su amigo de infancia, Alex Vander, y, consiguientemente, dar cuenta de quién es él, su verdadera identidad. Resultaría de sumo interés, por lo tanto, seguir la justificación desde la usurpación inicial a su encarnación posterior. Recordemos, pues, que la primera vez que el protagonista se arroga el nombre –que no la vida– de su amigo, lo hacía para evitar una previsible deportación, como poco antes había acontecido con su familia. Le dan el alto y él no puede más que arriesgar el primer santo y seña que se le viene a las mientes: «¿Mi nombre?, dije. Mi nombre es Axel Vander»[5]. El solo contexto hacía disculpable, y vaya si lo hacía, el descargo aportado: «simplemente le había dado un nombre falso, como haría un bribón de poca monta al ser interrogado por la policía»[6]. En sentido estricto, el protagonista no había dicho nada, a lo sumo, la emisión de un sonido cuya razón de ser, a guisa salvoconducto, se agotaba en su performatividad. O dicho de otro modo, mentir sin dolo y sin perjuicio para los demás («¿qué hice, al fin y al cabo, sino adoptar la identidad de un muerto en una época de peligro y extrema necesidad?»[7]), constituía, a los ojos del protagonista, no un fraude sino pura ficción[8]. Como referirá más tarde, en ese momento no le guiaba plan alguno para «convertirse» en él o para «asumir su identidad», y no le faltaba aparentemente razón: «¿de qué me aprovechó haber mantenido ese engaño durante medio siglo? La reputación de Axel Vander es obra mía (…) Yo escribí los libros»[9]. Pues bien, será precisamente al calor de un nuevo replanteamiento, a propósito de una pregunta por el cuándo que terminará hundiéndose en un por qué, que asome el misterio y la réplica: «Si, tal como creo e insisto, no existe un yo esencial, singular, ¿de qué se supone que he escapado al fingir ser Axel Vander»[10]. ¿Acaso –era él justificándose– un actor que hubiera transcurrido toda su vida representado la vida de otro, no podría legítimamente en un momento dado, máscara en rostro, continuar viviéndola? ¿Qué había de malo o reprobable en ello? Y remataba, algo apesadumbrado: «Ser alguien es ser una cosa, y una sola cosa»[11]. De esta manera, al volver sobre las razones y beneficios que se hallarían tras la asunción posterior de la identidad de su amigo, cuestionando por tanto el hecho antes supuestamente inopinado (e inmotivado), este declaraba: «Quizás, simplemente, no era tanto que quisiera ser él –aunque sí, quería ser él–, sino que deseaba con ahínco ser no yo»[12]. Y siendo así, es decir, no siendo ya sino por otro (Axel), ¿no se le abrían entonces también las puertas al deseo, la conversión en la cosa más elusiva, a saber, la posibilidad ser «yo mismo»? Pero, una vez sin atributos, desfigurado, ¿quién quedaba sino nadie? Y ¿ser nadie no era asimismo ser muchas cosas, todos? Afloraba nada menos que la paradoja de la autenticidad[13]

El protagonista, no obstante, también había ido dejando pruebas de la primera parte de la cláusula contenida en la interjección (recordemos: «–aunque sí, quería ser él–»). Bastaba con hacerle recordar, volverle sobre sí, et voilà!: «El hecho es que una parte de mí estaba de parte de Axel. Oh, sí. Éste es mi secreto más recóndito, más repugnante»[14]. Y Axel, aunque siempre con «mesura y estudiada distancia», se había mostrado como se había mostrado, es decir, cual acólito más del colaboracionismo belga. El protagonista no negaba al respecto el hipotético respaldo: «si me lo hubiera pedido [Hendrix, el director del periódico donde Axel publicaba], yo me habría mostrado mucho más virulento al hablar de la amenaza que, supuestamente, mi pueblo representaba para nuestra –¡su!– cultura»[15]. El lapsus, y este en concreto de forma paradigmática, hacía entrever «un peligroso sentido secreto»[16]: «me sentí orgulloso de una manera vergonzosa, emocionada, inconfesable»[17]. Otro detalle que permitiría ejemplarizar esta represión, en forma una vez más de retractación, se daba en la reconsideración acerca del devenir y la responsabilidad que estas publicaciones pudieran contraer; así, si en un primer momento afirmaba con cierta rotundidad: «está lo que escribió en la Gazet (…) ahora mi responsabilidad. Fue por él, en parte al menos, que se las oculté al mundo durante tanto tiempo»[18], en la revisión, la reserva se manifestaba en una suerte de corrección ulterior: «no sería tan leal, tan generoso. Le habría defendido, sí, habría intentado proteger su nombre, pero de haberme visto descubierto, me habría desecho de él»[19]. Todo dependerá, en suma, de cuanto haya descubierto Clas Cleave, la autora de la carta (y posterior amante), acerca del «verdadero secreto». Pues, pongamos por caso, de ser descubierto a medias, a saber, en la impostación póstuma de Axel Vander, el protagonista podría haberse excusado negando esta identidad y aludiendo a los trágicos sucesos acontecidos para semejante apropiación y, con todo, todavía quedaría por resolver –para el indulto completo– cómo reconstruir y/o permutar su vieja identidad por una nueva inmaculada; ahora bien, de serlo completamente, como al final se revelaría, es decir, teniéndose noticia (los recortes de periódico) no sólo de la muerte de Axel sino, y lo que era más importante, de una entrevista entre ambos en la que se vertían opiniones delicadas, entonces, de ser descubierto el verdadero secreto, el camino de la excusa quedaría anulado (más allá de su verificabilidad o no). Ciertamente, o se le acusaría de haber asumido la vida de un antisemita a sabiendas o, peor, se le culparía de haber renegado de su propia condición de judío («furia por ser lo que soy, miedo de que averigüen lo que no soy»[20]). Agotadas las coartadas, ya no podría convencer a nadie. No había lugar para la duda: el protagonista, despojándose de su identidad (pasado inclusive) y no restituyéndola cuando podría haberlo hecho (una vez a salvo), mostraba a las claras no sólo su vergüenza reprimida, sino la estrategia elegida para ocultarla, aun para él mismo, esto es, representando la vida de otro, con la que no era fortuito que coincidiese en la falta. Por tanto, no será casual ni en vano que, en otro momento, este fantasee con la posibilidad y las consecuencias de que la extraña muerte de su amigo hubieran obedecido a una presunta implicación en las tareas de la Resistencia: «yo sería el hombre que asume la identidad de un pecador sin saber que en realidad está suplantando la de un santo». Esta circunstancia le hubiera consentido proseguir con su mascarada, en la comodidad discrecional del ser «yo y otro», no habiendo ya nada con qué cuestionarla.

Una última pregunta: ¿Nos hallamos ante una verdadera confesión, ante un arrepentido? Porque de ser cierto no se explica que, en las primeras páginas (tras la palinodia inicial), salgan a escena con igual intensidad, por así decirlo, una pulsión panegírica. No nos habíamos dado o querido dar cuenta: «Mejor enfrentarme a ella, reírme de las acusaciones…, ¡ja! La mentiría, por supuesto»[21]. Podríamos hablar más bien, y con más justicia, de un renegado[22]. Pues, efectivamente, a diferencia del arrepentido, este no inventaba eximentes, ni mucho menos los hacía transferir espuriamente. ¿Y no se excusaba así aquél?: «Me di cuenta de que por fin era un agente completamente libre. Todo me lo habían arrebatado, por tanto todo me sería permitido. Podría hacer lo que deseara, seguir mis caprichos más disparatados. Podría mentir, engañar, robar, mutilar, asesinar, y justificarlo todo»[23]. Nos hallamos ante el peor de los victimismos: el falso. Apelaba, así pues, a lo que le había sido arrebatado («mi mundo, mi yo»), si bien bastardamente («deseaba (…) ser no yo»), para justificar lo injustificable. Era él, exponiéndose: «Los historiadores nunca se cansan de observar que una de las maneras en que triunfa la tiranía es ofreciendo a quienes la apoyan la posibilidad de satisfacer sus deseos más secretos y viles; pocos se molestan en entender, sin embargo, que sus víctimas también pueden convertirse en hombres libres»[24]. Entre los hechos reprobables mentados, perseguir uno de ellos podría servir, cual síntoma o sinécdoque metafórica, de su represión. Si prestáramos atención a los varios robos que se suceden, constataríamos que de los tres intentos sólo dos se llevaron realmente a término, a saber, el primero en la casa de los Vander (el pastillero de plata) y el tercero en casa de Laura, su amante inglesa (las joyas). En ambos casos, sendos hurtos funcionaban como indemnizaciones por las persecuciones, castigos, etc. que ellos, directa o indirectamente, habrían ejecutado en nombre de su religión, patria, cultura, etc. Así, por ejemplo, el primer robo se hacía pasar por un préstamo, y con este argumento: «Necesitaba dinero, y enseguida, pues había libros que me moría de ganas de leer mientras aún hubiera tiempo, antes de que [nazis y collaborationnistes] los prohibieran o los destinaran a la pira»[25]; el tercero, en cambio, lo hacía a modo de tributo: «Mi plan era llegar a América (…) En América no se me exigía ser alguien, ni creer en nada (…) Lo que le hurté a Laura [i. e., a los ingleses ¿acaso por ser los primeros en Europa en decretar una expulsión de los judíos?] lo que consideré su contribución a mi Iglesia del Alma Singular»[26]. Ni que decir tiene que el segundo en casa de la Duquesa, el que finalmente no se llevará a cabo (y recordemos que era un netsuke, y que el joyero de Laura estaba lleno de bibelots), no se culminaba porque la responsabilidad de la desaparición del objeto hubiera recaído sin duda alguna sobre la doncella, cuyo papel en las calamidades judías, incluso a un renegado como el protagonista, se le antojaban inexistentes. Retornemos al inicio, a las primeras páginas: «me han concedido una última oportunidad para salvar algo de mí (…) Pero quizás haya algo pequeño y preciado que pueda recuperar, igual que una vez recuperé la cajita de plata de las pastillas de mamá Vander de la casa de empeños. Me pregunto ahora si no habrá sido ése tu propósito»[27]. El engaño hacía una vez más acto de presencia: el protagonista, para ser exactos, no devuelve realmente la cajita pues, luego de recuperarla, «la conservé durante muchos años (…) ahora ha desaparecido»[28], sucediendo algo similar con el joyero de Laura del que sólo, tras extorsionar a su madre, la duquesa, «desempeña uno de los anillos»[29]. ¿A cuento de qué esa insistencia del protagonista en no devolver aquello que no le pertenece: nombres, vidas, objetos…? El ladrón se cree –y se excusa creyendo– que todos son de su misma condición. Pero, ¿y si, en propiedad, no hay nadie ni nada? ¿Tan solo poses y posesiones?

Sólo al final, la esperanza de una concepción, de un hijo, le hará pensar por una vez, y quizás por primera vez, en los demás. Pero llegaba tarde… 

 

BIBLIOGRAFÍA:

 

BANVILLE, J., Imposturas, trad. D. Alou, Anagrama, Barcelona, 2002.

DIDEROT, D., Paradoja sobre el comediante, ed. M. Armiño, Valdemar, Madrid, 2003.

DE MAN, P., Alegorías de la lectura, trad. E. Lynch, Lumen, Barcelona, 1990.

FREUD, S., Psicopatología de la vida cotidiana, en Obras completas vol. VI, trad. J. L. Etcheverry, Amorrortu, B. Aires, 1991.

VALDECANTOS, A., Apología del arrepentido y otros ensayos de teoría moral, Machado Libros, Madrid, 2006.



[1] J. Banville, Imposturas, trad. D. Alou, Anagrama, Barcelona, 2002, p. 165

[2] Ibid., p. 16.

[3] Ibid., pp. 12-3.

[4] P. de Man, Alegorías de la lectura, trad. E. Lynch, Lumen, Barcelona, 1990, pp. 320-1. Leeremos esta novela siguiendo muy de cerca el último capítulo, titulado “Excusas”, en parte una lectura de las Confessions de Rousseau.

[5] J. Banville, op.cit., p. 179.

[6] Ibid., p. 179 (cursiva mía).

[7] Ibid., p. 166 (cursiva mía).

[8] De Man hará uso de este pasaje de la cuarta Rèverie de Rousseau, «Mentir sin intención y sin perjuicio para uno mismo o para los demás no es mentir, no es una mentira, sino una ficción», para dar cuenta del poder performativo de la mentira como excusa.

[9] J. Banville, op. cit., p. 166.

[10] Ibid., p. 199.

[11] Ibid., p. 199.

[12] Ibid., p. 198 (cursiva mía).

[13] Ibid., p. 182. Paradoja que remite de inmediato a otra, la del comediante, expuesta magistralmente por Diderot en su célebre escrito: «[el gran comediante] por no ser nada lo es todo por excelencia, puesto que su forma particular no contaría nunca las formas ajenas que debe adoptar», Paradoja sobre el comediante, ed. M. Armiño, Valdemar, Madrid, 2003, p. 81.

[14] J. Banville, op. cit., p. 157.

[15] Ibid., p. 150 (cursiva mía).

[16] S. Freud, Psicopatología de la vida cotidiana, en Obras completas vol. VI, trad. J. L. Etcheverry, Amorrortu, B. Aires, 1991, p. 125. 

[17] J. Banville, op. cit., p. 151.

[18] Ibid., pp. 165-6.

[19] Ibid., p. 199.

[20] Ibid., p. 80.

[21] Ibid., p. 17.

[22] Escribe A. Valdecantos, en el curso de una taxonomía que habría de distinguir al arrepentido del autoindulgente y del renegado: «[El renegado] es un individuo que rechazando sus creencias o prácticas antiguas y afanándose, a menudo compulsivamente, por actuar en contra de ellas, entiende su proceder presente como una suerte de venganza (…) El rechazo es de tal magnitud que no cabe entender el pasado propio como propio (ni siquiera en la modalidad paradójica de yoes pretéritos); aquello no fueron cosas yo hice, sino que simplemente me pasaron, o que otros me hicieron, y de ahí mi apetito por vengarme de la fortuna o de mis agresores», Apología del arrepentido y otros ensayos de teoría moral, Machado Libros, Madrid, 2006, p. 195.

[23] J. Banville, op. cit., pp. 181-2.

[24] Ibid., p. 181 (cursiva mía).

[25] Ibid., p. 152.

[26] Ibid., pp. 201-2.

[27] Ibid., p. 13.

[28] Ibid., p. 153.

[29] Ibid., p. 205.