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Revista de estudios filológicos
Nº26 Enero 2014 - ISSN 1577-6921
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teselas

Niños feroces, Lorenzo Silva

(Círculo de Lectores, Barcelona, 2011)

 

          Pero soy aún más estrafalario. Además de leer, escribo. Lo hago desde pequeñito, no me acuerdo con exactitud, pero más o menos desde los siete u ocho años. Mi primer cuento, eso sí lo recuerdo, iba de un extraterrestre que bajaba a la Tierra y se encontraba con un subnormal. Lo escribí así, «subnormal», y ahora me pregunto por qué, porque a mí ya me inculcaron (y asumí) que había que llamarlos «discapacitados psíquicos». Sería culpa de mi abuela, que me cuidaba muchas tardes en aquellos días de mi infancia, y a la que bien pudo escapársele, desaprensiva ella, la palabra prohibida. El caso es que mi extraterrestre entablaba relación con el retrasado, lo estudiaba y luego se metía en su platillo y volvía a su planeta. Allí daba este informe sobre la Humanidad: una especie con inteligencia bastante limitada, pero muy amable y generosa. A partir de los datos de aquel calamitoso explorador, los extraterrestres iban a planificar la invasión pésimamente. Quería ser un relato humorístico, creo.

 

(pp. 18-19)

 

          Refiriéndose, por ejemplo, a las tres maneras en que según él puede considerarse la figura de José Antonio, y llevado por el ardor apologético y un notorio afán de lucimiento, escribe Torrente:

 

La segunda [manera] es la expresión del mito, es decir del «modo de estar operante» con que José Antonio vive en las conciencias juveniles contemporáneas; manera que se considera propia de poetas, a cuyo trabajo y numen se entrega; entendiendo bien que importa al futuro que cantos bien timbrados y pulidos, subidos de acento y cautos y exactos en el concepto, acompañen la memoria de José Antonio; por aquello de que la calidad de las emociones suscitadas entre los contemporáneos valen [sic] bien para calibrar el propio valor…

 

          La malicia que me ha contagiado (me temo) el trato con mi cáustico profesor me obliga a notar el error gramatical de la última frase (discordancia de número entre sujeto y verbo). Un  detalle que me produce, como escritor inédito, ese regocijo ruin que nada nos inspira tanto como el desliz del consagrado. Por lo demás, a partir de este fragmento soy capaz de imaginarme la indiferencia con que Jorge debió de atravesar por aquel prólogo, que aun para un correligionario como él debía de venir impregnado de ese tufo de insuficiencia que siempre exhala el plumífero cuando ensalza al tribuno.

 

(pp. 74-75)

 

          Estaba Lorena, una de las tres inquilinas del piso que acogía nuestra reunión, pasando en YouTube el enésimo vídeo chorra (verbigracia, uno en el que un japonés bizco vestido de mariachi canta en playback algo de Lady Gaga), cuando de pronto caí en la cuenta de que a mi lado tenía una posible fuente de información. Uno de mis colegas, Saúl, es un friki de los videojuegos. Más de una vez me ha calentado la cabeza con ellos, y esa tarde andaba dando la brasa con el último que se había agenciado. Soy detallista y me apunté el nombre completo: Call of Duty: Black Ops. Así, sin traducir. No deja de resultar notable que en un país donde seguimos sin aprender el inglés necesario para desenvolvernos en el mundo productivo, tengamos tanta soltura para utilizar la lengua de Shakespeare con lo que sí nos interesa, es decir, el ocio y el entretenimiento.

 

(pág. 107)

 

          Jorge García Vallejo no quiso dar más detalles de aquella chica, ni de su idilio, ni de su despedida, que imagino tierna y algo patética. Pero hubo algo que no dejó de explicarle a su joven oyente:

          - ¿Sabes lo que significa Daina? Ella me lo dijo, con una sonrisa que parece que la estoy viendo aún: «canción». Y ella fue la que me enseñó a cantar bien las dos canciones rusas que me había mal aprendido, como tantos otros de la Blau. Una de ellas se llamaba La tachanka, y hablaba del carro armado que quizá, mira tú qué sarcasmo, condujera su novio. Todavía la recuerdo. Comenzaba así:

 

Ty leti s dorogi, ptitsa,

Zver, s dorogi ukhodi!

Vidish, oblako klubitsia,

Koni mchatsia vperedi!

 

          No era un cantante excepcional, pero quien le oyó asegura que entonaba con cierta solvencia, y sobre todo que la letra le acudía a la memoria sin el más mínimo titubeo. Como la de la otra canción, la famosa Ojos negros, que era la que más asociaba al recuerdo de ella, aunque sus ojos no llegaran a tener ese color. También rememoró el viejo soldado los primeros versos, antes de que la voz se le quebrara por la nostalgia. Pongamos que llegó a cantar este trozo:

 

Ochi chornyye, ochi strastnyye,

Ochi shguchiye i prekrasnyye,

Kak lyublyu ya vas, kak boyus’ ya vas.

 

(pp. 230-231)

 

          Tras Cerbère, el primer pueblo del lado francés, seguimos viaje costeando hasta Port-Vendres. Allí tomamos la nacional que nos lleva hasta la autopista. Ya en ella, acelera hasta 140. Como me muestro indeciso a la hora de conectar mi iPod al equipo de sonido del coche, conecta él su iPhone y pone un disco de Franco Battiato. He oído alguna canción suya antes, pero no lo conozco mucho. Al llegar a una en particular, sube el volumen y reclama mi atención:

          - Mira, esto nos viene muy a propósito.

          Aplico la oreja y escucho el comienzo:

 

E per vivere in solitudine

nella pace en el silenzio

di confini della realtà,

mentre ad Auschwitz

soffiava forte il vento

e ventilava la pietà

 

          La sigo y entiendo borrosamente que habla de una religiosa que hace vida retirada tras sentir la llamada de Dios, y cuyo recogimiento contrasta con la violencia del mundo que la rodea. La historia, por la mención del campo de exterminio, tiene lugar bajo el nazismo, que amenaza de alguna manera a la monja recluida en su vida contemplativa. Hasta que el estribillo me proporciona una pista:

 

Dove sarà, Edith Stein?

Dove sarà…?

 

          - Stein… ¿Una judía? –pregunto.

          - Pero no una cualquiera. Edith Stein, discípula dilecta de Husserl, una de las filósofas alemanas más destacadas de su tiempo, reputada metafísica y pionera en defender la enseñanza femenina, que se convirtió al catolicismo en la edad adulta y tomó los hábitos cuando ya andaba por los cuarenta años. La canción se llama Il Carmelo di Echt. Por el nombre del convento holandés en el que se escondió, y en el que estuvo a salvo hasta que la Gestapo la encontró y la llevó a Auschwitz, donde acabó sus días bajo una ducha de Zyklon-B.

 

(pp. 257-259)