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Revista de estudios filológicos
Nº26 Enero 2014 - ISSN 1577-6921
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reseñas

EL ANZUELO DE PLATÓN. CÓMO INVENTAN LOS LINGÜISTAS SU HISTORIA, DE XAVIER LABORDA GIL,

por Amadeu Viana

(Universitat de Lleida)

 

 

 

Barcelona, Editorial UOC, Barcelona, 2013, 183 págs, ISBN: 978-84-9029-882-4

 

Reseñar un libro es como consumir una agradable comida. Se tarda relativamente poco en hacerlo, comparado con el tiempo que ha llevado prepararla, gestarla pacientemente. Si además el trabajo que se reseña implica años de lecturas y elaboración, y el autor, que escribe bien, pretende hacer llegar sus ideas a un público amplio, el mal perpetrado en las exiguas páginas de un comentario aún es mayor. El anzuelo de Platón, de Xavier Laborda, es uno de esos libros, y esta reseña no se salvará ni con esta captatio de hacerle una justicia mínima.

          El anzuelo de Platón es un libro de factura personal y de construcción original. Dividido en tres partes, que se articulan de forma ingeniosa en partes menores de intensidad creciente, plantea la formación de la historia de la lingüística a través de tres lugares discursivos, a saber, el narrador (aquí, el historiador), el nudo o trama (aquí, el paradigma de trabajo) y la narración (aquí, diferentes episodios de la historia de la lingüística). Laborda, sabiendo que la historia es discurso pero también son hechos, aborda esos tres niveles con vistas a captar la complejidad esencial de su materia: el nacimiento de la disciplina, al socaire del historicismo europeo, la profusión y competencia de modelos y sobre todo, la presencia de diferentes modalidades narrativas que han conformado su trayectoria, sus mitos y sus paradojas. Sin pedantería artificial, y escribiendo para un público generoso (estudiantes capacitados, pero también los que empiezan, o gente de humanidades en sentido amplio), este trabajo sobre historiografía lingüística resulta amenísimo de leer, convierte lo que parece difícil en un agradable paseo por la historia de las ideas. Y claro, Platón con su Crátilo aparece como el strange attractor de esta historia de múltiples autores y paradigmas movedizos.

          El capítulo sobre historiadores se abre con el danés Vilhelm Thompsen (1842-1927), profesor de la Universidad de Copenhague y autor de la primera Historia de la lingüística como tal. Neogramático, Thompsen realizó aportaciones a la turcología y tuvo a Jespersen como alumno. Laborda remarca su labor fundacional y examina el estilo narrativo, la estructura, las fuentes y el carácter programático de la Historia de Thompsen, una obra relativamente corta, de menos de noventa páginas, publicada en 1902 y traducida al español en la primera posguerra, en 1945. Apunto de paso que retroceder en el tiempo hubiera supuesto entrar en la selva autorial de D. Droixhe (La linguistique et l'appel de l'histoire, 1600-1800) y en las discusiones que la misma obra de Thompsen dejaba atrás. Laborda detalla los méritos del programa y sus reflejos en posteriores historias de la lingüística. Y aquí su segundo autor supone un vuelco en la narración porque Laborda elige a Robert Henry Robins (1921-2000) y sus autobiografías de lingüistas, una obra curiosísima que resume los años de oro de la historia de la lingüística británica, incluyendo nombres como John Lyons, M.A.K. Halliday, David Crystal o el mismo R. H. Robins, historiador de la lingüística por mérito propio. Este twist estilístico (de la historia comparativista a la autobiografía de científicos), que no será el único, es uno de los méritos del libro que reseñamos. La lingüística en el Reino Unido: historias personales (Brown & Law 2002) es una publicación de la Philological Society de Londres “cuya naturaleza extraordinaria”, en palabras de Laborda, “radica en el alarde editorial de promover la participación de los más destacados lingüistas del Reino Unido y de presentar una colección de narraciones elaboradas por los protagonistas” (pág. 28). Laborda presenta el juego de condiciones de la recopilación (respetar la diversidad de enfoques y de estilos narrativos, etc.), anota que sólo tres de los colaboradores son mujeres, insiste en el valor de la (auto)biografía para la construcción de la historia, y no rehúsa mencionar a David Lodge y sus historias universitarias como contrapunto (estilístico también) de las historias personales de Robins. Comenta tres relatos, el de Halliday, preciso y polémico (por su participación en la consolidación y/o crítica de los paradigmas en vigor), el de Lyons, central y nostálgico (por su implicación también en la lingüística americana, al lado de un “sentimiento contenido” por las tareas de investigación que hubiera podido hacer, si las administrativas o de representación no hubieran consumido su tiempo), y el de el mismo Robins, magisterial y filial a la vez (por su reconocimiento de la labor de predecesores como J. R. Firth y su propio trabajo con las nuevas generaciones). A este capítulo emocionante le sigue un tercero que tiene en Umberto Eco su protagonista, a través de En busca de la lengua perfecta (1993); Laborda recuerda como emblemática la presentación de las ideas de En busca... en el quinto congreso de la Asociación Española de Semiótica en La Coruña, y recorre brevemente la ramificaciones historiográficas del libro. Está claro que Eco, con sus repercusiones mediáticas, o sus ideas sobre el arte y el laberinto, puede representar muy bien el giro contemporáneo que requiere el historiador de la lingüística a principios del nuevo siglo, y que Laborda resume en un decálogo que combina requisitos de originalidad, autoexamen, curiosidad y perspectiva, además de respecto por la dimensión creativa y el ejercicio de la incursión transdisciplinaria. Queda así evidente el carácter personal, ingenioso y a la vez representativo, de los autores escogidos. Aunque con esto resultemos banalmente escolares, vale la pena recordar que los tres historiadores de este capítulo se corresponderían con etapas historiográficas definidas, la fundacional o comparativista (Thompson), la estructural (Robins) y la contextual o hermenéutica (Eco), como el mismo autor señala (pàg. 39).

          Ya nos hemos referido al interés que tiene la alternancia de los estilos en este libro. Ahora podemos abordar los diferentes paradigmas, tema del capítulo siguiente, elogiando también la diversidad funcional y de planteamientos. Laborda se pasea por los paradigmas, tal y como hemos visto que hace en el primer capítulo con los autores, disfrutando de las ramificaciones, las diferencias y los contenidos propios, sin dejar de destacar, cuando es necesario, que unos han tenido mejor fortuna que otros. Es el caso del primer paradigma, el retórico, soslayado o simplemente desconocido en diferentes historias de la lingüística, un paradigma que el autor identifica también como cívico, en términos de “instrumento social de cooperación y de construcción de la realidad” (pág. 55). Laborda se ocupa de la visibilidad relativa de la retórica, y del argumento multisecular de su relación problemática con la verdad, en una exposición clara y suavemente crítica a la vez. La historicidad de las artes sermocinales contrasta con la sincronía esencialista del análisis del discurso contemporáneo, un análisis que es compartido plenamente por este reseñador. Aún así, Laborda describe las incursiones del argumento retórico en diferentes frentes contemporáneos (argumentación, retórica narrativa o retórica cognitiva, entre otros), destacando la perspectiva crítica de R. Rorty ante la “falacia positivista”, lo que le da margen suficiente para indagar, hacia el final del apartado, sobre el valor de los juegos lingüísticos y la libertad de la palabra.

          El segundo paradigma tiene que ver con el título del libro, ya que desarrolla los temas del Crátilo y sus diferentes e imprevisibles consecuencias en la historia de la lingüística. Laborda se refiere a él como paradigma epistemológico, dado que plantea una reflexión fundamental tanto sobre el origen del lenguaje como sobre las relaciones entre palabras y cosas, y la naturaleza de los signos. El autor repasa la obra de historiadores de la lingüística como R. H. Robins o M. Leroy, y de la filosofia como M. Dixsaut, R. Weingartner o A. Soulez, en busca de claridad y puntos fijos sobre un diálogo desconcertante, abierto, irónico para unos, confuso para otros; y abre un camino de largo recorrido al situarlo en el contexto general del programa platónico y la crítica sofística, reconociendo también las dificultades para analizar este mito propio fundacional de la lingüística, que discute sobre convencionalidad o naturaleza. No sé hasta qué punto Laborda deja claro que esas polaridades, transformadas y reeditadas, han acompañado las discusiones lingüísticas en forma de divergencias, complementariedades y nuevas perspectivas (hasta el deslinde entre biolingüística y/o coevolución, en la actualidad); parece que el autor prefiere sabiamente dejar un poco el mito en su propia sombra, destacando, eso sí, su riqueza, su impacto y su habilidad dialéctica, poniéndolo en una correcta perspectiva histórica y previniéndonos, en cualquier caso, ante una interpretación demasiado literal.

          El tercer y el cuarto paradigma resultan interesantísimos, una vez más, por la exposición ingeniosa y por su relevancia actual. El tercero parte del Pigmalión de Bernard Shaw para desplegar propiamente la actividad de muchos lingüistas contemporáneos y sus preocupaciones aplicadas. Laborda lo define como paradigma gramatical o analógico. El análisis comienza con una adecuada contextualización del autor irlandés y su comedia más famosa, continua describiendo la gran “oportunidad del profesor de fonética” y, a partir de aquí, el proceloso tema de la utilidad de la lingüística; el autor explora todo ello en diferentes direcciones, desde la naturaleza aplicada de la educación y sus condicionantes sociales, hasta el mito de Cenicienta inserto en la comedia (y sus adaptaciones), pasando por los aspectos estilísticos, de innegable interés para cualquier traductor, y el asunto de las repercusiones sociales de la variación lingüística, un tema que está en la base de buena parte de la investigación sociolingüística contemporánea, desde la obra pionera de W. Labov, y que aquí se aborda de manera mucho más contextual y histórica. Finalmente, el cuarto paradigma, el hermenéutico o interpretativo, donde el mismo Laborda (y quizás también quien esto firma) parece sentirse más a gusto. Utilizando el quiasmo del discurso de la historia y la historia como discurso, el autor penetra en el corazón de la historiografía hermenéutica (y aquí se echa de menos una referencia a Paul Ricoeur, ¿no?) y presenta una síntesis en cuadrícula de las cuatro tramas estudiadas, la cívica (o retórica), la epistemológica (o filosófica), la hermenéutica (o histórica) y la analógica (o gramatical), dos de ellas contextuales, la primera y la tercera, dos de ellas formales, la segunda y la cuarta, lo que parece una adecuada representación de las diferentes trayectorias por las que ha transitado la historia de la lingüística. Mi corazón cuadriculado me llevaría además a agrupar la primera y la cuarta entre las artes o téchnai, por lo que tienen de análisis aplicado, y la segunda y la tercera entre las scientiae o epistémai, por lo que tienen de theorein, de especulación y conocimiento, pero eso es algo que cabría discutir, en cualquier caso, con el autor del libro. Su exploración prosigue con consideraciones sobre la hermenéutica y el silencio, en línea con el carácter abierto y contextual que se predica del paradigma, y todo el capítulo se cierra con un entrañable cas study sobre iconografía aplicada, que reproduce una visita al edificio histórico de la Universidad de Barcelona, a partir de la anécdota de un examen en el año 1939, la cual da pie a recorrer semióticamente el edificio construido por Elies Rogent, comenzado en 1863 y acondicionado finalmente en 1885. Como caso práctico, le sirve al autor para desarrollar su perspectiva aplicada de la historia y la historia de los signos, y los contextos que hacen posible o preferible una u otra interpretación.

          “Los relatos exploran los límites de la legitimidad”, con esta cita de Jerome Bruner se abre el último capítulo de El anzuelo de Platón, que contiene cinco relatos (in)ejemplares, expuestos en un orden histórico inverso, comenzando por los episodios más recientes y acabando por los más antiguos, más un colofón o conclusión.. El primer episodio, de acuerdo con el ingenio y la singularidad de este fresco historiográfico de Laborda, lleva como título “El arquitecto ante el lingüista”, y refiere el extraño caso del Simposio Internacional de Arquitectura celebrado en 1972 en Castelldefels (Barcelona), sobre “Arquitectura, historia y teoría de los signos”, donde se presentaron diferentes trabajos de semiótica, gramática generativa y historia de los signos, con la ausencia palmaria de lingüistas. Por lo que parece, a juzgar por las descripciones de Laborda, el congreso fue un buen epítome de la expansión y el impacto de las ideas lingüísticas durante los últimos sesenta y los primeros setenta del siglo pasado. El segundo episodio, no menos curioso, nos lleva cien años antes, a la Norteamérica de finales del diecinueve, para detenerse en las prácticas y la oratoria de Mark Twain (1835-1910), sobre todo a través de su Autobiografía (1917) publicada póstumamente. Laborda analiza los recursos y las preocupaciones de Twain, a la luz de las reflexiones de Cicerón y el principio de anteponer la elocuencia a la retórica, ya que la primera “no ha nacido de la técnica retórica, sino [al revés] la retórica de la elocuencia” (pág. 118). Como Cicerón, Twain apreciaba el sentido del humor y entendía que la retórica era un camino para la reflexión y la agudeza. El tercer episodio nos retrotrae al Diario de Samuel Pepys (1633-1703), redactado entre 1660 y 1669, que contiene datos interesantes y entrañables sobre la vida cotidiana en el Londres de Carlos II, en una escritura encriptada en un código taquigráfico, a imagen de las reglas del Essay towards a Real Character and a Philosophical Language (1668) de John Wilkins, con quien el mismo Pepys había colaborado. El Diario fue iniciado el mismo año que se constituyó la Royal Society, de la cual Wilkins fue uno de los fundadores y el mismo Pepys, presidente entre finales de 1684 y finales de 1686. La singular combinación de las artes del discurso con apreciaciones sobre ciencia y observaciones sociales, más el hecho de poner en solfa las ideas de Wilkins sobre una lengua universal convierten el Diario de Pepys en una pieza valiosa y paradójica, entre los diferentes avatares del “proyectismo lingüístico”, la pretensión de diseñar una lengua artificial que cumpliera cometidos tanto científicos como ordinarios, como lingua franca.

          El cuarto episodio es mucho más conocido y también mucho más polémico. Se trata de la valoración histórica de la Gramática general y razonada de A. Arnault y C. Lancelot (1660), conocida entre los lingüistas como la Gramática de Port-Royal, por el nombre de la abadía jansenista con cuyos principios reformistas se comprometieron Blaise Pascal, Jean de la Fontaine o Jean Racine (pág. 137). El autor se ocupa de la calidad de la enseñanza de los reformistas y describe detalladamente la Gramática así como su ubicación en el contexto de la historia de la lingüística. Y, naturalmente, aborda las páginas que le dedicó Noam Chomsky a mediados de los sesenta en su Lingüística cartesiana (1966), y que fueron objeto de diferentes debates, por lo que supusieron de incursión más o menos inocente en la historia, en un momento en el que los modelos y los avances solían negligir la información del pasado. Chomsky, como “historiador ocasional” (pág. 149), abrió una polémica fogosa e influyente, que los historiadores de la lingüística tuvieron que corregir, atendiendo al hecho, entre otras cosas, de que el mismo Descartes se ocupó poco o nada de asuntos lingüísticos. Finalmente, tras este episodio de problemas interpretativos llega el quinto y último, el más antiguo, que nos conduce a los mitos fundacionales de Babel y la Biblioteca de Alejandría, no por conocidos, mejor estudiados por los lectores contemporáneos. Laborda repasa sumariamente los discursos persuasivos que nos han sido transmitidos sobre ambos mitos, para entrar enseguida en los textos y en los contextos históricos precisos en los que se desenvuelven. Sobre Babel, destaca que no es propiamente un mito de resistencia hebreo, sino que constituía una censura, seguramente irónica, de la poderosa cultura caldea (pág. 154). Sobre la Biblioteca, escribe que su trascendencia tuvo más que ver con la capitalidad de Alejandría y el prestigio institucional, que con las circunstancias abruptas o no de su desaparición (pág. 161). Con una escritura sugerente y dinámica, Laborda escruta con paciencia leyendas e informaciones, practicando, a la manera de Bruno Latour, una aproximación faitiche (entre el fait y el fétiche), híbrida, apropiada para la combinación de historia y mito,  de actitudes sociales y conocimientos lingüísticos.

          De manera que esta alianza entre ficción, hecho y crítica se lleva bien con las parábolas y las enseñanzas (in)ejemplares. Laborda escoge para terminar un par de cuentos de la tradición persa de la recopilación de Idries Shah (2004), en una muestra final de didactismo, ingenio y paradoja. Es aquí donde se disparan las preguntas. El carácter enigmático de las historias reportadas permite ahondar en las posibles interpretaciones, sugiriendo alternativas, siempre en modo interrogativo. Recordando que historia deriva de “interrogar”, de “inquirir”, Laborda apunta que “las preguntas que formulan las personas, al igual que ocurre con los documentos históricos, requieren una interpretación en su contexto y en su intención” (pág. 165). Y así se precipita el libro hacia su fin, entre referencias a P. Veine, R. Chartier o J. Bruner. Y lo cerramos tras casi dos páginas sucesivas de preguntas hilvanadas, sobre la naturaleza de la indagación lingüística, que muestran con el propio estilo la intención del conjunto: un enfoque coral sobre cómo los lingüistas inventan (y explican) su historia.