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ELLA, DRÁCULA, JAVIER GARCÍA SÁNCHEZ
(Booket, Barcelona, 2005)
Se
decía que
- Miert nem jössz? –le preguntó ella: «¿Por
qué no vienes?», frase a la que acompañaría un gesto significativo de su
cabeza.
- Kérsz almát?
–insistió de nuevo
Se la
lanzó y él se limitó a cogerla al vuelo apretándola contra su pecho. Antes
había depositado el haz de leña en el suelo. Por suerte no se le cayó de nuevo
de manera aparatosa.
- Hány éves vagy? -«¿Qué edad tienes?»,
volvió a preguntar ella, aunque con voz neutra, por completo carente ya no de
afectación, sino de sentimiento.
János lo dijo en un monosílabo, que procuró pronunciar
respetuosamente. Acababa de recordar la edad que tenía, hasta tal punto estaba
obnubilado. Siete años. En un instante se dio cuenta de que temblaba como una
hoja.
- Jó as felelem?
–oyó que le preguntaba esa voz llegada de arriba: «¿Tienes
miedo?»
János negó con la cabeza, aunque mentía. Se oyó una
risotada de la mujer rubia que la acompañaba, y que poco antes había golpeado
al haiduco
con inusitada saña. El viento ululaba en la llanura. A duras penas el pequeño János consiguió articular una frase de disculpa:
- Fáradt vagyok… sjnálon, Asszony…
Tan solo eso:
«Estoy cansado, lo siento, Señora», esgrimiría con párvula modestia.
(pp. 22-23)
La chica rompió en un fuerte sollozo,
ahora sí. Temía los golpes, al igual que las otras. Un codo la empujó hacia
donde se hallaba su dueña. Era preferible aceptar el castigo o la reprimenda a
enfurecerla, eso bien lo sabían todas. Mientras, la pobre no dejaba de emitir
hipidos al tiempo que suplicaba:
- Szjnálom, Asszony, szjnálom…
-«Lo siento, Señora, lo siento…»
El silencio iba espesándose a cada
segundo, que se les hacían interminables. Tuvieron que sentirse sumamente desconcertadas
cuando oyeron que Erzsébet, quien parecía haberse
puesto aún más pálida, decía en voz baja:
- Kersz… enni?
Se miraron unas a otras, atónitas.
Habían oído bien:
- «¿Tienes
hambre?»
- Köszönöm, nen… -«No, gracias.» Por un momento
creyó que la obligaría a ingerir una, dos, tres manzanas a modo de escarmiento,
hasta atragantarse. De nuevo sollozó–: Bocsánat, bocsánat…
-«Perdón, perdón…»
Pero era por completo inútil cualquier
frase.
(p. 148)
Como se ve, de todo aquello pudo haber
tenido noción Erzsébet, a quien sin duda apasionaba
el tema de los vampiros. Todavía más, si cabe, que el de la brujería, pues si
mucho le había costado dar con una bruja digna de crédito como Anna Darvulia, aún más le costó
encontrar a la única que poseía los suficientes méritos para erigirse en su
digna sucesora, Ezra Májorova.
En cambio, de los vampiros, y eso lo
sabe a la perfección János Pirgist
porque a él le sucedió lo mismo cuando era niño y aún ahora las gentes no
dejaban de importunarle con tales historias, Erzsébet
oyó hablar siempre y con total naturalidad a los Báthory,
cortadores de cabezas y empaladores de cuerpos. A
ellos poco podía impresionarles el cariz enigmático de esas fábulas, se llamase
a los vampiros como se les llamase, y según la región: moroï, opers, varcalaci,
vidmes, pricolici o el
más implícito diavoloace.
Erzsébet lo
único que sabía, y no tendría ninguna duda al oír esas leyendas, era que los
vampiros humanos habían dado pruebas de su existencia en episodios de los que
quedaba constancia escrita y legal por parte de las autoridades en sitios como Blovu, cerca de Kadam, en
Bohemia, y también en Olmutz, villa morava. O en las
cercanías de donde ella nació en el cantón húngaro de Oppida
Heidonum, junto a Transilvania,
o en Amarasti, no lejos de Dolj,
en Mehedinti, justo al lado de Vaguilesti,
en Kartrzy, más al norte, y ya en plenos Balcanes, en
lugares como Kilósova, Medredja
o Kisiljevo.
Así llamaron los antiguos escritores
latinos a las sirenas, que también eran mujeres-vampiro: Cruenta sirenum ora…, las bocas
ensangrentadas de las sirenas, o Deterrimae versipelles…, las pérfidas sagaces que se alimentaban
de sangre y eran insaciables. Pero había algo que intrigaba más a Erzsébet que toda esa serie de apariciones que mucha gente
decía haber presenciado. La palabra pyr para los eslavos significaba «pájaro». Ella quería volar
ni más ni menos que esos animales que, parecidos a los murciélagos pero más
grandes que éstos, sí había podido ver con sus propios ojos: los vampiros de
verdad.
(pp. 336-337)
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